Begoña Blanco,
el Bizco

Santiago, 19 de noviembre de 1974


Begoña, la pobre, no sabía la suerte que tenía. De vuelta de la Vicaría, se quedaba por horas sentada a oscuras en ese cuarto descascarado con pintura como de monjas pobres adornado nada más que con esa foto amarillenta de Durruti que había salvado de su casa y que había puesto con un gesto entre patético y trivial colgando de un alfiler de cabeza rosada frente a ese escritorio horrible, como para santiguarse de feo, con su encimera de fórmica color verde rabioso.

Todavía le daba rabia haber perdido todos sus libros, sus cuadernos y sus papeles. Más rabia aun le daba haber perdido todos sus helechos. A veces, cuando se despertaba de mejor humor, el sentimiento de cólera se le mezclaba con ese otro más sutil, de liviandad y casi de alivio: “Ahora podré irme cuando quiera, sin preocuparme de bultos ni de maletas” —una tábula rasa pensaba.

Pero eso era solamente un instante. Estaba Enrique: vivo, es cierto; pero prisionero, lo que postergaba la ida quién sabe hasta cuándo. Nunca había terminado de comprender el arraigo que Enrique sentía por Chile. No era desamor lo que ella tenía por este país en el que llevaba viviendo ya casi treinta años. Sentía afición y hasta cariño por las personas que habían solido allegarse los fines de semana hasta su casa a conversar de todo, a beber el vino navegado que decantaba Enrique y a probar los arenques salados que ella preparaba siguiendo la receta que le había enseñado su madre en Cabra.

Begoña no se quejaba; estaba allí mejor que muchos.

No era eso: en uno de sus cuadernos recordaba haber alguna vez escrito que para ella el desarraigo le venía de algo más profundo, más visceral; de una desconfianza instintiva contra los himnos, contra las religiosidades laicas que impregnaban los ritos celebratorios; contra la obligación de encontrar algo bueno simplemente, porque era de allí, como si la geografía fuese el árbitro supremo.

—¿Y qué hace una coña metida con un judío? —le había preguntado el matón de la camiseta amarilla y de los ojos bizcos, con una voz que, por un instante, pareció de veras más llena de auténtica curiosidad adolescente que de una amenaza velada y ominosa.

—A ninguno de nosotros nos importan las nacionalidades.

—Con tal de que te lo metan bien, no te importa cómo tengan el pico, ¿ah?

Begoña no le contestó.

—¿Y quién creí voh que era la pelirroja con la que andaba paseando ayer tu maridito? —insistió el bizco.

—Ni idea de lo que me habla.

—Y esta carta, ¿de dónde son las estampillas?

—De Suecia.

Esverige. Suena a tripas esa güevá.

—En eso estamos de acuerdo.

—Te reí, coña. Toma, llévatela.

Begoña tomó la carta de Elvira, mirando fijamente al bizco con sus ojos alertas, pero sin atreverse a preguntarle adónde debía llevársela.

—¿Y ese otro quién es? —le continuó preguntando el bizco, apuntando con su dedo a la foto en la pared y desviándole la mirada.

—Un primo —le mintió rápido Begoña.

El bizco se quedó callado un momento; después se dio media vuelta y sacó su encendedor del bolsillo de perro del pantalón.

—A ti no te vamoh a llevar, coña. Pero mejor te poní tu abrigo, porque vamoh a quemar toda esta güevá, así que saca la fotito de tu primo antes de que arda todo.

—¿Dónde está Enrique? —le preguntó Begoña alarmada.

—No te preocupí, coña. Ya lo subieron a la camioneta.

—¿Puedo verlo?

—Nop. Ya nos vamos, coña. Sale rápido al patio y de aquí en adelante a ver si te portai bien —le dijo el bizco antes de arrojar el trapo encendido sobre la cama.

Papeles de Begoña Blanco.
📎 Begoña: Tábula rasa.


✎ Ahora sí quizás quieres seguir ya al tríptico de amor y de odio: Canales.

✎ O antes puedes leer la carta de Elvira.







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