Es necesario crear una atmósfera de terror, hay que dejar sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todo el que no piense como nosotros.

General Emilio Mola,

Comandante del Ejército del Norte.

Allá dejaban los cadáveres a la vista de todos, haciendo gala de crueldad y de prepotencia; aquí los ocultan, como si les avergonzara haberles matado. Allá dejaban los cadáveres tirados y descubiertos, para que todos viéramos el horror de la sangre, salpicando la hierba verde y los adoquines negros; aquí los ocultan para envolvernos a todos en una niebla gris de soledad, de temor y de silencio.

Begoña Blanco Busquets

Notas a mí misma.

Odilia

A Odilia la guerra la cogió en Burgos.
En Irvine Elvira recuerda y escribe.

19 de julio de 1936 - 18 de julio de 1971.

aneja

No mucho después Elvira recordó en Umeå la parsimonia con la que Odilia probó las torrijas que le llevó Begoña y el olor profundo de esos Ducados.

Después del desayuno que preparó Enrique alcancé a dormitar una hora acurrucada sobre la cama a medias hacer, todavía sufriendo mi resaca, antes de que Begoña me invitara a subir con ella a su citroneta y salir camino abajo hacia el centro.

—¿Adónde me llevas?

—Si fuéramos hombres y quisiéramos estrechar nuestros lazos de camaradería, te llevaría a un garito de peleas de gallos o de quiltros. Como somos mujeres, quiero que me acompañes a un convento.

—¿Y qué vamos a hacer nosotras en un convento?

—No te preocupes. No es de clausura ni te van a dejar encerrada dentro. Es para que visitemos a mi amiga Odilia.

Bajamos por la avenida llena de baches hasta llegar a la Plaza Egaña. Allí, Begoña dobló a la derecha hacia la Avenida Ossa, deteniéndose un par de cuadras más arriba frente a un caserón colonial de dos pisos y techo de tejas rojas emplazado en medio de un terreno embaldosado y protegido por una verja de hierro pintada de negro, disimulada por una enredadera tupida y siempre verde y amarilla.

Si no fuera por el pañuelo gris que le cubría el pelo, el hábito de sor Cristina, la monja que salió a abrirnos, podría haber sido el vestido de cualquier mujer de mediana edad que no siguiera la moda. Los pasillos y cuartos por los que pasamos antes de llegar al salón de las visitas, sin embargo, mostraban la misma pulcritud y orden maniático que había visto en otros conventos, con la diferencia que en este había menos luz y, a ratos, se oían llantos y gritos a lo lejos. “Odilia está tranquila hoy” —le dijo sor Cristina a Begoña. Después agregó: “Creo que podrás conversar solo un poco con ella; el doctor Reyes decidió subirle los remedios cuando la vio muy agitada anoche” —agregó con una sonrisa gentil y apretándole suavemente el hombro derecho.

Al poco rato entró una mujer que ya llegaba a los setenta, vestida de negro, falda hasta la mitad de las canillas y una blusa cerrada con un camafeo de ágata en el cuello; chaleco gris abierto, los pies calzados con alpargatas de yute azul y con su pelo gris muy corto. Su mirada tenía algo de perdida, como si necesitara gafas nuevas. Aunque su rostro todavía era lozano, las arrugas y bolsas alrededor de sus ojos verdes denunciaban noches en vela. Sonrió al ver a Begoña y se abrazaron por un buen par de minutos, con los ojos cerrados, como si estuvieran meditando.

—Odilia, esta es Elvira.

—¿Tu hija?

—No, pero como si lo fuera.

—¿Y tu hija?

—No tengo una hija, Odilia. No te confundas.

—Pero, sí; la pequeña, Elvirita. ¿No te habrás olvidado?

—Qué cabeza la tuya. Estarás pensando en tus sobrinas. ¿Has comido? Te traje unas torrijas muy sabrosas.

—¿Torrijas? ¿Las has hecho tú?

—Enrique.

—¿Enrique? Entonces estarán muy buenas.

Begoña puso dos de las torrijas que había llevado envueltas en una servilleta en el plato azul que sor Cristina había dejado sobre la mesa y les vertió un poco de miel de palma encima. Odilia, más animada de pronto, comenzó a comerlas de a trozos muy pequeños, saboreándolos lentamente, pero después de cuatro o cinco bocados dejó el cuchillo y el tenedor sobre el plato y dijo:

—Están deliciosas. Las guardaré para la noche, para cuando tenga hambre.

—Vamos, mujer, ¿no quieres terminarlas ahora?

—No. Ya he comido bastante.

—Bueno, como tú quieras. ¿Has estado tejiendo?

—Con el frío me duelen las manos. Quizás teja más en el verano; pero ya lo ves, tejeré a destiempo, cuando nadie lo necesite. Es mala cosa ponerse vieja, Begoña: la artritis te acaba.

—Siempre puedes guardar los chalecos que tejas entonces para llevarlos en el invierno.

—O para hacer un regalo el día de Reyes. Tiene gracia: Reyes, como mi médico.

—¿Estás contenta con él?

—Es bueno; pero testarudo. Tiene sus ideas y no me escucha. Oye, Begoña, ¿no tendrás tú un cigarro?

—No deberías fumar, Odilia.

—Déjate de boberías. ¿Qué me va a hacer a mí, a mi edad, otro cigarro? —argumentó Odilia, usando el mismo tono suave y sincopado mantenido a lo largo de toda su conversación, pronunciando cada palabra por separado, como si salieran una a una de un rincón de su memoria, pero con precisión y firmeza.

Begoña giró su silla y la puso al lado de la de Odilia. Con las dos sentadas de espaldas a mí y mirando hacia la ventana por donde se veían los cerros entre los árboles sin hojas, Begoña encendió los dos Ducados que había llevado en el bolsillo de su blusa y le dio uno a Odilia. Después, tomadas de la mano y casi en perfecta simetría, las dos fumaron en un profundo silencio, solo interrumpido, de vez en cuando, por la tos leve de Odilia.

—¿De qué Elvirita hablaba Odilia? —le pregunté a Begoña, cuando después de llegar de nuevo a Plaza Egaña viró hacia Irrarázaval en dirección al centro.

—De ninguna, no la escuches.

—¿No me quieres contar su historia?

—¿Por qué crees tú que Odilia tiene una historia?

—Tiena cara de tener una; además, es tu amiga..., ¿verdad?

—Odilia y yo éramos amigas en Cabra, nuestro pueblo. Después nos separamos. Yo me fui a estudiar a Madrid, mientras ella, que se casó joven, se mudó a Burgos con su marido. ¿Habrás oído hablar de Mola, verdad?

—Sí.

—Entonces entenderás lo que te digo. A Odilia, la guerra la pilló allí, en Burgos. Su marido, Luis Barnés se llamaba, era un maestro de escuela. De esos que llaman moderados; laico, masón; ardiente defensor del krausismo. Había votado a los socialistas en las elecciones, y consumó hazañas como llevar a todos sus alumnos al desfile de celebración, marchando al frente de todos ellos y portando la bandera de la República. Toma nota, nada extraordinario, como puedes ver.

Pero ellos no lo olvidaron, no. El 19 de madrugada, cuatro padres de sus alumnos, vestidos de camisa azul, fueron a buscarle a su casa; se lo llevaron a las barracas y, no bien llegaron, uno de ellos le voló la cabeza de un pistoletazo. En la tarde, dejaron entrar a Odilia. Se había pasado la mañana corriendo de un sitio a otro buscando noticias de su marido. Ellos, apuntando al cuerpo que todavía estaba en el suelo, le preguntaron riéndose, si no lo reconocía. Odilia, enfurecida, tuvo la mala ocurrencia de abofetear al que tenía más cerca.

No necesitaron más excusas: la golpearon, la insultaron, la violaron; le raparon la cabeza y la obligaron a beber aceite de ricino. Enseguida, la encerraron junto a otras dos mujeres en un calabozo oscuro, sin excusado ni nada, durante toda la noche. Al día siguiente, sucias con su propia mierda como estaban, se las llevaron a todas hasta Saturrarán.

A Odilia la tuvieron allí hasta fines del 43. Cuando le dejaron salir, y gracias a unos amigos comunes, nos reunimos en mi piso de Madrid. A mí ya me habían depurado, quitado las clases y... en fin. Bueno, te hablaba de Odilia, no de mí.

Nos apoyábamos las dos, pero vivíamos en la miseria. Con el tiempo, pudimos ambas viajar a Chile. Aquí, Odilia se ganaba la vida dando clases de castellano en un colegio de monjas donde nunca le dijo nada a nadie. Un día, hace ya unos diez años, por estas mismas fechas, se despertó una mañana y en lugar de irse al trabajo se puso a escribir. Cuando se le acabaron los cuadernos, siguió escribiendo al reverso de cuanto papel pudo encontrar; frenética. Quería contar, con el más mínimo detalle, toda su historia, sin omitir nada.

Después de cuatro días que no se apareciese en el colegio, forzaron la puerta de calle y la encontramos desmayada, tendida en el suelo. Pasó varios meses en el Siquiátrico al cabo de los cuales, logramos internarla en esa casa de reposo que funciona en el convento donde tú la conociste hoy.

Esa es su historia.

—Qué espanto. Me dan ganas de llorar.

—Yah. ¿Y tú sabes por qué el barbón escribió eso de que la historia primero es una tragedia, pero cuando se repite es una farsa?

—Ni idea.

—Porque, si te la imaginas como una obra de teatro, la primera vez el público llora contigo; la segunda, se ríe de tu estupidez. Dile eso a Aníbal la próxima vez que te encuentres con él.

coda

...tú y Enrique llevan juntos un montón de tiempo, ¿verdad?

—Ya serán veinte años este septiembre.

—Me parece toda una vida.

—Mmm, mmm.

—¿Lo has engañado alguna vez? —le pregunté con un susurro, temiendo ser demasiado impertinente.

—No, porque lo único que nos prometimos Enrique y yo es no mentirnos.

—Entonces...

—No nos hemos mentido nunca, Elvira. ¿No te basta?

Ya bajábamos por la Avenida Bustamante. Aunque todavía faltaban varias calles para llegar a Plaza Brasil, quise caminar por el barrio donde había vivido con Aníbal y le pedí a Begoña que me dejara en la esquina de Bilbao.

—Begoña —le pregunté antes de bajarme de la citroneta. ¿Es verdad que consideras que soy como tu hija?

—Si no te importa. ¿O es que prefieres ser mi amiga?

—¿No puedo ser las dos?

—No.

Elvira
Irvine, California, septiembre de 1980.



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