Ernesto

Los viejos se quedan sin amigos.

Temuco, lunes 14 de julio de 1986.

anejas

Envuelta en su vestido rojo, Tomasa caminaba por Bulnes despertando miradas.

Ernesto trató de identificar algún rostro conocido entre el escaso grupo de hombres arropados con sombreros alones y ponchos de lana que recibía a los pasajeros en la estación, mientras seguía con la mirada a la carreta de bueyes que pasaba parsimoniosamente por Barros Arana, salpicando los adoquines con estiércol y el aire con el vaho gris que les salía rítmicamente de las bocas llenas de baba amarillenta.

—Lléveme a Matta 530 —le ordenó al chofer después de comprobar que su tío Antoní no se veía por ninguna parte y subirse al taxi con su única maleta. El taxista se le quedó mirando y se echó a reír.

—Agradezca, coño, que soy honrado, que si no le doy un paseo.

—¿Un paseo? —le preguntó Ernesto, ahogando un sobresalto.

—Es aquí, a cuadra y media.

Temuco, 1º de septiembre de 1939.

A Ann Fox
por los ajos de Chinchón y de Patzún.

El día del funeral de Nazario, Ernesto se dio cuenta que definitivamente ya no tenía amigos. Con el pretexto de tener que hablar con Carreño, se quedó rezagado en el mausoleo después de que los demás dolientes salieran a paso lento hacia la puerta de Balmaceda. Observó cómo el sepulturero terminaba de tapiar el nicho del Viejo, ubicado inmediatamente después del de Mercedes a la que habían sepultado hacía solo un par de semanas. Moviendo suavemente los labios, releyó la lápida de su amiga, prístina en su blancura de granito, sin otra inscripción o marca, sino el nombre y los dos apellidos de la mujer, esculpidos a cincel sobre la piedra.

—Doña Monche lo quiso así —le dijo Carreño cuando Ernesto le señaló la lápida con el mentón.

—Y quizás así sea mejor —le contestó Ernesto, hablándose más a sí mismo, que respondiendo al comentario del sepulturero quien se marchó pronto, empujando su carretilla con los restos de cemento fresco, un par de ladrillos y dos espátulas, luego de despedirse inclinando la cabeza. Ernesto se le quedó mirando mientras ya salía por la enrejada puerta de hierro y pensó que, como él, en cada funeral Carreño se veía un poco más viejo.

Encendió un Belmont y, a pesar de los tosidos que lo encorvaban, le dio una larga chupada antes de tirarlo con desgano al suelo y apagarlo contra las baldosas blanquinegras con la punta de su zapato negro y recién lustrado. Enderezándose, se dio vuelta y recorrió con la mirada los nombres escritos en las otras lápidas, escrupulosamente dispuestas, fila tras fila, en estricto orden cronológico, reconociéndolos a todos.

A Mercedes la había conocido lejos; hacía casi cincuenta años en Quinto, la noche que los dos habían pasado agotados y muertos de frío semi durmiendo sobre las mesas de una venta, con apenas un poco de vino y nada de pan que ofrecer, situada al frente del establo que hacía de hospital provisorio.

—¿En qué andas tú por aquí? —le preguntó Mercedes, después de estirarse a la mañana siguiente y encender un cigarrillo.

—Por uno al que ya han jodido. ¿Y tú?

—Dos chavales muertos.

—Ya.

—Maldita guerra.

Ninguno de los dos recordaba mucho más de ese primer encuentro, pero se reconocieron enseguida al verse por casualidad de nuevo cuatro años más tarde, entonces los dos ya exiliados, en “El Paisano” de Temuco. Mercedes traía de Santiago —adonde ella y su marido habían llegado tras salir de milagro del campo de refugiados en Perpignan— una carta de recomendación de Ricardo Robles dirigida a don Galo Sanhueza, la que debía asegurarle un puesto en la Biblioteca Municipal, pero Álvaro —su marido llegaba sin nada.

Ernesto le echó una mirada inquisitiva y a pesar de una repentina oleada de celos, le dijo que hablaría con Emilio Balsera, un paisano conocido suyo que, aunque simpatizaba con los falangistas, quizás podría ofrecerle un puesto como asistente en su emporio.

—Pues asistente seremos —le contestó Álvaro con un gruñido y vertiéndose un segundo vaso de tinto.

Mercedes miró a Ernesto con una sonrisa de agradecimiento y levantó, a su vez, el suyo.

—Salud, que no será por mucho tiempo. Ya veréis cómo en dos años caen los dos, Hitler y Franco.

—Salud.

Por esos días se vieron a menudo, cuando no en “El Paisano”, sí en la casa que Álvaro y Mercedes comenzaron a alquilar en la Avenida Prieto. Después Hitler cayó y celebraron cantando esas mismas coplas madrileñas del tiempo de la Guerra de Independencia con letras otra vez adaptadas, pero Franco seguía empecinadamente vivo. El exilio comenzó a hacérseles más largo y fueron haciéndose a la idea de convertirse poco a poco en temucanos. Se les empezaron a mezclar los sabores, a borrárseles las fechas, a cambiárseles los proyectos; conservaban sus acentos, todavía decían melocotones, que no duraznos; pero ya habían aprendido a comer pebre y empanadas, aunque nunca llegó a gustarles el pastel de choclo.

Cuando llegaban los inviernos y mientras Mercedes se quedaba durmiendo en casa, los hombres salían los sábados a cazar conejos con sus escopetas nuevas. Pero una tarde de mucha lluvia, en la que ni por casualidad habían visto una tórtola o un conejo, Álvaro le reprochó a Ernesto no haber pasado la noche de San Juan con ellos y que parecía que ahora él prefería pasar más tiempo con Nazario y Emilio Balsera.

—Parece que el progreso te hace olvidar que esos todavía son fascistas.

—Pues para mí todo sería muy distinto, si vosotros no siempre bebieseis tanto.

Álvaro lo miró con sorpresa y dolido; escupió al suelo y, sin despedirse, ese día se volvieron cada uno por su cuenta a Temuco. Siguieron siendo amigos y sin duda se apreciaban, pero era claro que se veían cada vez menos. Dos años después, cuando Ernesto y Engracia ya habían comprado su charcutería, Mercedes pasó un día por el Mercado, saludó alegre a Ernesto, compró medio kilo de chorizos y le presentó a Tomasa Martínez Enciso, quien hacía menos de una semana había llegado a Temuco.

Jugueteando y poniéndosela con un tenedor en la boca, Ernesto le dio a probar una loncha recién cortada de serrano, preguntándole, si en su opinión era tan bueno como el de Rioja.

—No lo sé. Allá estamos tan como las ratas que hace mucho tiempo que no lo pruebo.

La última vez que Tomasa cruzó el puente de la Madre de Dios desde Mediavilla hasta su casa en el barrio de Cuevas de Anguiano, se prometió a sí misma que nunca más en su vida sería sirvienta de nadie y que nunca un hombre le pondría otra vez la mano encima. Se refrescó la cara en la fuente y dejó que el agua helada le quitara el sabor a sangre en la boca; suspiró y escupió. Cruzó la calle y se apoyó en la cerca de piedra frente al Najerilla. Pensó un largo rato viendo pasar el río, más de lo que nunca había pensado antes en toda su vida, y al volverse a mirar atrás, vio que la puerta de la iglesia de San Pedro estaba abierta. Volvió a cruzar la calle, subió las escaleras de la pequeña colina empinada y entró. Había dos velas encendidas cerca del altar de la virgen arropada con el manto rosa; se arrodilló frente a ella, esperando por fin sentir algo que la reconfortara, pero como tantas otras veces, no sintió nada. Apretó los labios frustrada, se levantó, se vio sus manos largas, sus uñas rotas, y se enderezó la blusa y la falda.

Entonces se decidió. Temprano a la mañana siguiente, cogió un atado de ropa y montó en el camión de su primo Casimiro que ese día llevaba unos quesos y unos sacos de patatas a Logroño. Nada podría ser peor que lo que ya tenía le dijo y, predicara lo que predicara don Fermín, el párroco, a ella eso de la República y el desorden madrileño no la asustaba. Al llegar al Puente de Piedra sobre el Ebro, el mismo río que en Teruel dos años más tarde le serviría a él de tumba, se desearon buena suerte y se despidieron con un dubitativo, pero sincero abrazo. Luego Casimiro sacó un saquito de cuero del bolsillo de su chaleco y se lo dio a su prima.

—Toma. Son casi cinco duros. Cuando vuelvas de Madrid me traes tabaco del fino.

—Trato hecho.

Tenía quince años cuando llegó a Madrid la mañana del 17 de julio. Primitiva, la mujer que le abrió la puerta en la dirección de Lavapiés que le había dado su primo, no había oído nunca hablar de una Ximena Sepúlveda; pero compadeciéndose de ella, igual le permitió pasar la noche en su casa. Dormida sobre el suelo de la cocina, la despertaron los tiros que se oían a lo lejos y los gritos de los que bajaban corriendo por la calle del Ave María.

Salió afuera y corrió también ella hasta llegar hasta la plaza. Entre el gentío, distinguió a un hombre vestido con mono azul, flaquísimo, pelirrojo y alto como una torre que ya se bajaba de un estrado improvisado sobre los bancos de madera, y a una mujer, apenas mayor que ella, repartiendo volantes y dando órdenes apuntando con su dedo. Boquiabierta, se la quedó mirando y la mujer, notándola, le preguntó:

—Y tú, ¿quién eres?

—Soy Tomasa.

—¿Y de dónde sales tú, Tomasa?

—Acabo de llegar de la Rioja.

—Bienvenida, riojana. ¿Quieres ayudar? ¿Sabes hacer algo?

—Coso.

—¿Costurera? Magnífico, necesitaremos mucha ropa. Coge esa bocina y ven conmigo.

—¿Y quién eres tú?

—Yo soy Mercedes. ¿Tienes familia en Madrid?

—No.

—Pues lo dicho: te vienes conmigo.

Pocos años después, Tomasa la seguiría aun más lejos: hasta Temuco.

La escalera que allí llevaba al taller y apartamento de Tomasa en el altillo de la tienda de artículos araucanos de Simón Levi no era lo suficientemente ancha para que dos personas pudieran bajar o subir cómodas al mismo tiempo, pero estaba generosamente iluminada por el tragaluz que corría a todo su largo.

—Es lo único que vale —le dijo Tomasa a Ernesto la mañana que él, habiéndosela encontrado por casualidad en la esquina de Zenteno, insistió en ayudarla a cargar el maniquí de costura que ella recién había comprado de segunda mano en una de las pocas casas de empeño que todavía quedaban en calle Portales.

—No es un mal sitio, ¿cómo lo conseguiste? —le preguntó Ernesto mientras acomodaba el maniquí bajo la luz de la ventana que daba a la calle.

—Álvaro le hace trabajos a Levi; él me lo presentó ¿Te quedas a almorzar? Hice alubias con chorizo.

—Otro día; hoy tengo que volver a la tienda.

—Pues ahora ya sabes dónde estoy; cuando quieras.

—Vale. Pero tú no te olvides tampoco de pasar a recoger unas morcillas; las alubias te quedarán de rechupete.

Acostumbrada a las nieves secas y ligeras de Anguiano, Tomasa detestaba la lluvia helada de los inviernos en Temuco con esa humedad espesa que le penetraba la piel, la ropa y las sábanas, pero allí se iba haciendo de una buena clientela. Más bien que mal, podía parar la olla y, gracias a las tiendas como las de Ernesto, disfrutar un puchero a su gusto después de la misa del domingo.

Mercedes era la única amiga en quien confiaba; la única, sabía ella, que nunca le reprocharía nada. Pero de tanto querer mostrarse en la misa de once, terminó haciéndose amiga también de Eulalia, quien la invitaba a sus fiestas. Aunque le fastidiaban las fanfarronerías de Emilio Balsera y el talante altivo de Regina, disfrutaba esas veladas con conversación más que pasable, buena comida, buen baile y mejor vino.

También, allí siempre estaba Ernesto.

—Ten cuidado —le dijo Mercedes. Ese catalán nunca va a dejar a Engracia o ¿es que no te das cuenta de cuánto la quiere?

—Quizás; pero eso no quita que él nunca aparte la vista de mis tetas.

—Eso, porque tú se las enseñas, pero no te fíes —le replicó con razón Mercedes; mientras pasaba el tiempo y Tomasa seguía las noches pensando sola.

El recuerdo fresco del triunfo de Frei la noche anterior no competía con el entusiasmo de la docena de invitados ese sábado cinco de septiembre del 64 a la fiesta del santo y cumpleaños de Regina, aliviados, pero poco interesados en política. César Ramos, el vocalista de la orquesta que contrató Emilio Balsera, no era ni de lejos un Pepe Blanco; pero, si no se dejaba llevar muy seguido por su afición por los falsetes, bien podía interpretar con maña y gracia las habaneras, chotis y pasodobles que eran del gusto de sus paisanos.

Regina lucía bien el vestido de organza que había comprado esa misma semana en la boutique “María Luisa” frente a la Plaza de Armas, y Emilio Balsera se paseaba fanfarrón y amable repartiendo los Romeo y Julieta, todavía embutidos en sus envases de aluminio, que Pascual Hurtado le había traído de contrabando. Sabía que nadie tendría de qué quejarse. El champán, la sidra, y el vino eran tan abundantes como los trozos de cordero al horno y las porciones de fabada con chorizo y morcilla. Había en verdad improvisado con éxito una de esas verbenas de pueblo asturiano con serpertinas, papel picado y matracas que, a veces, añoraba. Hasta narices y bigotes falsos había, y las niñas se asomaban revoloteando atraídas por los conchos de vino, por las risas estridentes y por el ruido.

Emilio Balsera había pedido que cada uno contribuyera con una ocurrencia. Ernesto y Engracia cantaron a dúo una jota, Evaristo Soto cantó una saeta, Nazario improvisó una pieza original con su bandurria, Enrique Serra leyó una poesía chusca de Quevedo y Tomasa contó un chiste que, aunque subido de tono, casi todos celebraron. Solo faltaban las gaitas, pero en Temuco de esas no había.

Después empezó el baile. Tomasa dejó pasar un chotis y un bolero, sin hacer caso para nada a las invitaciones de Serra. Pero cuando César Ramos se caló cruzado su sombrero negro, adivinó en seguida lo que venía y, abrillantándose los labios con la lengua, dejó su copa de vino sobre la mesa y se levantó de su asiento.

Cinta negra, pelo negro

como el de aquella morena

que con achares y celos

dejó sin sangre mis venas.

En sus alas hay temblores

de mocitas sin fortuna

que lloran penas de amores,

que lloran penas de amores

bajo la luz de la luna.

Ya antes de terminado el primer verso, Ernesto se había aprontado a sacar otra vez a bailar a Engracia que lo esperaba sonriendo al otro extremo del salón, pero Tomasa salió a su encuentro y, tomándolo del brazo, le dijo:

—Este lo bailas conmigo.

—No faltaba más.

Cualquiera puede bailar un pasodoble; es lo más fácil del mundo. Pero cuando dos se empeñan en bailarlo como seguramente lo hicieron esa noche Tomasa y Ernesto, azuzándose el uno al otro y apropiándose del espacio con sus piernas, caderas, brazos y cuerpos, pronto a los demás no les queda más remedio que admirarlos desde lejos, dándoles espacio y haciéndoles un ruedo como en una corrida de toros.

—¿Y a ti? ¿Te queda sangre en las venas? —le preguntó al oído al fin de una segunda vuelta Tomasa.

—Toda la que necesites. ¿Es que tú tienes penas?

Se dieron otra vuelta; después ella le respondió.

—Ninguna. No te engañes, Ernesto, sin fortuna no estoy.

—¿Y no lloras?

Se detuvieron un segundo con sus brazos extendidos y cogidos de la mano, marcando la pausa de Ramos entre el octavo y el noveno verso. Entonces ella le contestó:

—Esta noche no hay luz, que es luna nueva.

Sombrero, ay, mi sombrero:

eres de gracia, un tesoro.

Y tienes rumbo torero

cuando te llevo a los toros.

Te quiero, porque tus alas,

sombrero, de mi querer,

conservan, bordado con gracia,

el beso de una mujer.

—Que no haya mucha luz no es un inconveniente.

—¿Te gusta estar a oscuras?

—Depende de lo que quieras hacer.

—Darte un beso —le contestó ella, el instante en que César Ramos terminaba su canción.

Todos aplaudieron a rabiar hasta que, sorprendidos por ese largo beso en la boca, se fue haciendo ese silencio incómodo mencionado más arriba por Viviana Altman y que Eulalia quebró nerviosa, batiendo sus palmas y llamando a pasar a la mesa, donde —les dijo— estaban ya servidos los postres de chocolate caliente y churros frescos espolvoreados con azúcar flor. Ernesto buscó los ojos de Engracia, pero ella mordió con fuerza un churro crujiente y le desvió la mirada.

Ese domingo Tomasa se juntó con Eulalia en la misa de once como si nada hubiera pasado. Tenía mucho de razón, porque lo mejor estaba todavía por verse. Pero a la salida de la iglesia, luego de regañarla, Eulalia la dejó parada sola en la esquina de Portales con Zenteno.

—Es un pecado —le dijo Eulalia.

—Ya me arrepentiré cuando me haga falta —le contestó Tomasa.

—¿Y tú te crees que te bastará con eso?

—Y si no me basta, pues me condeno. Me llevaré el gusto al Purgatorio.

—O al Infierno —remachó Eulalia, dándose media vuelta y marcharse a paso rápido a su casa.

Tomasa no se inmutó y sacó sus cuentas. Intuía que difícilmente Ernesto dejaría a Engracia, pero eso no era lo importante. La agitación y el hormigueo que sentía en su cuerpo lo eran mucho más. Vale; era lo suficientemente vieja para saber que aquello no era amor; simplemente eran ganas, sin excusas. Cerró los ojos y humedeció otra vez sus labios. En el fondo eso era lo que le gustaba y excitaba más.

Al cuerno con la virgen del manto rosa: después de todos estos años bien valía la pena atreverse a pecar de una vez por todas. Terminó de almorzar, escribió una nota sobre un papel de cuaderno y la leyó; descontenta, la tiró a la papelera; escribió otra aun más breve, sin ni siquiera su firma; sonrió, la metió en un sobre blanco y ese mismo lunes en la mañana la puso en el correo.

El jueves en la Calipso; a mediodía. No faltes.

Ernesto llegó el primero. Sin duda porque Tomasa se aseguró de llegar no antes de quince minutos pasadas las doce. Él había ya encendido su segundo Hilton y se le había acabado su expreso. Respiró hondo, se enjugó las cejas con su mano izquierda y se puso de pie cuando la vio entrar sorteando segura y rápido las mesas del frente. Llevaba su pelo castaño recogido en un moño, medias negras, zapatos de tacones altos, aretes de esmeralda, un collar de perlas y un vestido rojo. Se dieron dos besos breves en las mejillas, se sentaron e inmediatamente Ernesto sintió las piernas de Tomasa frotando las suyas bajo el mantel de la mesa.

—Un café con leche —le dijo ella a la camarera que se acercó a tomar su pedido.

—Y para mí otro expreso.

Se miraron.

—No llevas sombrero.

—Lo dejé en casa.

—¿Hace mucho que me esperabas?

—Eso no importa. ¿Cómo estás, Tomasa?

—Yo estoy bien, Ernesto. Pero, ¿dónde dejaste tu galantería? No querrás fumar tú solo, ¿verdad?

Ernesto cogió la cajetilla que había dejado sobre la mesa, golpeó la punta contra su índice izquierdo y le ofreció los cigarrillos a Tomasa. Ella enarcó las cejas, vaciló un momento fingiendo desencanto con sus ojos, pero sonrió. Cogió un cigarrillo con su mano derecha y lo colgó de sus labios, esperando ahora a que él se lo encendiese. Ernesto hizo chasquear su mechero de yesca y le acercó la brasa. Tomasa le cogió la mano, aspiró y, mirándolo a los ojos de nuevo, frunció la boca y le lanzó larga, suavemente, cuidadosamente estudiada, una primera bocanada de humo.

La camarera les trajo sus cafés.

Ernesto retiró su mano, Tomasa endulzó su café con leche, revolviéndolo con ensayada calma antes de probarlo, pero Ernesto prefirió apurar su expreso solo.

—Te viene bien el rojo.

—Me alegra que hayas venido.

—¿Te sorprende?

—No. Supe que vendrías desde el día que me pusiste ese jamón en la boca.

—Entonces te gustó.

—Claro, ¿o no lo sabes?

—¿Qué es lo que quieres, Tomasa?

—¿No es acaso lo mismo que quieres tú?

—Si después hemos de vernos en un sitio como este a mí no me bastará con un beso.

—Y tú muy bien sabes que a mí tampoco.

—Bien; y entonces, ahora, ¿qué?

—Sube el sábado a mediodía a mi casa.

Ernesto se quedó callado un momento mientras le daba otra chupada a su cigarro.

—El sábado...

—¿Irás?

—Sí.

—Te estaré esperando.

—Y después, ¿qué quieres que haga?

—Por ahora, basta que seas gentil y que te hagas cargo de mi café con leche.

RES
(a partir de unas notas dejadas por Elvira)

Sobre Elvira. Depende de cómo has llegado a esta página sabrás algo (o mucho) acerca de Elvira, la autora de estos tres cuentos...

Digamos (por si no lo sabes o lo has olvidado) que Elvira es la hija de Ernesto y Engracia, que nació el 4 de abril de 1949, que en el caserón de Sósimo en calle Balmaceda conoció de niña a Aníbal, el hermano de Monche y que en marzo de 1967 comenzó a estudiar Letras en la Universidad Católica de Santiago.

✎ Por aquí podemos ir a una tarde de junio de 1967 en la que, después de tres años sin verse, Elvira se reencuentra allí con Aníbal.








© 2014 - 2020, Román Soto Feliú.
All rights reserved.
Puedes leer el texto y compartirlo con tus amigos o amigas, proporcionándoles un enlace a esta página;
no puedes reproducirlo o cambiarlo de ninguna manera ni usarlo con fines comerciales.

grosellas@tngnt.com