Maruja y Elvira

El Merlot se les puso amargo.

Maruja y Elvira hablaron algo del presente y mucho del pasado el día después del funeral de Ernesto.

Temuco, sábado 28 de junio de 2008.

anejas

El desván de Bustamante tuvo algo de ese aire remoto, secreto y fragante —mágico— que ella recordaba de la despensa del caserón de Balmaceda.

—¿Tú conoces a Maruja, Monche?

—No mucho; ella antes era amiga de Elvira. Lo que recuerdo es que poco después que murió su papá, su cuñado fue a la casa a cobrarnos no sé qué préstamo.

Viviana y Monche.

La Calipso, septiembre de 1969.

—Nunca he engañado a Aníbal, Nicole. Y él a su manera, tampoco. Pero está tan metido en todo eso que nuestras conversaciones son ahora casi un monólogo y, entonces, ya no me importa en cuál lado de la cama dormirme.

Elvira y Nicole.

La Calipso, febrero de 1969.

—Volviste.

—Claro; nos queremos demasiado. ¿O no?

Ramiro y Elvira.
Aeropuerto de Estocolmo-Arlanda,
1ro de septiembre de 2008.

A Fernando Muñoz Porras
y al recuerdo de una frase de Peláez.

Elvira y Maruja habían dejado de ser amigas mucho antes de que don Emilio se cayera muerto en la esquina de Aldunate con Portales. Algunos detalles los aprendí la noche horrible en la que Aníbal se ocultó aquí, en esta misma cabaña, sin dejar de hablar de sus recuerdos de esos años y sin decir mucho acerca de su espantado presente. Por años se habían entretenido juntas cada domingo en ese viejo caserón de Balmaceda, disfrutando la radio, comiendo mazapanes y turrones, probándose la ropa y los zapatos de sus madres y jugando a la escoba y al Metrópoli. Parecían gemelas, decían embobadas la tía Engracia y la tía Regina, siempre una completando, riéndose alborotada, la frase de la otra.

Ya para el otoño en que brevemente empezó a unírseles Aníbal algo había cambiado: una idea de juego quedaba colgada en el aire sin respuesta, una risa no era correspondida, inútilmente atravesaban todo el dial buscando una canción que a las dos les gustase. Comenzaron las excusas sin convicción, las promesas que se sabían mentiras y las sombras de una ausencia inesperada seguida por la otra. Aun así, hasta este invierno, treinta años más tarde, nunca había habido una ruptura explícita entre ellas, sino un lento deslizamiento que las había convertido morosamente en dos extrañas.

Esa otra noche seguramente partieron hablando de Monche y ya a la primera copa de vino, Maruja le contaría a Elvira que mi amiga había estado por aquí este verano.

—Súper delgada ella: atractiva, simpaticona, brillante en sus comentarios... fresca como siempre.

—¿Por qué fresca?

—La hubieras visto en la fiesta en la casa de la Sandra. Con un vestido negro abierto al lado que se le veía todo. Y sé de buena fuente que esa noche terminó en su hotel con Gustavo Herrera.

—Puro cotilleo, Maruja. A la gente siempre le ha gustado hablar mal de Monche.

Tesoro; eso es porque ella se lo busca desde chica. Cualquier cosa por un siete*. ¿O ya te olvidaste?

—¿Todavía se acuerdan de eso? ¿Hasta cuándo hablan así de ella? Por favor, Maruja, dame un poco más de ese vino.

—Todo el vino que quieras, Tesoro.

¿De veras los vio alguien entrando al hotel a esa hora? ¿O fue más tarde que los vieron comiéndose un lomito en el Rapa Nui? Monche me contó que no había nadie en la fuente de soda a esa hora y que no se veía un alma en la calle cuando volvió al Don Cristóbal cerca de las siete de la mañana. No quiso que Gustavo la acompañara y cuando se despidieron frente al Mercado se dieron un solo beso en la mejilla. Él, sin saber qué hacer con sus brazos; y ella, con la certeza que nunca más volverían a verse.

Esa tarde nosotras dimos un paseo por Prieto. Se sonrojó mientras me contaba cómo había desarmado a Gustavo con su respuesta y yo —recordando cuánto me mortificaba con sus cuentos de los miércoles en la casa de Labarca— sentí celos de ambos, pensando que, si hay tantos cabos sueltos en esta historia, quizás bien habría valido la pena atreverse un día de esos a dar el paso que les hubiera dado la razón a tantas habladurías.

Hacía calor. Monche se veía radiante con su vestido de lino crudo blanco, pero yo hubiera preferido una tarde de otoño o de invierno. ¡Tantas veces nos hemos mojado Monche y yo dejando que el agua nos una! Nos empapamos tanto caminando por la orilla del lago, hablando a gritos a ratos, musitando las palabras en otros, corriendo como locas hasta este cuarto, la tarde del funeral de Mercedes en la que nos venimos a Caburga en medio de ese terrible temporal de viento y de lluvia, porque Monche necesitaba como nunca salir de Temuco; llorar y reír como niña confundida; asirse como náufraga a mis brazos; a mi pelo de muchacho y a mi boca con sabor a cereza. Pero, para entonces, Monche ya se había ido. La ciudad había crecido y llenado de gente de otros lados. Todas nos poníamos más viejas, nos olvidábamos de algunas cosas, recordábamos o inventábamos otras.

—Pero no te lo creas, Elvira. No hablamos para nada de ella. Monche no nos quita el sueño.

—¿No?

—No. Toma, tu copa.

—Gracias.

—Salud, de nuevo, Tesoro. Por el reencuentro.

—Salud, Maruja. Está rico este vino.

—Si quieres te llevas un par de botellas. Sergio las compra por cajas. No será californiano como los tuyos, pero a mí me gusta.

—A mí también me gusta, es suave.

—Es un Merlot. Gusto de mujeres: para nosotras, las hembras, como dice el plomo de tu compinche.

—Bueno, deja a Óscar Humberto tranquilo; él se lo pierde.

—También te lo pierdes tú, por haberte ido tan lejos.

—Hay otras cosas que compensan.

—Eso no lo dudo, Tesoro; basta mirarte. Te ves bien, Elvira. A mí no me vas a venir a llorar con ese cuento del dolor y de la pena de esos exilios lacrimosos de los que tanto hablan tus compañeros.

—Yo no soy de las que lloran, Maruja.

—No, tú no.

—Yo me fui por mi cuenta. Nunca he dicho que soy exiliada.

—Mentirías. Además, ni falta que te hacía.

—Ni falta, es verdad. Pero me fui. Y tú, Maruja, ¿a ti nunca te dieron ganas de irte? ¿Ni siquiera de Temuco?

—No, ¿para qué? Me carga Santiago.

—¿Nunca tuviste ganas de no sentirte tan amarrada?

—Yo nunca me he sentido amarrada, Tesoro.

—Me acuerdo que cuando éramos chicas hablábamos de viajar, tú y yo, juntas.

—Eso: cuando éramos chicas. Habrás crecido, ¿no?

—¿Me preguntas si me he puesto vieja?

—Se te ven las canas, ¿no?

—No tantas como para que se me hayan pasado las ganas.

—Las ganas, claro... Tesoro: tus viajes, tu vida cosmopolita. Eso te lo envidio..., un poco. Aunque Sergio y yo también hemos viajado, no te vayas a creer otra cosa.

—No creas tú que yo viajo tanto, tampoco.

—Quizás. Pero, sin ánimo de ofenderte, Elvira, tú nunca te habrías metido así no más con Aníbal, si no te hubieras ido a Santiago.

—¡Aníbal! Ahora te acuerdas tú de Aníbal. Eso no te lo niego, Maruja. Fue así como Aníbal y yo volvimos a estar juntos.

—¿Viste? Te lo dije.

—Pero a mí ya de antes me fascinaba todo lo de Santiago; abría puertas. ¿No tienes más vino?

—Si solo te hubiera abierto las puertas.

—¿De qué estás hablando, Maruja?

—Claro que hay más. De nada, Tesoro; de nada. Ahora está mucho peor. Por eso es que yo a todas mis niñitas las mandé a la universidad del Opus.

—¡La del Opus! No me hagas reír, Maruja. Pobrecitas; ni pintarse o ponerse faldas cortas las dejan.

—Nada de malo en eso.

—Ten cuidado; acuérdate que cuando yo me fui a Santiago, me fui a la Católica.

—Tremenda cosa. En esa época estaba llena de curas comunistas. Y de católica, Tesoro, ya no te queda nada.

—Gracias a Dios, en eso sí que podemos estar de acuerdo.

—Te ríes, pero te vas a acordar de mí cuando estés en el infierno.

—Y cuando me acuerde, te rezo a ti para que seas mi santa intercesora.

—Me vas a tener que rezar mucho; no me voy a rendir tan fácilmente.

—Como en el colegio, ¿crees que ahí también te pondrán a cargo de la puerta? No te preocupes, Maruja; no voy a molestarte.

—Elvira, hablando en serio; yo no soy tan momia como tú crees, pero lo de Aníbal siempre lo encontré un poco raro.

—No tenía nada de raro; a mí siempre me gustó Aníbal, desde que éramos chicos. Y no fue solo cosa de meterse con él, Maruja. Aníbal y yo nos queríamos.

—¿Desde siempre? ¿Era por eso que se encerraban en la pieza oscura cuando jugábamos a las escondidas?

—¡Maruja! ¿Qué es esta manía la tuya de querer sacar verdades con tus mentiras? Aníbal y yo nunca nos encerramos en la pieza oscura.

Seguro que hacía años que Maruja no se acordaba de haberlos visto jugando juntos en su casa, tomados de la mano como si nadie los viera. Pero cuando leyó en El Austral el cuento que Elvira había escrito sobre don Ernesto y sus dos amigos, se acordaría de todo de nuevo: de los silencios, de los cuchicheos; de lo avergonzada que anduvo la tía Engracia cuando todo el mundo supo que Elvira se había ido a vivir con Aníbal en Santiago. Pero ella apenas la veía entonces y las pocas veces que lo hicieron en un par de pasadas rápidas en las fiestas en el Centro nunca se había atrevido a preguntarle nada.

Después de casi tres años sin verse, Elvira y Aníbal se habían vuelto a encontrar en una de esas asambleas —larguísimas, sesudas y aburridas, según ella— típicas de los primeros años de la Reforma* . En medio de uno de esos discursos interminables, Elvira estaría escribiendo algo en su bloc de páginas amarillas, cuando sintió que alguien le tocaba el hombro. Volvió la cabeza y se topó con los lentes culo de botella de Aníbal, quien muy serio y mirándola muy fijamente, le preguntó, si quería ir a la cafetería para jugar al Metrópoli. Todavía me hace gracia pensar que los dos, por separado, conservaban el mismo recuerdo tonto de su reencuentro en Santiago.

Esa otra noche horrible, Aníbal me contó también que su padre lo dejaba en la casa de Maruja antes de acompañar a don Emilio, su patrón, a ver los animales que criaba en su hacienda de Allipén. Fue allí, me dijo, que había visto por primera vez a Elvira, comiendo mazapán y turrón, en la mesa de la cocina. Nervioso y ocultando como podía el miedo que le reventaba las tripas, Aníbal sacó de su billetera una foto que los mostraba a ambos en un banco del Parque Forestal —muy serio él, riéndose Elvira— y me pidió que se la llevara a ella. Le daba vueltas y vueltas a la foto, superticioso, sin decidirse a entregármela, hasta que por fin la dejó parada entre una caja de fósforos y mis puchos y, sonriéndose, añadió ufano, que una vez le había dado un beso en la boca, mientras jugaban a las escondidas, ocultándose detrás de unos sacos de papas en la despensa.

Esa otra tarde, no jugaron al Metrópoli cuando salieron de la asamblea. Se refugiaron entre los bancos polvorientos de la Capilla del Carmen donde se amaron rápido, fogosa y minuciosamente, haciéndose saltar los botones, con mucho miedo a ser sorprendidos, me dijo él; felizmente sacrílegos, perdonándose las torpezas, me dijo ella; alargando el tiempo encogido desde hacía tanto; respirando apenas, esforzándose por no hacer demasiado ruido; extasiados y sorprendidos, aunque supieran que había sido inevitable.

—¿Nunca?

—No. Nunca.

—Quizás yo lo recuerdo de otra manera. Los estoy viendo dándose miraditas en la cocina mientras jugábamos al Metrópoli.

—Pero, si ni siquiera jugábamos mucho en tu casa. Su papá y el tuyo no se llevaban bien.

—Se hablaban a gritos, es verdad. ¿No quieres un pucho?

—Gracias. Yo lo dejé.

—¿A Aníbal? Yo creía que él te había dejado a ti.

—No cambies mis palabras, Maruja. Aníbal no me dejó; que eso quede claro. Él se vino a trabajar en lo suyo aquí, al Sur; eso tú ya lo sabes de sobra.

—Pero tú anduviste mal cuando él se vino como tú dices.

—Me dolió. Una cosa era entenderlo y otra vivirlo.

—Yo sigo sin entenderlo. ¿Más vino?

—Un poco. ¿Qué es lo que no entiendes, Maruja? ¿Que fuera upeliento? ¿Mirista? ¿Rojo?

—O asaltante de bancos y de supermercados.

—¡Cuánto drama! No seas exagerada, Maruja. Aníbal no estuvo en eso y además nunca nadie asaltó el tuyo.

—Gracias a Dios en ese tiempo era apenas un boliche. ¿Tú todavía aplaudes esas cosas?

—Aplaudí algunas; no todas.

—No eran almas gemelas entonces...

—Mi relación con Aníbal fue siempre complicada.

—Bien complicada. Pero tú nunca me contaste nada. ¿Más vino?

Fue entonces que Elvira se arrepintió de haber ido a ver a Maruja; la suavidad del Merlot hacía rato que se le ponía áspera y amarga. “Soy una huevona” —se dijo. Óscar Humberto tenía razón: estos huevones no cambian nunca. Todavía colgaban las mismas fotos: las dos juntas; en blanco y negro, la una; en color, la otra; los dos, si no los tres, con su bigotito. Reconoció que había sido una mezcla de vanidad torpe y de nostalgia ilusa la que la hizo ir: aparecerse desafiante y sin avisar en el flamante apartamento a todo lujo de Maruja; el recuerdo dulce de un par de mazapanes, de trozos de turrón y de torrijas azucaradas. Una por un camino, ella por el otro; casi cuarenta años no cambiaban nada. ¡Aníbal! No había día que no pensara en Aníbal, me dijo; pero sintió un puñetazo en el estómago cuando fue Maruja la primera en nombrarlo. Aníbal siempre yendo de un lado a otro, agitando, imprimiendo volantes, educando, impertérrito con sus ganas inquebrantables. Ella en cambio, sin Aníbal en Santiago se había sentido sola, había querido pensar, escribir de una vez por todas; dejar de hacer todo a la carrera, siempre corriendo a cien por hora, como si en cualquier momento se fuera a acabar el mundo y los dejara a todos sin saber qué hacer colgados de la brocha. Esa tarde, en la Capilla del Carmen, todavía no habían terminado de estirarse la ropa cuando Aníbal le propuso que se mudara a su cuchitril en la Avenida Bustamante.

—Así, ¿tan de repente?

—Desde que te conocí en la casa de la Maruja que lo estoy pensando.

—Y, entonces, ¿por qué no me lo habías dicho antes?

—Primera vez que puedo sentarme detrás de ti en una asamblea.

—¿Y tu cuchitril es grande?

—No muy grande, pero hay espacio para otro estante.

—¿Y tu cama?

—No muy ancha, pero es cómoda.

—¿En cuál lado te gusta dormir?

—En el derecho.

—A mí también. ¿Cara o sello? —le preguntó Elvira blandiendo la moneda que había sacado de su bolsillo.

Sello.

—Salió cara; perdiste, te tocó el izquierdo. Y vas a tener que ayudarme con la mudanza. No tengo mucha ropa, pero tengo montones de libros.

Aunque ahora yo sé que una de las cosas que Aníbal más le admiraba a Elvira era la rapidez con la que podía tomar decisiones como esas, la verdad es que ella también lo llevaba pensando desde hacía años, quizás desde aquel primer beso en la despensa. “Era la primera vez que yo besaba a un chiquillo en la boca y desde ese día soñaba toda la semana con encontrarme con Aníbal el domingo en la casa de Maruja, por más que el pobre se hubiera asustado tanto que salió corriendo” —me dijo.

O quizás fue desde la tarde en que después que dejaron que Maruja ganara una partida de Metrópoli y contara extasiada su dinero de mentira, corrieron a ocultarse ahí mismo para repartirse los caramelos de anís y de menta que Aníbal había robado habilidoso de la alacena de la cocina, con tan mala suerte que cuando fueron sorprendidos se pusieron tan rojos de vergüenza que don Álvaro, nunca amigo de preguntar nada, sin pensarlo dos veces, antes de obligarlo a devolverlos, le había dado a Aníbal una tremenda bofetada, haciéndole saltar tantas lágrimas y mocos que Elvira no pudo dormir por una semana, salpicada por la vergüenza y la culpa de haberse quedado muy quieta y callada con tres caramelos de menta en el bolsillo.

Desde comienzos de ese otro invierno compartieron el desván situado al final de una escalera estrecha, empinada y crujiente, que hacía de habitación minúscula y cuya única ventaja era una claraboya en el cielo raso y dos ventanucos —Elvira separaba apenas las manos cada vez que los describía— que daban a un patio trasero lleno de madreselvas y rododendros. Acurrucados bajo las mantas las noches de frío, se reían pensando que la lluvia que golpeaba el plástico azulino de la claraboya no les recordaba para nada el agua que golpeaba los techos de zinc de Temuco y que sin un tocadiscos estaban a salvo de otras de sus reminiscencias librescas. Aun así, se disfrutaban juntos y podían escuchar la radio sin molestar a los vecinos, porque allí arriba no había ninguno.

—¿Qué habrías hecho, si yo no me hubiera venido a vivir contigo a tu cuchitril?

—¿Después de esta tarde? No puedo imaginármelo.

—Piensa, piensa: ¿qué habrías hecho?

—Triste y solo ahora estaría fumándome un pucho.

—Así, sin mí, estarías muerto de frío. Seguro que habrías invitado a otra.

—De verdad no creo. Vivir solo tiene sus ventajas.

—¿Cuál ventaja? Seguirías viviendo como en un quilombo.

—No tendría que dormir con la cabeza pegada al techo.

—Eso es porque perdiste.

—¿Sabes que nunca te pedí que me mostraras la moneda? ¿Seguro que no me engañaste, Elvira?

—¿Tú me engañarías a mí, Aníbal? Yo no podría.

—¿Jugando al cara o sello?

—O a cualquier otra cosa. Dime. No te quedes así callado. ¿Tú me engañarías? Contéstame, no me importa.

—No, no podría engañarte tampoco.

—¿Nunca?

—Nunca.

—Nunca es un montón de tiempo, Aníbal. Muchas cosas pueden pasar en un montón de tiempo.

—Por ahora me basta con que tú me digas que salió cara.

—Salió cara.

—Bueno, tendré que pegarme en la cabeza cada vez que estés durmiendo y yo quiera bajar a mear al baño entonces.

—¿Quieres que cambiemos?

—No. Está bien así: a este lado hace menos frío.

—¿Viste? ¿Te das cuenta de todas las ventajas de haberme traído a tu cuchitril? Te cubro, te tapo, te caliento, te doy un beso.

—Pero no me haces el desayuno.

—Ni te voy a planchar la ropa, flojo hediondo. Y si ordené tu quilombo, fue simplemente porque no soporto el desorden.

—Pero puedo besarte de nuevo.

—Todo lo que quieras.

—¿Donde quiera?

—Donde quieras.

—¿Te gusta?

—Sí.

—Elvira, una cosa es no engañarte; otra cosa es prometerte amor eterno.

—Yo no pienso nunca prometerte amor eterno, Aníbal.

—Yo tampoco.

—Pero te quiero un poco.

—¿Solo un poco?

—Mucho.

—Yo también.

—Mmm, rico, precioso. Pásame el camisón, porfa. ¿No quieres jalar otro poco?

—Un poquito. ¿De dónde la sacaste?

—Me la dio un compañero de la escuela.

—Yo debería cambiarme; en la mía son muy serios.

—Cámbiate, podríamos tomar la micro juntos. Y es más entretenido que tus leyes. ¿Sabes cuál es el origen de la palabra quilombo?

—No.

—Primero fue un poblado de esclavos cimarrones; en el lunfardo, es un prostíbulo. Pero en el sur de Chile, es un desorden.

—¿Cómo así?

—Las palabras cambian. Todo cambia.

—Eso sí que es verdad. Y espera a que empujemos un poco y cambiarán más.

—¿Más vino, Tesoro?

—Un poco.

—¿Y...? ¿Me vas a contar o no?

—No hay mucho que contar, Maruja. Vivíamos cerca del Parque Forestal. él caminaba hasta su escuela y yo tomaba la micro a la mía.

—No me imagino a Aníbal estudiando.

—Cuando llegué a Santiago, él todavía estudiaba. Después... Aníbal nunca me dejó, Maruja. Simplemente comenzaron a pasar cosas y él decidió que quería participar.

—Claro: las colas, las tomas, las marchas. Todo ese maldito infierno de mierda.

—¿Vas a empezar de nuevo? Llámalo como quieras. Pero sabes de sobra que era mucho más que eso.

—Ni remedios para mi mamá había.

—Lo siento por tu mamá; pero no sigas.

—¿Y tú?

—Yo quería estar con Aníbal. Pero quería estudiar también. Y ya te dije: me fascinaba Santiago.

—Yo odio Santiago.

—A mí me encanta. Con todo su ruido, suciedad y basura, todavía me encanta.

—¿Y que hiciste cuando él se fue?

—Aníbal nunca se fue realmente. Hasta el final siempre nos vimos; incluso después del golpe, cuando conocí un poco mejor a Monche y a Viviana.

—¡Viviana! Otra suelta como su amiga. Y tortillera más encima.

—¡Maruja! ¡Qué cotillera eres!

—Yo solo te digo lo que salta a la vista.

—¿Y piensas que también yo soy una suelta? Y después me metí con Aníbal, ¿eso también te ofende?

—¡Qué sabrás tú lo que a mí me ofende!

—Pero, Maruja, dime. ¿Qué fue lo terrible que hice yo o lo que hizo Monche? ¿Tú nunca te sentiste enamorada de algún profe?

—Ahí está; por fin ahora lo dices.

—¿Qué?

—Mira, Elvira, aunque a ti te parezca que yo soy cartuchona, te voy a decir que en mi opinión hay una diferencia bien grande entre enamorarse y ser una... golfa.

—Ahora sí que estás hablando como una vieja.

—Y según tú yo debo ser una vieja idiota, entonces.

—No he dicho eso.

—Pero lo piensas; se te ve en la cara.

—Tú no tienes idea de lo que yo pienso.

—Te da risa que yo haya mandado a mis hijas a la universidad del Opus.

—Ahora hay tantas otras, Maruja. ¿Por qué a la del Opus?

—Por eso, Elvira; yo tengo hijas, tú no.

—¿Pero de qué mierda estamos hablando ahora?

—De todo. Yo defiendo lo mío. Yo he cuidado a mis hijas. Tú no sabes nada de eso, porque no tienes ni marido ni hijas.

—No he querido; eso es cosa mía. ¿Acaso eso te importa?

—Para nada; pero no te rías de mí, porque las eduqué como Dios manda.

—No me río de ti.

—¿No? Córtala con esa sonrisita burlona, entonces, como si lo supieras todo.

—Saberlo todo... A estas alturas, Maruja, lo único que quiero hacer es tratar de entender.

—¿Entender qué? ¿No está todo bien claro?

—Tantas cosas, Maruja. Te escucho en estos días en que me he estado acordando de las historias que me contaba mi padre, y quiero entender cómo es que hay tantas cosas que se repiten.

—Bueno, Elvira, si tanto quieres volver a sacar eso del golpe; eso también está bien claro. Aquí también ustedes perdieron. Veamos, entonces, quiénes son más inteligentes.

—O quiénes tienen más fuerza bruta.

—Porque se lo buscaron. ¿Qué quería Aníbal que le hicieran, si era de los primeros en hablar de acabar con todos los momios?

—¿Y no te importa que lo hayan matado? ¿De veras no te importa, Maruja!?

—¡Se lo buscó el desgraciado!

—¡Mierda, Maruja! Es a mí a quien le estás hablando. ¿A santo de qué te viene a ti tanta rabia?

—Ya te lo dije: soy una idiota y estoy borracha.

—Que estés borracha te lo creo. ¡Qué huevona! ¡Qué mierda!

—¿Quieres saber la verdad, Elvira?

—Dime.

—La verdad, Elvira; es que lo de Aníbal me deja fría.

—No hacía falta que me lo dijeras; me doy cuenta.

—Leí tu cuento.

—¿Sí? ¿También te deja fría?

—¿De dónde mierda sacaste que mi papá era prestamista?

—Maruja, Sósimo es un personaje. No es el tío Emilio.

—No me digas huevadas, Elvira. Las salidas al campo en el auto, lo del rifle, lo de las escopetas, todo eso lo copiaste.

—Pero lo de las partidas de naipes, lo de Caburga, todo eso es puro cuento.

—No me gusta que hayas puesto eso. Mi papá tenía otros negocios además de la bodega, pero no era prestamista.

—¿De qué te avergüenzas tanto? En ese tiempo muchos lo eran; eran mejor que los bancos.

—Todo lo que tuvo fue gracias a su trabajo; se lo ganó a pulso. Nunca explotó a nadie.

—Pero igual echó al padre de Aníbal.

—Era un borracho, ¿vas a negarlo?

—No, eso no.

—¿Entonces?

—Borracho y todo, él hacía su trabajo.

—A regañadientes, siempre quejándose. Era un sinvergüenza, que nunca cumplía con los adelantos.

—Oh, Maruja... Álvaro era un pobre diablo.

—Pobre diablo, pero igual voló trenes.

—¡Eso fue en la guerra...! Y después que los milicos salieran a matar maestros como su padre.

—Y el tuyo, ¿a cuántos curas mató el tuyo?

—¡Cállate Maruja...! En esa iglesia no había ninguno. Si mi padre mató alguna vez a alguien, fue siempre en el frente.

—Yah, capaz que haya sido un héroe.

—Quizás no un héroe, pero siempre justo... Mucho más de lo que se puede decir de tus amigos.

—Di lo que quieras, Elvira, pero tú no tienes ningún derecho a insultarme.

—¿Insultarte yo a ti? ¿Acaso no fuiste tú la que me llamaste golfa a mí?

—¿Y acaso no es verdad? ¿Aníbal, el Loquito y todos los otros?

—¿Eso también? ¿Qué mierda sabes tú de Ramiro?

—Todo se sabe, Tesoro.

—Y a ti todo eso sí que te debe calentar mucho.

—Digamos que somos diferentes, Elvira. Nos criamos juntas, pero somos diferentes.

—No sabes cuánto me alegro.

—Es mejor que te vayas, Elvira.

—Me voy ahora.

—No me des un beso.

—No pensaba darte un beso.

—Te crees muy inteligente, Elvira; pero tú te farreaste la vida en Santiago.

—No hables por mí, Maruja.

—Hablo por mí; no me interesa hablar por ti.

—Se te nota.

—Una cosa más antes de que te vayas.

—¿Qué?

—Es pelambre. Aquí en Chile se dice pelambre, no cotilleo.

Pelambre. Es verdad. Se me había olvidado.

VAK



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