Enrique: fueron tres

Fueron tres: el bizco de la camiseta amarilla, el gordo del suéter negro y uno grande al que Begoña nunca pudo verle bien la cara oculta bajo su pasamontañas, pero cuya voz pastosa creía haberla oído antes; quizás en una de esas veladas de los sábados en su misma casa o quizás en alguno de los pasillos del campus. No estaba segura. El gordo y el grande se llevaron a Enrique al otro lado del fogón, mientras ella, vigilada por el bizco que hurgueteaba entre sus papeles, sus libros y hasta entre sus bragas y sujetadores en medio del cajón de la cómoda, entreoía la conversación a través de la cortina de arpillera adornada con flores de lana rosa y palomas coloradas.

—¿Qué es lo que hacen aquí? ¿Qué quieren? ¿Qué es lo que buscan? —les preguntó Enrique.

—Tranquilo, huevón. Lah preguntah lah hago yo: ¿entendí? —le contestó el gordo con voz falsamente calmada y melosa.

—Sí, señor.

—Culiao; no me digai señor: yo soy el jefe. Dime jefe.

—Sí, jefe.

—¿Quién es la pelirroja con la que andabai ayer?

—Señor, no sé de quién me habla.

—Culiao; ¿Cómo te dije que me llamí?

—No sé de quién me habla, jefe.

—La pelirroja que se te acercó en el parque, huevón; tetas grandes, buen culo.

—Yo no anduve con nadie ayer.

—¿Ya te olvidaste de quién soy?

—Jefe; yo no anduve con nadie, jefe.

—No mintai, concha 'e tu madre. Yo mismo te vi.

—No sé quién es, jefe.

—Huevón culiao; no mintai.

—No la conozco, jefe. Se acercó a mí y me pidió fuego para encender su cigarrillo.

—Y voh se lo encendiste de puro amable que soih.

—Sí.

—Sí, ¿qué?

—Sí, jefe.

—¿Voh andabai con fósforoh, entonces?

—Sí, jefe.

—¿Y con cigarroh?

—También, jefe.

—Y voh, Latz; ¿desde cuándo ahora que fumai?

—Empecé hace poco.

—¿Quién soy judío, concha 'e tu madre?

—Empecé hace poco, jefe.

—¿Sí? Entonces, ¿por qué no soih buena gente y me convidai un pucho a mí?

—No tengo, jefe; se me acabaron.

—Estai transpirando, huevón. ¿Tení miedo?

—No, jefe; estoy bien.

—Estai cagao de miedo, huevón.

—Le digo que estoy bien, jefe.

—¿Sabí huevón? No te creo nah lo que noh estai diciendo.

—No les estoy mintiendo.

—Agh; no te creo, Latz. Vamoh a tener que llevarte.

© 2018 - 2020, Román Soto Feliú.
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