Canales

Zorros, golfos y rufianes.

Santiago, sábado 17 de julio de 1971.

anejas

Sentía el vaho embriagador de la canela, el de los clavos de olor y el del perfume cítrico de las naranjas, haciéndose uno y néctar en el vino navegado preparado por Enrique.

A fines de ese semestre, Elvira escribió un largo trabajo de fin de curso para la clase que tomaba con Canales acerca de los tan disímiles significados de los términos zorra y golfa, por una parte, y zorro y golfo, por la otra. A pesar de la tensión que desde mediados de julio había entre ellos, obtuvo un sobresaliente.

Luego de leer atentamente los comentarios críticos de Canales, Elvira dejó caer flotando las hojas al río cuando se detuvo en el puente sobre el Mapocho. Se acordó de este trabajo 35 años más tarde —la noche del 28 de junio de 2008— y riéndose de sí misma, pensó que a pesar de todos los cambios, vueltas y viajes, tantas cosas seguían porfiadamente igual.

Con una pequeña cicatriz en la frente cerca de la sien izquierda de cuyos orígenes se encargaban rumores diversos; de al menos tres centímetros por sobre el metro ochenta; de pelo y de ojos castaños y sin todavía ninguna cana; de nariz recta como la del David; de labios llenos, pero no demasiado grandes; siempre de barba de tres o de cuatro días; de manos de dedos largos como las de un pianista aficionado al jazz; de cintura estrecha, de barriga inexistente y de caderas firmes; de pecho ancho y siempre con un ligero olor a Agua de Farina auténtica, Marco Canales García era un guapetón, y eso él lo sabía muy bien. Extravagante y lleno de ideas provocativas, Canales era admirado entre los estudiantes por sus clases absorbentes, dinámicas y frescas, en las que siempre se podía vislumbrar, con al menos una vuelta de tuerca, lo más polémico y novedoso que recién había aparecido en los Cuadernos o en el Punto Final. Pero también era temido, y hasta odiado, por su dureza, arrogancia y prepotencia. Eso él también lo sabía de sobra. Hacía tiempo que había abandonado las corbatas, y su ropa iconoclasta y ajustada, cuando no le daba por las túnicas, realzaba su porte de hosco y distante galán de telenovelas, envuelto con el atractivo adicional de su activismo político pseudo, escribo ahora, contestatario.

Muchas se morían por él.

—¿Has notado que cada vez que Canales entra a la sala sus bolas entran antes que él? —me susurró Ángela a mitad de una clase de calor pegajoso y somnoliento.

—¿Es que les has estado poniendo atención?

—¿Y tú no?

Claro que lo había notado. Pero para mí, que ese año había tomado uno de mis últimos electivos con él, todo el semestre había sido también una lucha ardua —pero divertida y excitante— por hacerle ver que su dureza no me amedrentaba y que podía ponerme a la par de sus retos, desafiándolo con mis preguntas y comentarios que él comentaba con admiración y favorablemente; pero también, aprovechándome de sus descuidos y su tendencia a improvisar, más de una vez, para mi fatuo gozo que él seguramente notaba, hacerlo trastabillar y desdecirse.

En esos días, a pesar de Ramiro rondando cada noche después de la cena en la pensión, volvía a sentirme sola; recordaba a Aníbal, todavía haciendo trabajo político en Liquiñe y Nehuentúe, con enojo; dormía poco, tenía ganas en el coño, para decirlo como me lo había enseñado Begoña; pensaba en Nicole, y la atención insinuante y asidua que había comenzado a recibir en los pasillos de la escuela por parte de Canales me deleitaba y me subía las ganas. Nunca nos habíamos visto fuera del Campus y cuando me alentó a ir a la casa de Begoña para la fiesta de despedida de Gastón Carbonell fantaseé con mis ganas de zorra llevármelo yo al altillo.

“Me veo bien cuando quiero” —pensé satisfecha frente al espejo después de haber hurgado en el armario buscando ropa que no me ponía nunca y terminaba de pintarme los labios, de alisar mi única falda corta y de desabotonar un botón más de mi blusa, anticipando ansiosa mi plan para la fiesta de esa tarde. Me puse un poco más de vetiver detrás de las orejas y salí de mi cuarto.

—Con ese escote, te vendría mejor el collar de abalorios —me dijo Ramiro cuando me lo encontré a boca de jarro en el pasillo.

—Gracias, pero no creo —le dije, seca, apartándolo con un ademán brusco y terminando de abrocharme el abrigo.

La casa de Begoña estaba llena de profes y de otros amigos de Carbonell inmersos en la improvisada, pero bien orquestada coreografía de siempre, donde los divos —y unas muy pocas divas— dominaban sus rincones destacados, mientras los demás revolotéabamos como moscas embriagadas con sus frases inteligentes, esforzándonos por oír algo entre el zumbido de tantas conversaciones simultáneas, comentando esa noche la posible salida de Bossay o de Baltra y, acaloradamente, la nueva película de Costa-Gavras “con el mismo actor y con el mismo guionista” —dijo Carbonell con tono serio y pontificial, mientras algunos asentían con vehemencia y otros meneaban a ambos lados la cabeza con ademanes molestos, alegando que eran cosas muy diferentes.*

En medio de ese gentío heterogéneo de militantes convencidos, de escépticos observadores distantes y de simples aficionados al vino y a las empanadas gratis, me halagó que no bien llegué a la fiesta, Canales, recorriendo la mitad de la explanada, se hubiera acercado rápido a mí, me hubiera dado un beso en la mejilla, susurrándome lo bien que me veía, me llevara, tomada de la cintura, adonde se encontraba un grupo de sus colegas a quienes yo no conocía y me presentara simplemente como a Elvira.

—Te ves diferente hoy —me dijo Begoña, sonriendo cuando pasó por mi lado ofreciendo pimientos asados y sardinas fritas.

—Quiero pasarlo bien —le dije al oído.

—Pues, ojo... y aprovecha cuanto puedas —me contestó ella, alejándose hacia el pequeño grupo que rodeaba ahora al festejado.

Enrique decantó una olla de vino navegado y yo sentí que me mareaba el olor de la canela, el de los clavos y el del perfume cítrico de las naranjas. Respiré hondo dejando que el vaho me impregnara el pelo y el pecho. Canales continuaba tomándome de la cintura y yo había comenzado a reclinarme sobre su hombro oliendo su perfume y dejando que él sintiera el mío. Me embriagaba mi desafiante vanidad, gozando que todos —y todas— vieran su mano huesuda, larga y caliente, descansando con todo desparpajo sobre mi cadera, reclamándome suya.

Cansado y soñoliento Carbonell se había marchado temprano y cerca de las once de la noche comenzó a irse más gente. Un par de viejos recordó que al día siguiente era el 18 de julio y comenzaron, acompañados por la flauta de Irene Porras, a cantar coplas sobre el pueblo madrileño fundando regimientos en el patio de un convento, antes de irse ellos también despacio, despidiéndose uno por uno de todos. Entonces me decidí. “Vuelvo pronto” —le dije a Canales, dándole un beso rápido detrás de la oreja.

Frente al lavabo me refresqué las sienes y me ceñí el pelo dejando descubiertos mis hombros. Acalorada, no tenía ninguna necesidad de añadir color a mi cara y me pregunté, si podría con otra piscola. Después de pasar por la mesita del rincón donde estaban los tragos, busqué un elepé y puse “Hey Jude” en el tocadiscos de Begoña.

—Ven, quiero bailar contigo —le dije, colgando mis brazos de su cuello.

Como en ese tango del humo del tabaco, también yo allí todavía podía sentir el vaho embriagador de los clavos y de la canela. Aunque solo lo veía a él, podía sentir también los cuchicheos, las miradas admirándome, envidiándome, reprendiéndome, y yo, feliz, gocé mi osadía, disfruté sus manos sobre mi cintura, ajustando mi cuerpo contra el suyo y sintiéndolo yo a él después de meses de no sentir a nadie.

—Quédate conmigo.

—¿Quieres que nos vayamos juntos a tu casa?

—O podemos quedarnos aquí, en el altillo.

—Sube. En un momento estoy contigo —me dijo mientras me susurraba más palabras al oído.

Sonreí y subí.

Siempre me encantó ese altillo de Begoña de paredes de adobe blancas con su cama ancha al ras del piso de madera de encina y sus dos inmensos ventanales que esa noche, no ya de luna llena, dejaban entrar por una rendija ligeramente abierta un viento fragante a humedad cordillerana; fresco, pero no excesivamente frío. Encendí dos velones amarillos, derramé un poco del pachulí que me gusta sobre la cama, me solté el pelo, me desnudé como él me lo había pedido; respiré hondo, todavía nerviosa, anhelante, y no había terminado de meterme bajo esas sábanas azules, cuando lo vi aparecer, con gesto adusto, descorriendo de un tirón la cortina de arpillera y de cáñamo haciéndole dar un chasquido chirriante, agudo y seco.

Fue todo, todo tan rápido.

Nunca se me hubiera ocurrido describir a Marco Canales como un tipo tierno, gentil o pausado; pero su manera rápida, brusca, silenciosa, precisa —mecánica y sin deseo— de culiarme, sin preámbulos, sin besos; asiéndome de las muñecas con fuerza sobre la cama, mientras yo ya casi le gritaba que por favor parara, que me dolía, que me lastimaba... fue una sorpresa; una agresión, desconcertante e imprevista.

—¡Marco! ¿Por qué así? ¿No me oíste? —le espeté, cuando acabó por fin, pude yo coger el aliento y él se tendió a mi costado.

—Para mí no estuvo nada de mal. Y yo no le hice caso a tus quejas para que entiendas de una sola vez por todas que en la clase y aquí en la cama soy yo el que manda.

—¿De qué hablas? No te entiendo.

—Aprende a respetarme; así de simple. ¿Entendiste ahora, Elvirita?

—¿Es esto por mis preguntas en las clases? ¿Fue todo esto un castigo, Marco?

—Tómalo así si quieres.

—¿Haciendo el amor? ¿Cómo puedes ser tan cruel y vengativo?

—¿El amor? Elvira, tú tan espabilada e inteligente, ¿cómo puedes ser tan... ingenua?

—¿Aah?

—Te falta mucho que recorrer, Cabrita.

Mejor me hubiera pegado. No pude contestarle; aunque sentí mocos y lágrimas, no pude llorar, mucho menos gritar. Solo un sabor ácido en mi boca; náusea, temí vomitar, pero no... Hipando y con mis tripas gruñendo, me di vueltas hasta la orilla de la cama mientras él ya se dormía y yo, borracha con esa última piscola y aturdida con mi espanto, iba, tocando el piso con mis manos, también cayendo pesadamente en un sueño en el que me vi abrazada a Aníbal en el cuchitril de Bustamante, soñando con Ramiro.

Desperté con el jadeo que hizo al levantarse no acostumbrado a una cama tan baja. Miré el reloj y vi que ni siquiera eran las dos.

—¿Adónde vas?

—Necesito ducharme.

—¿Ahora? El único baño está abajo, al frente del dormitorio de Begoña.

—¿Tienes una toalla que me prestes?

—¿Tanto necesitas sacarte mi olor de encima?

—¿Tienes?

—Hay una toalla limpia en la repisa del armario.

—Vuelvo luego.

Sentía el asco de su semen todavía goteando de mi concha, con ganas de bajar al baño y yo también ducharme, pero me sentía cansada, con dolor de cabeza y cerré los ojos, tratando inútilmente de dormirme de nuevo, encogiendo las rodillas y arropándome con los brazos sobre mi panza.

Canales volvió pronto y se vistió rápido.

—Bueno, ya me voy.

—Supongo que no me vas a dar un beso.

—Ya me duché, Flaquita. Nos vemos el lunes.

—Hasta mañana —le dije, ocultándole mis ganas de llorar y mi rabia.

Elvira
Irvine, California, agosto de 1980.


✎ Tríptico de amor y de odio: Odilia.







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