Algunas veces el amor se bifurca
para ocupar dos cauces diferentes
que arrastran hacia el mar la misma agua.

Raquel Lanseros

“Amor contra corriente”.
Croniria.

Kirschwasser

Larga conversación sobre muchos asuntos pendientes la noche después del funeral de Mercedes.

aneja

Sola en el baño de la cabaña de Viviana Altman, Monche orinó y lloró; lloró largo y en silencio. Después se refrescó la cara con agua helada, se ajustó los jeans y se quitó el suéter de lana chilota.

Caburga, martes 24 de junio de 1986.

A Carmen y a Carolina.

Todavía llovía a cántaros cuando llegamos a Caburga. Aunque encendí enseguida un fuego que nos daba una muy buena llama, Monche insistió en que camináramos por la orilla del lago antes de que anocheciera. De lejos, pareceríamos dos náufragas cimbreándonos al viento, tiritando y muertas de frío; vestidas apresuradas con ropas que nos quedaban demasiado grandes. Ella, con mi anorak amarillo; yo, con el azul de mi padre.

—Viviana, ¡alcánzame! —me gritó, antes de echarse a correr hacia el agua.

Corrí tras ella, sorteando las olas cuando llegué a la orilla; pero Monche me esquivó jugando como una niña; se quitó los zapatos mojados y siguió corriendo descalza bordeando el lago camino de la península más allá del embarcadero desierto.

—Te vas a enfriar —le dije, cuando finalmente la alcancé cerca de las rocas de la punta.

—Mierda, Viviana. No me jodas tú ahora con tus reprimendas maternales. Si me da la gana, voy a empaparme hasta los huesos.

—No te preocupes, Monche. No soy tu madre.

—No, no lo eres.

Todavía se veía cansada, pálida y ojerosa; como yo, más vieja. Con sus ojos todavía enrojecidos por la lacrimógena. Pero también todavía con su mirada casi transparente, solo una pizca más opaca. Así había llegado el día antes; caminando rápido, con brazos firmes y tacos ruidosos, al velatorio. “Labiternos” pensé, al verla, sin atreverme a decirlo.

—Monche, amiga.

—Viviana, hermana.

Tomasa también estaba.

Se acercó pronto, miró a Monche de arriba abajo, seguramente desaprobando su falda y, queriendo afirmar su autoridad de dueña de casa, le dijo de corrido que no se preocupara, que todo estaba ya arreglado: la esquela mortuoria en el diario, el nicho en el mausoleo ya abierto, el cura avisado, la misa anunciada y el ataúd muy bien dispuesto entre seis bombillas encendidas.

—Gracias, Tomasa —le dijo Monche, besándole ambas mejillas.

—No podría yo haber hecho nada menos por tu madre, que en paz descanse.

—Gracias, de nuevo, Tomasa. Ahora escúchame tú a mí: la misa y el cura, vale; para ti, para el que lo quiera, para el que lo necesite; no me importa. Pero haz quitar esa crucecita de mierda que le han puesto encima de su caja.

—Como tú quieras —le contestó Tomasa, extrañamente sumisa, pero tampoco sin bajarle la vista, antes de volverse a hablar con los hombres de la funeraria.

Uno de ellos se acercó llevando una pequeña palanca de acero, la introdujo bajo la cruz de hojalata la que, tras un leve movimiento de su muñeca, cedió ridículamente rápido con apenas un crujido. Con ella en la mano, se volvió a mirar a Monche preguntándole, con su mirada, qué debía hacer con ella.

—Puede usted quedársela.

Solo entonces se acercó al ataúd de Mercedes, rozando suavemente sus bordes con las yemas de sus dedos, con una cara que mostraba más extrañeza y asombro que pena; mirándola inmóvil, de pie, por tanto tiempo que temí que estuviera enferma. Fui hasta ella, la tomé del hombro y le sugerí que nos sentáramos.

—Bueno —me dijo, sin protestar, con sus ojos fijos y lejanos como los de una sonámbula.

A la mañana siguiente, la misa y el responso pasaron rápidos. El cura no tenía nada que decir sobre Mercedes y, sin aventurarse en las pelotudeces de siempre, no dijo nada. Elvira y su padre nos acompañaron hasta el cementerio. Monche esperó de pie hasta que Carreño colocara el último ladrillo sobre la boca del nicho y entonces, sin decir una palabra ni hacer otro gesto, puso apuntalado sobre la tapia, todavía húmeda y con olor a cemento fresco, el ramo de claveles rojos y de helechos que compró al pasar por la florería de la calle Montt. Tomasa inició un Ave María coreada por las dos monjas del asilo que la acompañaban, pero Monche no esperó a que ellas terminaran su rezo para darse media vuelta y comenzar a irse.

Ya caminábamos por Balmaceda cuando Tomasa alcanzó corriendo a Monche y tomándola del brazo le dijo:

—Vuelve, Montserrat, que hay gente que quiere saludarte, darte el pésame

—Que te lo den a ti, yo ya me voy.

—Como quieras, Cabezadura. Toma, Montserrat, hija; esto deberías quedártelo tú como recuerdo. Hay más cosas en casa, si es que te importan y las quieres.

—¿Y esto qué es?

—El pasaporte de tu madre y una foto del tiempo de la guerra.

Monche abrió el pasaporte y entre las hojas ajadas encontró suelta una foto amarillenta en la que pudo ver a Mercedes de no más de veinte años, sonriendo desafiante hacia la cámara con un fusil al hombro. Solo entonces la vi encogerse, llevarse las manos a la boca y soltar una lágrima.

Después de almorzar algo rápido en el Dino's de calle Bulnes, nos vinimos a Caburga.

Aquí, mientras Monche recuperaba el aliento sentada sobre la roca frente al embarcadero, apareció el sol tardío de la tarde en un claro entre las nubes encendiéndole la cara. Se puso de pie cuando llegué hasta ella y caminamos juntas hacia la orilla.

—¿No quieres descansar?

—¿Por qué todas vosotras se empeñan en que yo descanse? Tú, Tomasa, Elvira. Nunca en mi vida he estado más despierta.

—Pero tienes las mejillas rojas. ¿Segura que no tienes fiebre?

—Fiebre, frío, calor, rabia; tengo de todo, Viviana.

—¿Cuál es tu rabia, Monche?

—¿No viste acaso la foto que me dio Tomasa?

—La vi, increíble; nunca me la habría imaginado con un fusil al hombro.

Monche se puso en cuclillas, intentando inútilmente hacer tagüitas sobre el lago picado.*

—No entiendo cómo cambió tanto, siempre sumisa, derrotada, como si la hubiesen borrado.

Sus piedras se hundían apenas tocaban el agua, y pude oler, sentir, su frustración y disgusto. Me puse en cuclillas yo también, a su lado, posando mi mano sobre su hombro.

—Pero eso ya pasó, Monche.

—¿Tú te crees que porque está muerta ya pasó todo?

—Fue ella la que lo sufrió. No tú.

—Pero me lo pasó a mí. Por eso la culpo. Por eso es que tengo tanta rabia.

—Yo no te veo para nada sumisa, Monche. A ti nunca nadie te ha borrado.

—Ni lo harán. Pero estoy llena de sus mismos miedos. ¡Mierda, Viviana! ¿Por qué no me resultan a mí las tagüitas?

—Porque tienes que usar piedras más planas... y esperar a que el lago esté más en calma.

Se quedó quieta, sin contestarme, mirando al lago.

—¿No quieres nadar, Viviana?

—No te imaginas lo fría que está esta agua, Monche.

—Pero fuiste tú la que me invitaste a zambullirnos la primera vez que vine a tu cabaña. ¿No te acuerdas?

—Me acuerdo.

—¿Qué te pasa, entonces? ¿Te estás poniendo vieja?

—¿Y si yo te dijera que ese fue mi esfuerzo desesperado para que por fin estuviéramos las dos, tú y yo, abrazadas en pelota?

La vi mojada, con frío; sus mejillas, ahora azules; quise abrazarla, arroparla con mi cuerpo, pareciéndome ella dolorosamente hermosa. Amagué acariciarle el pelo, pero Monche abrió su boca como para decirme algo; suavemente detuvo mi mano con la suya, volviéndose, de nuevo, hacia la niebla a la otra orilla del lago.

—Volvamos a la cabaña, Monche; se te están poniendo morados los labios. Te voy a hacer un té caliente con limón.

—¿Como el que me hacía tu mamá?

—No; como el que te hago yo.

Me dejó restregarle y secarle el pelo; ponerle la muda de ropa seca que escogí para ella: unos jeans muy gastados y una playera negra bajo un suéter de lana chilota. Así, así me gustaba verla. Fuimos a la cocina; mientras terminaba de hervir el agua para el té, le mostré la pared del comedor entonces todavía cubierta con esas fotos de casas viejas de Temuco que yo hacía en ese entonces hasta que encontró una que se la quedó mirando.

—Algunas las hice yo misma cuando empezó la locura por remodelarlo todo; otras, poco a poco me las han ido regalando mis colegas amigos.

—¿Echas de menos el Temuco antiguo?

—No idealices, Monche. El de ahora no me gusta; pero el de antes era una mierda.

Nos sentamos a la mesa y añadí un chorrito más de limón al tazón con el que ella terminaba de calentarse las manos.

—¿Para qué la nostalgia entonces?

—No es nostalgia. Es simplemente el pasado que está colgado ahí, mirándote.

Revolvió su té un par de veces y después de lamer la miel que todavía le quedaba en la cuchara me preguntó:

—¿Tú crees que yo debí venir a verla?

—¿A Mercedes? No. Creo que debiste venir a verme a mí.

—Mmm. A ti... Tomasa me escribió montones de cartas. Yo no se las contestaba, pero ella no se rindió nunca.

—No hubiera hecho ninguna diferencia, Monche. Tu mamá estaba en otro mundo, lejos del tuyo y del mío.

—Yo podría haberla cuidado.

Cogí la cuchara que ella había dejado sobre la mesa y terminé yo de lamerla.

—Tomasa la cuidaba.

—A esa yo todavía no la trago.

—De eso me doy cuenta.

—Fue extraño, Viviana; ver a mi madre ahí, muerta: a mi alcance; sentí que hasta podría tocarla. Pensé en Amparo: a ella ni siquiera me dejaron verla y cada vez se me hace más difícil recordar su voz, su cuerpo. Con Aníbal es peor: un pozo sin fondo, sin agua, sin eco, sin nada.

—Como un olvido.

—No. Entiéndeme: a Aníbal lo recuerdo cada día, veo sus pecas, sus ojos, sus dientes de conejo todo el tiempo. Pero es como una sombra que pasa corriendo, no puedo agarrarme de ella, se me escapa. No puedo verlo ahí..., muerto. Ella, en cambio, estaba tan concretamente ahí, frente a mí. Y, al mismo tiempo, como siempre, tan lejana. Ese cuerpo suyo, consumido, tan ínfimo, tan diferente a como yo la recordaba.

—¿Cómo la recordabas?

—La verdad es que no lo sé, Viviana. Desde el avión es que vengo pensando. Traté de recordar un día, una tarde, que hubiéramos pasado juntas. Traté de armar una historia que pudiera contarles a mis hijos, explicarles a ellos cómo era su abuela. Pero lo único que encontré fueron destellos, imágenes inconexas: el olor de una sopa de ajo por aquí; una botella de vodka vacía por allá. La vi durmiendo su borrachera tendida en el sofá; a veces, muerta de risa con los dibujos de Amparo; otras, tarareando un chotis. Si le bajaba el buen humor, cocinando; si no, obligándome a mí a cocinar por mi cuenta. La vi con un moretón en el ojo, con el labio hinchado; escondiendo su libro de poemas eróticos en la caja de cartón que tenía en su ropero. La vi dándome una mirada adusta; un día, llamándome su pelirroja hermosa; al siguiente, mandándome a la mierda. Y pienso y pienso; y siento que no tengo nada.

—Esos destellos de los que tú me hablas no tienen nada de malo, Monche.

—Yo quisiera tener una historia completa de ella; pero la he bloqueado por tanto tiempo que ahora, muerta, se me escapa, se me va; eso es, se fue.

—Pero esas imágenes que tienes son riquísimas.

—No me bastan, Viviana.

—¿Por qué no, Monche? Esas imágenes...

—Porque siento que son un disparate sin pie ni cabeza; como el desvarío de una loca.

—O como el azar que arma un universo infinito con una galería de imágenes dispersas.

—Un poco caótico, ¿no crees?

—Para nada. Yo las veo como una serie de fotos sobre una pared inmensa, infinita si así lo quieres. Deja que tu imaginación llene las piezas que faltan.

—¿Es así como tú armas tus exposiciones?

—Casi. Siempre hay una orquestación, claro. Después de todo el orden de las fotos lo elijo yo.

—¿Y eso del azar se te ocurrió a ti?

—No totalmente. La idea me vino de una conversa larga con una profesora española en Valdivia hace un montón de tiempo... creo que un año antes del golpe.

—¿Y qué tan larga fue esa conversa, Viviana?

Larga..., casi toda la noche.

—Mmm. Bueno; pero la gente puede saltar de una pared a la otra.

—Exacto. ¡Y eso es precisamente lo mejor de todo!

—O lo más peligroso. No me gustan las cosas sueltas, Viviana.

—Entonces, toma todas esas imágenes sueltas que tienes de tu mamá, de Amparo, de Aníbal. Tómalas y arma cada vez una historia del modo que tú quieras, como se te ocurra en ese momento.

—Para mí, eso es un quilombo.

—¿Y qué tiene de malo un quilombo? ¿Desde cuándo que tienes tú tanto respeto por el orden?

—Me he pasado la vida saltando de loquera a loquera, Viviana. A veces, por un día, quisiera tener un poquito de orden. Saber de verdad de dónde me vienen mis dudas, de dónde me vienen mis ganas.

—¿Ganas de qué?

—De todo, Viviana.

—Mmm. ¿Y entonces, de qué te preocupas, Monche? Goza esas ganas. No pierdas más el tiempo. Hazlo ahora. Olvídate de ese orden: el azar es mucho mejor y más real que un orden engañoso.

Viviana dixit.

—Ríete si quieres. Pero, ven: mira estas otras dos fotos. Aquí están una al lado de la otra, pero en la exposición estaban a más distancia y bien se podía ver primero una, o bien la otra; al azar, como todo en la vida. En esta, lo más que puedes ver es el paraguas rojo abierto sobre los hombros de la mujer de espaldas; su mano izquierda se extiende fuera del marco... hacia donde tú quieras.

—Es Tomasa.

—Cierto; Tomasa fue mi modelo; pero eso no importa. En esta otra, la ves a ella de frente, con sus manos juntas sosteniendo el paraguas que todavía está abierto, pero ahora inclinado hacia su lado izquierdo. La lluvia cae sobre ella: el paraguas ya no la protege. Es una mujer que a pesar de su enorme paraguas rojo, elige mojarse. Junta las dos fotos y te encuentras con dos imágenes que cuentan cada vez una historia diferente.

—Y según tú, todo vale.

—La verdad es esquiva, Monche, y eso tú lo sabes mejor que nadie.

—Eso no lo sé tampoco. Me encantan tus fotos; me fascina lo que tú me dices. Pero la verdad, Viviana, es que yo prefiero pensar en cosas más concretas.

—¿En tus hijos? ¿En plata?

—También, pero no solo eso.

—¿En qué más?

—Lo único que sé es que con cada camino, con cada hotel nuevo que levantan allá cerca de los parques, más osos se me mueren.

—Pero para eso tú los proteges; piensa en eso.

—A veces creo que todo no es más que otro gesto inútil. Seguir insistiendo, aunque de antemano sepamos que llevamos las de perder. Cada día les queda menos espacio.

—Bueno, eso es precisamente lo que a mí me gusta de Tomasa: sus gestos. Todavía hoy le encanta hincharles las pelotas a los otros coños de Temuco.

—Acuérdate que no nos gusta que nos llamen coños.

—Es verdad, perdóname. En todo caso, Tomasa se pone ahí, desafiante, en medio de todo.

—¿Con su mano fuera del marco?

—Quizás se estreche con la del padre de Elvira, un pecado a vista y paciencia de todos. O quizás no vaya a ninguna parte y se quede ahí sola, colgando.

—¿Sola?

—Quizás lo que estaba ahí entonces, ahora ya no esté; quizás no haya estado nunca.

—O tratándose de una vieja bruja, seguro que se agarrará de su escoba.

—¿Vas a ir a verla mañana?

—No.

—¿Por qué?

—Cuando me fui a Santiago juré nunca más subir esa escalera de mierda, Viviana.

—¿Ni siquiera para llevarte un recuerdo?

—Tendrán que bastar el pasaporte y la foto de miliciana.

—¿Nada más?

—Mi rabia.

—Tu rabia; tu rabia y tu pena; tantos años que llevas con tu rabia y con tu pena, Monche.

—Las cosas no se me olvidan, Viviana.

—No; no se te olvidan nunca.

—No.

—Y no se te pasa la pena tampoco.

—Tampoco.

En esa época yo todavía no había hecho esta otra foto de Tomasa, semi desnuda, reflejada en el espejo, con sus labios ligeramente fruncidos, pensando en Ernesto. Por un tiempo, breve es cierto, a Tomasa se le habían cumplido sus ganas; yo, todavía esperaba a que se me cumplieran las mías. ¿Por qué habría hablado Monche justamente entonces de sus ganas? ¿De qué ganas hablaba? Sentí un escozor caliente recorriéndome la espalda y los muslos; sin acertar a definir exactamente qué era lo que yo quería: ¿Confesar mi culpa y atreverme, de paso, a dejar claro de una vez por todas, ahora, si no entonces, nunca, cuánto había querido yo abrazarla y besarla desde siempre?

Suspiré, busqué sus ojos, y me atreví por fin a preguntarle:

—Monche, magnimiga, quiero preguntarte una cosa: cuéntame, cuéntame qué pasó esa otra noche de diciembre.

Sentí una gota de sudor caliente cayendo por cada uno de mis sobacos; el miedo atroz en mi pecho de haberlo estropeado todo. Pasó un segundo largo antes de que ella me contestara, alerta, con sus ojos abiertos fijos en los míos, como los gatos cuando advierten una amenaza o un peligro.

—¿Cuál noche, Viviana?

También yo le contesté despacio, jugueteando lentamente con la cuchara ya sin nada de miel.

—¿Qué te pasó la noche antes de la que Labarca no te dejó entrar en su casa?

—No sé de qué me estás hablando.

Presentí que me mentía, que Monche había adivinado enseguida a qué me refería; pero también sentí que, quizás, podría entonces mentirle yo a ella, disimular las dos, y escaparnos.

—No es nada; no te preocupes.

—¿De qué estabas hablando Viviana?

—No es nada.

—Viviana, ¿de qué estabas hablando?

Sentí ahora sudor sobre mis cejas, rubor en mis mejillas; suspiré de nuevo y le contesté despacio, midiendo mis palabras, todavía con miedo.

—Cuando fuiste a la casa de Labarca, la última vez que lo viste, tú le ibas a contar algo; algo importante, pero él no te dejó ni siquiera pasar la puerta de calle.

—¿Y eso tú cómo lo sabes?

—No importa; lo sé.

—¿Cómo? ¿Cómo lo supiste, Viviana?

Ya había oscurecido y no pude ver nada más allá de mi propio reflejo en la ventana cuando volví mi cara enrojecida hacia el lago. Supe que no podía ya desdecirme. Me di vuelta hacia ella y confesé, por fin, mi vergüenza:

—Leí tu diario.

—¿Mi diario? ¿El que te pedí que me guardaras... Eso fue hace ya... tanto tiempo. Viviana, ¿lo leíste? ¿Cuándo? ¿Por qué?

—Primero, porque quería saber, después...

—¿Qué querías saber? Yo te contaba todo.

—Quería saber, quería saber otras cosas. Saber cómo te había enamorado él.

—¿Enamorado..., Labarca? ¿A mí? Eso no era amor, Viviana. De todas maneras, tú no tenías ningún derecho.

—Monche, no tienes idea cuánto sufría yo verte con Labarca.

—Aparte de que eso no tiene nada que ver con leer mi diario, entiende que para mí no era nada de fácil estar enredada con Labarca. De sufrir, Viviana, tú no tienes idea.

—Oh, sí, Monche.

—¿Qué sabes tú? Aparte de lo que yo te contaba, ¿qué sabes tú de como era mi enredo con Labarca?

—Tú la gozabas, Monche; no parabas de repetirlo. Yo...

—No era nada de fácil. Labarca era como una droga exquisita, una jaula sin barrotes, pero sin puertas tampoco. Toma. ¿Te gusta? Aprendí esa frase hablando con Eliana, mi loquera.

—¿Qué necesidad tienes de loquera? Yo te dije desde el primer día que había que tener cuidado con Labarca.

—Pero te equivocabas. Que Labarca y yo estuviésemos follando, déjame decirlo así, y piense lo que piense yo de eso ahora, no era el problema... Esa parte estaba..., estaba bien. En medio de todo lo demás, eso me gustaba.

—Follaban —follabais— los dos, como tú dices ahora... ¿o es que él te culiaba a ti?

—Es una buena pregunta... y me tomó mucho tiempo —y muchas sesiones con Eliana— contestármela... Creo que a pesar de todo..., a pesar de su abuso, a pesar de que yo apenas era una cría entonces..., follábamos. Los dos queríamos, los dos lo pasábamos bien. Lo malo era otra cosa.

—¿Cuál?

—Labarca era... un mandón.

—¿Te trataba mal? ¿Es eso lo que nunca me contaste?

—No. A su manera, Labarca era... amable. Pero controlador. ¿Entiendes?

—Era celoso.

—No, celoso no; todo lo contrario. Decía que no quería ataduras. Pero tenía una imagen precisa y acabada —como una fantasía— de lo que quería que yo llegase a ser para él.

—¿Imágenes de qué? ¿Del Playboy?

—No, de dónde iba a sacar eso conmigo. Imágenes de libros, me imagino. Quería enseñar; ser como un maestro. En mí buscaba más intelectualidad, sofisticación. Se creía un poco como Sartre. Quería —contradictoriamente porque le gustaban las chicas de dieciséis— una mujer más madura que lo niña que era yo... y entonces yo siempre temía decepcionarlo. Labarca era... tierno, amoroso, dulce; pero de pronto..., sin yo nunca entender claramente porqué, me miraba desaprobándome con esos ojos duros que tenía y yo, que estaba loca de amor —o de necesidad— por él, me estremecía.

—Le tenías miedo.

—Miedo sí; a perderlo, a perder poder estar ahí con él, en su torre. Pero también más miedo le tenía a la paliza que me darían en la casa cuando se enteraran. Y a la vergüenza, claro.

—Yo también sentía miedo por ti, Monche. Te ayudaba, mentía por ti; pero sentía miedo.

—¿Y por eso fue que leíste mi diario, Viviana? Te miro y todavía no te entiendo.

—Quería aprender, Monche; aprender esas palabras dulces que tú inventabas.

—¿De qué me hablas ahora?

Lemusgo, vasiquén, caldanza...

Caldanza, Bellojos, amor..., amor. Viviana, no necesitabas leer mi diario para eso; yo misma te había enseñado a inventarlas.

—Me habías dejado sola, Monche.

—Ya; sola. Sola con tus rollos... Es mi culpa, entonces.

—Yo sufría, Monche.

—Sufrías de celos y de envidia. Fuiste egoísta, Viviana. ¿Todavía no te das cuenta?

—Y tú fuiste ciega y desconsiderada. Ni te importaba como yo te miraba, Monche.

—No es verdad, Viviana; me importaba como me mirabas. Vanidosa como soy, me gustaba como me mirabas.

—¿Vanidad? ¿Eso era todo lo que sentías?

—No. Nunca te lo dije; pero a mí me gustó que estuviéramos abrazadas esa mañana, tú y yo, desnudas, debajo de las toallas. Me gustó..., ¿me entiendes?

—¿Que si te entiendo? Eso lo supe siempre, Monche. No tienes que decírmelo tú ahora. Y esa es todavía la rabia mía.

—¿Tu rabia?

—Y mi dolor.

—Segunda vez que me hablas hoy de tu dolor, de tu rabia. ¿De dónde te sale a ti esa rabia?

—Porque yo vivía muerta de miedo, Monche. Muerta de miedo por mi amor por ti. No podía ni siquiera pensar en decírtelo. Sentía miedo de hacer el menor gesto hacia ti y me sentía sucia; cochina, como me llamaba mi mamá.

—Tu madre, claro, ella también; como la mía. ¡Qué buen par hacemos tú y yo juntas!

Monche encendió un pucho; no me ofreció, pero nos miramos en silencio. Bien, para bien o para mal, ya estaba hecho.

—Me pesa haberte herido, Monche. De eso, ten por seguro de que me arrepiento.

De eso... ¿Y de qué es de lo que no te arrepientes, entonces?

—Me avergonzaba, me avergüenza, la culpa, claro; pero cada vez que leía tu diario te sentía cerca..., como si estuvieras aquí conmigo; podía imaginar que no te habías ido. Eso me gustaba, y cada vez me arrepentía a medias.

—A medias...

—Es como tú y Labarca. Ese gustito, ese placer, ese escape, es más fuerte que la culpa, la vergüenza o que el miedo.

Gustito, ¿sí?

—¿Acaso tú no te pasabas la semana entera soñando Labarca?

—Cierto, y regresaba cada miércoles a su casa...

—Porque siempre querías volver a sentir ese ardor, esa fuerza, ese placer de romperle los huevos al qué dirá la gente.

—Para mi era otra cosa, Viviana: no era romperle los huevos a nadie; era la calma de ese caserón inmenso, sus discos y sus libros; pero también Labarca.

—Tú todavía sientes algo... bueno por él.

—No sé si bueno. Era un hijo de puta. Pero tenía algo de duende, ingenioso con sus palabras... y sabía hacerlo bien. Fue el primero... y en eso, hasta ahora, el mejor.

—Me doy cuenta; todavía se te ríe la cara.

—Basta de Labarca. Hablemos de ahora y de aquí. Muchas veces yo también he deseado estar aquí, Viviana; sin necesidad que leas mi diario para eso.

—¿Conmigo?

—Sí, Bellojos, contigo. Lo de Labarca fue tan efímero. Un gustito como tú dices; pero un gustito tan corto. Después me fui a Santiago. Lo pasé bien en Santiago; hacíamos cosas, soñábamos. Tuve un buen amigo, Rodrigo, un viejo hermoso; también tuve a Eyleen, ella fue mi guía allí... y una buena amiga. Después vino el golpe; pobre Eyleen; después..., Aníbal. España..., Xavier. No todo fue malo con Xavier; tengo a Miguel, a Paz; los adoro.

—En las fotos se ven hermosos.

—Lo son; pero nunca he vuelto a tener a nadie como tú.

—Ni yo, Monche. ¿Puedes perdonarme?

—No necesito perdonarte, Viviana. Cuando me llamaste el domingo, pensé en todos ellos: en mi madre, en Aníbal, hasta en Amparo. Ríete de mí: también pensé en Gustavo.

—Bueno, me río.

—Pero, ¿quieres saber una cosa?

—¿Qué?

—Si vine ahora fue porque te he echado de menos a ti y quería estar contigo. El funeral fue una excusa, una buena coartada.

—Yo estoy feliz de que hayas venido, Monche.

—Me gusta el olor que se respira aquí, Viviana; me gusta tu lugar. Me gusta esta soledad, este estar lejos.

—¿La calma?

—La calma, sí. A veces desearía dejar de estar siempre corriendo de un lado para el otro.

—Aquí puedes quedarte todo el tiempo que quieras.

—No es tan fácil. Y no lo digo solo por mis hijos.

—¿Por qué entonces?

—Me ahogaría aquí, Viviana. Esa maldita sensación de no encajar del todo, de ser siempre una afuerina.

—¿Y allá no eres una afuerina acaso? ¿Una sudaca?

—Ya, aquí soy coña; allá, sudaca. Pero allá no tengo expectaciones absurdas. Nada ni nadie que me fuerce a sentirme de ahí.

—¿Y eso qué cambia?

—A mi manera, así soy un poco más libre. Desde que Xavier y yo rompimos, trabajo en los parques, y eso no se le debo ni a él ni a nadie.

—¿No son esos más que puros gestos?

—Quizás, como los tuyos.

—Yo hago fotos de viejas puntudas.

—Y yo lucho por mis osos.

—Me parece increíble que allá haya osos.

—También hay lobos.

—¿Como los de Caperucita?

—Sí, pero estos no se comen ni a las abuelas ni a las niñas que andan solas por el bosque. A veces se comen un rebeco; pero en eso están en su derecho.

Hacía frío, pero igual habíamos salido a sentarnos en silencio al porche y terminar de fumarnos un pito; la luna todavía casi toda llena se reflejaba en el lago que ahora, con menos viento, parecía estar, como nosotras, también más en calma. En solo una de las otras cabañas cercanas se veía salir humo de la chimenea y una pequeña luz amarillenta y rojiza parpadeante en una ventana. Vi a Monche pensativa, concentrada, como recordando, armando mentalmente una de sus típicas parrafadas, haciendo memoria. Se cogió el mentón con sus dedos como pinzas, se volvió hacia mí y me dijo:

—Entonces, Viviana, Bellojos. ¿Todavía quieres que te cuente qué pasó esa otra noche de diciembre?

—Cuéntame.

Viviana estaba equivocada; fue en verdad una tarde, no una noche. El martes después de la fiesta de la Virgen. Tres días tomando. Cuando llegué de la Calipso, encontré a mi madre sentada a la mesa de la cocina, todavía agarrada a su botella de vodka. Traté de hacer que se levantara, pero no me escuchaba y no había caso de llevarla así a su cama. En verdad no hacía falta; podía dormir donde quisiese y a mí ya no me importaba.

En eso se abrió la puerta y entró él.

Fue una sorpresa; nunca lo esperábamos un martes. Me dio asco su aliento de borracho cuando insistió en darme un beso.

—¿Que no ves como anda tu hija, mujer? Mira ese escote. Mira esas piernas.

—No te metas, Álvaro. Déjala en paz.

—Es una zorra... y tiene a quién salir. Y eso tú, Mercedes, muy bien lo sabes.

—Cállate, Álvaro; no empieces.

—Mierda, maldita suerte.

—¿A qué has venido, Álvaro?

El que viniera sin su bolsa de ropa sucia debió haber sido un aviso. Venía a otra cosa. Nos miraba a las dos con ojos avinagrados; hablaba a trompicones, dando puñetazos a las paredes y a las mesas, como si más quisiera ventear su frustración de quién sabe esta vez de qué y su rabia.

—Todavía es mi casa. Todavía es mi nombre. ¿De veras que no lo sabes?

Quiso cogerme del brazo, pero yo corrí al otro lado de la mesa. Se dio vuelta, me alcanzó, chocamos y nos caímos los dos al suelo. Forcejeamos y me pegó con su puño en las costillas. Como pude me di vuelta, le di un puntapié en las canillas y me levanté de nuevo. Él se levantó también, ágil como un gato. ¡Qué fuerza la que tenía ese viejo! Me alcanzó y me empujó contra la pared luchando por besarme o por pegarme. ¡No lo sé!

—Mocosa de mierda.

—¡No la toques!

Entonces vi la botella de vodka encima de la mesa; la cogí y le di con todas mis fuerzas en la cabeza. Sonó como un melón que se cae al suelo. Él no se cayó, se tambaleó apenas; pero comenzó a sangrar de la frente. Di un grito cuando lo vi lanzarse en mi contra. Alcanzó a pegarme de nuevo con su puño en las costillas antes de que mi madre, por fin ya toda despierta, se interpusiera entre nosotros y lo empujara contra una silla. Ahí se quedó por fin quieto, respirando agitado. Mi madre le tiró un estropajo que él agarró al vuelo.

—Límpiate la cara y vete de aquí, Álvaro.

—¡Me las pagaréis, putas de mierda!

—¡No amenaces y vete, Álvaro! Déjanos tranquilas y vete. Aquí hace tiempo que ya no tienes nada.

—Nada, no tengo nada. Me voy; no me importa lo que hagáis; sois unas zorras las dos. Dile, dile, Mercedes, dile a tu hija que no eres una zorra.

—Cállate, por lo que más quieras, Álvaro, cállate.

—¿Querer? Demasiado tarde para querer, ¿no crees? Dile, dile, Mercedes; dile quién eres.

—¡Vete, Álvaro! Vete ya.

—Dile a esa zorra que es hija mía.

—¡Álvaro!

—Díselo.

—Álvaro, cállate.

—¿Lo ves, zorrita, preciosa? No te lo dice; no puede decírtelo. Ahora tú ya lo sabes. Que te aproveche, preciosa. Me voy.

Y se fue, sin ni siquiera dar un portazo, se fue. Mi madre tomó la botella que yo todavía tenía en mis manos, la tiró al basurero y me ordenó que fregara la sangre del piso.

—Espera, mamá; espera. Ahora tú tienes que contestarme a mí. Si no soy de tu marido como él dice, ¿tienes alguna idea de quién mierda soy?

—Ten cuidado con tu boca, Monche, no te pases...

—Dime, mamá, ¿lo sabes?

—¿Qué te crees, Monche?

—No me creo nada. ¿Lo sabes?

—No he necesitado llevar una cuenta, Monche, si es eso lo que ahora te preocupa: Víctor; se llamaba Víctor.

—¿Víctor? Tú nunca... ¿Quién es ese Víctor?

—Nos conocíamos de antes de la guerra. Después nos separamos; él en Aragón, yo en Madrid. Cuando terminó aquello, cada uno salió de España como pudo.

—Pero si soy hija de él, tienen que haberse encontrado después.

—Nos encontramos brevemente y por casualidad en un viaje que hice con Tomasa a Cartagena. Pasamos una tarde y una noche juntos; fui feliz. ¿No te contenta eso? Fui feliz, y no me arrepiento; me llame Álvaro como me llame. Pero ya era tarde; para mí ya era tarde. En todo caso, nada de eso ya te importa a ti... Ni a mí tampoco. Oí luego que se había muerto... y de ti, él nunca se enteró.

—Mamá...

—Nada; no hay nada. No te quedes ahí parada, Monche, y limpia ese piso como te lo ordené. Estoy cansada.

Quise darle un abrazo, pero ella me detuvo con un ademán que hasta ahora nunca he sabido si fue brusco o, si por el contrario, muy tierno.

—Corta esas zalamerías, Monche. Limpia el piso, quítate esas lágrimas y déjame ahora dormir en paz. ¿Que no ves, hija, que todavía estoy borracha? Y a ver si enseñas menos de esas piernas tú también, Monche, que en eso Álvaro tan perdido no anda.

Yo me quedé ahí sola, fregué el piso como una autómata, con fuerza, con rabia, con miedo, y cuando terminé me quedé quieta, sin saber qué más hacer. Así, de golpe, apenas podía creerlo. Pensé en ir corriendo a contarle a Viviana o quizás a Labarca, pero me quedé ahí, quieta. No salí de casa hasta el día siguiente. Después, cuando llegaron los tiras, temprano el sábado en la mañana a hablar con mi madre, casi me morí de susto.* Creí que le había pasado algo a él: ...al marido de mi madre; temí que quizás yo lo había matado. Saber que los tiras venían a hablar con ella, porque se habían llevado preso a Labarca fue casi un alivio. Pero no, con eso se abrió otra pesadilla.

Yo también pensé en darle entonces un abrazo a Monche, pero ella ya se había puesto de pie, frotándose las manos por el frío y comenzado a volverse y a entrar de vuelta a la cabaña.

—Monche, Bellojos...

—Nada, Viviana; tú, tranquila; eso ya pasó hace... siglos. Ahora solo necesito ir al baño y mear. Y también tengo hambre; voy al baño y después preparo algo para comer y cenamos.

Cuando salió del baño, se había quitado el suéter y yo miré embobada lo ajustada que le quedaba mi playera. Monche sabía —sabe— verse bien; por lo demás nunca he querido ser una buena cocinera y me alegré que tomara el control de la cocina haciendo un milagro con las pocas cosas que había: preparó una sopa de ajo con pan añejo y un huevo escalfado al medio; galletas de agua untadas con mermelada de mosqueta para el postre.

—¿No tenemos vino?

Busqué en el armario.

—No; pero nos queda un pichintún de pisco y una botella casi llena de kirschwasser.

—¿Y eso, cómo se toma?

—Como un corto, frío, al seco.

Kirschwasser, entonces.

Llené dos copitas.

—Salud.

—Salud.

—¿Parece que te gustó? ¿Quieres más?

—Sí, dame más. Se parece al orujo español que es otra manera de decir aguardiente.

Vi cómo lo saboreaba de nuevo y resistí lanzarme sobre ella cuando se llevó a la boca su dedo untado en el pote de mosqueta.

—Apuesto que no sabes que en España las mosquetas se llaman escaramujos.

—¿Te gusta vivir allá?

—Se les ha ido apagando la euforia del principio y el buque comienza a hacer agua. Pero, sí me gusta. Es similar a nuestros primeros días de acá. Sólo que allá esta vez lo bueno nos va durando mucho más tiempo.

—Más tiempo que a ti y a Xavier en todo caso.

Terminó de lamerse el dedo y fue a sentarse sobre la alfombra frente a la estufa a leña. La seguí y sentándome frente a ella comencé a masajearle sus pies desnudos.

—¿Por qué quieres hablar de Xavier tú ahora?

—¿Nunca te molestó que fuera mayor que tú?

—Montones de años mayor. Xavier y yo tenemos nuestro cumpleaños el mismo día. Sacando cuentas con los cambios de horario y todo eso, concluimos que precisamente a la hora en que mi madre me estaba pariendo, él se estaba echando el primer polvo de su vida, dos semanas después de comenzar la mili.

—Me acuerdo de la última fiesta de cumpleaños que tú y yo pasamos juntas.

—En tu casa.

—Con tu vestido de gitana.

—¡Qué locura la de ese vestido!

—Falda verde, blusa naranja; bonito.

—Y botones azules.

—Como de paquetes de velas.

—Esta otra fiesta fue en el piso de Xavier. él, yo y un par de amigos que se marcharon pronto. Yo me emborraché aun más que en tu casa; orujo. Así terminé por primera vez en su cama.

—Buen regalo de cumpleaños.

—Fue bueno; mientras duró, fue bueno

—¿Más kirsch?

—¿Quieres que me emborrache ahora también?

—¿Por qué no? Ya tienes mejor color y te ves estupenda.

—¿Te parezco estupenda?

—Siempre te has visto estupenda, Monche. En cualquier parte eres la atracción de la fiesta.

—Y así fue como Xavier y yo empezamos nuestras peleas.

—¿Por qué?

—¿Estás enojado, Xavi? ¿Por qué me miras así?

—Me encantas, Monche; pero hay cosas que yo quiero que tú aprendas.

—¿Sí? ¿Qué cosas quieres que aprenda?

—Quiero que seas más una señora.

—¿De qué hablas? ¿Quieres que sea más una señora en la cama, Xavi?

—En la cama conmigo, no. Más señora en las fiestas; cuando estés delante de mis amigos. No quiero que me avergüences.

—A Xavier le encantaba que todos lo vieran conmigo, pero cada vez le daba más en los huevos que también me vieran a mí; que otros hombres se murieran por mí.

—¿Y tú?

—A mí me encanta que los hombres me vean, Viviana, así se mueran de ganas o no.

—Hay mucho bueno que ver.

—¿Verdad que sí?

—¿Te gustaría que yo te viera más?

—¿Qué es lo que quieres verme, Viviana?

—¿Qué me quisieras mostrar tú?

Kirsch... ¿Qué significa kirsch?

—Cereza.

—Dame otro poco.

—No es problema; todavía nos queda más de la mitad.

—Y toda la noche.

Le llené su copita de nuevo, temblé un poco, derramé tres gotas sobre su mano, se rió antes de secársela con su lengua; la miré de nuevo. Bebimos.

—A todos los hombres, Viviana: a Labarca, a Xavier, a otros, les ha encantado estar conmigo mientras les duran las ganas. Pero cuando se cansan de mí, me dan una bofetada, una patada en el culo y me cierran la puerta de su casa.

—Deberías probar con una mujer.

—Contigo.

—Yo no me cansaría nunca de ti, Monche.

—No; tú no.

—¿Entonces?

—Enséñame; enséñame a quererte.

—Es lo más fácil del mundo, Azamor.

—¿De veras?

—Eso. Abre más tus labios.

—Sabes a cereza.

—Tú también.

Cuando finalmente despertó a media mañana, yo la había estado dibujando, recorriendo suavemente mi dedo sobre su cuerpo cubierto solo por mi playera negra cómicamente dada vuelta.

—Eres linda y cariñosa, Viviana; me gustó.

—¿El kirsch?

—El kirsch también.

—Todavía nos queda un poco.

—Dejémoslo para la tarde... después del desayuno.

—Necesitamos bajar a Pucón, a comprar comida.

—Más tarde, todavía tenemos huevos.

—Monche: escucha lo que estuve pensando a propósito de las imágenes dispersas. Mencionaste la sopa de ajo cuando hablabas de Mercedes, y anoche tú preparaste una para mí. Ahí tienes una historia que les puedes contar a Miguel y a Paz sobre su abuela.

—Pero a ellos no les gusta la sopa de ajo.

—Hazles un gazpacho, entonces, y les dices que es la receta que te enseñó ella ¿Qué importa?

—¿No importa contarles una mentira?

—Contarles una historia, Monche; no es una mentira, es una historia.

—¿Y tú crees que la gente siempre anda por ahí contándole historias a todo el mundo?

—Claro; como la que te contó a ti Xavier; esa de haberse echado su primer polvo el día que tú naciste. ¿O es que tú de veras se la creíste?

—¿Tú crees que fue una mentira?

—Creo que fue una buena historia que Xavier urdió para llevarte a su cama.

—Y qué historia me contaste tú anoche?

—¿Yo? Ninguna, fuiste tú la que me contó historias. Pero aquí tengo el cuento que Elvira escribió sobre Amparo. ¿No quieres que lo leamos juntas?


✎ Si no lo has hecho antes, este es un buen momento de echarle una mirada a las notas de Elvira para el cuento de Amparo.

✎ La entrada del diario de Monche en la que póstumamente se dirige a Mercedes también va a interesarte.







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