Elvira: carta desde Suecia

Umeå, 9 de marzo de 1975

Mi querida Begoña,

No tienes idea del frío que hace aquí, Begoña; ninguna de las ropas que traje de Chile me sirve. Sin embargo, ayer Ramiro y yo nos quedamos literalmente toda la noche paseando por las calles de Umeå... Simplemente porque sin toque de queda ¡podíamos hacerlo!

Esta mañana de domingo, con algo de sueño, pero totalmente arrebatada y despierta, estoy preparando yo misma una Årtsoppa que no es más que una sopa de arvejas con mucha cebolla y una ramita de mejorana, dejada hervir por un par de horas a fuego lento para que quede espesa. Aquí nos la han servido en casi todas las cenas que hemos tenido fuera de casa y es la manera que tienen nuestros anfitriones para invitarnos a sentirnos menos extranjeros y más suecos... lo que te confieso, Begoña, no termina de entusiarmarme del todo.

La sopa es buena, pero prefiero el Kerberg.

Resistí la tentación fácil de irme a vivir con Ramiro, aunque hemos pasado un par de tardes juntos y compartido el desayuno a la mañana siguiente. Lo veo con frecuencia en los pasillos del Kursverksamheten que es la escuela de lenguas, compasivamente llamada KV para abreviar, donde él me aventaja por casi más de un año; con seguridad su alemán le ayuda con el sueco.

Yo, en cambio, lucho con este idioma que parece fácil de leer, pero que me es imposible pronunciarlo como lo quiere Inge, mi maestra. La miro, fijándome con tanto cuidado en sus labios que cualquiera que nos viera de lejos creería que estoy a punto de besárselos, y ella me mira a mí, desesperada con sus ojos inmensamente grandes, y así nos quedamos juntas cabeceando y murmurando palabras por un largo rato. Me esfuerzo inútilmente en diferenciar entre dos sonidos que te juro, Begoña, que son idénticos, pero que ella insiste en que son diferentes.

Por las tardes, camino por el Gammliaskogen que es un parque realmente hermoso a pesar del frío y de la nieve. Las sombras de los abedules —y la mía— son increíblemente largas; la luz es suave y blanquecina, a veces maravillosamente límpida y radiante; pura. La atmósfera es tan liviana y transparente que a veces siento que me ahogo.

Todavía no puedo leer los diarios, hasta las tiras cómicas son imcomprensibles. Entonces retomo ese viejo libro de Cansinos-Assens que tú con tanto cariño deslizaste subrepticiamente en mi bolso en Pudahuel y lo leo página a página, párrafo a párrafo, despacio, muy despacio.

Un abrazo y un beso,

Elvira

© 2018 - 2020, Román Soto Feliú.
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