Lavapiés

Fragmento del diario de Monche..

aneja

Fue en Lavapiés donde, el mismo día del fallido golpe de estado, Tomasa vio por primera vez a Mercedes quien entonces vívía allí en la Calle del Ave María. Cuando cuarenta años más tarde Monche se mudó al barrio con Xavier Castelló, Franco había muerto hacía poco; había continuos choques con la policía, pero ya no era lo de antes, y poco después lo fue aun menos. Dieciocho años mayor que ella, Castelló no ocultaba su contentura, exhibiéndose por todas partes con Monche, cuando no estaba contándole uno de los largos secretos que, ampliados con su imaginación, inventaba sobre Madrid. Para ella era duro; creía amar a Xavier, pero el dolor de sus desgarros era todavía muy vivo, y no se llevaban del todo bien. Castelló sabía, empero, arrullarla y, cuando Monche se agotaba de su propia recién adquirida dureza, se dejaba arropar. Claro está que, y a pesar de la llegada de Miguel y de Paz un par de años más tarde, o quizás por eso mismo, ese trato de solitarios pobres diablos no podía durar demasiado.

Sábado 26 de enero, 2008

Abrazarse a una obsesión para desembarazarse de ella no es una buena idea y estoy aliviada de no haberme acostado con Gustavo. No solo por la trabajosa fidelidad que tengo con Julio —¿es acaso alguna vez de otra manera?— ni tampoco porque Gustavo, en su afán de agraciarme y hacerme bajar la guardia, me haya contado una verdad a medias y quizás unas cuantas mentiras. Al final ha sido un puro instinto de supervivencia —y mi buena suerte— lo que me salvó de cogerme los dedos contra la puerta tras liarme en ese juego estúpido y peligroso con el que quise finalmente doblarle la mano a Gustavo. ¿Habría sido todo diferente , si Labarca no se hubiera muerto este diciembre? Tras tantas horas de terapia —labarquén, mibarpecho, deslabcemarme, montserrarme, esperanquén, esperecho— creí que ya no tendría que pensar más en Labarca. Pero su muerte lo puso de nuevo tan presente arrastrándome, como si cayera en la espiral de un pozo, a hundirme de cabeza en mis demonios. Si alguna vez supiera dónde está enterrado mi padre, estoy segura que me resbalaría como el agua. Pero ese último día en Temuco visité la tumba de Labarca. Todavía recuerdo vivamente el dolor de su bofetada la última vez que lo vi en la puerta de su casa, sin entender entonces el temblor de sus manos y el terror reflejado en su cara cenicienta esa tarde de lluvia. Tan grande que fue entonces para mí y, en verdad, tan pequeñito, solitario y perdido entre sus libros y discos incapaz de mirarse de veras en ese espejo imaginario donde yo una vez me creí bailarina y comencé mi accidentado vuelo. Pobre Labarca, quizás le hubiera hecho algo de gracia saber que le llevé flores robadas de un jardín al frente del sitio de donde estuvo antes su casa convertido ahora en un enorme estacionamiento: sin casas, sin árboles, sin patios ni gatos. Quiero ser mi propia agua, me dije una vez hace años y continúo luchando por conseguirlo. No sabía que me fuera a ser tan difícil ni tan largo, pero he aprendido poco a poco que es imposible de otro modo, aun ahora en que, como Gustavo quiso así disminuirla, tengo una relación cómoda. Bienvenida sea esta comodidad en la que puedo estar segura de las palabras a salvo con mis ambigüedades e incertidumbres; con mis fantasmas, con mis cicatrices viejas, con el dolor que no me abandona nunca y con mis tristezas nuevas.

© 2014 - 2020, Román Soto Feliú.
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