...como un arco de viola
el grito ha hecho vibrar
largas cuerdas del viento.

Federico García Lorca

Poemas del Cante Jondo

Monche y Mercedes

Después del amor, temprano esa mañana, Monche recuerda a su madre, a Amparo y a Labarca.

aneja

Seguramente Monche pensó en Amparo cuando, sin vacilar, quitó del tablón de anuncios del Centro Comunitario de Lavapiés el papel celeste donde, escrito a mano con muy bonita caligrafía, se solicitaba un candidato al puesto de portavoz, asistente e investigador de recursos financieros, para un proyecto de protección de osos, de rebecos y de lobos, que se iniciaría ese mismo verano en la Cordillera Cantábrica.

Caburga, miércoles 25 de junio de 1986.

¿Podríamos nosotras haber hecho alguna vez las paces como siempre nos obligabas tú a hacerlo cuando nos peleábamos Amparo y yo? Todo eso fue, claro, antes de esa otra noche horrible, la noche en la que ella se voló las entrañas forcejeando con nuestro padre en ese fútil esfuerzo por impedirle que impunemente asesinara a tórtolas, a torcazas y a conejos; inocentes criaturas, hermosas y llenas de vida, decía ella. Como siempre Amparo, fuerte y frágil libélula, sabia mujer de ojos claros, redondos, profundos y transparentes, me mostró a mí, sin quererlo, mi camino futuro. Amparo, madre; Amparo. Veo ahora a mi Paz serena, a mi Miguel dulce, y ahogo mi propio grito, mi propio quejido; no puedo imaginarme, madre, no me atrevo ni siquiera a intentarlo, cómo se destrozaron sin vuelta tu corazón y tus tripas, tu estómago y tus pechos, tus ojos y tu lengua, en ese segundo infinitamente suspendido; en el eco, mil veces repetido en tu memoria, de ese horrible graznido de pájaro despanzurrado. Lloraste a gritos, maldeciste, quemaste láminas, dibujos, libros y ropas; escupiste, abofeteaste a mi padre, le arrancaste de raíz su pelo, deseando vaciarle sus ojos bovinos y comértelos crudos; quebraste espejos con tus puños y con tus uñas enrojecidas con la sangre de Amparo; aullaste, gemiste, te revolcaste en el suelo, doblada, consumida en tu dolor, enroscada como una oruga reventada por la suela de un zapato. Amparo, madre, Amparo. Amparo se había muerto.

Pero no; no fue su muerte lo que cambió tu vida, madre; para entonces tú ya estabas lejos, destrozada; perdida. No tengo memoria de que haya pasado una semana en la que tú no estuvieses completamente borracha, vomitando en el baño cuando alcanzabas a llegar allí, tambaleándote y a trompicones, sin dejar antes tu hedor horrible en cualquier lugar de la casa. Mierda, mierda y basura por todas partes; basura, basura; ese penetrante, inescapable, hedor a vómito, ese asco..., ese asco.

Y sin embargo, madre, tengo de pronto ahora, venido de la nada, en este mismo segundo, con la fuerza de un golpe duro e inesperado a la altura del útero, otro destello amable y tierno tuyo. Tenías un oído de lata, madre, pero igual te gustaba cantar jotas chuscas, burlándote de monjas, de curas, de beatas y de frailes, mientras espolvoreabas con canela y azúcar un alto enorme de torrijas cada domingo de Semana Santa; me mirabas y te sonreías, me alcanzabas una de las más pequeñas y doradas la que, haciéndome compinche tuya, me la comía yo sola sentada en un rincón de la cocina, cortándola a pedacitos, saboreando sus aceites, sus aromas y sus texturas, según tú me guiabas; despacio Monche, despacio, antes de que riéndonos tú y yo despertáramos y llamáramos a los otros a bajar ya a la mesa. Aceite, azúcar, clavos y canela. Cocinabas bien cuando querías, madre; cuando querías, cuando podías.

Mis horas y horas con Eliana no han sido todas inútiles ni perdidas; todavía se quedan cortas, qué remedio, pero me han servido, ese es su oficio, para hacerme de un arsenal, de un repertorio, siempre listo y al alcance de mi mano, de palabras y de frases inteligentes; cada una de ellas acompañada con su definición de lo más precisa, paradojalmente en mi caso, para describir una relación, la tuya conmigo, que no tenía nada de preciso, es, como yo la viví entonces, de abandono, de ignorancia y de indiferencia: comportamiento inestable, errático e impredecible, sabias palabras con las que te define Eliana. Errática e impredecible de seguro que eso eras, madre; tan tierna a ratos, tan cruel al siguiente; de eso es de lo que te culpo, madre, por más que Viviana, a su manera, ahora te defienda. Lo sé, eras tú quien lo sufrías más; te venía eso de tus dudas y de tus arrepentimientos por los caminos que no cogiste, añorándolos cuando ya los habías hacía tanto tiempo irremisiblemente perdido; te venía de tus vergüenzas, de tus culpas de sobreviviente (algo de eso sé yo misma ahora); de esos demonios y de esos fantasmas burlones que te volvían loca, ahogándote en esa montaña de valium y de botellas vacías de vodka que no tirabas nunca y que se iban, una a una, marcando el tiempo, acumulándose como testigos ciegos, como restos de muertos, como esqueletos de insectos, por todos los rincones de la casa.

Tú lo sufrías, madre, es cierto; pero también me lo hacías sufrir a mí; también yo vivía contigo en ese mundo errático e impredecible; lleno de miedos, de gritos, de golpes y de castigos. Y después, sin que tú te enteraras ni te dieras cuenta, otro engaño, otro atropello; paso a paso se apareció en mi vida Labarca. Labarca de palabras suaves, arropadoras e ingeniosas; Labarca de músicas nuevas, evocadoras y cautivantes; Labarca de historias y de viajes imaginarios como los que recordaba antes de Amparo, mágicos, misteriosos, sin órdenes prefijados; libres como quisiera yo serlo. Labarca duende. Labarca chamán, Labarca mago; sus manos suaves acariciándome el vientre, vientre decía él, calmándome el dolor de mi colon hinchado. Labarca de ojos tiernos y dulces, Labarca de ojos duros y fieros. Tiernos y dulces, duros y fieros; despiadados. Labarca severo, mandón, duro y prepotente. Ya caída en su embriagadora telaraña de susurros y de caricias con las que me descubrió mi cuerpo, su humor, a veces también taciturno y cambiante, era su arma, Eliana insiste que tenaz, manipuladora y consciente, para atizar mi incertidumbre, mi terror y mi miedo. No a que me gritara, me golpeara o me tratara mal, para eso estabas tú y mucho más mi padre; sino a que me expulsara de su casa, de ese remanso, de ese refugio, de esa paz, de esa calma, que tú me debías haber dado, madre; pero que nunca pudiste hacerlo y que él, davidoso y abundante me daba cada miércoles a cambio de lo que en ese tiempo me parecía tan poco, casi un regalo del que estaba yo agradecida y en deuda; fascinada y, como tú, borracha, aunque fuera sin vodka ni valium. Embriagada con mi cuerpo y con nuestro sexo, fue Labarca quien me enseñó a culiar y ninguno como él ha entendido tan bien que se empieza a hacerlo mucho antes y se termina mucho después de meter el pico en una concha o una polla en un coño, interesante cambio de géneros por lo demás, si acaso entiendes lo que te digo. Aquí o allá, siempre lo mismo. Labarca duende, Labarca amante. Labarca monstruo. Tú, madre, me mirabas con tus ojos nublados, lo entiendo yo ahora, por tu dolor, por tu frustración, por tu desencanto y por tu pena; yo te devolvía mi mirada aterrorizada de convertirme algún día en sombra tuya; el espanto de ser sombra de una sombra.

Fue ahí que comencé a soñar en irme lejos, a fantasear que me hacía gitana, mujer sin marido y de uñas de turquesa, como la que visitó una mañana Amparo recibiendo la engañosa promesa de una vida ágil como la de los zorzales. En la bruma de tu borrachera y en el sopor de tu valium, eso tú sí lo entendiste. No me hablabas, no tenías ya palabras propias, habías enmudecido; no me contabas ya cuentos de niñas luchando ellas solas contra dragones flamígeros y alados, ni me enseñabas ya esas coplas de batallas viejas, las más de todas perdidas; pero me traías libros de tu biblioteca, me enseñabas los poemas que, como niña adolescente, todavía ocultabas en tu armario; me permitías vestirme con blusas anaranjadas y con faldas verdes; me comprabas sandalias azules; de vez en cuando, tan de vez en cuando, una noche cualquiera, sin venir al caso, compartíamos juntas una sopa de ajo o de lentejas.

¿Tú y yo hacer alguna vez las paces? Quizás, quizás, madre, si hubiésemos tenido un poco, un poquito más de tiempo... Torrijas, pan añejo, un huevo, sopas de ajo. Te quedaban bien, sabrosas, esas sopas de ajo; bailabas con gracia esos chotis trasnochados y esas coplas de amores pasados; te dabas vueltas... a la izquierda, a la derecha, a la izquierda, a la derecha, y me hacías reír.

Vale, madre, ganaste. Lo sabes de sobra, no te odio; no te odio tanto. Anoche le conté a Viviana, tierna, amorosa, adorable ella, la historia de ese nueve de diciembre en el que casi te abracé. Pensando en ti y en tu muerte, la embellecí un poco; no mucho, solo un poco. Después me encerré en el baño y lloré. Lloré por mí, no te creas tú otra cosa. Vale, madre, vale; también lloré por ti; un poco.

© 2014 - 2020, Román Soto Feliú.
All rights reserved.
Puedes leer el texto y compartirlo con tus amigos o amigas, proporcionándoles un enlace a esta página; no puedes reproducirlo o cambiarlo de ninguna manera ni usarlo con fines comerciales.

grosellas@tngnt.com