Begoña, su magdalena proustiana

Elvira y Begoña se habían quedado en silencio después de doblar en Avenida Bustamante. Cuando Begoña se detuvo en la luz roja del semáforo de Bilbao, la chica le preguntó:

—Tú y Enrique llevan juntos un montón de tiempo, ¿verdad?

—Ya serán veinte años este septiembre.

—Me parece toda una vida.

—Mm, mm.

—¿Lo has engañado alguna vez?

—No; porque lo único que nos prometimos Enrique y yo fue no mentirnos.

—Entonces...

—No nos hemos mentido nunca, Elvira. ¿No te basta?

Había pasado tanto tiempo desde la tarde en la que la llevó a conocerme al sanatorio que había olvidado completamente de qué habían hablado en el camino al centro. Pero esta mañana, así de pronto y como si nada, Begoña tuvo su propia magdalena proustiana.

No fue sólo el olor a gasolina en el servicentro mezclado con la visión de esa blusa roja lo que la hizo recordarla.

Fue algo distinto: fue esa rabia acerada y acre consigo misma que sentía cada mañana en su lengua y en su estómago por haber escuchado a Enrique.

—No va a pasar nada, Begoña, no te preocupes; nosotros podemos quedarnos; así hasta podremos ayudar, si hace falta —le había dicho.

Seguro que eso fue.

Eso y un sentimiento casi de nostalgia y de ternura, de otra manera inesperados en ella, cuando vio a esa otra chica, también de blusa roja, con su pelo casi del mismo largo, color y textura, caminando al otro lado de la calle a pasos rápidos, casi corriendo, a pesar de que llevaba tacones altos.

—¿Es verdad que consideras que soy como tu hija? —le había preguntado esa tarde Elvira.

—Si no te importa —le respondió Begoña.

Elvira no. Elvira caminaba despacio, midiendo cautelosamente sus pasos. A veces se detenía a pensar con su cara de pájara asustada, como si no se atreviese sin más a cruzar la calle.

Miedosa, siempre miedosa.

Pero Begoña le reconocía que había aprendido a escribir nada de mal; hasta con viveza e ingenio, si encontraba su tema, con las frases y las palabras justas, lo que ciertamente no era poco.

De algo le serviría todo aquello en Suecia.

Antes de pagar por la gasolina, Begoña le pidió al empleado que le revisara las llantas y el aceite; el viaje no era largo, pero era mejor asegurarse.

¿Adónde irá esa chica tan rápido un día domingo? —se preguntó.

De seguro que no a la iglesia con esa pinta.

Al revés, seguro que ya venía de vuelta de alguna cita con algún cliente. Ella, en cambio, esos días no iba a ninguna parte. Estancada en Santiago, suspendida como una pelusa en el aire, enrabiada y perdida como todos sus amigos cuando no muertos de miedo y sin otro plan ella que no fuera esperar a que soltaran, quién sabe cuándo a Enrique.

No sabía la suerte que tenía la pobre. De vuelta de la vicaría, se quedaba por horas sentada a oscuras en ese cuarto descascarado con pintura como de monjas pobres adornado nada más que con esa foto amarillenta de Durruti que había salvado de su casa y que había puesto con un gesto entre patético y trivial colgando de un alfiler de cabeza rosada frente a ese escritorio horrible, como para santiguarse de feo, con su encimera de fórmica color verde rabioso.

Todavía le daba rabia haber perdido todos sus libros, sus cuadernos y sus papeles. Más rabia aun le daba haber perdido todos sus helechos. A veces, cuando se despertaba de mejor humor, el sentimiento de cólera se le mezclaba con ese otro más sutil, de liviandad y casi de alivio: “Ahora podré irme cuando quiera, sin preocuparme de bultos ni de maletas” —pensaba.

Pero eso era solamente un instante. Estaba Enrique: vivo, es cierto; pero prisionero, lo que postergaba la ida quién sabe hasta cuándo. Nunca había terminado de comprender el arraigo que Enrique sentía por Chile. No era desamor lo que ella tenía por este país en el que llevaba viviendo ya casi treinta años. Sentía afición y hasta cariño por las personas que habían solido allegarse los fines de semana hasta su casa a conversar de todo, a beber el vino navegado que decantaba Enrique y a probar los arenques salados que ella preparaba siguiendo la receta que le había enseñado su madre en Cabra.

Begoña no se quejaba; estaba allí mejor que muchos.

No era eso: en uno de sus cuadernos recordaba haber alguna vez escrito que para ella el desarraigo le venía de algo más profundo, más visceral; de una desconfianza instintiva contra los himnos, contra las religiosidades laicas que impregnaban los ritos celebratorios; contra la obligación de encontrar algo bueno simplemente, porque era de allí, como si la geografía fuese el árbitro supremo.

—¿Y qué hace una coña metida con un judío? —le había preguntado el matón de la camiseta amarilla y de los ojos bizcos, con una voz que, por un instante, pareció de veras más llena de auténtica curiosidad adolescente que de una amenaza velada y ominosa.

—A ninguno de nosotros nos importan las nacionalidades.

—Con tal de que te lo metan bien, no te importa cómo tengan el pico, ¿ah?

Begoña no le contestó.

—¿Y quién creí voh que era la pelirroja con la que andaba paseando ayer tu maridito? —insistió el bizco.

—Ni idea de lo que me habla.

—Y esta carta, ¿de dónde son las estampillas?

—De Suecia.

Esverige. Suena a tripas esa güevá.

—En eso estamos de acuerdo.

—Te reí, coña. Toma, llévatela.

Begoña tomó la carta de Elvira, mirando fijamente al bizco con sus ojos alertas, pero sin atreverse a preguntarle adónde debía llevársela.

—¿Y ese otro quién es? —le continuó preguntando el bizco, apuntando con su dedo a la foto en la pared y desviándole la mirada.

—Un primo —le mintió rápido Begoña.

El bizco se quedó callado un momento; después se dio media vuelta y sacó su encendedor del bolsillo de perro del pantalón.

—A ti no te vamoh a llevar, coña. Pero mejor te poní tu abrigo, porque vamoh a quemar toda esta güevá, así que saca la fotito de tu primo antes de que arda todo.

—¿Dónde está Enrique? —le preguntó Begoña alarmada.

—No te preocupí, coña. Ya lo subieron a la camioneta.

—¿Puedo verlo?

—Nop. Ya nos vamos, coña. Sale rápido al patio y de aquí en adelante a ver si te portai bien —le dijo el bizco antes de arrojar el trapo encendido sobre la cama.

© 2018 - 2020, Román Soto Feliú.
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