Grosellas:
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Viviana Altman.

En diciembre de 2009 decidí vender mi cabaña de Caburga. Cuando en la primavera de 1964 mi padre compró la parcela de 24 hectáreas donde la hizo construir, Caburga era un sitio remoto al que sólo se llegaba desde Temuco después de un viaje de más de tres horas por un camino de grava y de tierra. Los temucanos a los que les gustaba alejarse de la ciudad y adentrarse en la montaña se allegaban a Pucón o iban al Llaima; sólo unos pocos locos aventureros llegaban hasta Caburga. Todo eso cambió en apenas un par de años y los precios de los sitios ya se habían triplicado hacia fines de esa década. Nada, sin embargo, anticipaba que Caburga se convertiría en el sitio turístico que es hoy, lleno de lujosas casas de veraneo, hoteles, restaurantes y bares abiertos toda la noche, que sirven a esa multitud interminable de veraneantes que llega cada verano con sus lanchas a motor, vehículos todo terreno, asistentes y criados, asesores, secretarios de prensa, periodistas y guardias de seguridad. Una gran bendición que ha traído bonanza y progreso para muchos, pero para otras como yo, que abrigamos la soledad y el silencio, una peste insoportable.

Muy pronto encontré a una entusiasta compradora y en marzo acordamos que ella tomaría posesión de la propiedad a comienzos de la primavera. Comencé entonces la ardua, triste y, a veces, dolorosa tarea, de remover las cosas que deseaba conservar, muchas de ellas preñadas de recuerdos y de nostalgias. Mientras poco a poco las iba poniendo en cajas de cartón, escuché de nuevo muchos vinilos de los sesenta y de los setenta que ya había olvidado tenerlos y visité —no puedo decir que las leí completas— muchas de las novelas que no veía desde mis tiempos de la secundaria o de la universidad, a menudo gozando con ojos nuevos los mismos pasajes subrayados a lápiz en aquella época —es una lástima muy grande no decir nunca lo que una siente— y riéndome de mí misma por lo mucho que otros habían perdido tanto de su encanto y de su magia.

Me encontré con sorpresas: papeles con recetas, dibujos de mariposas, cuentos míos o de mis amigas jamás publicados, cédulas de identidad de mis abuelos, fotos en las que vagamente reconocí rostros y miradas que me observaban serenamente desde otro espacio y desde otro tiempo, insignias vergonzantes que me apresuré a tirar esa noche a la fogata, aunque sin poder dejar de sentir, sin embargo, que me desprendía de algo que también había sido mío.

Descifré con gusto, entresacando palabras dulces de entre su trabajosa caligrafía, un atado de cartas que mi padre envió cada semana a mi madre desde Munich y en un costurero de mimbre, entre las agujas y los carretes de hilo de colores, había botones, monedas, llaves de quién sabe qué puertas y, escrito a mano en un papel azul doblado en dos, un poema de Delmira Agustini.

Una mañana, oculto detrás de un diccionario sin tapas, encontré el diario de Monche. Creo que nunca he dejado de pensar en mi amiga —fue el tiempo que pasé con ella lo que la hizo tan importante— y después de hojear su diario de nuevo —recuerdo la noche en que llegó ansiosa a mi casa pidiéndome que se lo guardara— pensé también en Aníbal, en sus ridículos anteojos de carey, en su cara llena de pecas, y en los días terribles que pasó aquí —en esta misma cabaña— después del golpe de estado.

Mientras paseaba esa tarde por la orilla del lago —ya bien entrado el otoño de modo que no había casi nadie— recordé también las tardes que pasé con Elvira, un encuentro atroz que tuve hace poco con Maruja, las peleas que tuve con mi madre reprochándome ya entonces que nunca le daría un nieto y, poco a poco, mientras más pensaba en esos años, una multitud de detalles contradictorios, ambiguos e incompletos, comenzó a formar una historia llena de cabos sueltos, de conversaciones olvidadas, de culpas, de pasiones secretas y escondidas.

Decidí escribirles a Monche y a Elvira —demos gracias a quién corresponda por habernos dado el Internet— y así recibí copias de sus cuentos y comentarios sobre mis recuerdos. En varias noches de insomnio comencé yo misma a escribir, a poner diferentes fragmentos de papel sobre la mesa, a organizarlos en cadencias y en contrastes. Inventé, quité redundancias y llené lagunas contando las cosas que ignoraba como creo que pudieron haber sido.

El resultado es un collage de historias disímiles que me hará más fácil desprenderme de este sitio en el que tanto he amado y en el que algunas veces me he dejado amar. Es un esfuerzo por recuperar memorias quebradizas y mutantes desde el olvido y, también, una ofrenda para celebrar lo que, para bien o para mal, fuimos.

Viviana Altman Kröel
Temuco, 23 de abril de 2011


El gesto de Monche


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