Manzanar

Una corona de flores en el velatorio de Sósimo.

Temuco - Manzanar, viernes 7 de marzo de 1969.

anejas

Emilio Balsera (Sósimo) nunca perdió su acento asturiano aprendido en Panes donde nació un 29 de febrero de 1904. Aunque sabía ser un amigo fiel, y hasta generoso si tocaba el caso, tampoco nunca perdió su dureza implacable en contra de cualquiera que se cruzara en su camino. Su enorme caserón de madera de la calle Balmaceda estaba lleno de objetos que atesoraba por un tiempo para después olvidarlos al cuidado de Regina, su mujer. De seguro que fue ese amor casi infantil por las cosas pequeñas el que lo hizo poner esa enorme bisutería en la calle Zenteno esquina con Portales. Había algo de juguetón y mucho de pirata en ese espíritu de macho grande, rudo y peludo (aunque las mujeres decían que era uno de los hombres más hermosos de la colonia). En medio de tanta joya de vidrio y sin valor alguno, Sósimo ocultaba al azar verdaderos tesoros. Sus ojos brillaban cuando una jovencita descubría, quizás sin saberlo, uno de ellos.

El cauce del Allipén, unos pocos cientos de metros más arriba de su confluencia con el mucho más caudaloso Toltén, se abre en una ancha explanada por las que sus aguas descienden lentamente y sin mucha profundidad. No pocas veces bajan enturbiadas con las cenizas del caprichoso y, al decir de los lugareños, malévolo volcán Llaima. Hacía años ya que Ricardo Núñez se encargaba de la administración de la hacienda a sus orillas que Sósimo, sin nunca contarles nada a sus amigos, le había comprado de ocasión a uno de sus clientes, cuando las aguas bajaron desde ahí teñidas también de sudor, de sangre, de orines y de pólvora.

Un cuento de Elvira

Olympia, Washington State,
agosto de 1986.

A Óscar Morales Spichiger.

Mi padre acababa de colgar una ristra de butifarra y se aprontaba a cortar un queso chanco cuando vio llegar a Nazario casi corriendo, con la respiración entrecortada y los ojos saltones.

—Ernesto, ¿no te has enterado?

—¿Qué pasa, don Nazario?

—Sósimo. Que Sósimo se ha caído muerto.

—Pero si acabo de verlo. ¿Qué le ha pasado?

—Ahí: en la esquina de Portales con Aldunate. Venía de la panadería y cayó al suelo fulminado. Un ataque. Acaban de avisarle a Regina. La llevaron en un taxi a su casa.

—Tendremos que ir. Acompañarla a comprar la urna.

—Yo ya hablé con Ricardo Núñez, el prometido de la hija. Quedé de encontrarme con él en el hospital.

—Yo a él apenas le conozco.

—Ni yo. Pero ahora parece el más cercano de la familia. ¿Te puedes encargar tú de hablar con Carreño?

—Sí, claro. Vamos al hospital y después paso por el cementerio.

Sósimo era el más alto y fuerte; mi padre, el único que había hecho la guerra y Nazario el más leído y el más viejo. Los domingos después de la misa de once jugaban al tute subastado en la cantina del Centro mientras sus mujeres preparaban el almuerzo. Salvo para las celebraciones de cumpleaños, de aniversarios o de santos, no tenían un orden especial para elegir la casa de la anfitriona y en teoría podía ser cualquiera de las tres. Pero yo, que cuando ya fui mayor, ayudaba a mi madre y a las otras dos mujeres en la cocina, siempre presentí que había un código secreto.

Jamás hubiéramos celebrado el 18 de julio en nuestra casa, por ejemplo. Ese domingo íbamos a la casa de Sósimo o a la de Nazario con mi padre arrastrando los pies como si quisiera atrasar la hora de la llegada murmurando entre dientes. Cuando estaba a punto de tocar el timbre, mi madre le rogaba que espabilara y que se callara, lo que él hacía sin reparos ya que todo no era más que un gesto inofensivo sin mayores consecuencias o, como decía él, solo por joder un poco.

Y a los otros les encantaba joderlo también a él. Sósimo, baratillero y prestamista clandestino, ya vivía en Chile cuando estalló la guerra pero, disimulando con la mano los agujeros en su camisa azul ya toda apolillada, ese día le gustaba ponérsela bajo su cinturón terciado mientras junto a Nazario entonaba los pocos versos que recordaban del Cara al sol: siempre los mismos. Después tatareaban dos o tres más y, cuando se cansaban de tanto cantar, se reían un poco de sí mismos y más de mi padre.

Llevado por un entusiasmo del que a veces se arrepentía, Nazario nunca había pasado de haberle puesto José Antonio a su hijo mayor para mejor honrar al Ausente, a la hija le habían puesto María del Pilar, y también había llegado a Chile cuando España todavía era una monarquía. Pasaba hacía tiempo los setenta años y los recuerdos de su pueblo gallego eran borrosos y confusos; a veces mucho más herencia de sus lecturas de Rosalía, que de testigo presencial.

Sin nunca en el fondo haber dejado de ser campesinos, Sósimo y Nazario eran conservadores porque, aunque católicos solo a su manera, nunca se les ocurrió ser otra cosa. Sin embargo, sentían una auténtica simpatía por mi padre, que era sus buenas dos décadas menor que ambos, y es verdad que secretamente le envidiaban que él hubiera vivido aquello de primera mano. Se llevaban bien y por un acuerdo tácito apenas hablaban de Franco.

A la hora de los postres les gustaba animar a mi padre a cantar jotas aragonesas a lo que él accedía con gusto, cambiando las letras santurronas por versiones subidas de tono hasta que mi madre le hacía apaciguarse mirándolo con ojos duros desde el otro extremo de la mesa. Una vez terminado el largo almuerzo, volvían al tute, mientras las mujeres se entretenían, conversando y jugando canasta con doña Amira, una vecina libanesa a la que invitaban a pasar la tarde, hasta bien entrada la noche. Nosotras, las niñas, pasábamos el tiempo jugando al Metrópoli o a la escoba y escuchábamos canciones de moda en la radio.

Compasivamente, alguien le había cerrado los ojos. En sus paseos a las termas en las inmediaciones del Allipén o del Trancura, adonde iban de caza los inviernos o a nadar los veranos, le habían visto desnudo infinidad de veces, pero les impresionó la larga y tosca costura de la autopsia que iba desde el cuello hasta el bajo vientre de Sósimo, tendido sobre la mesa de la morgue. Nazario se santiguó y mi padre apretó los labios. Hacía frío y a pesar de los tubos fluorecentes colgando del cielo raso, el cuarto era feo y oscuro.

Ricardo Núñez había llevado el mejor traje de Sósimo, impecable y recién planchado. Hizo el ademán de comenzar a vestirlo, pero se contuvo, como si le avergonzara tocar él solo la desnudez del que nunca iba a llegar a ser de veras su suegro y les pidió ayuda con los ojos. Anudar la corbata roja con rayas negras y blancas les dio bastante trabajo. “Parece una bandera de la CNT” —pensó sin duda mi padre con un breve gesto blasfemo para disimular el dolor por su amigo muerto.

A los pocos minutos habían culminado el rito alzando con cuidado el cuerpo de Sósimo para depositarlo en el ataúd llevado por los dos operarios de la funeraria que esperaban con paciencia y en silencio. “Acostumbrados a todo” —pensó Nazario. Ricardo Núñez les comunicó entonces que la viuda —fue así como él la nombró— deseaba tener el velatorio en su casa y que los funerales se harían al día siguiente después de una misa en el Corazón de María. Le preguntó a mi padre, si él haría abrir el nicho y este le contestó que claro, que no se preocupara. Los hombres de la funeraria pusieron entonces el ataúd sobre un carro con ruedas de goma y salieron todos juntos a la calle.

Subieron el ataúd a la carroza y Ricardo Nuñez abrió la puerta trasera del auto de Sósimo, invitándoles a subir. Alguien a quien no conocían, pero que Ricardo Núñez presentó bruscamente como su hermano, ocupaba el asiento del pasajero hojeando el diario con aire distraído. Nazario y mi padre subieron, sin poder dejar de sentirse extrañados que ahora el auto de Sósimo lo condujera el que sería yerno póstumo.

Mi padre se servía de su rapidez y decisión para cazar tórtolas, perdices y conejos con su Saint Etienne del dieciséis, pero Nazario, que nunca pudo cazar gran cosa, siempre admiró la serenidad y parsimonia con las que Sósimo manejaba su Remington del veintidós. Cada invierno se escapaban fin de semana por medio aprovechando la amistad de agricultores de la zona que les permitían cazar en sus fincas a cambio de una media docena de tórtolas o de un par de liebres. Como en otras ocasiones en las que estaban juntos no hablaban mucho en sus paseos, menos aun cuando cazaban en el bosque. Separados por unos metros de distancia se comunicaban por señas apuntando a las presas con el dedo. Disparaban por turnos, dándole tiempo a Sósimo para que afirmara su rifle sobre la rama de un roble y apuntara con calma a una tórtola desprevenida. Sósimo contenía la respiración y se quedaba absolutamente quieto por unos segundos antes de jalar suavemente el gatillo. Pocas veces perdía un tiro. El ruido seco del Remington ahuyentaba a las perdices que salían volando despavoridas de entre las zarzas y las matas de cardo, dándoles la ocasión a Nazario y a mi padre de probar a su vez sus escopetas.

Al final del día repartían el botín en partes iguales. La lluvia y la humedad no les hubiera permitido hacer un fuego y por eso almorzaban los sandwiches de jamón serrano, de queso o de huevo duro que les preparaban Eulalia, Regina o mi madre, bajándolos con el vino tinto de la bota de Sósimo. Después del almuerzo, Nazario encendía un puro, mi padre hacía poco que había dejado los Premier pasándose a los Hilton y Sósimo no fumaba*. Solo entonces conversaban un par de horas, generalmente de sus negocios, un poco de la familia, algo de la inflación y de la economía, bastante de política. Los tres le temían a Allende que hacía campaña de nuevo, no tenían ninguna simpatía por Durán* y sentían un profundo desdén por los demócratacristianos. Reanudaban la caza luego del descanso hasta cerca de las cinco de la tarde cuando comenzaba a anochecer. Entonces desarmaban y ocultaban sus armas en sus bolsas de lona y caminaban despacio hasta el camino de grava, cuidándose de los perros que a esa hora sus dueños liberaban por miedo y odio a los cuatreros. Mi padre encendía otro cigarrillo y Sósimo les convidaba otra ronda de vino. Regresaban rendidos a casa.

La vuelta en el bus era pesada y aburrida; agotadora cuando venía atestado de gente y tenían que hacer más de la mitad del viaje de pie soportando el olor a sudor, a suciedad, a humo y a ropa mojada. Una vez que los pilló una fuerte lluvia, perdieron el bus de regreso y tuvieron que rogarle a un campesino que los llevara en su camioneta hasta Temuco a cambio de sus perdices y tórtolas.

Llegaron cerca de la medianoche mojados y entumedecidos. Cuando mi madre vio los ojos tristes y cansados de mi padre le preparó un baño caliente a pesar de que poco antes lo había recibido con la cara larga. Después del baño, apenas se hubo recuperado y puesto el pijama de franela, mi padre fue hasta su morral y desde el fondo recuperó sonriendo una liebre que había traído escondida entre papeles de diario.

La casa comenzaba a llenarse de gente y el olor dulzón de las coronas de flores, mezclado con el humo de los cigarrillos y el de las velas encendidas alrededor del ataúd de Sósimo, se hacía desagradable. A Regina le habían dado un sedativo por lo que permanecía sentada en una silla arrimada a la pared con la vista perdida y sin reconocer a nadie. Y a muchos no tendría cómo reconocerlos: eran conocidos de Sósimo que le daban el pésame y luego se movían rápido al sector donde se iban juntando los hombres, fumando y hablando ahora de Tomic* y todavía de Allende, mientras que en el lado de las mujeres, las monjas del Asilo de Ancianos dirigían los misterios dolorosos del rosario.

Estaba claro que muchos se quedarían hasta tarde, y Eulalia y mi madre habían comenzado a preparar bocadillos que colocaron discretamente sobre la mesa del comedor de los domingos. Mi padre me pidió que entreabriera una de las ventanas. “Para dejar entrar un poco de aire fresco” —me dijo.

Maruja, la hija menor de Sósimo, se había encerrado a llorar en su cuarto y no había quién la sacara. Elena, la hija mayor, estaba trabajando con su prometido en el despacho de Sósimo del que Regina les había dado esa mañana las llaves.

Yo estaba sentada junto a mi padre y a Nazario cuando vimos salir a Ricardo Núñez del despacho y acercarse.

—Don Ernesto, necesito su ayuda: ¿me puede decir usted quiénes son estas personas? —le preguntó mostrándole un papel amarillo donde había anotado una lista de nombres. Mi padre miró el papel y después le contestó incómodo:

—Pascual Hurtado es el dueño de la Barraca San Luis, este Rafael Mendoza creo que tiene una carnicería en Cunco, Enrique Serra es el dueño de la Panadería La Moderna, la que está en Portales... Álvaro Martín. Martín hace tiempo que no tiene un puesto estable, pero tiene una casa en Avenida Prieto y su familia es buena gente, decente.

—¿Y de dónde ha sacado usted esa lista?

—Estos nombres y otros..., don Nazario, los encontré en el cuaderno de don Sósimo.

—Por lo mío, no se preocupe. Nos arreglaremos en dos semanas, tal como lo convenimos con Sósimo en su oportunidad.

—No esperaría otra cosa de usted, don Nazario —le contestó Ricardo Núñez antes de volverse al despacho.

—¿Y eso?

—No te preocupes, Ernesto. Es poca cosa.

Fue a comienzos de ese otro otoño, el año después del triunfo de Frei, que Sósimo golpeó inesperadamente la puerta de nuestra casa temprano una tarde de sábado.

—Ven, Ernesto. Quiero que veas algo.

Ahí estaba, frente a la casa: rojo, brillante y recién lavado. Mi padre sonrió también y le brillaron los ojos.

—Tiene apenas cinco años y la pintura está como nueva.

—Es un station wagon.

—Para llevar cómodos las escopetas y traer después las liebres y las tórtolas.

—Vamos a buscar a Nazario.

—Vamos.

Y se subieron al station, el que partió dando saltos.

—Pero, ¿por qué un Studebaker? ¿Por qué no mejor, un Chevrolet? —le preguntó Nazario a Sósimo, quizás picado por haberse él enterado al último.

—Vamos a Manzanar.

—Pero, ¿tú sabes manejar?

—Llegué bien hasta aquí, ¿no es cierto?

—¿Tienes carné?

—¿Quieres venir con nosotros? ¿Sí o no? ¡Decídete de una vez!

Por fin salieron. La carretera los llevaba solo hasta Lautaro. Desde allí tenían que hacer los kilómetros restantes siguiendo el camino acalaminado y lleno de baches. Aun así les tomó menos de la mitad de lo que les tomaba antes en el bus. Llegaron con tiempo demás para salir a cazar y darse un baño caliente en las aguas sulfurosas de las termas antes de cenar el estofado que les prepararon en el hotel con los conejos que cazó mi padre.

Sósimo había llevado también su baraja.

—Ochenta.

—Ochenta y cinco.

—Noventa y cinco.

—Paso.

—Cien.

—Joder, es tuyo. ¿Y con qué?

—Copas.

—¡Copas! Estamos jodidos.

—Yo necesito una más para bajar el puchero —dijo Nazario.

—¿Supiste que quieren subir el impuesto a la venta?

—Lo que yo oí es que van a poner un impuesto patrimonial.

—Y se lo van a aplicar también a los agricultores.

—Ya era hora. Esos nunca han pagado impuestos.

—Eso, Ernesto, lo dices de puro envidioso que eres, pero después vas a ver cómo nos van a joder a todos.

—Las cuarenta.

—Joder, este Ernesto las tiene todas.

—El que las tiene todas, Nazario, es tu amigo Altman.

—Eso no va a resultar. ¿Quién va a querer ir a comprar las verduras o el arroz empujando un carrito?

—Vas a ver. Altman y otros como él van a subir como la espuma.

—Mientras no los jodan los social cristianos.

—Esos no van a joder a nadie. Les basta con hablar todo el santo día por la radio.

—No te fíes. Son peores que los otros.

—¿Quién reparte?

—Yo.

—Oye, Ernesto, ¿y cómo anda Álvaro?

—Mal, don Nazario. ¿Cómo quiere usted que ande?

—Ese badulaque siempre ha andado mal.

—No siempre, Sósimo.

—¿Qué te ha dicho tu amiga Tomasa?

—No me ha dicho nada que usted ya no lo sepa, don Nazario. Que se le ha muerto la hija.

—Que se le morrió, ¿o que la guaja se metió un tiru?

—Joder, Sósimo, si ya crees que lo sabes todo, ¿para qué preguntas?

—Si pregunto es porque no lo sé. Yo repito lo que he oído por ahí. Pero como tú eres amigu de Tomasa, pensábamos que tú sí sabrías más.

—Pues pensabais mal. ¿Qué tiene que ver Tomasa, si ella no es más que una amiga de la madre?

—Y tuya.

—Pues a mí no me ha dicho nada. Cien.

—Paso.

—Paso.

—Oros.

Mecagonrós. Ahí vamos de nuevo. Hoy este anda con suerte.

—Tu turno, Ernesto.

—Paja. Llévatela. Fue un accidente.

—¿Accidente?

—Eso es lo que dice Tomasa. En cuanto a Álvaro, ¿qué le vas a hacer? No a todos les va tan bien como a ti.

—Pero hay unos que se lo buscan. Coge esa, Sósimo.

—Vale. Y otros que se ahogan de tanto ir al pozu.

Pernoctaron en las termas y volvieron a la mitad de la mañana del domingo. Sósimo los dejó en la plaza porque tenía que ir a Labranza, por un negocio, según les dijo. Mientras veían cómo se marchaba el coche de Sósimo todavía dando saltos, Nazario dijo:

—Vamos progresando, Ernesto. Ahora tenemos un amigo con auto.

Pero Nazario se había quedado pensativo después que Ricardo Núñez volvió al despacho de Sósimo y, cuando vio llegar a Álvaro con una corona de flores, hizo un gesto de desagrado.

—A ti se te ocurre traer una corona. ¿De dónde sacaste plata para comprarla?

—A ti no te la pedí, Nazario. En el camino pasé por el cementerio; el dueño de esta ya no la necesita.

—Eso es blasfemia. Robarle las flores a los muertos.

—No es peor que robarle el alma a los vivos, Nazario.

—A ti nunca nadie te ha robado nada, Álvaro.

—Eso depende de cómo tú lo mires. Así como hay maneras de perder, también hay maneras de ganar.

—Mis asuntos contigo han sido siempre limpios.

—Los tuyos sí. No lo niego. Astuto que eres, Nazario; inteligente y astuto. Todo lo contrario que yo.

Nazario seguía callado, molesto.

—Te ves pálido, Nazario. ¿Qué te pasa? ¿Estás enfermo?

—Nada, un poco cansado. Qué desgracia.

—Yo me voy allí, a esa mesa con los bocadillos, que se ven finos. Por una vez, a ver si le saco algo a Sósimo. ¿No vienes conmigo?

—Yo me quedo aquí.

Nazario no estaba seguro si le molestaba más el descaro de Álvaro o el estar con él en la misma lista de Sósimo. O quizás su malestar era porque sabía que no había manera de poder devolverle tan fácilmente en dos semanas lo que ahora le debía no a su amigo, sino a Ricardo Núñez. Le parecía lógico que Sósimo hubiera anotado su nombre en ese cuaderno de tapas verdes que conocía tan bien, pero que lo hubiera dejado ahí, al alcance de Ricardo Núñez, le parecía indiscreto, casi una traición, y su malestar le aumentaba el dolor de cabeza que le había empezado ya un buen par de horas antes. Entre el humo de los cigarrillos y de las velas vio a mi padre ponerle la mano sobre el hombro a Álvaro, cuchicheando casi abrazados, mientras el otro saboreaba un vaso de buen vino. “Ahí ya están esos dos rojos, como los judíos, siempre confortándose los unos a los otros” —pensó.

—¿Le debías mucho a Sósimo?

—Algo.

—Ten cuidado. Parece que ese mequetrefe de Nuñez es un hijo de puta.

—Sí, pero yo sé cosas de él de las que Sósimo no se enteró nunca.

—¿Robo?

—Lo de siempre; una que otra vaca viva dada por muerta.

—Me cago...

—Mmm. No te fíes de la hija, Ernesto. Es peor que él. Tú eras su amigo, pero yo sé lo que te digo.

—Vale.

—Estás pensativo, Nazario —le dijo Álvaro cuando volvió de la mesa de los bocadillos sentándose junto a él.

—Nada. Ya te dije que estoy cansado.

—¿Tú conoces a ese Ricardo Núñez?

—Muy poco. Apenas lo he visto un par de veces.

—Parece que ahora tendremos que arreglarnos con él.

—No sé de qué me estás hablando.

—Nazario, no tienes que hacerte el listo conmigo —le contestó Álvaro levantándose y tragando un último sorbo de vino antes de poner la copa vacía sobre una repisa y encaminarse hacia la puerta de calle mientras se ponía el sombrero y le daba un desdeñoso saludo con la cabeza a la viuda.

Nazario le vio salir aliviado. Le irritaba que le vieran con Álvaro, pero se dio cuenta que sentía rabia también contra Sósimo. Pensó que, si hubiera comprado ese sitio en Caburga como se lo había aconsejado Altman hacía años, podría ahora taparle la boca con una buena garantía a ese mequetrefe de Ricardo Núñez.

Se acordó de la mañana en que por casualidad habían llegado hasta allí. Cuando encontraron cerrada la hostería de Pucón, pensaron regresar a Villarrica, pero era temprano en la mañana, todavía no tenían hambre, y Sósimo les dijo que había oído que había otro lago más arriba del Trancura.

Treparon montaña arriba por más de una hora; a veces en segunda; un par de veces, lentamente en primera. Nazario, quieto en el asiento trasero miraba, nervioso y en silencio, por la ventana. Por fin, después de superar una última casi interminable cuesta escarpada, llegaron hasta una playa de arenas blancas.

Se bajaron del station y Sósimo se refregó entonces las manos sobre su camisa de franela escocesa, aliviado, pero sin decir nada; mi padre se caló el sombrero y enseguida encendió un cigarro; Nazario caminó hacia el lago y allí reconoció a su cliente Alfredo Altman tomando fotos desde la orilla.

—Don Nazario, ¿también usted viene a ver el lago?

—Aquí estamos, dando una mirada de paso.

—Lo felicito, hay muy buenos sitios; respire; ¿no siente lo puro? El agua está siempre fría, pero el paisaje es maravilloso.

—¿No cree que están un poco a trasmano?

—Eso es parte del encanto, don Sósimo. Y cuando asfalten el camino a Villarrica en un par de horas se llega a Temuco.

—Pero para eso falta mucho, don Alfredo.

—¿Su hija? —le preguntó Nazario apuntando a una chica de unos doce o trece años que estaba a su lado.

—Sí, la menor. Saluda a don Nazario, Viviana.

—Tiene el pelo suyo, pero los ojos son de la madre.

—Eso dicen todos. Hágame caso, don Nazario. Me encantaría tenerlo a usted de vecino. Créame: esto está mandado a hacer para venir a cazar los inviernos y los veranos puede mandar a toda su familia a disfrutar del lago.

—Hay que pensarlo.

Pero nunca habían terminado de pensarlo. Mi padre siempre podría decir que él no tenía dinero para pensar en cabañas y Sósimo estaba decididamente contrario a la idea.

—Son cosas de gringos y a Altman le sobra la plata.

Y como ninguno de ellos tenía tanta, antes de llegar a Pucón ya habían dejado de hablar del asunto.

La mañana del funeral, Nazario seguía sintiéndose cansado y apenas pudo entender lo que dijo el cura Arranz en la misa de difuntos. Apenas pudo hablar con Regina, rodeada por la madre de Ricardo Núñez y otras dos tías suyas que habían viajado desde el Norte. Todavía le dolía la cabeza y se preguntó, si acaso no tendría un catarro. Quiso acordarse del color de los ojos de Sósimo, pero no pudo. No supo qué contestar cuando él y mi padre se acercaron a cargar el ataúd, pero Ricardo Núñez les dijo que no se preocuparan, que entre él, su hermano y otros primos suyos tenían suficiente.

—Sí, claro, por supuesto.

Mientras las mujeres regresaban a sus casas, los hombres caminaron las casi quince cuadras que los separaban del cementerio desde la iglesia. Cuando llegaron, Nazario cargó una de las coronas de flores desde la carroza hasta el mausoleo. Sintió asco cuando se dio cuenta que era la misma que había llevado la noche anterior Álvaro. Apenas escuchó el último responso y se persignó solo después del codazo que le dio mi padre. Sintió ganas de blasfemar cuando se dio cuenta que se sentía disminuido sin su amigo, asustado y hasta diez años más viejo.

Al salir por la puerta de Balmaceda vieron de nuevo a Ricardo Núñez.

—Hasta luego, don Nazario. Hasta luego, don Ernesto; muchas gracias por todo —les dijo Ricardo Nuñez antes de darse media vuelta y subirse al auto que había sido de Sósimo.

Nazario suspiró de nuevo y dijo:

—Nos jodimos, Ernesto. Murió el huevón del auto.

Saavedra. El otro cuento que escribió Elvira en Olympia entre agosto y septiembre de 1986 es “Saavedra”.
Se trata del noviazgo de Engracia y Ernesto a fines de los cuarenta.







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