...los años en el país de refugio antes que de adopción no le han borrado la sensación de precariedad que impregna cada uno de sus gestos. Pero miedo no ha vuelto a sentir... Incertidumbre sí. Aprensión, tal vez. Pero miedo no.

Edgardo Cozarinsky

Lejos de dónde.

Gammliaskogen

Amor entre los abedules.

Umeå, martes 20 de marzo de 1979.

aneja

... lucho contra este idioma que parece fácil de leer, pero que me es imposible pronunciarlo como lo quiere Inge, mi maestra. La miro, acercándome a ella y fijándome con tanto cuidado en sus labios que cualquiera que nos viera de lejos creería que estoy a punto de besárselos, mientras ella me mira a mí, desesperada, con sus ojos inmensamente grandes. Así nos quedamos juntas, cabeceando y murmurando las palabras por un largo rato. Me esfuerzo inútilmente en diferenciar entre dos sonidos que te juro, Begoña, que son idénticos, por más que Inge insista en que son diferentes...

Carta de Elvira a Begoña.

Umeå, domingo 9 de marzo de 1975.

—Elvira, toma; llévate mi mechero.

—Eres lindo, Ramiro. Busca en tu casa, yo también te dejé algo.

Ramiro y Elvira.

Aeropuerto de Estocolmo-Arlanda

31 de agosto de 1979.

A Osvaldo “Perro” Fernández,
con una bolsa de chocolates interminable.

La lluvia que caía sobre el Gammliaskogen cuando Elvira y Ramiro llegaron caminando al parque era una de esas lloviznas persistentes, sin goterones gruesos; esas lluvias que son apenas una niebla fría; cortinas semi transparentes de agua que silenciosamente lo empapan todo. Sin importarles que así se mojaban el traste y se ensuciaban los pantalones y la falda, se sentaron uno al lado del otro en el mismo banco de metal azul y carcomido frente a la misma mesa donde hacía tres años se habían demorado toda la tarde en terminar su primer pícnic sueco con vino tinto, sandwiches de pollo a la parrilla, lechuga y ensalada de pepinos con crema agria. Esta vez Ramiro lio un pito, protegiéndolo de la lluvia con su anorak abierto sobre su pecho. Cuando estuvo listo, lo encendió con su mechero de yesca amarilla y gozó la primera chupada antes de pasárselo a Elvira. Ella lo cogió entonces, pero antes de llevárselo a la boca, se fijó en las manos de Ramiro.

—Tu mechero...

—¿Qué pasa con el mechero?

—Es como el de mi padre. ¿Desde cuándo que usas mechero?

—Siempre que llueve o que hace viento.

—No me había dado cuenta.

Fumaron en silencio y les pareció que dejaba de lloviznar. Elvira dejó que el aire todavía empapado de agua le mojara las mejillas, la lengua, las cejas y el pelo. Ramiro la miró con los ojos entrecerrados; tuvo otro recuerdo, de otro tiempo, de otra calle, de otra lluvia, de otros ojos y sorbió tres tragos del aquavit.

—Ya van a hacer quince años —dijo Elvira.

—No tanto, menos... Perdona, ¿de qué hablas tú?

—Del afer que mi padre tuvo con Tomasa. ¿Te acuerdas?

—Me acuerdo. Un tremendo beso en la boca en la fiesta de tu tía Regina. Delante de todo el mundo; tú y yo nunca nos hemos atrevido a tanto.

—No era realmente mi tía. Pero sí, tienes razón; ese beso... Después los vieron en la Calipso. Estaban los dos ahí, pasado el mediodía. Lleno de gente. Seguro que fue idea de ella. Tomasa eligió bien la hora; sabía lo que quería. Él le acercó su mechero y le encendió un cigarrillo, mientras ella le tomaba la mano. Todo calculado. A la que le llegó con el cuento, mi madre pretendía no creerle. Le alegó que seguramente se confundía, que seguramente era otro. Entonces la mujer de dijo: “Vamos, Engracia, no seas terca, cuántos hay en Temuco que todavía hoy usan mechero.”

Elvira reclinó su cabeza sobre el regazo de Ramiro. Un viento suave y tibio había terminado de despejar el cielo que ahora brillaba azul celeste. Jalaron otro poco y sintieron menos frío.

—Ramiro, ¿tienes hambre?

—Traje chocolate.

—¿De cuál?

—Traje dos: amargo con frambuesa y otro con naranja.

—Abre el de frambuesa.

Ya desde Santiago habían cogido la costumbre de partir lentamente las barras de chocolate en mitades cada vez más pequeñas, enrollándose en una danza anhelante, dulce y casi cruel, temperada por la inescapable certeza de que las mitades se les acababan ya y la secreta futil esperanza de que siempre hubiera una más.

—Desde niña que los recuerdo coqueteando; siempre supe que esos dos tenían algo. Después de ese beso, mis padres apenas se hablaron y ocupados en su rollo como estaban, no me hablaban a mí tampoco. Poco después se me apareció Labarca. Me invitó a su casa. El resto tú lo sabes.

—Tú todavía odias a Labarca.

—¿A Labarca? No, Ramiro. ¿Por qué habría de odiarlo? Aparte de desflorarme dos semanas después de cumplir los dieciséis y aburrirse de mí en un par de meses, el hijo de puta amable, generoso, sabio, siempre me trató bien. ¿Nos queda aquavit?

—Más de media botella.

—Dame otro poco.

El aquavit, el orujo, el vodka..., se parecen al pisco. Son todos transparentes; alcohol en su forma más pura. A Ramiro y a Elvira les gustaba beberlos solos; sin nada más; fríos, ojalá recién sacados de la congeladora; a sorbos cortos y lentos. Bebieron otro poco sintiendo que se les calentaban la garganta y el pecho.

—No puedo dejar la oportunidad de trabajar con Ester Soriano, Ramiro.

—Entiendo.

—¿Tienes idea de cuántas mujeres quisieran estudiar con ella?

—Montones.

—Además está Begoña. Tengo que hacerlo, Ramiro; se lo debo a ella.

—Elvira, no hay ninguna duda de mi parte. Tienes que irte.

Sentía el peso de la cabeza de Elvira sobre sus piernas, veía sus ojos abiertos y sus labios fragantes a frambuesa. Se los besó breve. Quiso imaginarse lejos de Umeå con ella; vio paradas de buses solitarias, planos de ciudades, gentes caminando rápido; cuartos de hospitales, puertas con zumbidos. Sintió miedo.

—Entonces, ¿te vas conmigo?

—No, Elvira; no podría soportar otro cambio. Me tomó cuatro años aprender dónde tomar el bus para ir a la escuela, cómo llegar a mi café favorito... Recién ahora tengo carné de manejar.

—No me huevees, Ramiro. Igual te podrías acostumbrar en Irvine.

—¿Y dónde quieres que trabaje yo en Irvine?

—Con tu pasaporte alemán no tendrías ningún problema para conseguir una visa. Además en todas partes necesitan matemáticos.

—Pero es que yo no soy un matemático. No te confundas, Elvira.

—¿De qué hablas? Te graduaste a los veinte años. El más joven en toda la historia de tu escuela.

—Entiendo las matemáticas mejor que muchos. A veces, creo que las entiendo mejor que nadie. Sí, Elvira, cuando estoy en mis días buenos, creo eso. Puedo crear páginas y páginas con variaciones originales sobre la misma solución que se ha probado un millón de veces; pero no soy un matemático, Elvira. Hay una diferencia.

—Pero igual trabajas en eso, con tus números, con tus...

—En el Instituto.

—Seguro que hay institutos en Irvine.

—Pero a mí me gusta Umeå.

—¿Te gusta Umeå o te gusta Inge?

—Inge me gusta también.

—Oh, Ramiro; mocoso lindo. Inge tiene diez años más que tú. Yo tengo cuatro años más que tú. ¿A quién buscas en todas las mujeres con las que te vas a la cama?

—A Eva, supongo.

—¿Eva?

—La de Hesse.

—Te quedaste pegado en Demián entonces. Enciende de nuevo el pito, porfa. Quiero jalar otro poco.

Cerró los ojos; con la cabeza apoyada cerca de su sexo, pudo sentir el olor de Ramiro. Recordó otras tardes, otros días; rododendros, eucaliptos, girasoles en el patio de la casa de Aníbal en Bustamante. Vio una mesa cubierta de papeles, tazas de té, lápices de colores, pajaritas y libros abiertos. Se imaginó ya en Irvine escribiendo memorias, cuentos, tesis, sobre páginas amarillas. Recordó el escarabajo gigante en el bolsillo de la blusa blanca de Amparo. Vio a Aníbal pintando un Mir inmenso, encaramado sobre la fachada del edificio de Patria y Libertad cerca de la Alameda. Recordó los disparos nocturnos de Temuco; los silencios, los helicópteros; la lluvia, recordó la lluvia; entrecerró los ojos, jaló otro poco y sintió las manos de Ramiro sobre su blusa entreabierta.

—Me gusta tu mechero; me gusta que tus manos siempre estén calientes. Anda, dame otro poco de chocolate; dame otro beso.

Elvira se equivocaba pensó Ramiro; no era haberse quedado pegado. La edad, claro, ayudaba; ver y desear un rostro más viejo que el suyo. Pero no era solo el Demián y haber descubierto el deseo hechizante de querer ser el hijo amante de esa Eva cósmica y adánica. Su anhelo era querer remontarse más y más atrás en el tiempo, hasta revivir el recuerdo del momento primigenio, antes del suyo, el de haberse dado por primera vez cuenta de ese misterio, de ese placer profundo, de ese primer enamoramiento, de la angustia de su primer orgasmo. Luchar contra la conciencia de la imposibilidad de volver a repetir lo que por definición solo puede ocurrir una vez única; ese momento suspendido infinitamente en el aire, como un nacimiento o como una muerte.

—Fue el pasodoble —dijo Elvira.

—¿Cuál pasodoble?

—“Sombrero”.

—¿“Sombrero”?

—Parece tonto, pero creo que lo que más hirió a mi madre fue que esa noche él y Tomasa bailaran el mismo pasodoble que ellos habían bailado en el Centro cuando recién se conocieron.

—A mí eso no me parece nada de tonto.

—¿Has escuchado a Santana mientras culeas con Inge?

—No; ella se calienta más con Pårt.

—¿Pårt? ¿En serio?

—¿Qué crees?

—No importa; prométeme que no lo harás nunca.

—Y tú prométeme que no llevarás más ese collar de abalorios.

Abalorios... ¿Por qué te importa tanto el collar?

—Porque si no fuera por Hesse, yo nunca habría escrito ese cuento y sin ese cuento, tú nunca me habrías besado en la Círculo.

—Y tú, mocoso fresco, después me quisiste agarrar las tetas.

—Y tú dime ahora que tú no te esperabas eso.

—Pero tú fuiste demasiado apresurado, torpe y brusco, y a mí entonces me bajó lo niña buena.

—Después tú me enseñaste que eso era un juego lento.

—Por suerte se me había pasado lo niña buena entonces.

Ramiro recordó entonces esa otra tarde; la primera que pasaron juntos en su casa de Blåbärsvägen; esa tarde en la que la noche cayó de prisa, haciéndola mínima, sorprendiendo a Elvira, menos de una semana después de que ella llegara a Umeå. Habían encendido dos de esos velones anchos y bajos, de colores mezclados y de intenso olor a cera virgen; uno más bien verde y el otro azulino, salpicados con gránulos morados y amarillos. Los pusieron sobre el alféizar de la ventana antes de sentarse sobre el suelo de madera, descalzos, como se lo había enseñado a Ramiro su casera de ojos de ciervo curioso y de pelo color avena. Apoyaron sus espaldas contra la pared y se tomaron de la mano, casi con esa misma timidez de antes, recordó Ramiro. Se quedaron así quietos, sin hacer ruido, mirando hacia los abedules del Gammliaskogen, todavía visibles entre la bruma malva de la noche temprana.

No, no había habido música esa tarde, solo silencio.

Sí, eso sí; otra vez, ahí también, hubo un chocolate.

Había sido Elvira, sin embargo, la que con ganas de sorprenderlo, se atrevió a entrar a esa dulcería a dos cuadras de su nueva casa y leer lentamente, confiando más en la solidaridad generosa de esa mujer de brazos, piernas, pechos y sonrisa de Botero, que en su ínfimo sueco, el papel amarillo en el que había con cuidado escrito esa mañana:
en mjölk choklad bar, snälla”.

Ahí estaba entonces, lujuriosa, descansando sobre el piso de madera; pequeña, reluciente, envuelta aún en su brillante papel de aluminio rojo.

—Ábrela tú —le dijo Ramiro.

Era una de esas barras pequeñas, de las que caben perfectamente en una mano. Elvira la desenvolvió con cuidado, procurando no rasgar el papel, reservándolo para marcar sus libros más tarde. La partió en una mitad y luego esa misma en otra que le ofreció a Ramiro. Dudó un instante, alargando el momento, y entonces ella también probó la suya antes de acercársele, acariciar su mejilla y mezclar los sabores de sus labios.

Sus dos lágrimas no fueron de desencanto, ni de alegría, ni de tristeza. Tampoco fueron, lo adivinó en seguida Ramiro, por el recuerdo de la caminata que habían dado juntos, entumida ella de frío, toda la noche del día antes; ese caminar despacio, jugando con las hojas secas, deteniéndose en las esquinas en medio de la calle para buscar la luna; ese caminar toda la noche por esas callejuelas solitarias, esas calles apenas alumbradas y semi cubiertas de nieve; ese caminar sin ningún propósito, ese caminar sin necesidad ni deseos de ir a ninguna parte. Caminar sin razón alguna; caminar de noche, caminar toda la noche solo porque les había a ellos dado la gana hacerlo.

Caminar de noche simplemente, porque nada ni nadie se los prohibía.

Las lágrimas fueron, quizás, entonces, pensó Ramiro, por lo tan inesperadamente incierto de esos labios que sabían a una dulzura de chocolate tan familiar y tan casera; tan confortable y serenamente reconocible; pero, al mismo tiempo, bien lo sabía ya él, de matices inesperados, tan extraños y tan ajenos. Pudieron haber sido, quizás, simplemente lágrimas de alivio; lágrimas, porque estaba ahí, de nuevo al lado del Ramiro de siempre; lejos de Santiago, lejos de Temuco; lejos de ese sordo rumor de camiones grises y de esos ecos espasmódicos de balaceras nocturnas.

Sentados lado a lado sobre sus piernas y sus muslos, pudieron olerse de cerca, sentir sus sudores, oír el ronronear del aire en sus narices y en sus bocas, apoyar tiernos sus cabezas sobre el hombro del otro. Sin tener que decirse nada, se quitaron lentamente sus ropas hasta quedar desnudos, recorriéndose con sus ojos curiosos sin pudor ni vergüenza. Pasó un largo minuto, o dos o diez antes de que Elvira tocara con su índice humedecido con su saliva todavía dulce los labios de Ramiro, dibujando con él su boca, sus dientes y su lengua; su lengua; su lengua y sus labios; sus dientes y sus labios de nuevo. Empujó suavemente a ese Ramiro dócil hasta tenderlo de espaldas para ella sobre el piso de madera olorosa como la de un bosque lluvioso del Sur cubierto de helechos y de musgo.

Les dolían ahora esos besos de frambuesa y chocolate amargo que sabían serían de los últimos antes de comenzar otra vez a despedirse, uno por un lado y la otra, por el otro.

—Yo me he machacado el culo tres años en ese parvulario. ¿No podrías tú trabajar allá en otra cosa?

—No, Elvira. Este es ahora mi espacio; estas son mis coordenadas, mis parámetros. Norte, allá; Sur, acá. No me los muevas, Elvira.

—Es al otro lado, Ramiro.

Pudo haber sido un signo de que en realidad no importaba; una señal clara de que Ramiro estaría siempre de todas maneras perdido, con un papel inútil en la mano; aquí o allá, en Irvine, en Santiago, en Umeå, en Minneapolis; no importaba dónde se encontrase. Se rieron. Elvira enarcó las cejas preguntándole de nuevo con una sonrisa; pero Ramiro movió a ambos lados la cabeza.

—Entonces, te quedas.

—Me quedo.

—Tú sabes que me enamoré de ti.

—Yo también.

—Es raro, pero me gusta.

—Entonces, ¿qué hacemos?

—¿Que tal si nos echamos un polvito, lento, suave, lentísimo?

—¿Aquí? ¿Ahora?

—¿Por qué no, Ramiro? El Gammliaskogen es la parte más bonita de Umeå.


✎ En junio de 1986, Elvira decidió viajar desde Irvine a Chile y visitar a su madre. Fue una tremenda sorpresa que en el aeropuerto de Santiago se encontrara con Monche.

✎ Antes podemos leer sobre las memorias de Elvira en la torrecilla de Labarca en la Avenida Francia.







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