Elvira y Aníbal

Después de besarse en la Capilla del Carmen, Elvira se mudó al cuchitril de Aníbal en la Avenida Bustamante.

Santiago, sábado 6 de junio de 1967.

aneja

El desván de Bustamante tuvo algo de ese aire remoto, secreto y fragante —mágico— que ella recordaba de la despensa del caserón de Balmaceda.

Después de casi tres años sin verse, Elvira y Aníbal se habían vuelto a encontrar en una de esas asambleas —larguísimas, sesudas y aburridas, según ella— típicas de los primeros años de la Reforma* . En medio de uno de esos discursos interminables, Elvira estaría escribiendo algo en su bloc de páginas amarillas, cuando sintió que alguien le tocaba el hombro. Volvió la cabeza y se topó con los lentes culo de botella de Aníbal, quien muy serio y mirándola muy fijamente, le preguntó, si quería ir a la cafetería para jugar al Metrópoli. Todavía me hace gracia pensar que los dos, por separado, conservaban el mismo recuerdo tonto de su reencuentro en Santiago.

 

Esa otra noche horrible, Aníbal me contó también que su padre lo dejaba en la casa de Maruja antes de acompañar a don Emilio, su patrón, a ver los animales que criaba en su hacienda de Allipén. Fue allí, me dijo, que había visto por primera vez a Elvira, comiendo mazapán y turrón, en la mesa de la cocina. Nervioso y ocultando como podía el miedo que le reventaba las tripas, Aníbal sacó de su billetera una foto que los mostraba a ambos en un banco del Parque Forestal —muy serio él, riéndose Elvira— y me pidió que se la llevara a ella. Le daba vueltas y vueltas a la foto, superticioso, sin decidirse a entregármela, hasta que por fin la dejó parada entre una caja de fósforos y mis puchos y, sonriéndose, añadió ufano, que una vez le había dado un beso en la boca, mientras jugaban a las escondidas, ocultándose detrás de unos sacos de papas en la despensa.

Esa otra tarde, no jugaron al Metrópoli cuando salieron de la asamblea. Se refugiaron entre los bancos polvorientos de la Capilla del Carmen donde se amaron rápido, fogosa y minuciosamente, haciéndose saltar los botones, con mucho miedo a ser sorprendidos, me dijo él; felizmente sacrílegos, perdonándose las torpezas, me dijo ella; alargando el tiempo encogido desde hacía tanto; respirando apenas, esforzándose por no hacer demasiado ruido; extasiados y sorprendidos, aunque supieran que había sido inevitable. Esa tarde, en la Capilla del Carmen, todavía no habían terminado de estirarse la ropa cuando Aníbal le propuso que se mudara a su cuchitril en la Avenida Bustamante.

—Así, ¿tan de repente?

—Desde que te conocí en la casa de la Maruja que lo estoy pensando.

—Y, entonces, ¿por qué no me lo habías dicho antes?

—Primera vez que puedo sentarme detrás de ti en una asamblea.

—¿Y tu cuchitril es grande?

—No muy grande, pero hay espacio para otro estante.

—¿Y tu cama?

—No muy ancha, pero es cómoda.

—¿En cuál lado te gusta dormir?

—En el derecho.

—A mí también. ¿Cara o sello? —le preguntó Elvira blandiendo la moneda que había sacado de su bolsillo.

Sello.

—Salió cara; perdiste, te tocó el izquierdo. Y vas a tener que ayudarme con la mudanza. No tengo mucha ropa, pero tengo montones de libros.

Aunque ahora yo sé que una de las cosas que Aníbal más le admiraba a Elvira era la rapidez con la que podía tomar decisiones como esas, la verdad es que ella también lo llevaba pensando desde hacía años, quizás desde aquel primer beso en la despensa. “Era la primera vez que yo besaba a un chiquillo en la boca y desde ese día soñaba toda la semana con encontrarme con Aníbal el domingo en la casa de Maruja, por más que el pobre se hubiera asustado tanto que salió corriendo” —me dijo.

O quizás fue desde la tarde en que después que dejaron que Maruja ganara una partida de Metrópoli y contara extasiada su dinero de mentira, corrieron a ocultarse ahí mismo para repartirse los caramelos de anís y de menta que Aníbal había robado habilidoso de la alacena de la cocina, con tan mala suerte que cuando fueron sorprendidos se pusieron tan rojos de vergüenza que don Álvaro, nunca amigo de preguntar nada, sin pensarlo dos veces, antes de obligarlo a devolverlos, le había dado a Aníbal una tremenda bofetada, haciéndole saltar tantas lágrimas y mocos que Elvira no pudo dormir por una semana, salpicada por la vergüenza y la culpa de haberse quedado muy quieta y callada con tres caramelos de menta en el bolsillo.

Desde comienzos de ese otro invierno compartieron el desván situado al final de una escalera estrecha, empinada y crujiente, que hacía de habitación minúscula y cuya única ventaja era una claraboya en el cielo raso y dos ventanucos —Elvira separaba apenas las manos cada vez que los describía— que daban a un patio trasero lleno de madreselvas y rododendros. Acurrucados bajo las mantas las noches de frío, se reían pensando que la lluvia que golpeaba el plástico azulino de la claraboya no les recordaba para nada el agua que golpeaba los techos de zinc de Temuco y que sin un tocadiscos estaban a salvo de otras de sus reminiscencias librescas. Aun así, se disfrutaban juntos y podían escuchar la radio sin molestar a los vecinos, porque allí arriba no había ninguno.

—¿Qué habrías hecho, si yo no me hubiera venido a vivir contigo a tu cuchitril?

—¿Después de esta tarde? No puedo imaginármelo.

—Piensa, piensa: ¿qué habrías hecho?

—Triste y solo ahora estaría fumándome un pucho.

—Así, sin mí, estarías muerto de frío. Seguro que habrías invitado a otra.

—De verdad no creo. Vivir solo tiene sus ventajas.

—¿Cuál ventaja? Seguirías viviendo como en un quilombo.

—No tendría que dormir con la cabeza pegada al techo.

—Eso es porque perdiste.

—¿Sabes que nunca te pedí que me mostraras la moneda? ¿Seguro que no me engañaste, Elvira?

—¿Tú me engañarías a mí, Aníbal? Yo no podría.

—¿Jugando al cara o sello?

—O a cualquier otra cosa. Dime. No te quedes así callado. ¿Tú me engañarías? Contéstame, no me importa.

—No, no podría engañarte tampoco.

—¿Nunca?

—Nunca.

—Nunca es un montón de tiempo, Aníbal. Muchas cosas pueden pasar en un montón de tiempo.

—Por ahora me basta con que tú me digas que salió cara.

—Salió cara.

—Bueno, tendré que pegarme en la cabeza cada vez que estés durmiendo y yo quiera bajar a mear al baño entonces.

—¿Quieres que cambiemos?

—No. Está bien así: a este lado hace menos frío.

—¿Viste? ¿Te das cuenta de todas las ventajas de haberme traído a tu cuchitril? Te cubro, te tapo, te caliento, te doy un beso.

—Pero no me haces el desayuno.

—Ni te voy a planchar la ropa, flojo hediondo. Y si ordené tu quilombo, fue simplemente porque no soporto el desorden.

—Pero puedo besarte de nuevo.

—Todo lo que quieras.

—¿Donde quiera?

—Donde quieras.

—¿Te gusta?

—Sí.

—Elvira, una cosa es no engañarte; otra cosa es prometerte amor eterno.

—Yo no pienso nunca prometerte amor eterno, Aníbal.

—Yo tampoco.

—Pero te quiero un poco.

—¿Solo un poco?

—Mucho.

—Yo también.

—Mmm, rico, precioso. Pásame el camisón, porfa. ¿No quieres jalar otro poco?

—Un poquito. ¿De dónde la sacaste?

—Me la dio un compañero de la escuela.

—Yo debería cambiarme; en la mía son muy serios.

—Cámbiate, podríamos tomar la micro juntos. Y es más entretenido que tus leyes. ¿Sabes cuál es el origen de la palabra quilombo?

—No.

—Primero fue un poblado de esclavos cimarrones; en el lunfardo, es un prostíbulo. Pero en el sur de Chile, es un desorden.

—¿Cómo así?

—Las palabras cambian. Todo cambia.

—Eso sí que es verdad. Y espera a que empujemos un poco y cambiarán más.

VAK


✎ Dos años después y con Aníbal en Cuba, sola en Temuco, Elvira conoce a Ramiro en la librería Círculo.







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