Labarca

Muchos años después, Monche escribe sobre Carlos Labarca.

aneja

Me gustaban tus manos, Carlos, tus manos, tus labios y tus dedos.

Carlos Labarca Gutiérrez; Labarca. Labarca, mi monstruo; Labarca, mi fantasma; Labarca, mi violador; Labarca, mi amante. Carlos Labarca y yo nos veíamos cada miércoles en la tarde después del colegio. Él vivía en una de esas enormes casas de madera de la calle Francia a la que yo, ocultándome de los vecinos, entraba por el fondo de un patio trasero lleno de árboles y de matorrales, sirviéndome de una destartalada puerta a punto de caerse de sus goznes oxidados y que daba a un callejón largo, estrecho, oscuro y lleno de baches.

A mí me fascinaba su casa llena de libros por todos los rincones y que él parecía feliz de compartir conmigo. A veces Labarca se quedaba quieto; en silencio, meditabundo, ignorándome por completo hasta que yo me iba. Pero otras, nos pasábamos horas charlando, escuchando música y hojeando y leyendo sus libros después de amarnos. Un día me mostró un gran tomo empastado con ilustraciones a color de hombres barbudos y niñas de trenzas largas en las más diferentes posiciones. “Desde siempre en la historia ha habido hombres que han elegido a jóvenes como tú para iniciarlas en los placeres del sexo” —me dijo, notando que las imágenes me habían hecho sonrojar y apartar la vista. Labarca usaba a menudo irritantes frases hechas como esas, pero de todos modos yo me quedé pensando y a la semana siguiente, le pedí que me mostrara el libro de nuevo.

Años después, pude reconstruir los múltiples detalles con los que Labarca fue construyendo su tela de araña. Por semanas, si no meses, se dedicó concienzudamente a disipar el miedo que estropeó mi deseo de adolescente curiosa, atrevida e insensata, la primera vez que su mano, metiéndose por debajo de mi falda, llegó al borde de mis bragas.

¡Cuánta maña se dio para bajármelas! En ese pueblo chato y pacato, Labarca fue el primero en llevar calcetines colorados, el primero en dejar que su pelo creciera más abajo del cuello de la camisa y el primero en no mirarme con lástima hipócrita, después de la escandalosa separación de mis padres.

No sé si entendía —o si alguna vez se lo preguntó— que lo que él hacía era un abuso. En ese tiempo a mí no me importaba y me divertía estar con él, sentirlo y dejar —pedirle— que me acariciara. A mitad de semana, esos miércoles, su casa y sus caricias eran un lugar donde yo podía sentirme segura, sin regaños ni gritos. Y a él también le gustaba estar conmigo. “Lástima que seas tan mocosa” —me dijo la mañana de noviembre después que felices nos habíamos quedado toda la noche juntos. “El próximo año voy a cumplir diecisiete” —protesté. “Eso es precisamente a lo que me refiero” —me replicó sonriendo misteriosamente él. Poco después terminaron las clases. No lo volví a ver ese año y en enero me dijeron que se había mudado a Valdivia. Nunca más supe nada de él hasta que ese verano, casi cuarenta años más tarde, vi su esquela mortuoria en el diario.

“Ven a mi casa el miércoles en la tarde” —decía el papelito que deslizó junto a mi examen corregido un par de semanas después de mi cumpleaños. Me imaginé cientos de escenarios, miles de cosas que decirle y me probé todos los vestidos, faldas y blusas que tenía. Al final, fui con mi uniforme de colegiala, llegué casi una hora atrasada, me había perdido y tenía frío. Sin apresurarse, Labarca me ofreció un té anaranjado y dulce que yo nunca antes había visto ni probado y que me lo sirvió en una copa pequeña y pesada de cristal opaco, instruyéndome que me lo tomara de a sorbitos.

Me acerqué a uno de los estantes llenos de libros y recorrer con mis dedos las espinas polvorientas me tranquilizó. “¿Aquí vive usted?” —le pregunté. “Puedes tutearme, si quieres; pero, sí aquí vivo” —me respondió. Ya había entrado un poco en calor, me quité los zapatos y noté que él también estaba descalzo mientras me miraba de pie con las manos en los bolsillos de sus pantalones negros. “¿Te gustan los libros?” —me preguntó. “Sí, pero no tengo tantos. ¿Los ha leído usted todos?” —le pregunté yo mientras seguía recorriendo los libros con la mirada. “Muchos, pero no todos; algunos son heredados” —me dijo.

No lo había oído acercarse, pero sonreí con su respuesta que me pareció inesperadamente honesta y me volví cuando sus dedos tocaron los míos. Labarca me acarició la mejilla y yo tomé su mano dirigiéndola hacia mis pechos. “Fuck me” —le dije sin casi poder aguantar la risa, mientras me ponía roja de vergüenza por la palabrota aprendida en una película de moda.

Apenas había muebles en la casa de Labarca, pero en una de las paredes del cuarto que abarcaba casi todo el segundo piso estaba empotrado un inmenso espejo. Una tarde de lluvia fría, mientras él dormía, subí a ese cuarto de piso reluciente e iluminado por claraboyas. Descalza, comencé a jugar a que era una bailarina. Un paso a la izquierda, dos a la derecha, una flexión y un salto. Dos a la izquierda, tres a la derecha, otra flexión, un salto y una vuelta. Otro salto y otra vuelta. Otro salto y otra vuelta. Hacía frío. Acerqué mi cara al espejo y vi mis labios morados tiritando, abrí mis brazos que se reflejaban como alas enormes con las mangas de la camisa blanca de Labarca simulando plumas de gaviota y, en puntillas, besé con fruición mis entumedecidos labios fantasmales.

De pronto asustada, me dejé caer de bruces y me quedé quieta, temblando como un ave herida, hasta que ví reflejados sus ojos duros mirándome desde el otro lado del cuarto. “Hace frío en el segundo piso. Mejor te pones tu falda y tomas otro poco de té” —me dijo.

El resto de la tarde la pasamos callados y en silencio.

Había veces en que, voluntarioso y de ánimo cambiante, Labarca me daba miedo. Un miedo aun más profundo que el miedo que le tenía a mi padre. Más misterioso, más extraño; un miedo ajeno que se me metía en la piel, en mis entrañas, que me embebía entera y que podía sentirlo en cada uno de mis huesos. Sabía que Labarca podía mirarme con la ternura más infinita, haciéndome dichosa con sus besos suaves y sus gentiles susurros amorosos; pero también —si llegara a quererlo— sabía que Labarca podría mirarme con la dureza y desconmiseración más inimaginable. La idea de que todo pudiera desaparecer con un solo chasquido de sus dedos, la idea de que todo dependiera de su sola voluntad, de que todo no fuera, sino como el susurrar de las hojas secas arrastradas por el viento, me angustiaba e invadía mis pesadillas.

Pero esa otra noche de noviembre, Labarca estaba haciendo las cosas con calma. Sus dedos rozaban delicadamente mis pezones embriagados con su vino blanco. Acercó sus labios y me los besó eternamente antes de comenzar a darme besitos en mi vientre y avanzar despacio, lamiendo mi piel, haciéndome reír cuando untó con su saliva mi ombligo, antes de llegar besándome al pubis, al interior de mis muslos y a mi concha.

Después del amor dormimos hasta la mañana y cuando desperté, Labarca yacía desguarnecido, inerme, a mi lado y pude recorrer lentamente su dulce y serena desnudez con mis ojos. Sonreí pensando que podría hacer con él lo que yo quisiera, hasta herirlo, si se me antojara.

—Date vuelta —le dije, despertándolo.

Labarca se tendió de espaldas, y a horcajadas yo lo lamí hasta que estuvo rojo y duro de nuevo.

—Quiero montarte como en los dibujos del libro —le dije.

Me puse en cuclillas, descansando mis nalgas sobre su vientre que me sabía exquisito y comencé a jadear mientras apoyaba mis manos en su pecho peludo y, cuando él me tocó con sus dedos húmedos, mientras yo seguía montándolo, lancé un tremendo grito en el momento justo en el que él explotaba dentro de mí, y yo caía sobre él y nos abrazábamos, y nos reíamos como locos, haciendo reales por un segundo sus insensatas fantasías librescas... Antes de volver yo de nuevo a mi horror, a mi espanto, a mi inescapable miedo.

Monche
Lavapiés, sábado 30 de agosto de 1986.



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