Mercedes

Tomasa recuerda a su amiga Mercedes de vuelta de su funeral.

Temuco, martes 24 de junio de 1986.

aneja

Desde que salió de Anguiano a los 15 años, Mercedes fue en toda su vida la única mujer (o persona para tal caso) en la que Tomasa pudo siempre confiar con los ojos cerrados.

¡Qué lluvia más grande! ¡Qué día elegiste para morirte, Mercedes! Jodida. Jodida hasta la sepultura. En fin, descansa. Descansa en paz, mujer. Como te lo habrías podido imaginar, no vino mucha gente a tu entierro. Pero creo que te habría gustado haber visto a Montserrat. Vino. Vino y llegó a tiempo. Bueno, a tiempo para el funeral. Se ve bien, un poco cansada, por el viaje me imagino, pero bien. Delgada, paliducha como siempre y un poco ojerosa. Pero como te lo digo: efecto del viaje. Hablé bien con ella. Le dije de partida que no se preocupara de nada, que te habías pagado tú misma la caja con tu pensión, y que Carreño se preocuparía de poner la lápida en cuanto estuviera lista. Le dije que hablara con él por lo de la inscripción. Eso, lo que quiera poner ella ahí, tiene que decidirlo por sí misma. En eso, Mercedes, yo no me quiero meter. Que ya me he metido bastante. Hay que darle también las gracias a Ernesto. Sí, a Ernesto, mujer, a Ernesto. Vino ayer temprano en la mañana y me dijo que tus cuotas estaban todas al día. Me tranquilicé, porque no lo sabía; pensé que con tanta mora eso lo habías perdido todo. Y hasta ese momento no estaba segura dónde te habríamos de enterrar. De modo que dentro de todo lo malo, eso también ha salido bien. Le llevé a Montserrat tu pasaporte; ese con el que llegaste aquí. Pensé que le gustaría a ella quedárselo como un recuerdo. También le llevé las fotos viejas que tenías en el sobre verde en tu velador. A tu hija se le cayeron las lágrimas cuando vio tu foto de miliciana. ¡Menudo fusil llevabas, Mercedes! Montserrat me dijo que quizás vendría mañana a ver tu cuarto y ver qué es lo que quiere hacer con el resto de tus cosas. Veremos si viene. Yo hoy le llevé tu pasaporte y tus fotos como para hacerle una invitación. No sé si me explico. Pero ya es cosa de ella, si viene o no viene. Yo ya cumplí con mi obligación. Te dije antes que yo había cosas en las que no me metía: la inscripción en tu lápida, por mencionarte una. Y si lleva o no lleva una cruz. Eso se lo he dejado a tu hija para que lo decida ella. En lo que sí yo me he metido, Mercedes, te enfades tú conmigo o no, ha sido en pagarte una misa. Yo sé que tú siempre fuiste come curas, pero yo no podía dejar que te enterraran como quien entierra a un perro. De modo que sí, Mercedes, que te has llevado una misa. Yo, poco; pero en algo creo. Y sea lo que sea, no te hará mal. Tu hija no puso ningún reparo. Por lo menos, a mí no me dijo nada. Aunque, claro, cuando ella llegó tu caja ya estaba en el velatorio y el cura, avisado. Pobre chica, se veía cansada. Se puso ahí, a tu lado, y se ha quedado un rato largo mirándote, hasta que esa muchacha, Viviana, ¿te acuerdas de ella? fue y se la llevó a que se sentara. Es un viaje largo. Ella tiene su casa y sus críos en Madrid y tendrá que marcharse de vuelta pronto. Allí es su casa y allí es donde debe estar. Dicen que en los últimos años Madrid ha cambiado mucho y que Lavapiés está lleno de africanos y de chinos. Tengo los pies helados. Se me mojaron enteros con esta tremenda lluvia. ¡Qué desgracia! ¡Qué jodida eres, Mercedes! Mira que irte a morir en medio de este temporal. Voy a prepararme una tisana que a mí no me sienta bien tu vodka. ¿Sabes que no me acuerdo cuándo fue que tú comenzaste a beber tanto? No me digas que fue por lo de Amparo. Tú ya bebías de antes. Claro, con el marido que te echaste encima; se lo doy a cualquiera. ¿Sabes quién vino a tu entierro? Sorpresa: ¡Víctor Ilegorri! No le veía desde hacía tanto tiempo que pensé que se habría muerto. Pero no: igual de flaco y desgarbado como siempre; con menos de ese pelo escandaloso que tenía, eso sí; viejo, como una torre encorvada. Pero vivo. Vino. Hasta trajo una corona, bien bonita; con una cinta, como se usan ahora. Una de las pocas coronas que ahí había. Nos saludamos como antes, fíjate tú, y me dio el pésame. Muchos me daban el pésame, como si fuera yo tu hermana. Tu sobrina Teresa me llamó de Santiago y dice que Pilar está muy enferma para viajar, pero que quizás vendrán todas más adelante, en el verano, a traerte un ramo de flores. Por respeto a ti, no les dije nada, pero tú ya sabrías mi opinión. ¡Qué gente! Tu hija se ve bien; delgada, pero bien. No hablamos mucho, pero eso se entiende. Me mostró fotos de sus críos, Miguel y Paz, tus nietos. Seis y cuatro años creo que tienen; de su marido, Xavier, no me habló ni yo le pregunté nada. Anillo en la mano, no le vi. Pero en eso yo no me meto. Y tú tampoco deberías haberte metido que, ya lo viste, el resultado fue el mismo, si no peor. Tu hija te quería, Mercedes. Con lo jodida que eras tú, bastante te quiso y me imagino las veces que te habrá limpiado siendo ella apenas una cría. A mí, Mercedes, eso no me importa. Después, claro, tú le defendías a ella. Mucho que le defendiste, sobre todo después que se destapó el pastel ese con el profesor de matemáticas. Bueno para qué vamos a volver a pasar por lo pasado. Yo estaba agradecida de ti, Mercedes. Y por eso es que para mí no fue nada, ni tuve que pensarlo un segundo. Estuve feliz cuando os vinisteis a vivir a esta casa. Estabas tan enviciada en ese tiempo, Mercedes, con toda esa tristeza y amargura instalada en el alma. Ni la risa te quedaba. Se te había ido todo, la risa y el entusiasmo. Todo drenado como el agua que se escurre por la alcantarilla. Y mira que fuiste tú la que me alentó a mí a montar el taller de costura cuando llegué a Temuco, con apenas un poco más de lo que llevaba puesto. Tú me tendiste la mano. De los otros, nunca esperé nada, ni siquiera de Eulalia. Y la alegría que me dio después pagártelo con esas blusas y faldas extravagantes que tanto adoraban tus hijas. Pobrecillas. Para cuando ocurrió el accidente de Amparo, ya hacía tiempo que tú no eras la misma, Mercedes. Habías cambiado, ya te había cogido el vodka. No puedo asegurarle a nadie que todo haya sido la culpa de Álvaro por la que se te metió el demonio dentro del cuerpo. Recé, Mercedes, recé mucho por ti. Pero nunca se sabe cuáles son los designios que le esperan a una: la vida es un misterio, un eterno caminar hacia adelante. Mírala tú ahora a Montserrat. No es que me haya alegrado por mí cuando se marchó. Sabía que con eso tú te quedarías sola. Pero me alegré por ella y lo comprendí. Estábamos dando la vuelta completa. Tú y yo nos marchamos de allá aquí, y entonces ella se marchaba de aquí allá. Huyendo, huyendo, siempre huyendo. A nosotras siempre nos ha tocado huir. Pero como tú y yo antes, tu hija también se iba con una ilusión. Y por lo que veo, muy mal no le ha ido. En las fotos tus nietos se ven bien: simpáticos y sanos. Y ella, hasta menos arisca parece. Hasta que me ha dado dos besos y eso que antes, cuando se marchó, apenas me dijo adiós. Cosas de ella; a mí eso no me importa. Yo no me arrepiento de nada, Mercedes. Cuando tu marido se marchó al Norte todo era un caos. Tu hija, en los diarios, y su nombre en la boca de todos. Yo me convertí en la madre que no había sido nunca. Y lo hice como entendí que debía hacerlo, que no siempre le haya gustado a tu hija es otra cosa. Y después vino lo peor. Cuando tu hija se marchó no tenía otra salida, Mercedes, y nadie podría reprochárselo y yo menos que nadie.

VAK

© 2014 - 2020, Román Soto Feliú.
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