Amparo

aneja

Viviana, aquí te dejo el borrador del cuento del que te hablé ayer en el velatorio. Aníbal tenía razón; lo escribí esa noche en su casa. Me enternece pensar que en medio de todo su espanto te haya hablado de Amparo. Puedes quedarte con él y mostrárselo a Monche; la verdad es que desde que Aníbal desapareció yo nunca había vuelto a leerlo y lo encontré anoche envuelto en una carpeta metida en un cajón del armario del living en la casa de mis padres.

Elvira.

24 de junio de 1986.

A Elena Águila
y a sus ojos redondos.

La bicicleta.

El primer impulso de Mercedes fue oponerse a la bicicleta de muchacho que Álvaro le compró a Amparo en el baratillo del incendio de la Iglesia del Corazón de María. Pero, cuando vio sus tremendos ojos extasiados, optó por callarse y le acarició la mejilla antes de alcanzarle tus jeans viejos para que se los pusiera debajo de la falda. Sabía que el ejercicio bien podría curarla de sus irritantes distracciones que la hacían quedarse callada a mitad de una frase, olvidarse de hacer sus tareas y arriesgarse una vez más a repetir el curso. En sus días más fantaseosos, Amparo abría de par en par la ventana de este cuarto y, enamorada del viento, dejaba flamear su pelo, soñando con hacerse follaje y dejarse soplar como granos de polen hasta confundirse con la tierra.

Tú nunca me contaste nada de ella, Aníbal. Nunca encontramos tiempo entonces y después casi no nos vimos. A veces pienso que así es mejor. Así puedo imaginármela como yo quiera, como podría imaginar a mi propia hermana de haberla yo tenido. Creo que tú nunca la entendiste, amor. Desdeñaste de antemano sus dibujos estrafalarios, porque creíste que eran desvaríos de loca sin remedio. Te perturbaba la mirada sonámbula de sus ojos redondos, el desorden de su pelo con rulos desgrañados, sus largos dedos enrojecidos de tanto comerse las uñas y su uniforme de colegiala azul marino siempre manchado.

Juliana.

Asomada medio cuerpo afuera desde tu ventana, Amparo apenas alcanzaba a distinguir la madera amarilla de la casa de Juliana, casi oculta entre los castaños, media cuadra más arriba y al otro lado del bandejón de Prieto. Se inspiraron en las luciérnagas, pero nunca lograron hacerse señas de noche como tantas veces lo intentaron hacer con sus linternas. Pero se veían a diario en las tardes para jugar a las escondidas, andar en bicicleta y tomar las once después del colegio.

La bicicleta de Juliana, heredada de su hermano Arturo que la había heredado a su vez de su primo de Lumaco, estaba casi tan destartalada como la de Amparo. Sin embargo, Juliana era dueña de una agilidad y rapidez tan asombrosa que Amparo sudaba, se le terminaba el aliento y le daba trabajo seguirla por Prieto, virar a la derecha en Balmaceda; continuar, pasar el cementerio y la cárcel, virar a la izquierda en Vicuña Mackenna, antes de llegar hasta la explanada al pie del Ñielol donde se instalaban los circos de payasos, de elefantes y de leones; los campamentos de gitanas rubias y pelirrojas que Amparo y Juliana observaban fascinadas y curiosas, desde lejos, comiendo huevos duros y confites de naranjas.

—Mi mamá dice que las gitanas se roban a las niñas que andan solas, pero yo no le creo —le dijo Juliana.

Don Carlo y doña Franchesca.

Los padres de Juliana, don Carlo Magaldi y doña Franchesca Venturelli, se habían mudado hacía unos pocos años desde Capitán Pastene y abierto en el Mercado de Temuco un puesto de frutas, chocolates y caramelos, mermeladas caseras, panes dulce y verduras de las granjas del Bajo, a pocos pasos de la charcutería de mi padre.*

No eran grandes amigos, pero les gustaba intercambiar cuentos y chascarros mientras esperaban a los clientes en las horas muertas de la tarde. En esos días los momios habían puesto de moda los chistes que se burlaban de los asesores demócratacristianos, y don Carlo se reía a carcajadas con los que le contaba mi padre, haciendo batir su inmenso vientre, sostenido a duras penas por sus pantalones de franela negra y atados con un cinturón de cuero trenzado que remataba en una hebilla de acero con la insignia albiceleste del Lazio.

A Amparo le encantaban las rosquillas de anís que doña Franchesca preparaba cada jueves para la hora de once. Esas tardes Amparo y Juliana se sentaban a la mesa muy juntas, una al lado de la otra, con sus ojos atentos a la fragancia azucarada de la gran sartén de hierro azulino con aceite humeante, chirriando sobre la cocina a leña.

Arturo.

Habiéndolo conocido desde que aprendieron a caminar y luego a compartir los trozos de chocolate oxidado que don Carlo les llevaba del almacén, Amparo abría aun más sus grandes ojos redondos y pardos cuando Arturo, sentado frente a ella, le alcanzaba el cuenco de miel de palma, presionándole disimuladamente sus rodillas por debajo de la mesa.

En más de una mañana lluviosa, Arturo había esperado cerca de la estatua de Trizano hasta verla salir de su casa, para encaminarla hasta el paradero de buses frente a la Iglesia San Francisco, protegiéndola bajo su enorme paraguas negro a lo largo de las dos o tres cuadras de camino, mal hilvanando las frases galantes ensayadas durante la noche.

Amparo disfrutaba de lo lindo esa compañía tierna de Arturo. A fines de esa primavera le había obsequiado una pequeña acuarela sobre una cartulina verde que mostraba a dos flacuchentas ranas moradas, tomadas de la mano, mirándose de reojo y columpiándose en una hamaca de lona turquesa, que Arturo se apresuró a guardar abochornado y sorprendido, dentro de su cuaderno de rayas azules forrado con un papel rojo encendido como su cara.

—No sabía que había ranas moradas.

La noche de los sanjuanes.

La verdad es que, a pesar de las gitanerías de Juliana, Amparo estaba mucho menos interesada en corresponder besos robados y caricias fugaces al pasar cerca del vano de la escalera, que en doblar su ya inmensa colección de cartulinas llenas de dibujos de escarabajos, de caracoles, de sapos, de libélulas y de mariposas.

La pasión por dibujar toda clase de bichos, entremezclando desenfrenadamente sus formas, sus texturas, sus alas, sus antenas y sus colores, le había comenzado dos semanas después de la calurosa medianoche del veintidós de enero de mil novecientos sesenta y dos, en la que una lluvia de sanjuanes golpeó su ventana entreabierta inundando este cuarto.

Todavía sin dormirse, Amparo saltó de su cama y en un santiamén sus brillantes caparazones verdes la cautivaron por completo, haciéndole cosquillas con sus patas pegajosas y peludas cuando, maravillada como un gato de meses, los dejó trepar libremente por sus manos, por sus brazos y hasta por su pelo ensortijado, antes de dormirse sobre la alfombra de lana cruda, soñando que se había convertido en una encina centenaria.

Lloró la mañana siguiente al descubrir que los sanjuanes, con la excepción de uno que se había quedado durmiendo remolón entre sus rizos negros, habían desaparecido por completo metiéndose quién sabe dónde.

Amparo cogió al sanjuán rezagado y, luego de sacar los restos de lápices de colores mordisqueados y un sacapuntas azul roto, lo puso con cuidado en el estuche de madera que llevaba al colegio.

Ayudada por Monche, perpleja, pero fascinada con la locura nueva de su hermana, Amparo trató por más de una semana de alimentarlo con las hojas de lechuga, las migas de pan y los trocitos de zanahoria que guardaba del almuerzo.

Sus esfuerzos fueron inútiles. La mañana del domingo cuatro de febrero, el sanjuán amaneció panza arriba e inmóvil. Desanimada por la escasa respuesta que el sanjuán le daba a sus canciones, a sus besos, a sus toqueteos y a sus soplidos, Amparo resolvió enterrarlo, con estuche y todo, en el hoyo que cavó con Monche debajo del manzano silvestre que crecía al fondo del patio.

—¿Por qué no le ponemos un ramo de claveles rojos con helechos?

El hallazgo.

La tristeza le duró hasta la misma mañana en la que tú y yo nos tomamos por primera vez juntos una leche con plátano en la Calipso, dos días después que tu padre te pegara esa tremenda bofetada en la despensa de la casa de Maruja, y en la que ella y Juliana se internaron temprano en el bosque del cerro por el camino lleno de charcos de Agua Santa.

Al quedarse mirando boquiabierta y alucinada los cristales de rocío que brillaban sobre una telaraña a la luz de la mañana, Amparo descubrió de golpe los miles de insectos y de colores que antes habían estado invisibles para ella.

Desde esa misma tarde, se dedicó a dibujarlos con las plumas y las tintas que le rogó a Mercedes le comprara a plazos en la Librería Alemana, trayendo a casa decenas de cartulinas nuevas cada vez que salía al campo en su bicicleta.

Aprendió sus nombres y costumbres consultando los volúmenes ilustrados de la Enciclopedia Espasa que encontró en la Biblioteca Municipal. Al principio don Galo Sanhueza solo a regadientes le había permitido copiar los dibujos, siempre vigilándola atento y escéptico por encima del hombro para asegurarse que tuviera todos los dedos inmaculadamente limpios sin traza alguna de chocolate o de tinta morada.

Pronto, sin embargo, persuadido por su tesón y laboriosidad, le permitió consultar, también, las láminas del libro de Claudio Gay el que produjo, sacándolo con cuidado y misterio, desde un anaquel escondido, y que le aseguró, con cara de cómplice travieso, que nunca nadie lo había hojeado en los últimos treinta años.

Una tarde de lluvia fresca, después de la once de sopaipillas pasadas con chancaca y té con leche que les había preparado doña Franchesca, y mientras Amparo compartía animada con Juliana la cartulina recién hecha de una araña verde y de enormes ojos negros, Arturo les contó misterioso, en voz baja y fingiendo aprensión y espanto, que le había oído a un compañero de escuela hablar de la madre de la culebra.

—¿Y qué es la madre de la culebra?

Revelación.

Pero en todo ese verano no encontraron ninguna y luego la lluvia gris del invierno apagó sus bríos. Hasta fines de ese otoño, Amparo había continuado dibujando cuanto escarabajo y cuanta mariposa lograba atrapar en sus salidas con Juliana. Después, la humedad y la melancolía hicieron presa de su cuerpo, amorteciendo su risa fácil y enturbiando la mirada cristalina de sus ojos redondos.

La aburría a gritos la cháchara incomprensible que caía cada día sobre ella en las interminables clases del colegio, y la tristeza insondable que adivinaba en los ojos enrojecidos de Mercedes cuando llegaba las noches tropezando contra las paredes del baño la angustiaba sin remedio.

Encerrada con ella en su cuarto, Amparo asustaba a Monche, muda, con su lápiz en la mano detenida en el aire a mitad de una frase y con sus ojos fijos sobre las gotas de lluvia deslizándose incesantemente sobre los cristales de la ventana, descubriendo en ellas formas y señales agoreras que nadie más que ella veía. Siempre con legañas y con sueño, Amparo temía dormirse en las noches, acosada por los monstruos que poblaban sus pesadillas, cubriéndose las orejas con sus manos para evitar los llantos y los gritos que venían del piso de abajo. Aborrecía levantarse en las mañanas, doblada por los dolores de su panza hinchada y por sus ahogos.

Amparo sufrió sin cesar hasta la tarde del veintiuno de noviembre en la que, mientras untaba con sal una de las grosellas verdes que compartía con Monche, dejó que sus manos continuaran dibujando por sí solas, abstraídas, sin saber del todo lo que aquellas hacían. Solo el grito destemplado de su hermana la trajo de vuelta a la mesa.

—¡Huy! Es bonita; pero muy rara —le dijo Monche.

Una prenda.

Poco después de la fiesta con la que le celebraron sus trece años, llegó el verano de nuevo. Doña Franchesca les envolvió tres huevos duros y tres naranjas tempraneras que Arturo puso en su bolsa de lona amarilla antes de salir juntos siguiendo el sendero a lo largo del canal Gibbs.

Pedalearon hasta llegar a la curva desde donde, entre las lianas, las quilas y las zarzamoras, se veía abajo toda la explanada. Allí, sentados sobre dos encinas tumbadas por el temporal del invierno, abrieron sus huevos duros y pelaron sus naranjas.

—Mi papá dice que quiere volver a Capitán Pastene —le dijo con voz queda Juliana.

Arturo bajó sus ojos confundidos y también los bajó Amparo. Juliana iba a decir algo, pero entonces Amparo y Arturo le hicieron señas con las manos para que se callara.

Ahí estaba, moviéndose despacio y cautelosa sobre las hojas secas y las cáscaras de naranjas. Arturo se lanzó boca abajo cogiéndola un segundo antes que Amparo. Se miraron con las cejas empapadas, con las mejillas encendidas y con las narices dilatadas. De rodillas, no se atrevían a decir nada ni a moverse no fuera cosa que se les escapara.

Por fin, Arturo abrió lenta y sigilosamente su mano y pudo mostrársela a Amparo. Ella no podía creerlo. Fingiendo estar muerta y quedándose muy quieta, era igual a los dibujos que había visto tantas veces en el libro de don Galo, de brillante negrura caoba y con casi once artejos en sus inmensas antenas dentelladas. Solo que aun más brillante, de caparazón aterciopelado, y de patas duras como espuelas.

Entonces, Arturo puso delicadamente a la madre de la culebra en el bolsillo de la blusa blanca de Amparo, abotonándolo con ambas manos mientras ella, todavía con sus mejillas encendidas, le daba un beso suave en los labios mientras él miraba de reojo a Juliana que les sonreía con ojos cómplices, ufana y satisfecha.

—La casa de mi abuela en Capitán Pastene es inmensa. ¿No te irías tú con nosotros?

Contraseña.

La algazara de voces chillonas y el estrépito de cajas de madera dejadas caer desde los camiones descalabrados los sacó de su ensueño cuando, escasamente a unos pocos pasos de distancia, los gitanos comenzaban a armar su campamento en la explanada.

Los ojos de Amparo se clavaron enseguida en la gitana delgada, altísima, de pelo cano rojizo, de inmensa falda verde y de blusa anaranjada, cerrada por un sin número de botones azules cruzándole el pecho, que daba órdenes breves y tajantes, apuntando a todos lados con sus dedos largos y afilados que remataban en uñas de turquesa.

Hacía calor y la gitana se secaba el sudor de su frente cuando una ráfaga de viento arremolinado y cálido le arrebató su pañuelo de seda morado que, volando por encima de las zarzamoras y de los cardos, fue a dar al pecho de Amparo. El aroma mesmerizante del pachulí la arrobó, acelerando su corazón y golpeando sus sienes, antes de correr hacia la gitana que ya caminaba decidida hacia ella.

—Su pañuelo, señora.

Breve y ágil como los zorzales.

Esa noche Amparo abrió las cortinas, dejando que la luz clara de la luna llena inundara las paredes azules de este minúsculo cuarto.

Apenas había tenido calma para pensar en sus dibujos recién hechos esa misma tarde, sin poder sacarse de la cabeza la mirada intensa con la que la recibieron esos ojos negros, subyugantes como el perfume dulzón y profundo que aún sentía que embebía sus pechos todavía pequeñitos. Resolvió volver al campamento temprano en la mañana, haciéndole jurar a Monche que no diría una palabra ni a sus padres ni a Aníbal. Los pájaros ya se despertaban cuando finalmente se durmió, pensando cómo podría preguntárselo a la gitana.

Sin todavía haber llegado la aurora, había comenzado a lloviznar cuando Amparo salió de la casa. Montó su bicicleta y pedaleó despacio sobre el pavimento mojado; feliz porque, como lo había previsto, a esa hora no había nadie en la calle.

Pedaleó más rápido al pasar frente a los ocho cipreses del cementerio, sin atreverse a mirar sobre su hombro. Cuando llegó a la avenida de los sicomoros se detuvo, se bajó de su bicicleta y la escondió tras las matas de frambuesas que crecen cerca de los eucaliptos.

Desde el borde de la explanada, pudo ver a la gitana caminar entre las carpas y los restos de fogatas, recogiendo contrariada las sábanas blanquísimas que inútilmente había puesto a secar al sereno.

En cuclillas, se la quedó mirando antes de acercarse hasta la acacia donde colgaba el cordel de la ropa, agazapándose detrás de la línea brillante de blusas, de faldas y de enaguas de encaje, de lino y de seda. Dio un salto cuando escuchó la voz ronca que le hablaba con dulzura seca desde el interior de la carpa.

—Te estás mojando, muchacha. ¿No quieres entrar hasta que pase la lluvia?


✎ Quizá quieras ahora volver al diario de Monche en el que póstumamente se dirige a Mercedes.

✎ ...o explorar ahora algo muy diferente y leer el cuento de Schwarz, el gato de Nicole.







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