Monche y Julio

De regreso en Madrid, Monche escribe en su diario y luego se junta con Julio en un café de Lavapiés.

Madrid, viernes 25 de enero de 2008.

anejas

Esa mañana dormías desnudo, boca abajo, desguarnecido; a mi merced, a mi antojo. Como los héroes de tus láminas, increíblemente tierno y hermoso; frágil. Por un segundo, por un minuto entero, pensé en serio matarte. Qué cara habrías puesto, Carlos, al verme apuntándote al cuello con el cuchillo de la cocina; imaginé tus ojos duros y no pude. Me dio miedo; te desperté y preferí amarte. Nunca más te vi después de tu bofetada. No fue ni de lejos la primera ni la última que he recibido en mi vida. Pero es la que más odio. Fuiste cruel, Carlos; más cruel de lo que nunca antes fuiste. ¡Qué tirano eras! Debe de haber sido ese té, o tus libros, o tus manos en los bolsillos de esos pantalones negros con tus pies descalzos. Igual yo te quise.

—Julio, encantado.

—Monche, encantada.

—¿Bebes para olvidar?

—Todo lo contrario; para no olvidarme nunca.

—Debes de tener una memoria muy larga.

—Mucho más de lo que te imaginas. ¿Cómo dijiste que te llamabas?

Julio y Monche.
Madrid, jueves 9 de diciembre de 2004.

“...y con mis tristezas nuevas, con mis tristezas nuevas.”
Monche se susurró dos veces la frase antes de cerrar su diario. Curiosa tristeza aquella pensó; la de no saber qué hacer ahora con su cuerpo tras haber perdido por fin esa pesadumbre, esa angustia, esa sombra de lo infinitamente pendiente y nunca acabado. Tristeza ambigua por sentirse por fin casi libre de esa turba horrenda de fantasmas y de demonios burlones y crueles. Dolor aún por el recuerdo de las bofetadas, las miradas duras de uno y la desidia indiferente y cobarde del otro. Pasada la sombra, la angustia y la pesadumbre, ¿cuándo es que comienza entonces la dicha? ¿O es que quizás aquella no llega nunca? Se mordió los labios cuando vio llegar a Julio.

—¿Hace mucho que me esperabas?

—No. Recién cerré mi diario. ¿Te fue bien?

—Muy bien; ya está en marcha. Estás contenta tú hoy, ¿eh?

—¿Por qué me dices eso?

—Por esa manera que tienes tú de mover las manos cuando estás contenta.

¿Qué les pasa a todos estos tíos que ven mensajes ocultos y gestos de cofrades en la manera en que muevo mis manos? ¿Qué contraseña viste tú, Gustavo, que no hubiese estado ya ahí hace cuarenta años? ¿Acaso no eran las mismas manos? Notaste mis tetas; te aprendiste mi pañuelo, mi vestido y mi blusa de memoria, pero ni siquiera me hablaste esa noche, Gustavo. Por meses, yo había esperado que tú llegaras allí y que con un solo gesto valiente y grácil de tu brazo gallardo y fuerte me rescataras. Gustavo, Gustavo, mi príncipe; llévame en las ancas de tu caballo. Pero tú no llegaste nunca; llegó el otro, llegó el dragón, el lobo, el ogro, el monstruo. Es verdad, Gustavo, tienes razón, hubiera estado cagada de miedo tú seduciéndome, llevándome a un rincón quieto y oscuro, la noche esa de mi cumpleaños. Pero no hubiera huido, Gustavo. Hubiera estado ahí, contigo. Tú, ciego, hasta ahora eso no lo viste nunca. Este sábado, ahora, podríamos, tú y yo, habernos acostado; sentir nuestros cuerpos, tu olor y el mío, y olvidarlo todo; echarnos por fin el polvo que apagase de una vez por todas las culpas de estar tú y yo todavía vivos; vivos y para colmo aburridos en esa fiesta llena de momios de mierda. Sobrevivientes, tú y yo, de tantas de esas otras noches horribles, llenas de miedo, de humo, de ecos de plomo y de aullidos de perros.

Elvira no estuvo nunca, pero tampoco estabas tú esa noche con Aníbal, Gustavo. No me digas que no piensas en eso. No me digas que no revives esa noche cada mañana. No me digas que él no está siempre presente a tu lado. Este sábado, Gustavo, quisiste tocarme, redimir tu ausencia, estar ahora conmigo, besarme con tus ojos cerrados, llorar, y hacer el amor con Aníbal. Tú y yo somos iguales, Gustavo. También cargo yo con mi culpa; tampoco yo estuve allí con Aníbal.

Este sábado te acercaste a mí y, con todo desparpajo, trajiste ese deseo adolescente de mi fiesta de cumpleaños de nuevo. Me gustó, no voy a negarlo; quise acostarme contigo. Quise taparte la boca, Gustavo. Quise yo levantarte a ti y obligarte a que por fin abrieras tus ojos y que me vieras. Quizás me viste. Pero ya no tengo dieciséis años. A mitad de camino, me di cuenta que, viejos como tú y yo estamos, ya no valía la pena. Soy Monche, no Aníbal; y tú eres Gustavo.

—Julio; amor. Necesito decirte algo.

—¿Qué?

Les habían traído ya sus cafés; como siempre el de ella lo probó sin azúcar. No le asustaba decir lo que tenía que decir y entonces, en una pausa entre sorbo y sorbo, Monche echó una larga y suave bocanada de aire transparente mientras se cogía a la estrella de plata de Amparo.

—Llevé a Gustavo a acostarse conmigo al hotel.

—Vaya, ¿y eso cómo estuvo?

—Al final no nos fuimos a la cama. Me mintió; y cuando me di cuenta que me había mentido, se me pasaron las ganas.

—¿Así de golpe, Monche? Llevas ya casi cuarenta años cargando esas ganas.

—Llevaba; ya no.

—¿Por mentiroso o porque está gordo?

—De gordo no tiene nada. Me habría acostado con él, si no me hubiese mentido.

—No necesitas repetírmelo, Monche; ya te entendí.

—¿Y?

—No estoy seguro, si no preferiría que no te hubiese mentido.

—¿Preferirías que me hubiese acostado con él?

—Preferiría saber que es historia pasada.

—Y lo es. De verdad que se me pasaron las ganas, Julio. Las ganas, los deseos, las fantasías, los sueños; las pesadillas... Todo.

—¿Todo?

—Todo. Soy una mujer nueva. Me liberé de todos esos fantasmas.

—Enhorabuena.

—No me crees, ¿eh? No importa, ya lo verás. Lo otro que todavía no te he contado es que el 28 de diciembre murió Labarca.

—Labarca muerto; eso sí que es noticia.

—Sí.

—Pero te queda Viviana.

—Con Viviana ya me acosté hace años.

—Pero las ganas no se te pasan.

—Tú no te apures por eso, Julio; esas ganas yo las gozo con ella y con calma. No me afligen.

© 2014 - 2020, Román Soto Feliú.
All rights reserved.
Puedes leer el texto y compartirlo con tus amigos o amigas, proporcionándoles un enlace a esta página; no puedes reproducirlo o cambiarlo de ninguna manera ni usarlo con fines comerciales.

grosellas@tngnt.com