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Caburga.

Varios de los escritos de Viviana Altman están fechados en Caburga, una pequeña localidad de las montañas a las orillas del lago con el mismo nombre en el sur de Chile. No es descabellado pensar que Caburga funcionó para ella como un refugio, como un locus amoneus, donde pudo soñar, gozar su soledad y ocasionalmente llegar incluso a amar, aunque ello la mayor parte de su vida le estuviese prohibido. Cuando empecé a leer su legajo no me llamó inmediatamente la atención lo que quedaba del diario de Monche Martín. Su letra minúscula, puntiaguda y ya bastante descolorida, era difícil de leer y me interesó mucho más entonces la nota escrita, al parecer por la misma Monche, en una servilleta de papel que encontré, doblada en dos, dentro de una tarjeta de saludo firmada por ella y fechada en febrero de 2010 en Madrid.

Viviana Altman —me imagino que fue ella— copió esta nota en forma casi idéntica al comienzo de lo que a todas luces quería ser el borrador de una obra de teatro basada en la transcripción de una larga conversación, ocurrida en Temuco a mediados de enero de 2008, entre Monche y Gustavo Herrera, el amigo y compañero de partido de Aníbal, su hermano desaparecido.

La transcripción, inconclusa y con dos versiones dispares del soliloquio de Monche acerca de Carlos Labarca, estaba, sin embargo, llena de correcciones, hechas a mano de manera tan sutil con un lápiz de grafito, que era siempre posible ver la versión original, como si Altman no hubiese querido borrarla del todo, sino mantenerla en reserva en caso de que quisiese usarla más tarde. De hecho, las más de las veces, fue esa versión la que he incluido yo en la preparación de este volumen por parecerme más auténtica y espontánea.

La nota firmada por Altman expresa claramente su desdén por la desafortunada transformación sufrida por Caburga en estos últimos años, así como su intención de organizar sus papeles en la forma de un libro. Comparto su apreciación: la prístina belleza edénica del sitio se ha vuelto una convencional y deleznable atracción turística tras la invasión de los afuerinos veraniegos. Con respecto a lo segundo, desafortunadamente el legajo no incluye ninguna indicación acerca de cómo pensaba ella hacerlo. Bien puede ser que el orden que yo he elegido tenga muy poca relación con el que hubiera dispuesto Viviana Altman, pero, en el fondo, no creo que eso tenga mayor importancia.

Transcribo su nota a continuación, sin grandes modificaciones ni comentarios, si no es más que para decir que me enternece su velada y melancólica añoranza que se extiende mucho más allá del sitio aludido, matizada, sin embargo, con su resuelto y descarnado sentido práctico. Lo demás puede leerse en el orden que al lector le plazca saltándose, si así lo quiere, las partes (o las formas) que no le interesen.

RES


Viviana Altman


© 2015, Román Soto Feliú.