Begoña

Amar sin enamorarse.

Santiago, sábado, 12 de junio de 1971.

anejas

—¿Sabes lo que te pasa a ti con Aníbal?

—¿Qué?

—Que quieres demasiado ser su mina.

—No sé si su mina o... algo. ¿Quieres que lo disimule?

—No me entiendes, Elvira. No me importa lo que le hagas creer o no a Aníbal. Me preocupa lo que tú tienes metido en la cabeza.

—¿Te preocupa que lo quiera?

—Que quieras ser suya más que él de ti.

—No te entiendo.

—No seas de nunca de nadie, huevona.

Nicole y Elvira.

La Calipso, 15 de octubre de 1969.

—Elvira Codulá; dime, ¿quién eres?

—Una catalana que no habla catalán como me dijiste tú el otro día.

—¡Qué pesada que soy a veces! Pero es verdad; eso eres tú... Entre varias otras cosas.

—¿Qué otras cosas?

—Una escritora que no se atreve a escribir.

—Tan culpable que te sientas por todo... A ti todavía te pesa esa bofetada que le dieron a Aníbal.

—Es verdad, pero también recuerdo que una vez me castigaron a mí por su culpa. Bueno casi por su culpa.

Begoña y Elvira.

Santiago, octubre de 1970.

A la memoria de Yosuke Kuramochi;
él hubiera adivinado el porqué.

En ese tiempo yo acababa de terminar el primer bosquejo de mi tesina sobre novelistas latinoamericanas. Con mucha suerte para mí, Begoña Blanco había aceptado ser mi directora y, además de iniciarme en un campo que todavía no tenía nombre, me ayudaba a entender mis propias urgencias y a trabajar mis dudas y culpas. Begoña había llegado sola a Santiago —independiente y libre insistía en decir ella— a fines de los cuarenta, mucho después de los primeros refugiados de la guerra. Al principio, impartió clases en el Pedagógico, donde causó un gran revuelo al enzarzarse en una acalorada polémica sobre Neruda con Ricardo Robles, ganándose su odio eterno y el destierro a una oficina minúscula, fría y oscura del cuarto piso a la que llegaba por una escalera estrecha y llevando un bastón casi tan alto como ella para espantar a los murciélagos.

Continuó escribiendo artículos agudos e irreverentes, sistemáticamente rechazados en los Anales, pero aceptados en otras partes de ese pequeño mundo, hasta que uno de ellos llamó la atención de Gastón Carbonell, quien la invitó a mudarse a la Católica. “Estoy en completo desacuerdo con casi todo lo que escribes, para no decir nada de tu modo de vida; pero me gusta tu claridad, tu precisión y tu estilo” —le dijo Carbonell, de manera que quedara claro que se respetarían mutuamente, pero que difícilmente llegarían a ser amigos.

Allí la conocí yo poco después de mi regreso a Santiago la mañana en la que subí corriendo hasta su oficina del segundo piso, igual de fría que la de antes, según ella, pero mucho más amplia y provista de una inmensa ventana de dos hojas, desde la que cada primavera Begoña registraba mentalmente la aparición de los primeros brotes en los cerezos de flor que adornaban el patio adoquinado y siempre cubierto de palomas grises, negras y blancas o, ahora también, de volantes multicolores.

Nos veíamos en esa oficina, con olor al vapor de las hojas de eucaliptos que hervían lentamente sobre la estufa a parafina los inviernos y a la hierbabuena que colgaba de las paredes los veranos, cada martes en la tarde. Allí Begoña tachaba sin piedad mis párrafos blandengues e indecisos —como si estuviera pidiendo perdón y permiso, decía ella— y me conminaba a reescribirlos con frases firmes y directas, como una mujer con los ovarios bien puestos. Otras veces, simplemente apuntaba con su dedo largo y puntiagudo y me enviaba sin chistar de vuelta a la biblioteca, soltando contrariada una bocanada de humo de tabaco negro.

En cambio, en su casa de Peñalolén, donde vivía con su pareja, el biólogo Enrique Latz, Begoña me alentaba no solo a contradecirla, como ya lo hacía en su oficina, sino también a dejar que la conversación divagara desembarazadamente, hilvanando azarosamente una hebra con la otra, sin nunca saber a ciencia cierta adónde llegaría cada punta, si acaso llegaba a alguna parte.

—En el Campus, me llamas doctora Blanco y así ni Carbonell ni ningún otro puede quejarse de nada; pero aquí me tuteas, ¿entendido? —me dijo la primera vez que llenó mi copa con un Gato Negro, sellando unilateralmente nuestro pacto.

La casa de Begoña, construida en medio de una parcela que se encaramaba abruptamente sobre los cerros precordilleranos, era una oda al horror al vacío. A instancias del hermano antropólogo de Enrique, no era sino una gran explanada circular alrededor del fogón de la cocina, desde la que se extendía la sala que hacía de comedor y de estudio con las paredes repletas de estantes de libros, discos, cuadros y carteles de convocatorias políticas diversas, alrededor de una vieja foto de Durruti con traje y corbata, casi oculta por el respaldo de un sillón de cuero viejo y desvencijado.

Disimulado tras una cortina de arpillera se abría un pasillo que llegaba al amplio cuarto con vista al valle que les servía de dormitorio y, al otro extremo de la explanada, una escalera de caracol daba al altillo abierto a los cerros en el que yo me quedaba hasta pasado el mediodía del domingo cuando la visitaba los fines de semana.

—No cabe duda que, a la postre, el sueño de Buenaventura o más el de Comaposada era imposible —me dijo una de esas mañanas Begoña. Pero disfruto hinchándoles los huevos a los ortodoxos que vienen y se quedan boquiabiertos mirando la foto —añadió riéndose, mientras regaba los gomeros y rododendros que crecían por todos los rincones entre las macetas de helechos que colgaban desde las vigas del cielo raso.

—¿Entonces ya no eres anarquista?

—El anarquismo es más que un programa político; es una actitud ante la vida: libre de amarras, de cualquier tipo —me contestó.

A diferencia de Enrique, quien había votado por Allende las cuatro veces que había sido candidato, Begoña profesaba un irritado escepticismo con respecto del programa de la Unidad Popular. Pasadas las celebraciones de ese primer verano caliente, ya a la caída de un invierno inusualmente lluvioso para Santiago, se empeñaba en interpretar las noticias diarias con el prisma amargo de sus memorias de la anteguerra.

—¿No lo veis? Estas son señales que yo ya he visto antes y, canten lo que canten los amigos de tu Aníbal, no estáis para nada preparados —me dijo, después de apagar el televisor con la punta de su bastón y poner en el tocadiscos un elepé de Nina Simone, eligiendo cuidadosamente el último surco.

—¿Tú crees que aquí también habrá una guerra?

—¿Es que no te das cuenta que estos cabrones ya hace rato que la están preparando?

—No envenenes a Elvira con tu pesimismo de anarquista trasnochada —le dijo Enrique, mientras con su parsimonia y calma habitual, terminaba de enrollar un pito de dimensiones y formas perfectas.

—Ahí tienes a una mujer valiente. Se lía con quién le da la real gana y se niega a financiar bombas con sus impuestos —siguió Begoña, desentendiéndose del comentario de Enrique, mientras con sus dedos curvados como pinzas cogía el pito encendido.

—Bien por ella; aunque para mi gusto no sea esta ni de lejos la mejor canción del álbum —dijo Enrique.

—Eso, porque tú sigues siendo un cochino esteta burgués —le contestó riéndose Begoña.

—Es una buena denuncia, pero musicalmente no es una buena canción.

—Pamplinas, Enrique, pamplinas; escucha y cállate.

—Una vez mi padre me habló, no arrepentido, pero sí con mucha ambivalencia, de la quema de una iglesia en Lérida. Me imagino que es diferente de esto de Birmingham que canta ella —dije yo, intentando cambiar el tema.

—Para empezar, allí no se mataban a niños inocentes —me contestó brusca Begoña, exhalando con fuerza el humo.

—Sin embargo, el odio es el mismo —acotó rápido Enrique.

—No es verdad: tienen raíces muy diferentes —le respondió molesta Begoña, alcanzándome, por fin, a mí el pito.

—Las raíces sociológicas podrán ser diferentes, pero ese odio visceral que, lo reconozco, a veces todos sentimos, tiene la misma base fisiológica.

—Simplificas demasiado. El ataque de esos supremacistas respondió a un plan meditado; no fue el resultado de un impulso ni de tener ganas de salir corriendo.

—Pero fue el odio lo que los motivó a elaborar su plan y eso es pura amígdala. Allí, en esa pequeña glándula, no hay diferencia.

—A ese nivel tan bajo de la escala, quizás.

—¿Y qué otra cosa hay?

—La historia, por sobre tu biología. Uno es el odio de los que les jode no poder seguir cagándose en quiénes les plazca; el otro, de los que ya están hartos de que siempre les den por el culo.

—Y uno es mejor que el otro según tú —le dijo con sarcasmo Enrique.

—Ni mejor ni peor; pero uno es el odio de los míos. Eso me basta. Dame un poco más de eso, Elvira.

—¿Pero no podrían los otros decir lo mismo? —le pregunté yo, reteniendo el pito por un poco más de tiempo.

—¿Tú te crees que no lo dicen?

—Entonces, ¿cómo saber quién tiene la razón?

—¿De qué razón me hablas tú? —me dijo, arrebatándome ella misma el pito de la mano.

—La que te permite decidir quiénes están en lo justo.

—No me jodas con eso, Elvira. No te embriagues persiguiendo absolutos de catecismos de día domingo. Mi justicia y la de esos cabrones son dos cosas muy diferentes.

—Pero cuando tú escribiste protestando contra las odas a Stalin también perseguías absolutos —le dijo Enrique.

—Yo solo quiero que las reglas sean las mismas para todos.

—¿Y cómo vas a lograr eso? —le pregunté.

—Aunque sea a regañadientes y aunque siempre debamos nosotros cuidarnos las espaldas... de unos y de los otros.

—Bienvenida al bando de los moderados escépticos —le dijo burlón Enrique, pidiéndole el pito con la mano.

—¿Y para entonces dejaremos de odiarnos?

—Oh, Elvira, en eso yo estoy con Enrique. El odio es lo que nos hace humanos.

—El precio de la inteligencia y de la memoria. Mira tú a Begoña; heredamos odios viejos y creamos otros nuevos.

—Todavía debo ser una tonta ingenua, entonces. Pensé que era el amor —dije yo.

—También; pero, no te olvides que es una enfermedad —me contestó Enrique.

—Boberías. No le escuches a Enrique ni te vayas por esos caminos de misógenos imbéciles que enturbian todo con sus frases fáciles —intervino brusca Begoña, cediéndole ahora el pito a Enrique, pero solo después de darle otra chupada.

—¿Vas a decirle a Elvira, entonces, que el amor no es una característica humana? —le preguntó Enrique.

—Desde luego que no, mi amor. Bien sabes lo mucho que yo te quiero a ti —le contestó con un mohín coqueto ella, deshaciéndose el moño y dejando caer su pelo blanco sobre los hombros.

—Ahora sí me gustas de nuevo.

—¿Pero? —me atreví a preguntarle yo a Begoña.

—Más interesantes son las ganas que tengas en el coño: sin ninguna coartada de por medio —me contestó ella mirando a Enrique.

—¿Quieres decir las ganas de hacer el amor?

—O de follar, si lo quieres más preciso y en mejor castellano.

—¿Culiar?

Follar es más alegre y tiene la ventaja que no se usa como insulto... Pero sí, en el buen sentido de la palabra, culiar. Lo que tú desearías encontrar en esas historias que lees es una chica que se haya ido a la cama, no porque estaba enamorada, sino simplemente, porque tenía ganas de echarse un polvo.

—¡Qué esperanza! Cuando por casualidad aparecen las ganas están siempre disimuladas. Subentendidas a lo más.

—No mal material para una tesina: escarbar y buscar bajo la superficie —dijo Begoña.

—¿Estamos ahora hablando de las novelas que lee Elvira o de la vida? —preguntó Enrique.

—Las novelas de Elvira son parte de esa vida de la que tú hablas. Se nutren de ella y a la vez la transforman. Agrega a eso el cine o la canciones y ya tienes idea de un panorama —le contestó Begoña.

—Lo de las canciones es absolutamente cierto. Recuerdo lo disgustada que estaba mi madre cuando escuchó esa canción sobre la chica que, obedeciendo puntillosamente a sus padres, llega a su casa antes de que den las diez, pero que se ha pasado toda la tarde en la cama con su novio. Después de eso, mi madre culpaba a Serrat por todos mis pecados con Aníbal —agregué yo.

—Eso está muy bien, pero todavía esas canciones hablan de amor. ¿Dónde has encontrado tú a una chica que solo lo haga por las ganas? —me preguntó Enrique.

—Bueno —dije, sonriéndome nerviosa y dándome tiempo para respirar luego de una pausa larga. Mi amiga Nicole dice que ella ama, pero sin enamorarse. Y la primera vez que Aníbal y yo hicimos el amor fue después de años sin vernos. No creo haber estado entonces enamorada de él. ¿No crees que con eso califico?

—Nicole quizás. Tú, lo dudo. Tú ya estabas embobada la primera vez que Aníbal te puso un mazapán en la boca —me refutó Begoña.

—No tanto; fui yo quien le dio el primer mazapán a él.

—Quizás, pero recuerda que todavía hoy a esas chicas las llamarían golfas. ¿No te importaría que te llamaran una golfa, Elvira? —me preguntó Enrique.

—¿Tendría que llamarme así?

—Tienes que quemarte para jugar con fuego; pero ¿qué tendría de malo? —dijo Enrique, acercándome el pito a mis labios con las tenazas que había improvisado con un par de fósforos.

—¿Tú crees? —pregunté, mirando en la dirección de Begoña.

—Claro. Al fin y al cabo una golfa bien puede ser simplemente una mujer que no le pertenece a nadie... Y lo cierto es que así no te habría dolido tanto la historia de la chica uruguaya.

—Eso es verdad —dije yo, poniéndome roja con la tos de una última chupada.

Elvira
Irvine, California, julio de 1980.



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