Saavedra

Una historia con siete piedrecitas.

Saavedra, sábado 13 de diciembre de 1947.

aneja

Ernesto siempre vio a Nazario como a un hermano mayor o como al padre que, muerto apenas cuatro años después de que él naciera, nunca llegó en verdad a conocer. Nazario decía que él era de Foz. Allí creció, pero la verdad es que había nacido por accidente en una fonda situada al lado asturiano de la Ría del Eo un 13 de agosto de 1898, cuando su madre, preñada de siete meses, comenzó a sentir los dolores de parto mientras terminaba de cantar una jota. Sus años de música y cantante ambulante no terminaron ahí; pero cuando murió doce años más tarde, Nazario heredó su bandurria la que aprendió a tocar por sí mismo, improvisando melodías nuevas en el barco que lo llevó hasta Buenos Aires, antes de embarcarse en el tren que, en un viaje interminable, lo dejó varios días después en Temuco. Quizás fue el hecho de haber nacido en una fonda, o el consejo de su mujer Eulalia, lo que lo llevó a invertir sus ahorros ganados en su huerta cerca del Cautín en abrir el hotel que regentó por más de cuarenta años en calle Barros Arana.

Un cuento de Elvira

Olympia, Washington State,
septiembre de 1986.

Mi padre Ernesto encendió dos Premiers y le alcanzó uno a Engracia, mi madre. Aunque solo estaban a mediados de diciembre ya hacía calor y a él le gustó ver las pequeñas uñas carmesí de su amiga, asomándose juguetonas por las puntas abiertas de sus sandalias verdes. Todavía sin dejar de mirarlas, exhaló suavemente el humo y le preguntó:

—¿Has visto alguna vez el mar?

—¿Qué crees? Me pasé tres semanas a bordo de un barco.

—Sí, claro. Pero, ¿te has mojado los pies en el agua?

—¿Del mar? No, eso no. Nunca.

—¿No te gustaría ir a verlo mañana a Saavedra?

—¿Mañana? ¿Después de misa?

—Sería mejor que saliéramos temprano para llegar a tiempo.

—¿A tiempo para qué, Ernesto?

—Temprano, para que podamos estar con calma en la playa.

—Lo que tú quieres es saltarte otra vez la misa.

Había pocas parejas más diferentes que ellos. él era un ateo, un ex militante del POUM que había participado en la quema de una iglesia en su pueblo de Lérida antes de marcharse, recién cumplidos los dieciocho años, a combatir a los fascistas al frente de Aragón; ella era una sobrina lejana del cura que había bendecido las tropas de Franco en África, y hacía poco que había llegado a los doce cuando una bala, salida solo Dios sabe de dónde, atravesó la cabeza de su padre mientras agitaba banderas con un grupo de las JONS frente al Ayuntamiento de Burgos dos semanas antes de comenzar la guerra.

Ya huérfana de madre, Engracia pasó casi tres años muerta de miedo, aterrorizada con los ecos de las balas que en las noches rebotaban sordas desde el cementerio, hasta que un hermano de su padre que había emigrado a Chile consiguió que pasara, primero, a Buenos Aires y, luego, sola en un largo viaje en tren y sin más pertenencias que un atado de ropa, hasta Santiago. Allí vivió con sus tíos en una casa de adobe de la calle Cuevas, donde aprendió a curar carne de cerdo y empezó a ganarse la vida, trabajando con sus primos en la charcutería que abrieron al frente de la Estación Mapocho. A algunos clientes de confianza, les vendían también algo de vino. Engracia, que aunque aún mal soñaba, ya dormía mejor, pasaba ya los dieciséis, trabajaba duro, pero ya no tenía hambre.

Su verdadera pasión, sin embargo, eran las jotas aragonesas, las que bailaba con mucha gracia, acompañándose de una voz que no era muy fuerte, pero sí dulce y melodiosa. Gracias a esa afición llegó a conocer a Ernesto la vez que, participando en un cuerpo de baile, viajó a Temuco un doce de octubre para celebrar las fiestas. Todo pudo haber sido muy distinto y de ser así, yo nunca habría nacido. Solo a última hora pudo Nazario convencer a Ernesto que lo acompañara ese sábado a la fiesta en el Centro, a pesar de que —según él— estaría, como siempre, lleno de franquistas.

No se arrepintió nunca. Las camisas azules habían comenzado a pasar de moda; hacía tiempo que ya no se veía por ninguna parte una parda o una negra; la comida, harto pasable, estaba incluida en el precio de la entrada; el vino gratis era, no del mejor, pero abundante; y notó en seguida que una de las chicas del cuerpo de baile tenía la tez aceitunada, unos preciosos ojos verdes y el pelo negro ensortijado amarrado en un moño.

Después que terminaron un último fandango, Ernesto, de pie y con su zapato izquierdo puesto sobre la barra del mesón de la cantina, la saludó con su copa de vino tinto y ahogó una alegre blasfemia, cuando vio que ella le contestaba el saludo con la cabeza. Nazario había llevado su bandurria, tañó un par de notas y lo animó a entonar una jota de picadillo. Sin hacerse de rogar, Ernesto dejó su copa junto a un plato de aceitunas verdes y, dejando sin apagar su cigarrillo sobre el borde del cenicero, cantó:

He viajado por mar y tierra

En busca de una mujer

He viajado por mar y tierra

Y en todas partes encuentro

Presumidas y alcahuetas

Presumidas y alcahuetas

En busca de una mujer

Había vuelto a coger su copa y se reía con Sósimo cuando oyó que alguien le decía a sus espaldas en tono de reproche:

—Quizás usted no ha sabido buscar bien en sus viajes.

Se volvió y se encontró con Engracia que lo miraba muy seria.

—O, quizás, nunca hasta ahora había yo encontrado algo como lo presente —le contestó Ernesto, mordiendo una aceituna.

Sin inmutarse Engracia insistió:

—¿No sabe usted cantar canciones más bonitas?

—¿No le ha gustado la que ya canté?

—Es que no todas las mujeres somos presumidas o alcahuetas.

Ernesto frunció los labios, le dijo algo al oído a Nazario y después, volviéndose hacia Engracia, le contestó:

—Pues escuche usted.

Hay una larga cadena

De tu corazón al mío

Hay una larga cadena

Y el tuyo tiene dolor

El mío dolor y pena

El mío dolor y pena

De tu corazón al mío

—¡Bravo! Muy hermosa —le dijo ella.

—Servidor de usted —le dijo él, ofreciéndole una aceituna.

—Gracias —le dijo ella, mordiéndola con gusto.

—Me alegro que esta sí le haya gustado. Pero ahora le toca a usted.

—¿A mí?

—Claro. No me negará usted mi pedido, ¿verdad?

—No, por supuesto que no —le contestó Engracia, inclinándose a susurrarle algo a Nazario, antes de cantar ella a su vez:

Aprieta bien el cantaro

Cuando vayas a la fuente

Aprieta bien el cantaro

Que si el cantaro se rompe

Difícil será arreglarlo

Difícil será arreglarlo

Cuando vayas a la fuente

—Dichoso el que pueda oírle a usted cantar todos los días.

—Encantada.

—Pero a esa jota le faltan unos cuantos versos.

—Y yo algún día puede que se los cante; pero por ahora bastan estos.

Los músicos de vuelta en sus puestos ya entonaban los primeros compases de “Sombrero”. Ernesto cogió otra aceituna y le replicó:

—Esperaré, si así usted lo quiere. Mientras tanto, ¿no desearía usted bailar esta pieza conmigo?

—Me encantaría, pero mi tía Encarna está ya fatigada y nos aprontamos a irnos. Pero usted debería acompañarme mañana a la misa de once.

—¿Acompañarla yo a misa?

—Sí, hombre, a misa, anímese. Le espero a las diez y media frente a la iglesia. Y si no aparece, yo le iré a buscar.

—Pero...

—No se preocupe; yo ya sé dónde vive.

Las había acompañado hasta la calle a esperar el taxi. Después que ellas partieron, Ernesto le dió una mirada a su reloj, encendió otro Premier y caminó despacio en dirección al regimiento. Al llegar a O'Higgins, cruzó la calle y continuó hasta mitad de la cuadra donde golpeó la puerta de una casa de ladrillos de la que, después de entrar, no salió, sino hasta la mañana siguiente poco antes de la salida del sol. Todavía soñoliento, se marchó a su casa.

Ernesto abrió los ojos y sintió que recién se había dormido y quitado los zapatos antes de oír que algo duro golpeaba su ventana. Cerró los ojos de nuevo, pero en seguida oyó que otro guijarro golpeaba los cristales e inmediatamente otro más. Se levantó, descorrió la cortina y miró hacia la calle. Allí, de pie en la mitad de la calzada, estaba Engracia, con su traje de baile, haciéndole señas con la mano.

“Joder, se las trae esta mujer” —pensaría Ernesto. “¡Bajo en dos minutos!” —le dijo, asomándose por la ventana, luego de alisarse la misma camisa blanca y de cuello postizo duro de la noche anterior.

La catedral estaba atiborrada de gente. El obispo mismo, con mitra preciosa y todo, oficiaba la misa cantada y solemne a la que le agregaban de yapa un Te Deum para terminar de celebrar lo que llamaban el Día de la Raza. Las primeras filas de asientos estaban ocupadas por los vice cónsules honorarios, serios en sus trajes domingueros, flanqueados por sus esposas muy empirifolladas con sus estolas de zorros sobre los hombros y sus pías mantillas de encaje, cubriéndoles incoherentemente sus peinados relucientes todavía con olor a laca. El alcalde, el gobernador, los coroneles y el intendente, llegaban también al servicio acompañados por sus escoltas, y los primeros bancos de la derecha los ocupaba la banda del regimiento, sobresaliendo sus tubas relucientes y algo abolladas por el tanto uso y los presupuestos mezquinos y magros.

Detrás de ellos se apiñaba el resto del gentío.

Habían quemado una buena cantidad de incienso —al obispo Machuca Lillo le encantaba demorarse con los ojos semi cerrados, alargando los versos del gregoriano— y Ernesto, todavía sufriendo la resaca de la noche anterior, sentía hambre, aserrín en la garganta y le pesaban como yunques sus ojos trasnochados y aburridos. Por fin, casi de improviso, la banda se aprestó a tocar los himnos. El capitán se cuadró, hizo sonar sus tacos e inclinó la cabeza en dirección al altar, antes de darse media vuelta y esgrimir su batuta.

Todos se pusieron de pie; el obispo, afirmado a su báculo bajo el dosel de brocato púrpura y dorado, levantó su mano derecha y dio su bendición. Primero el himno de Chile, luego el español. Ernesto suspiró y, bostezando desdeñoso, vio cómo algunos de sus paisanos alzaban el brazo. Miró a Engracia de reojo y se la quedó mirando al ver que ella mantenía sus manos firmemente a los costados y que solo tarareaba displicentemente algunos de los versos, mientras pasaba en silencio otros. Suspiró de nuevo.

A la salida, se encontraron con Nazario quien miró a Ernesto sorprendido; pero, al percatarse de Engracia, hizo un gesto de aprobación con la cabeza, y le dio una palmada en el hombro.

Después, Ernesto y Engracia fueron juntos hasta el Centro, separándose de los demás y caminando despacio.

—Usted me miró sorprendido ahí en la iglesia. ¿Por qué?

—Creí que haría usted como los camaradas y alzaría el brazo cuando tocaron el himno.

—Pues ya lo ve: usted viene a misa conmigo y yo, a cambio, le prometo no alzar jamás el brazo. ¿Le parece bien?

—Pero, ¿por qué tendría que venir yo a misa?

—Hombre, para gozar mi compañía, claro. ¿O es que no le gusta conversar conmigo a usted?

—Oh, por supuesto que sí; por supuesto.

—¿Lo ve?

Llegaron al Centro y después de los discursos aburridos, de los brindis patrioteros, de los canapés deliciosos, de más vino y jerez gratis, y de un par de jotas, bailaron por fin un pasodoble. Ernesto notó que Engracia le apretaba la mano y que no le desviaba la mirada. Charlaron animados antes de darse cuenta que se iban quedando solos mientras los otros celebrantes se marchaban a pasar la tarde en sus casas, y entonces Ernesto le preguntó, si le daba autorización para escribirle.

—Por supuesto que sí. Anote: Cuevas, 1163.

—¿Me contestará usted, si yo le escribo?

—Claro. Si no, para qué querría yo que usted me escribiese.

—Tengo la ilusión de volver a verla pronto.

—Pues entonces déjeme contarle a usted un secreto: volveré en menos de tres semanas para pasar un tiempo en casa de mi tía.

—Eso estaría muy bien. A doña Encarna yo la conozco.

—Ya lo sé —le contestó Engracia, estrechando su mano.

—Una cosa más.

—¿Sí?

—Su actitud en la iglesia... No es solo, porque usted quiera que yo la acompañe a misa.

—No se equivoque. Quiero que usted me acompañe a misa; le hará bien. Pero, vale: también es porque yo he visto muchas cosas y le puedo decir, con certeza, que muchos de los nuestros no son mejores que algunos de los vuestros.

“Te quedas corta, pero sí que es verdad” —pensó, sin decirlo, él.

En una de las fotos de esa época que traje conmigo aparece mi padre, de pie con chaqueta de cuero y antiparras, sosteniendo una motocicleta con la mano derecha, mientras mi madre, a horcajadas en el asiento trasero, sonríe con cara de miedo. A mi padre, le encantaba esa motocicleta que se la había dejado de regalo Duncan Wright, un inglés amigo suyo, antes de volverse a Inglaterra, después de Dunkerque.

—Tú has estado en eso. Dime cómo es, pero no me mientas —le pidió Duncan a mi padre, ya ambos muy borrachos en esa misma casa de la calle O'Higgins, la noche larga en la que, despidiéndose, estaban más capacitados para hablar de la vida y de la muerte, que en hacerles el amor a esas mujeres que los acompañaban aburridas, aunque aliviadas, luego de que ellos les hubieran pagado, con anticipación, por su compañía de amantes, de hermanas y de madres.

Mi padre, luchando por mantener abiertos los ojos y no parecer demasiado solemne, se quedó pensando y luego, marcando parsimoniosamente las sílabas que le salían abruptas en medio de abundantes pausas largas, le dijo:

—La verdad, Duncan, es que no pasa mucho: soñarás con noches como estas, pero la mayor parte del tiempo te la pasarás esperando aburrido; otras veces tendrás que ir de un sitio a otro corriendo, sin nunca saber muy bien por qué. De vez en cuando, te sentirás como los conejos a los que les disparan por todos lados y, con el tiempo, aprenderás a no mearte de miedo en los pantalones.

—Salud, Ernesto le dijo sin pestañear Duncan, empinando entre risas forzadas su botella de mala ginebra.

—Salud, Duncan le contestó mi padre, empinando ceremoniosamente la suya.

—Salud —dijeron las mujeres en coro, levantando sus copas de champaña falsa y depositando besos tiernos en las mejillas de sus clientes tristes.

Duncan y mi padre se habían conocido jugando al fútbol en el estadio del Bajo.* Mi padre era el portero del Rayo y Duncan el puntero izquierdo del Rochester de Población Dreves. Por un par de meses se odiaron con la intensidad que solo conocen los rivales amateurs, pero una noche se encontraron por casualidad en el barrio de la Estación y terminaron haciéndose amigos. Mi padre venía saliendo distraído del bar “El Paisano” después de su cena de perniles picantes con papas hervidas y tropezó con un hombre de impermeable oscuro y sombrero negro que pasaba rápido frente a la puerta esquivando los charcos de lluvia y las basuras sobre la acera.

—¿Qué te pasa, coño? —le dijo el hombrazo, con un acento que alargaba tan cómicamente las vocales, que le quitaba toda procacidad al insulto.

—Nada que no pueda yo bloquearte con una sola mano, “Patas de lana”.

Ambos se rieron.

—¿Un trago?

—Un trago.

Duncan manejaba una de las niveladoras en la construcción del camino a Cunco y mi padre hacía poco más de un año que trabajaba en la panadería de su tío Antoní. Lo que redescubrieron por su cuenta ellos mismos esa noche en “El Paisano” fue que el número de razones para emigrar es infinito, a menudo cubiertas con intrincadas historias de amor, de traición o de deudas, contadas con exageración y a medias en el caso de Duncan, pero que el vino barato, los cigarrillos malos, las mesas cojas y los baños sucios, de paredes rayadas con deseos soeces y de rincones hediondos, son iguales en todas partes.

Ernesto apartó la vista de los pies de Engracia y adelantó sus manos palmas arriba. Buscó mil cosas que desearía poder decirle, mientras ella todavía lo miraba irónica con sus ojos de alondra moruna, pero no se le ocurría nada convincente. Le dio otra chupada a su Premier y después le dijo despacio, aquilatando mentalmente el efecto de cada una de sus frases:

—No es verdad, Engracia. No es solo porque quiera saltarme la misa. Si saliéramos temprano, como yo te digo, podríamos llegar a Saavedra antes del medio día. Podríamos almorzar con calma, pasear por la playa, ver el mar, mojarnos los pies en el agua, volvernos antes de la puesta del sol, si quieres. Hasta podríamos cenar con tu tía a la vuelta.

—Como tú quieras, Ernesto; pero si me condeno, nunca te olvides que será por culpa tuya.

—Puedes echarme a mí la culpa de lo que quieras.

Hacía un par de semanas que habían comenzado a tutearse. Después de un veloz intercambio de cartas, Engracia había vuelto a Temuco a hacerse cargo de su tía enferma y, casi siempre después de misa, Ernesto había ya almorzado con ellas cada domingo. Ese sábado, él la había sorprendido pasándola a buscar en su motocicleta.

—¿Y esto qué es?

—Ya lo ves: Ariel Cazador Rojo.

Rojo, ya me habían dicho que eras. Lo que no sabía era que también cazabas. ¿Qué cazas?

—Tórtolas.

—¿Y eres buen cazador?

—Dame tiempo a que vuelva el invierno y lo verás.

—¿Y por qué tendría que esperar yo tanto tiempo?

—Por ti, me arriesgo a cazarlas cuando quieras.

—Pobrecillas.

—Pero las comerás con gusto.

—No lo sé. Nunca en mi vida las he probado.

Ese domingo salieron temprano. él, feliz con su chaqueta de cuero y sus antiparras; ella, después de un largo suspiro, se acomodó en la moto con su chaquetón sobre su vestido de percala estampada, que apretaba firme con sus rodillas y sus muslos, para que no se le inflara con el viento, y una bolsa de lona terciada a la espalda.

—Sósimo me prestó su bota.

—Y yo hice emparedados de jamón.

El camino era largo y estrecho; con cuestas, sinuoso y lleno de baches que Ernesto esquivaba con suficiente pericia. Al principio, Engracia había sentido miedo montada sobre ese sillón de hule negro que le parecía duro e incómodo, pero pronto se dejó agradar por el gusto nuevo que descubría al abrazarse a la cintura de Ernesto y oler su cuerpo. Apretando fuertemente sus piernas contra las de su amigo, abrió los brazos por un segundo ululando gritos de contento en la recta después de Carahue en la que, por un tramo breve, mágicamente se suavizaba el camino.

Al llegar a Saavedra, se detuvieron en la cima del acantilado desde el que se dominaba abajo toda la bahía y la desembocadura del Imperial. Engracia estiró aliviada sus piernas entumedecidas y, asomándose al borde, sintió las ráfagas del aire salino y yodado que soplaban desde el océano. Respiró profundo hasta llenarse los pulmones y entonces, sintiendo que le cosquilleaban las rodillas y que se le helaban los muslos, supo que estaba llena de amor y de ganas por Ernesto. No apartó inmediatamente su mano cuando él se la cogió con estudiada suavidad y calma. Se miraron y ella lo recorrió de arriba abajo con sus ojos juguetones antes de echarse a correr por la senda empinada que llevaba derecho hasta la orilla, sin esperar a que él montara otra vez en su moto.

—Ahora ya puedes mojarte los pies en el agua —le dijo Ernesto, cuando finalmente la alcanzó, quitándose él también los zapatos como, sentada sobre la arena, ya lo había hecho ella.

—¡Dios, Ernesto! ¡Qué frío y qué potencia!

—¡Qué chillido que has dado, Engracia!

—¿Te costaba tanto habérmelo advertido, Ernesto?

—Pensé que mejor lo aprendías por ti misma —le contestó él, riéndose de su broma y sin ocultar que fijaba la vista en las redondeces que la ropa mojada dejaba ver en las piernas de Engracia.

—Eres un soberano bandido. Verás cómo me las pagas.

Engracia se soltó el pelo y Ernesto se arremangó los pantalones hasta las rodillas. Se rieron otra vez; ella por las piernas flacas de Ernesto; él por los muslos de ella que ya imaginaba más arriba de sus pantorrillas mojadas. Por una vez en sus vidas se supieron ricos; los dueños absolutos de esa enorme playa solitaria. Buscaron caracolas, espantaron gaviotas, a medias huyeron de la espuma de las olas dejando que el agua refrescara sus pies caldeados, desenredaron madejas de algas. Con persistencia Ernesto intentaba alcanzar los dedos de su amiga; Engracia se empeñaba en esquivar los suyos entre carcajadas y sonrisas coquetas. Caminaron, caminaron largo, y seguramente soñaron. Pasada ya la una, regresaron a la sombra del boldo en el que Ernesto había dejado su Ariel Red Hunter atada con una cadena.

—Traje un vaso de aluminio para ti —le dijo Ernesto, destornillando la bota de Sósimo. ¿No quieres ya sacar los emparedados?

—En seguida —le contestó Engracia, abriendo la bolsa de lona y palideciendo en cuanto lo hubo hecho. Allí, en medio de una muda de ropa, un espejo redondo y una manzana, no había ninguno.

—¡Dios mío! ¡Qué idiota soy! Los he dejado en casa.

—No me embromes, que me muero de hambre.

—No bromeo, Ernesto; me los he dejado en casa.

Ernesto solo pudo ocultar su desencanto y reírse al ver los pucheros de niña de Engracia.

—No te preocupes, mujer. De seguro encontraremos una venta en ese caserío al otro lado de la caleta.

Pero ni había venta en el caserío ni, siendo domingo, tampoco un almacén abierto. Buscaron de arriba abajo por la única calle de la caleta sin ver nada. Ernesto ya pensaba en volverse a Temuco cuando Engracia apuntó a un letrero anunciando pan y huevos frescos, colgando de una viga sobre el umbral de la puerta de una casa semiderrumbada. Golpearon tres veces antes de que les contestaran.

—Está cerrado —les dijo la mujer vieja y despeinada que se asomó a la ventana.

—¡Por favor! Véndanos algo de comer, que tenemos mucha hambre —le suplicó Engracia.

—No hay nada les dije; está cerrado.

—¿Ni siquiera un poco de pan?

—Hay dos hallullas de ayer.

—¿Qué tal jamón? —le preguntó bruscamente entusiasmada Engracia.

—¿Jamón? ¿Y ustedes de dónde salen? ¡Qué ocurrencia la suya! Me queda un cuarto de queso blanco. Se lo vendo barato.

—Valga, dénos las dos hallullas y el queso —dijo Ernesto.

—El queso no estaba nada de mal. ¿No crees? —le dijo Engracia, limpiándole con sus dedos las migas secas que le habían quedado en los labios a Ernesto.

—Con hambre todo es bueno —le contestó él, cogiéndole con suavidad la mano.

—Y esta manzana estará deliciosa —añadió Engracia, ofreciéndosela para que él se la pelase.

—Que duda cabe.

Dieron otro paseo por la playa, tomados de la mano aunque sin atreverse todavía a actuar todas sus ganas. Pero esa noche, al despedirse frente a la puerta de la casa de Engracia, se dieron un beso largo. Tal como lo habían visto hacer el viernes en la película del Real.

—El domingo que viene daremos otro paseo.

—Espero que sí; me encanta tu cazadora roja —le contestó ella, antes de cerrar la puerta y de lanzarle al aire otro beso.

Al final de ese verano de pocas misas y de muchos paseos en moto, hablaron por primera vez de casarse. Sentados frente a la laguna del cerro, Engracia tiró un guijarro al agua y antes de que las ondas alcanzasen a llegar a la orilla, le preguntó:

—¿Sabías que venden la charcutería del Mercado?

—Así me lo ha dicho don Nazario.

—¿Y no crees tú que nosotros podríamos comprarla?

—La charcutería es lo de menos, Engracia. Para eso, tengo.

—¿Entonces la compramos?

—Lo caro sería el traspaso —le contestó Ernesto, encendiendo un cigarrillo.

—Yo tengo un poco. ¿Seguro que no llegas con lo que tú tienes?

—Mujer, ¿no entiendes? El traspaso cuesta más de lo que yo gano en veinte meses. He ahorrado, pero nunca tanto.

—Si tuviéramos la charcutería, podrías dejar a tu tío Antoní.

—Y mucho que me gustaría a mí dejarle; pero ya te lo he dicho, Engracia. No llego a tanto.

—¿Estás seguro, Ernesto?

—Te lo he dicho, Engracia. No tengo.

—Me da mucha pena.

—Y a mí. Pero no hay nada que hacerle.

—Tienes la Cazadora —le dijo Engracia, tirando otra piedrecita al agua.

—¿Y qué quieres tú que haga con la Cazadora, Engracia? ¿Que la venda?

—Valdría la pena, ¿no crees?

—¿Y qué hago, si algún día vuelve Duncan?

—¡No digas bobadas, Ernesto! Duncan no volverá nunca.

—Eso tú no lo sabes. ¿A qué tanta prisa ahora?

—Porque ahora es cuando queremos casarnos. ¿No eres tú el que siempre se queja de cuánto te explota tu tío?

—Y sí, el cabrón me explota. Pero esto es distinto, Engracia; esto es otra cosa.

—¿Por qué es otra cosa? ¿Es que no te importa seguir siendo infeliz toda la vida trabajando por nada?

—Engracia, mujer: con la Cazadora tengo mi libertad. Puedo ir y venir adónde y cuándo me dé la gana.

—¡Qué niño eres, Ernesto! Más libertad tendrías, si tuvieras lo tuyo. Si tú y yo tuviéramos lo nuestro.

—No me hables así, Engracia.

—Me callo. Pero piensa en lo que te digo, Ernesto. Con la charcutería podríamos soñar. Pensar en tener hijos.

—¿Y acaso tú no sabes lo que son los sueños, Engracia?

—Sí, lo sé, Ernesto. Lo sé muy bien. ¿Pero es que acaso se puede vivir sin sueños?

—¿Y sacas mucho tú con soñar?

—Tú no crees en el alma, Ernesto. Yo sí que creo. Pero es mentira que no se muera nunca. Se muere cuando dejas de soñar. Por eso es que quiero la charcutería: para poder soñar —le contestó ella, arrojando a la laguna una última piedrecita.

De vuelta ya en Temuco, Engracia esquivó el beso en la boca y Ernesto apenas le dijo adiós al marcharse acelerando por el medio de la calle. La semana pasó lenta. Le aburría vender medias y pañuelos en la tienda de ropa de don Nicolás y se le notaba; dos veces esa semana la reprendieron por su cara larga. Cuando llegó la tarde del sábado, caminó solitaria, arrastrando con los pies las hojas secas de los castaños de Balmaceda, antes de llegar al cementerio y visitar la tumba de su tía Encarna. Cambió los claveles marchitos y al salir vio con envidia a un par de enamorados abrazados bajo los dos cipreses al frente de la entrada.

Acalorada, abrió la ventana cuando volvió a su casa con ganas de ducharse. Todavía con el pelo húmedo, le escribió una carta a Ernesto, pidiéndole perdón y contándole cuánto lo amaba. Pero después de releerla, la rompió en tres pedazos antes de quemarla con la misma cerilla con la que se encendió un Liberty. Le gustaba esa cajetilla de color rojo encendido, mucho más que el azul y el gris opaco de los Premiers de Ernesto, y sintió calor en su mano al hacerla una bola y acariciarla con deseo y tristeza. La casa de su tía le pareció enorme y vacía. Arrojó la cajetilla arrugada al papelero antes de quitarse sus sandalias verdes y tenderse sobre su cama, acariciándose contra las sábanas, cerrando los ojos, restregando sus rodillas y humedeciéndose los labios.

El guijarro golpeó su ventana despertándola.

—¡Jesús, Ernesto! Vas a romper los cristales —le dijo al verlo abajo en la calle.

—Engracia, baja, mujer; tengo algo que decirte.

Se alisó el vestido rápido. No bajó las escaleras corriendo, más bien caminó despacio, como si fuera contando uno a uno cada peldaño; pero se persignó antes de abrir la puerta.

—¿Qué hay, Ernesto?

—Mira —le contestó él, mostrándole el sobre abultado que sacó del bolsillo de su chaqueta.

—¿Y eso?

—Mañana vamos juntos tú y yo al Mercado.

—¿De veras?

—Te hice caso y vendí la Cazadora.

Engracia lo abrazó y le dijo:

—Imagínate, Ernesto. Ahora podremos comer jamón cada vez que queramos.

Ernesto. Este otro cuento, escrito a partir de notas manuscritas dejadas por Elvira, arranca el día del funeral de Nazario para luego hacer otro rizo hacia el pasado de la historia de Ernesto y de Tomasa.







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