Elvira y Labarca

Educación sentimental en la torrecilla de la calle Francia.

aneja

—Escucha este otro: “Me quedé con ella a solas, sin más tercero que el vino... Yo, la muchacha, la copa, el vino blanco y la oscuridad parecíamos tierra, lluvia, perla, oro y azabache.”

—Azabache, como mi pelo.

—Y dulce, como este vino.

—Están enamorados...

—No, no te confundas, Elvira: se desean, se disfrutan. Ahí está la felicidad... Que, acuérdate, es siempre breve.

—¿No es eso triste?

—No lo es; es sublime, si aprendes a disfrutar intensamente ese puro instante, es sublime.

Labarca y Elvira
Temuco, abril - diciembre de 1965.

A Pat Pheifer,
lectora sabia y atenta.

Ramiro se equivoca. Nunca he odiado a Carlos Labarca. Labarca, Labarca: he sentido rabia, vergüenza, bochorno (aunque siempre también algo de nostalgia, lo confieso, todavía hoy, nostalgia ingenua), por haberme dejado, dejado embolicar... Cierto, no hubiera podido haberlo evitado entonces cuando recién me asomaba fuera de mi casa más allá de las novelas de amor tempestuoso y caliente; más allá de esos libros de sexualidad contestaria que leía a escondidas en las noches; más allá de esos días de tímidas rebeldías de atea novicia, escabulléndome disimulada de la misa de los días viernes. Pero el bochorno es el mismo; igual me había yo dejado, dejado, repito, embolicar con tus estudiados (si había algo que definitivamente no eras, Labarca, era ser espontáneo) gestos amables, como el dejar disimulado una ágata roja sobre mi pupitre mientras repartías los exámenes corregidos, o el insertar una frase divertida y elogiosa en tus comentarios cuando me llamabas a resolver en el pizarrón, delante de todas (para tu orgullo y el mío), un problema de álgebra poco común y desafiante, o el demorarte un segundo demás en soltar la tiza que me alcanzabas con tus manos suaves y cálidas; dejarme engatusar —ahora lo sé— con tu repertorio añejo de frases gentiles, aprendidas en la cloaca de mil lugares comunes, con las que te alargabas con tus palabras, imaginándote poeta, describiendo mi cuerpo: mis manos delgadas, mis labios llenos, mi pelo de azabache, mis ojos morunos, mis pechos prietos. Azabache, moruna, piel de aceituna, decías. Rimas repugnantemente trilladas y para colmo, plagiadas, Labarca. Pero que a mí me gustaban. Me encantaba esa callada y larga “u” de moruna con la que me nombrabas con tus labios dulces y suaves, que me parecían hechos para mí sola, extendidos gentilmente hacia adelante, como un colibrí pequeño y tierno, cuando ya te disponías a besar mi pelo, mi frente, mi nariz, mi boca, mi cuello, siguiendo el ritmo y el orden del poema de Garcilaso decías (pero era más bien el de Góngora); cuando ya se había hecho en mí un hábito irrenunciable y embriagador visitarte en la torrecilla misteriosa, evocadora de viajes y sugerente de pasión, de besos y de aventura, de tu caserón de la calle Francia esos miércoles en la tarde; esos miércoles con los que yo soñaba despierta cada noche, imaginándote dormido desde mi ventana abierta desde la que podía, sin demasiado esfuerzo, atisbar la tuya por encima del aire, de los tejados y de los sicomoros. Pelo de azabache me llamabas allí, en tu casa, extendiéndolo fascinado sobre tu cama tan ancha, tan mullida y tan blanca; azabache y moruna, repetías quedo, gentil y suave, susurrando lentamente tus palabras en mis oídos y en mi boca; azabache y moruna... Labarca, Labarca, fue contigo que amé por primera vez mi piel de aceituna, la misma que antes me había parecido ordinaria y fea. Lo decías todo con tanta sabia calma, Labarca; con tanta parsimonia de viejo fuerte y astuto, con tanta gracia y delicadeza con tu voz grave y profunda. Para seducirme, claro; porque ese era tu juego, tu apuesta contigo mismo; asegurarte que en un par de semanas (y perverso como eras seguro que vacilabas entre querer acortarlas o extenderlas) yo abriría mis piernas y dejaría, no, dejaría no; te rogaría, te suplicaría que me culiaras. Sabías a lo que ibas, Labarca; desde ese primer día en el que me distinguiste por sobre mis compañeras con tu mirada azul intensa y de peuco fiero tras su presa desprevenida en esa deslucida sala de clases del colegio de ventanas abarrotadas; meses antes de que me invitaras por primera vez a tu casa, tú ya lo sabías. Ese fue tu abuso, Labarca; saberlo todo antes de que yo pudiera ni siquiera comenzar a imaginármelo, señalarme para ti antes de que tú y yo hubiésemos cruzado una sola palabra; sabio y astuto, Labarca, me atrajiste a tu torre de encantos sin detenerte a preguntarme a mí antes nada. Entiendo yo ahora que era impensable que lo hicieras, puesto que todo el juego, toda la partida de naipes, se trataba precisamente de eso, de arrebatarme de ese grupo, por lo demás anodino, y hacerme ahí, por tu sola voluntad y capricho, tu elegida. Abusador, Labarca; jugabas con cartas marcadas. Pero también es verdad que eras a tu manera honesto, hasta ingenuo tú también, Labarca; no me engañabas; me fantaseabas y me enredabas con tus frases primorosas y bellas, pero eran también fantasías tuyas; tú también te lo creías; no lo fingías; no todo lo tuyo era una ya probada técnica de seductor avezado, aunque también eras conciente de estar haciéndolo eso bien, y con seguridad te enorgullecías de tu habilidad, aplomo y pericia de experto acostumbrado, año tras año, a repetirte una y otra vez el plato con jovencitas crédulas, soñadoras, fantasiosas, cándidas y de ojos transparentes como los míos. Pero no me mentías, no eran mentiras las que me contabas; inexactitudes absurdas, seguro, pero no mentiras; te gustaba de veras sumergir tus dedos en los rulos negros de mi pelo, desenredarlos uno a uno, contándolos como se cuentan los granos de arena en una ribera, con calma, paciencia y esmero; te gustaba verme decías, y me lo demostrabas cada uno de esos miércoles, cogiéndome de la mano, besándome uno a uno mis dedos con los que me habías hecho tocar sorprendida la humedad de mi concha, y abriéndome los ojos a lo que yo hasta entonces solo había intuido y remotamente sospechado; con tus caricias descubrías para mí mi cuerpo, me lo mostrabas reflejado desnudo al lado del tuyo en ese inmenso espejo; me hacías olerlo, gustarlo, saborearlo, tocarlo, gozarlo. Sumergido tú mismo en él, te encantaba a ti fantasear, viajando hacia adonde te habían llevado antes tus libros de versos y de leyendas medievales; de marinero errante llegado exhausto a una playa desierta y tórrida; de explorador solitario con ojos de pájaro, de amante furtivo, escandaloso y prohibido; fantaseabas, repito, que bebías agua fresca de mí, que te acostabas ahí, en tu casa, en tu cama, rodeado de esos libros que jamás hubieras podido leerlos todos, con una joven mora como imaginabas que yo, entonces, ahí, para ti, lo era.

Umeå, miércoles 21 de marzo de 1979.



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