Aníbal y Elvira

El marino regresa como una brisa.

Temuco, sábado 18 de octubre de 1969.

...y si se despierta tu mamá, qué hacemos?

—Así como está ella esta noche, no se despierta ni aunque pase un tren de carga por el patio.

—¿Por qué cuchicheamos entonces? ¿Por Monche?

—A Monche no le importa. Es buena onda.

—Me gusta Monche. ¿Viste su blusa? Me encanta.

—Y a mí me gustas tú. Muévete un poco.

—Quería estar contigo, Aníbal. Abrázame.

—¿Cómo? ¿Así?

—Así; así es rico.

—¿Qué me miras?

—Te salieron más pecas; lindo.

—Mmm.

—Cuéntame, cuéntame cosas. No me has contado nada.

—¿Y qué quieres que te cuente, Elvira?

—No sé. Los marinos siempre les cuentan historias a sus mujeres cuando vuelven de sus viajes. ¿Tú no?

—No soy marino ni tengo muchas historias.

—¿No te gustó ninguna cubana?

—Ninguna tanto como tú.

—Bribón, entonces algo te gustaron.

—Nah, me gusta más tu olor; me gustan más tus ojos.

—¿Y a qué huelo yo según tú?

—Mmm; no sé, a aire fresco, a bosque. Mmm, a mar.

—Mmm, rico. ¿Y tú? ¿No trajiste otros olores en tu ropa?

—No, no como en la canción; la mía está toda limpiecita.

—Pero con tu pinta, con tus ganas, más de seis meses...

—No hubo tiempo para eso, Flaquita.

—¿No? Militaste todo el tiempo. ¿Verdad que sí? Todo muy serio.

—Un día fuimos a la playa y de ahí te traje una caracola.

—¿De verdad? Muéstramela. ¿Dónde la tienes?

—Después. Mmm. Me gusta eso; me gusta que seas liviana.

—¿Liviana como qué?

—Liviana... Liviana como una pluma.

—¿Como una pluma? Como una pluma no; eso lo dicen todos. Liviana como una pelusa de gata.

—¿Cómo una gata?

—Camino y me arrastro despacio sobre ti. ¿Viste?

—Sí, pero para un poco: tu pelo me hace cosquillas.

—Quiero quererte, Aníbal.

—¿Tienes hambre, Aníbal?

—Un poco.

—¿No quieres chocolate?

—¿Tienes?

—Me enseñaste bien, Ladronzuelo. Ahora siempre tengo.

—Ah. Esa es de la vieja Regina. Dame un poco. ¿Dónde los robaste?

—Estos me los regaló Osvaldo, ¿te gustan?

—Mmm.

—Te queda bien el bronceado, hermoso marino viajero y caballero errante; pero me encanta que hayas vuelto.

—Y solo fueron un par de meses, no montones de años.

—¿Y cómo fue la Circe que conociste en esa isla? ¿Te gustó?

—Sí, era una Circe con unas tetas y un culo enormes. Con serpientes en la cabeza.

—Te creo lo de las tetas grandes; pero las serpientes son de Medusa, marino ignorante.

—Enséñame tú, entonces.

—Todo lo que tú no sepas. ¿Qué quieres saber? Dime.

—¿Qué hiciste todo este tiempo? ¿Tuviste un pretendiente?

—¿Yo? No, ninguno.

—¿Seguro?

—Me infectaste, Aníbal: lo peor que puede pasarle en este pueblo a una niña buena como yo es meterse con un rojo hediendo como tú.

¿Rojo? Uff. ¿Te joden mucho con eso?

—Un poco; Maruja se atora tanto que ni a preguntarme se atreve.

—No le hagas caso a esa momia.

—Para variar pasé un buen rato con ella; fuimos a la Calipso; hasta nos reímos un poco. Se acuerda de tus anteojos.

—Qué le importan a ella mis anteojos.

—En enero se casa con Sergio.

—Otro igual que ella. ¿Y tu mamá?

—Ella... La pobre esta noche no duerme..., pero más de rabia que de angustia.

—Mmm. ¿Y don Ernesto?

—No creo que le guste que me quede aquí contigo, pero por lo demás se calla.

—Le estarás enseñando bien.

—Sí, soy una buena maestra y él no tiene cara para quejarse.

—¿Viste a Nicole?

—Un par de veces, en la Calipso.

—¿Y qué dice ella?

—Le gustaron algunas de las cosas que le mostré.

—¿No todas?

—No, claro que no. Eso es lo que he estado haciendo, Aníbal: en las mañanas, vendo huevos y queso; en las tardes, tejo y destejo cuentos; en las noches, pienso.

—¿Y en qué piensas tanto, Elvira?

—Un poco de todo. Ahora pienso en que me encantan las ventanas de tu cuarto.

—Antes era el de Amparo.

—¿Y tú, dónde dormías?

—En el living.

—Tú nunca me hablas de Amparo.

—Porque no hay mucho que contar.

—¿Cómo puedes decir eso, Aníbal? Era tu hermana.

—Hace más de cuatro años que se murió. ¿Qué quieres que te diga?

—¿Se parecía a ti o a Monche?

—Un poco a los dos. Su pelo era moreno como el mío, pero lo tenía rizado como el de Monche.

—¿Te llevabas bien con ella?

—No me vas a creer, Elvira; pero no me acuerdo.

—Esas son pamplinas, Aníbal, huevadas.

—Me cuesta acordarme de ella, Elvira.

—¿Te cuesta hablar de ella, amor? Trata, trata de decirme algo. Cuéntame. ¿Qué hacía?

—La Amparo era fantasiosa y distraída; un poco loca. Le gustaba dibujar; dibujos raros: de mariposas con trompa de elefante, de ranas con alas de murciélago; de mujeres volando en alfombras mágicas. Ya te dije: cosas raras.

—¿Dónde están, Aníbal? Quiero verlos.

—No se puede. Mi mamá los quemó todos.

—¡Qué triste!

—Hizo una gran hoguera: con su ropa, sus libros, sus fotos; con todo. No dejó ni la muestra.

—¿Por eso es que tu mamá toma tanto?

—Ella ya tomaba de antes, Elvira.

—¿Sabes por qué trajo la escopeta hasta aquí?

—¿La Amparo? ¿Quién sabe? Otro día, te cuento más; si todavía quieres; pero no ahora, Elvira. Por favor, no ahora...

—Elvira, creí que no te despertarías nunca. Van a ser más de las doce.

—Me dormí recién a las ocho. Me pasé la noche escribiendo.

—¿Y qué escribiste tan largo?

—El borrador de un cuento sobre Amparo. ¿No quieres que te lo lea? Ensayé ritmos nuevos.

—Más tarde; pero, ¿viste? No necesitas que yo te cuente.

—¿Tú nunca me vas a contar nada, Aníbal?

—¿Y para qué quieres saber tanto?

—Yo te cuento mis cosas.

—¿Qué quieres saber, Elvira? A ver, dime. Ayer te pasaste la tarde sin atreverte a hacerme la pregunta de frente.

—¿Quieres que te pregunte, Aníbal?

—Pregúntame lo que quieras. Yo no voy a mentirte.

—¿Te tiraste a una mina en tu viaje?

—Una.

—Mierda, Aníbal. ¿A quién? ¿La conozco?

—No. Se llama Denise; pero fue apenas un polvo.

—¿Denise? ¿Francesa?

—Uruguaya.

—¿Uruguaya? ¿Y cómo es que ahora no me dices vos, pendejo?

—Ya te dije que fue apenas un polvo. No muy bueno.

—Uff. ¿Y tú crees que eso me va a hacer sentirme mejor?

—Yo solo te estoy diciendo cómo fueron las cosas.

—Eres un hijo de puta, Aníbal.

—Mira, Elvira. Tú misma lo dijiste: fueron seis meses...

—No me toques ahora.

—Nosotros nunca nos hemos prometido nada, Elvira.

—¿Te duchaste siquiera?

—Pasó hace meses, Elvira.

—¿Y de dónde sacaste a esa Denise o es una puta?

—Es una comadre.

—Todo queda en familia, entonces. La próxima vez que tú salgas, yo me tiro a Gustavo.

—Él no lo va a hacer, Elvira. Gustavo y yo somos amigos.

—Claro; y amigos que son, no comparten sus minas.

—Yo a ti te quiero, Elvira.

—Huevadas. ¿Por qué no me lo dijiste anoche?

—Anoche no me preguntaste, Elvira. Me tirabas indirectas, pero no me preguntaste.

—Todo esto es tan tonto.

—¿Por qué?

—He estado pensando en volver a Santiago.

—Yo no voy a quedarme en Santiago, Elvira.

—¿Cómo que no? Creí que te ibas el martes.

—Pero solo voy a recoger un par de cosas. Quiero venirme a trabajar al Sur.

—¿Por qué? ¿Vas a dejar la escuela?

—Voy a trabajar con los campechas.

—¿Ya lo decidiste?

—Sí.

—¿Cuándo?

—La otra vez que vine.

—Pero no me lo contaste. No me has dicho nada.

—Te lo estoy contando ahora.

—¿Ahora?

—Sí, ahora.

—Yo de todos modos quiero volver a Santiago.

—Nos vemos cuando yo vaya para allá entonces.

—¿Piensas ir seguido?

—No creo. De vez en cuando, quizás; cuando pueda.

—Cuando puedas... Supongo que eso es mejor que nunca.

—Hay mucho trabajo que hacer aquí en el Sur, Elvira. Eso es lo importante para mí ahora.

—¿Eso? Te veré cuando vayas, entonces.

—¿Me vas a cuidar el cuchitril?

—Creo que quiero buscarme otro sitio, Aníbal.

—Te entiendo.

—Lo entiendes, ¿así de tranquilo? ¿Tú querías que esto nos pasara, Aníbal?

—Es mejor así, Elvira.

© 2014 - 2020, Román Soto Feliú.
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