Begoña, sus helechos

No estoy segura si la pasión por los helechos ya la tenía en germen Begoña cuando todavía vivíamos nosotras en Cabra, o si la pilló ella aquí en Chile después de dormir por primera vez en casa de Enrique, salir a la mañana siguiente al campo y asombrarse con la intensidad de ese verde gris que resaltaba entre la sequedad gris de los cerros.

Meticuloso y con la misma obsesión maniática por las tablas y por las cifras que había heredado de su padre, Enrique se pasaba horas, días y meses, midiendo las cantidades y las proporciones de cuanta substancia conocida y secreta contenían las hojas, las raíces, las frutas y los tallos de las plantas que llevaba a su laboratorio de agrónomo en la Quinta Normal.

De vuelta cada tarde a Peñalolén, y con una diligencia y parsimonia casi religiosa, Enrique acolchaba, alcorcaba, estajaba, injertaba, podaba y regaba allí con un amor bordeando lo infinito no sólo su macoña y el sauce llorón que le daba sombra y respiro cada verano, sino también sus bayas fragantes, sus matorrales de hojas espinosas y de plantas medicinales y aromáticas, desplegando así la faceta campesina de su pasión botánica que de seguro le venía del recuerdo inconsciente de los shtetlos de sus abuelos dálmatas.

Ya antes de mudarse definitivamente a su casa ese primer septiembre, se le unió en su afán Begoña.

Mi amiga tuvo suerte.

La vertiente de agua fresca que manaba más abajo de la odiada madriguera de conejos le proporcionó la humedad necesaria para comenzar a criar sus culantrillos, quilquiles, palmillas, doradillas, limpiaplatas y hasta berros.

De ahí y llevarlos en macetas de greda hasta la choza alrededor del fogón no hubo más que un paso.

—Ahora sí que sé que mi casa es también tu casa —le dijo Enrique alcanzándole un vaso de tinto chambreado cuando Begoña terminó de instalar su primera maceta al lado del sillón de cuero viejo y sentarse frente al fuego.

¿Es que necesitabas más pruebas? —le preguntó ella.

© 2018 - 2020, Román Soto Feliú.
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