Schwarz

Una historia de mi amiga Nicole tal como me la contó ella misma después de una noche de amor en la cabaña de Caburga.

Temuco, sábado 31 de agosto de 1968.

aneja

Nicole cerró la puerta satisfecha. Esa mañana había dejado que Guillermo Eaton saliera feliz de su casa llevándose, por añadidura, medio saco de espárragos y dos bolsas de alcachofas, pero no sin que antes le hubiera dejado la promesa que en la primavera asistiría al taller que por cuarta vez consecutiva ella estaba planificando para la vuelta de las vacaciones de invierno.

Ese año participaron seis chiquillos de Cuarto de Humanidades: tres mujeres y tres hombres. Después de pedirles que se sentaran en círculo sobre la alfombra mapuche de la sala de estar, Nicole les dio a cada uno un vaso de jugo de naranja, una manzana y un block de hojas cuadriculadas.

Guillermo había llevado copias mimeografiadas de fotos de los grafitis pintados por los estudiantes en las murallas de París y, luego de que hablaron por toda la primera hora y media sobre Vietnam y Checoeslovaquia, les pidió que eligieran una de las frases como punto de partida para una composición de una página y media que debían llevar terminada el sábado siguiente.

Ramiro eligió Prohibido prohibir.

A Marlene Herrera Berkoff,
maestra y amiga adorable.

Nicole era la hija de la puta. Así la llamaron todos después de que su madre —Anna Vogel fue su nombre— saliera a hurtadillas de Temuco la mañana del trece de agosto de 1951 y de que su padre —Alejo Gómez Cuadra— se encargara de alimentar sibilinamente los rumores que, en una contorsionada estrategia, socorrieron parcialmente su menguada hombría humillada. Fiebre uterina, sentenciaron los hombres al comentar los hechos entre puros, sandwiches de perniles de chancho, botellas de tinto y partidas de cacho, en el Club Social de Lautaro.

Con matices, la mayoría de las mujeres expresó una opinión similar; aunque hubo algunas que hablaron de la posibilidad de haberse hastiado Anna de los malos tratos y del temperamento explosivo por los que Alejo Gómez era justamente famoso. Leonor Blázquez hasta acarició la idea de que la causa habría sido simple aburrimiento, pero nunca se atrevió a compartir tan temeraria opinión con sus amigas.

Se habían casado hacía diez años, culminando un noviazgo de solo tres semanas después de que, al final de una larga partida de póquer, Alejo Gómez puso, contándolos uno a uno sobre la mesa, el alto de pagarés que Helmut Vogel —el padre de las cinco hermanas Vogel— había venido firmando en los últimos siete meses, esperanzado de que le tocara alguna vez la suerte que, a la postre, no le llegó nunca.

—Oiga, Gómez. ¿Y cómo quiere que arreglemos esto? Usted sabe que así, todo de golpe, yo no puedo pagarle.

—Bueno, don Helmut, usted sabe que yo todavía soy soltero. Ahí usted puede ayudarme.

—¿Y cómo quiere usted que yo lo ayude en eso, Gómez? No me llamo Celestino —le dijo Vogel, exagerando su risa falsa y tratando de hacerse el desentendido, aunque había adivinado en seguida para dónde apuntaba Alejo Gómez.

—Usted perdone, don Helmut, pero usted también sabe que yo desde hace tiempo que le he venido echando el ojo a su menorcita —le contestó Alejo Gómez, mordiendo con ganas su sandwich y echando después un eructo exageradamente ruidoso, sin hacer caso de la risa nerviosa de Vogel, sabiendo muy bien que lo tenía agarrado de los cojones.

—¿Y no cree usted, Gómez, que está un poco viejo para ella?

—Pero también soy rico; ella tendría su futuro asegurado de por vida y usted, don Helmut, no me debería una sola chaucha.

—¿Y de lo contrario?

—Ahí están los pagarés: son todos suyos, si usted los quiere. Me conformo con la mitad de sus animales y con la hijuela de Cunco —le contestó Alejo Gómez, dándole un último mordisco a los restos de pernil y limpiándose la grasa de la boca y de los dedos con la manga de su camisa a cuadros.

Helmut Vogel miró de soslayo hacia el cuarto de arriba donde hacía horas que ya dormía su mujer; después, frunciendo el ceño y empujando hacia adelante el labio inferior, le dio una inquisitiva y larga mirada a Alejo Gómez. No fue odio lo que sintió por él. Más bien fue una desapasionada admiración y camaradería. Entendió que los dos estaban cortados por la misma tijera y que él, en su lugar, estaría haciendo exactamente lo mismo. Aun así, se tomó su tiempo antes de contestar; se rascó el sobaco sudoroso, se olió los dedos húmedos restregándose la nariz, dio un respiro largo —más por ceremonia ritual y no porque todavía lo estuviera pensando— y apuró por fin el vino que le quedaba en su vaso grasiento. Después, llenó lentamente dos copas limpias con la botella de coñac viejo que sacó, fanfarrón y ostentoso, del aparador de caoba y, palmoteándole el hombro a Alejo Gómez, le dijo entre resignado y jovial:

—Me la cuida bien, Alejo; de las cinco que tengo, Anna es mi regalona.

—Hecho —le contestó Alejo Gómez, empujando los pagarés hacia el lado de Vogel y ofreciéndole uno de los dos Montecristos que sacó del bolsillo de su chaqueta para hacerle ver que, ahora que eran suegro y yerno, seguirían tan buenos vecinos como siempre.

Tres semanas más tarde, Helmut Vogel celebró el matrimonio de su hija y su renovada solvencia con un asado de cordero lechal al que solo invitaron a sus más cercanos e íntimos. Después de los postres de sandía con harina tostada, Alejo Gómez se caló sus espuelas, ayudó a la todavía perpleja Anna a subir a su caballo y partieron tintineando al trote hacia su propia hacienda al otro lado del bosque de encinas. Al pasar por un claro, Alejo Gómez detuvo a su bestia y desmontó; tomó a Anna por la cintura hasta acostarla de espaldas sobre la suave hierba verde, fragante y fresca; pero, sin perder el tiempo en delicadezas, ahí mismo la hizo suya. Después de acabar, se puso de pie satisfecho y, notando que a Anna le corrían las lágrimas, desplegó el mismo pañuelo rojo con el que habían bailado una cueca y le dijo:

—Toma, límpiate esa cara. Pareces una mocosa.

—Gracias.

—No me faltes nunca el respeto, obedéceme en todo y a ti nunca te faltará nada y podrás tener lo que quieras. ¿Entendiste?

—Sí, señor.

—No me llames más señor. Dime Alejo; ahora soy tu marido y tú eres mi mujer.

Nicole solo tenía nueve años a la partida de Anna y por ello sus recuerdos son confusos y contradictorios: exagera detalles y minimiza otros, ajustando la historia para darse ella más importancia de la que en realidad tiene. Lo cierto es que, si en algo la marcó la ausencia de su madre fue porque Alejo Gómez, sin saber qué otra cosa hacer con su única hija, la puso interna en la Deutsche Schule de Temuco.

Fue una decisión que no la hizo para nada feliz en ese momento, pero que probó ser una circunstancia afortunada cuando, quince años más tarde, se presentó al concurso abierto para reemplazar a Karin Menzel, la profesora de castellano quien, después de cuarenta y dos temporadas enseñando la misma lista de libros, acababa de jubilarse. Nicole obtuvo el cargo casi sin objeciones.

Siempre brillante, Nicole terminó el Sexto de Humanidades, todavía una virgen, dos días después de cumplir los dieciséis años. Para entonces, tenía ya muchas ganas de dejar Temuco —no le gustaba que aquí la llamaran la hija de la puta— y estuvo muy contenta luego que Alejo Gómez la matriculara en la Escuela de Leyes de la Universidad Católica de Santiago, sobre todo porque, combinando muy inteligentemente sus clases, al poco tiempo estaba en camino de abandonar la abogacía por completo, para licenciarse en Letras, que era lo que ella había deseado desde el principio.

Tres años más tarde, Nicole estaba a punto de graduarse cuando Alejo Gómez se quedó dormido mientras conducía su flamante camioneta Chevrolet del 61, accidentándose en la curva cerrada del camino poco antes de llegar a Lautaro, adonde iba una noche de mucha niebla después de celebrar su septuagésimo cumpleaños en un burdel de Curacautín. Sin alcanzar a ver la curva, Alejo Gómez siguió avanzando a cien kilómetros por hora, pasando milagrosamente entre dos anchos robles sin sufrir daño alguno, para terminar estrellándose veinte metros más adelante contra una solitaria vaca holandesa que rumiaba echada en medio del potrero.

La muerte de ambos fue instantánea.

Si una hace excepción de sus festivos calzones de seda roja y de fino encaje morado, Nicole asistió al funeral de su padre vestida del luto más riguroso tal como era la inquebrantable costumbre en esos días. Siguiendo la misma costumbre, Nicole vertió abundantes lágrimas durante la larga misa fúnebre. Le dio trabajo llorar y dejar de reírse, porque esa misma mañana el abogado de Alejo Gómez, don Teodoro Beltrán Poo, le había comunicado, circunspectamente y con mucha tristeza, tras haber perdido a tan buen cliente, que en menos de dos años pasaría ella a tener control absoluto de la respetable fortuna que le había dejado el difunto.

Después de una semana de duelo, Nicole regresó aliviada a su escuela en Santiago donde se graduó con honores y a la cabeza de su clase en menos de un año. Viajó a Europa donde conoció a varios parientes lejanos y, habiendo obtenido una beca generosa, estudió por dos semestres en la Universidad Libre de Berlín, adonde llegó justo a tiempo para participar en la reducida, pero bulliciosa, protesta estudiantil en contra de la visita del presidente Kennedy y de su política intervencionista en Cuba y en Vietnam.

El resto del tiempo, Nicole lo dedicó por partes iguales al estudio de los Märchen, los que la habían fascinado desde la primera vez que hojeó en la casa de su tía Marigen una version inexpurgada del libro de los hermanos Grimm ilustrada por un oscuro protegido de Gustavo Klimt, a emborracharse cada fin de semana hasta completar su catastro de la cerveza alemana, concluyendo que su favorita continuaba siendo la Pílsener, y a la exploración sin tapujos, cortapisas, inhibiciones, o barreras, de su sexualidad.

De vuelta en Chile, Nicole decidió que, a pesar de su chatura intrínsica y perenne, a ella le gustaba el clima lluvioso, húmedo, frío y gris, de Temuco. Regresó a la ciudad y pudo comprarle a muy buen precio a un inversionista viñamarino, aterrorizado por la reforma agraria anunciada en el recién inaugurado gobierno de Frei, una parcela de cuarenta y ocho hectáreas con suficiente espacio limpio para establecer una chacra cerca del camino y con abundante bosque nativo hacia los cerros para fácilmente imaginar que se estaba en medio del monte, ubicada cerca de Labranza.

Allí Nicole hizo construir una moderna casa al estilo A, aprendió a cultivar porotos, beterragas, alcachofas y espárragos —más por diversión que por real necesidad económica — complementando sus ingresos con la renta del mucho dinero que aún le quedaba en el banco y con las clases que empezó a dar en la Deutsche Schule. Parecía que Nicole había alcanzado una vida sin contratiempos, plácida y serena; aunque, claro, como sus Märchen, estaba también colmada de brujas, de ogros y de fantasmas.

Uno de esos fantasmas fue la mismísima Anna Vogel, la que se apareció una fría noche de luna llena tocando la aldaba de la puerta de entrada de su casa. Llevaba un abrigo y zapatos negros, un gorro de lana gris, una pequeña bolsa marinera de lona azul y un cesto de mimbre con un gato negro dentro.

—Es para ti; se llama Schwarz —le dijo a Nicole cuando ella le abrió la puerta.

—¿Y usted quién es? —le preguntó Nicole, después de coger con cariño a Schwarz y dejar que trepara hasta sus hombros a pesar que a cada paso le clavaba las garras.

—Yo soy Anna, tu madre.

Sin poder del todo reconocerla, Nicole la miró como si fuese un bicho raro; fascinante, pero repelente y misterioso. Dudó un segundo antes de franquearle la puerta.

—Pasa.

—Te ves bien.

—Pero tú pareces...

—Como si ya estuviera muerta.

Se quitó el gorro de lana y la bufanda ella misma y Nicole la ayudó a quitarse el abrigo. Todas sus ropas eran negras. Su chaleco suelto y su vestido túnica de cuello redondo acentuaban su delgadez esquelética. No había anillos en sus manos huesudas, pero del cuello le colgaba una gargantilla de perlas pequeñas que hacían juego con sus aretes. Su pelo muy corto era trigueño, como el de Nicole; pero sus ojos eran grises, más oscuros que los de ella. Se quedaron las dos de pie, mirándose en silencio.

—¿Se supone que ahora te abrace y te dé un beso?

—Solo si tienes ganas.

—Tengo más ganas de darte un puntapié en las canillas.

—No lo intentes, porque todavía puedo defenderme.

—Lo dudo, por tu cara pareciera que fueras a caerte al suelo de un momento al otro.

—Tengo más fuerzas de las que crees.

—¿Fue por eso que te fuiste?

—Entonces tenía menos.

Nicole cerró sus ojos por un segundo. Pudo oler de nuevo una infusión de tilo, sentir su vapor penetrante y la calidez del vaso de vidrio; vio a Anna de espaldas sobre la cómoda de su cuarto preparando una cucharada de algo que ella le rogaba lloriqueando que no se lo diese. Chasqueó la lengua, sintió el mismo sabor amargo de entonces en su boca y supo que ahora no era solo un recuerdo.

—Pasa; pasa de una vez y sentémonos.

Se sentaron. Nicole apoyó firme su espalda contra el respaldo de su poltrona, aumentando la distancia con esa mujer pálida, ojerosa y extraña, aparecida sin avisar en su casa. Anna se sentó con más cautela, ocupando solo el borde de su asiento, como si quisiese estar preparada para levantarse rápido, salir corriendo y escaparse, si hacía falta. Volvieron a escudriñarse, sin palabras, pulgada a pulgada: el pelo, la frente, las cejas, los ojos, la nariz, los labios, las manos. Nicole cogió el zippo y encendió con él un Lucky que sacó de la cajetilla que esa mañana Eaton había dejado olvidados sobre la mesilla.

—¿Te molesta?

—Es tu casa, haz lo que quieras.

—Perdóname, pero no te voy a ofrecer té.

—No hace falta.

Mientras Schwarz ronroneaba, restregándose contra sus pantorrillas y haciéndole cosquillas en sus pies desnudos de uñas rojas, Nicole le dio otra mirada a su madre; a su cuello de tortuga, a sus pechos planos, a sus labios secos y partidos, a su piel consumida, apergaminada, amarillenta, traslúcida; a las dobles ojeras grises que le hundían sus ojos opacos y vidriosos, mostrando un cansancio sin vuelta. Nicole le dio otra chupada larga a su Lucky y le dijo:

—Me acuerdo de los gritos; de los tuyos.

—Yo también. ¿De qué más te acuerdas?

—De los portazos.

—De esos hubo muchos. ¿Qué más?

No era para nada una voz dulce la de Anna; más bien era áspera y carrasposa. Sin poder evitarlo, Nicole recordó algo, dibujó en su cara algo parecido a una sonrisa y le dijo:

—En las noches me contabas cuentos.

—Tú no te cansabas nunca de “Hansel y Gretel”.

—Me gustaba la parte en la que Gretel empuja a la bruja y cierra la puerta del horno.

—Tú siempre me hacías repetir sus aullidos; te encantaban.

—Después Gretel saca a Hansel de la jaula colgada del techo y se escapan juntos.

—Pero tú me pedías que te contara otra vez la parte del hueso de pollo.

—Me gustaba cómo Gretel siempre engañaba a la bruja.

—Hansel era un tonto. Gretel era la inteligente; yo siempre te decía que tú eras como ella.

—Muy inteligente.

—Te eché de menos, Nicole. Siempre pensé que...

—Cállate, Anna. No me jodas; tú podrías haberme llevado contigo.

—Tu padre nos habría buscado.

—Nos hubiéramos ido lejos, adonde él ni nadie llegase.

—Más fácil decirlo que hacerlo.

—Pero no imposible. Me dejaste sola.

—Sabía que Alejo era un inútil como padre, que te pondría interna; lejos de él. Allí, tan mal no lo pasaste.

—Fácil para ti decirlo.

—Mi huida no fue un cuento de hadas, Nicole.

—¿Tuviste miedo que yo fuera un estorbo?

—Una carga.

—¿Eso era yo para ti?

—Podías serlo y yo estaba sola.

—¿Y tu lacho? ¿Tu amante? ¿No se fue contigo acaso?

—Nicole, yo nunca tuve un amante; no había ningún lacho.

—¿No?

—No.

—¿Me vas a decir que por todo ese tiempo tu marido me llamó la hija de la puta de balde?

—Mujer, puta o virgen. ¿Tú preferirías que yo hubiese sido una puta, Nicole?

—¿Por qué no? Siempre te imaginé perfumada, voluptuosa, de labios rojos, llevando vestidos escotados, vaporosos, sensuales.

—Y soy un esqueleto de vestido negro que huele a vaselina y a remedios. ¡Qué pena desilusionarte!

—Para tu marido tú siempre eras simplemente la puta.

—¿Y qué querías? A tu padre le importaban mucho más sus yeguas. Para él, nosotras no teníamos nombre.

—Yo me había casi olvidado del tuyo hasta esta noche.

—Eso a él le hacía todo más fácil.

—¿Y a ti?

—Para mí nada me fue fácil, Nicole.

—¿Nada? ¿Ni siquiera irte?

—Estaba harta de que me rompiera las costillas.

—No esperes que te tenga lástima, Anna.

—Lo que menos busco es que me tengas lástima.

—¿Y qué haces, entonces, apareciéndote en mi casa?

—Ya te lo dije: Schwarz. Te traje a Schwarz.

—¿Schwarz? Tú estás loca.

—Quiero que te quedes con Schwarz.

Nicole cogió a Schwarz y lo dejó trepar de nuevo hasta sus hombros.

—Bueno, ya tengo a Schwarz.

—Además quería verte.

—¿Antes de morirte?

—Sí.

—¿Cuánto tiempo te queda?

Anna miró a Nicole escrudiñando sus ojos, tratando de recordar su mirada de niña, tratando de descifrar sus gestos, el tono de su voz, de calibrar la cuantía de su odio. Se escogió de hombros antes de contestarle:

—No estoy segura; les he preguntado, pero no me lo dicen. No mucho; no mucho tiempo.

Todavía sosteniendo a Schwarz, Nicole estiró su brazo hasta casi tocar los dedos que Anna mantenía encogidos sobre sus rodillas y muslos de garza.

—¿Sufres? ¿Tienes dolor?

Anna cogió rápido la mano extendida de Nicole, apretándola firme contra su regazo.

—Tengo amigos que me ayudan.

Moviendo parsimoniosamente su cola, Schwarz bajó entonces por el puente formado por los dos brazos y fue a posarse sobre la alfombra, cubriendo los pies de Nicole y los zapatos de Anna.

—Tu mano está helada. ¿No tienes frío?

—No.

—Puedo encender la estufa, si quieres.

—No hace falta.

—¿No quieres té?

—Quédate quieta; no disturbes a Schwarz.

—Si lo mimas tanto, se convertirá en el rey de la casa.

—Es un gato; será el rey mientras quiera vivir contigo.

—¿Y después?

—Después se irá adonde él quiera, como todos los gatos.

—¿Y tú? ¿Adónde te fuiste tú?

—Lejos. Adivina.

—A la China.

—Frío. Más lejos.

—Nepal.

—Más lejos; adivina.

—Madagascar.

—Tibio. Estás acercándote.

—La India.

—No tanto; adivina.

—Me rindo.

—¿Tan pronto?

—Me cansé de jugar; te digo que me rindo.

—Estuve catorce años en Namibia.

—¿En Namibia? ¿Y qué hiciste tú en Namibia?

—Muchas cosas; la mayoría del tiempo fui profesora en la Deutsche Schule.

—Como yo aquí.

—Lo llevamos en la sangre.

—¿En la sangre? Espero que no.

—Tienes razón. Ojalá que no.

—¿Crees que nos parecemos tú y yo?

—Un poco; tu nariz es más delgada que la mía.

—Yo también te eché de menos.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

—Me lo imagino.

Nicole imaginó entonces un torrente de preguntas que hacerle, desechándolas todas, una a una, por estúpidas, por inútiles o por ser un rosario de pajas metafísicas que no las llevarían a ninguna parte, salvo a enredarse en una viciosa charla eterna revolviéndose sobre sí mismas como las lombrices con las que solía jugar de niña, martirizándolas en el patio, mientras pensaba en su madre y en Alejo Gómez.

—¿Cuándo empezó él a pegarte?

—Tu padre era de los que creía que todos debían obedecerle siempre sin chistar.

—Eso no tienes que recordármelo tú a mí.

—No; por supuesto que no.

—¿Fue por eso que te pegaba a ti?

—Y por sus celos.

—¿Fundados?

—¿Haría una diferencia eso para ti?

—No.

—Entonces, cállate.

—No era solo él el que te llamaba puta.

—¿Y cómo te llaman a ti estos dias, Nicole?

—A los que no me gusta cómo me llaman, no tengo que escucharlos.

—Vaya suerte la que tienes.

—Sí.

—Y eres inteligente.

—Brillante, decían mis profesores en la Católica.

—Y astuta. ¿Qué haces, entonces, en este pueblo de mierda?

—Soy floja; aquí vivo cómoda.

—Bien cómoda.

—Además sé que los jode tener que verme todos los días.

—Y les das de puntapiés con tus talleres.

—Uno al año, en la primavera. No quiero atosigarlos, pero tampoco quiero que se olviden de mí.

—No se van nunca a olvidar de ti.

Se quedaron en silencio de nuevo mientras Anna le miraba la cara frunciendo el entrecejo.

—¿Qué me miras?

—Tienes una brizna de tabaco cerca de la boca.

Nicole se llevó la mano a la cara señalando el medio de sus labios.

—¿Dónde? ¿Aquí?

—No, más al lado; en la comisura.

—¿Aquí?

Con sus dedos como pinzas, Anna tocó los labios de Nicole.

—Aquí.

—¿Salió?

—Casi.

Anna rozó los labios de Nicole, deslizando suavemente sus dedos hacia sus mejillas. Nicole se estremeció.

—No hagas eso; no me toques así la cara.

—¿Por qué no?

—Porque me gusta y no quiero acostumbrarme.

—No habrá tiempo para que te acostumbres.

—¿Qué quieres de mí, Anna?

—Ya te lo dije. Quería verte y quiero que te quedes con Schwarz.

—¿Qué más?

—Quiero pasar la noche aquí.

—¿Conmigo?

—En tu casa.

—¿Te quedarás mucho tiempo?

—Cuando te levantes mañana yo ya me habré ido.

El cuarto era pequeño. Anna recordó con una resignada dulzura agria su casa de Lautaro cuando reconoció los doce girasoles amarillos del cuadro de Van Gogh, colgando ahora de la pared al lado de la silla de mimbre. Ya era la madrugada cuando dejaron de hablar; estaba cansada y supo que eso le facilitaría dormirse. Se quitó la ropa, doblándola con cuidado antes de meterla en la bolsa de lona que dejó en el suelo junto al papelero.

Se puso su camisón de franela azul marino y, sentada frente al escritorio, escribió tres o cuatro páginas en su diario; lo hizo lentamente, meditando cada palabra: Abkehr, Verwaisung, Hilflosigkeit und Dunst. Schande, Gräuel, Furcht...

Le gustó poder hacerlo en esa lengua de su propia madre, como si así ella le dejara un regalo preciado a su hija. Al terminar, lo cerró dejándolo a la vista, detrás de las otras cosas que sacó metodicamente de su bolso viejo y viajado.

Se puso de pie, se acercó a la ventana y descorrió las cortinas de brocato celeste. Hacía tiempo que no estaba en Temuco, pero recordaba esas noches de niebla y de escarcha. Usó la cortina de tul para aclarar los cristales empañados y se quedó mirando a la luna redonda y blanca. Abrió de par en par la ventana y sintió la humedad fría del viento en su cara y en sus hombros; respiró profundo, con un dejo de agrado. Oteó el horizonte más allá de los eucaliptos y calculó satisfecha que faltaban más de dos horas para que apareciera el sol detrás del Conún Huenu al otro lado del Cautín escuálido y drenado.

De vuelta al escritorio, se sentó y tosió dos veces sin molestarse esta vez en echarle un vistazo a su desgarro; sintió el mismo asco de siempre al tragarlo; eso no se le pasaba. Con sus manos estrechadas sobre el regazo, se quedó quieta, pensando por todo un largo minuto, frotándose con suavidad, uno con el otro, sus pulgares; decidiéndose. Después, destornilló su petaca de plata y vertió una porción generosa en ese vaso pequeño, redondeado y amable; recuerdo de ya no sabía de dónde, pero que le cabía perfectamente en el hueco azulado de su palma. Lo dejó calentarse mientras se daba cuenta que había echado de menos el graznar de los queltehues mañaneros y el olor picante del carbón de piedra. Bebió su ron chasqueando los labios con gusto, gozando el sabor a azúcar quemada, soportando con un quejido ahogado el ardor que sintió en su estómago herido y vacío.

La jeringa, la petaca, el agua, el frasco de valium, el Chanel.

Se puso dos gotas de Chanel detrás de las orejas; tres en las muñecas, frotándoselas con suavidad y ternura. Vertió las tabletas azules sobre el escritorio y las contó apartándolas una por una con su índice derecho: veintisiete, ahorradas día a día, con paciencia y premeditación. Le dio trabajo y tedio tragarlas despacio; las últimas se le atascaban en la garganta reseca a pesar del agua fresca. Vertió una segunda ración generosa de ron en su vaso pequeño para terminar de bajarlas y de emborracharse. Agitó la petaca hasta que cayó la última gota dorada y ardiente.

Bebió otra vez; sintió náuseas. Un poco por el dolor; pero también por el frío y por el miedo.

Ahora la jeringa. El aguijón del pinchazo en su antebrazo fue dulce; ya era una experta. Pensó que debería haberle dado un beso y un abrazo a Braulio, agradecerle más efusivamente su regalo. No; no importaba, se desdijo ella misma. Braulio, como Rodrigo, era uno de esos amigos silenciosos que no te dicen nada, que ni te juzgan ni te alaban, pero que están ahí siempre como una sombra compañera.

Tiritó de frío al quitarse el camisón de franela y tenderse desnuda sobre la cama, abriendo las piernas y cubriéndose, por pudor, el sexo con la sábana. Comenzaba a sentir una renovada tranquilidad y calma; nostalgia por su cuerpo joven y terso, mientras pasaba lentamente sus dedos sobre las pretuberancias adoloridas de sus huesos puntiagudos, sobre las heridas de sus caderas y de sus omóplatos. Consideró ponerse algo de vaselina, pero desechó la idea por inútil y desagradable. Perfume. Más perfume, eso sí. Curioso que Nicole le hubiera dicho que la imaginaba voluptuosa y perfumada. Perfume; lo pensó, pero no lo hizo; se distrajo.

El viento helado flameaba ahora con fuerza las cortinas de tul.

Le pareció recordar una imagen lejana, de cuando era una niña, pero no pudo ubicarla, si acaso había habido, en verdad, alguna. Quizás todo era mera alucinación de la morfina. Quizás había sido una película. Sí, una película. Una película en blanco y negro que vio con Carolina hacía tanto, tanto tiempo, donde había la cortina de tul de una ventana abierta al bosque de hayas y de encinas flameando al aire fresco; un florero con una orquídea sobre un escritorio y alguien, una mujer de pelo cano, sedoso y largo, de pies desnudos y alargados como los de ella, escribiéndole una carta a su amada.

Ella no le había escrito ninguna a la suya; sabía que no hacía falta.

Pensó en Nicole.

Le corrieron lágrimas por sus pálidas y secas mejillas de tortuga vieja, pero era el viento helado; no ya la tristeza, no ya la culpa ni la vergüenza, no ya el miedo. Cerró los ojos un segundo y volvió a abrirlos. Quiso concentrarse en los girasoles marchitos del cuadro de Van Gogh, pero la niebla temucana que iba entrando en el cuarto ya borraba los contornos, difuminaba los colores, nublaba las líneas.

Después del funeral de Anna, Schwarz acompañó a Nicole por poco más de un año. Sin embargo, cuando regresó a casa una tarde de abril, Schwarz no estaba. Ya hacía tiempo que se había acostumbrado a su ausencia cuando casi dos años más tarde —la noche del diecisiete de diciembre de 1969— Nicole despertó con el silbato del tren de carga nocturno. Era algo muy extraño; Temuco era entonces una ciudad de trenes y su paso debía velar y proteger nuestro sueño, no interrumpirlo. Nicole intentó dormirse de nuevo, pero se despertó a los pocos minutos dándose esta vez cuenta que no se trataba del silbato del maquinista Antón Laforet, sino de un maullido. Se levantó, fue hasta la puerta y la abrió con sigilo y precaución. Contorneándose y entrando como Pedro por su casa pasó entre sus piernas un gato negro.

—¿Eres Schwarz?

El gato no respondió. Simplemente siguió su camino hasta el cuarto de Nicole, trepó hasta la cabecera de la cama y se echó encima de la almohada. Nicole se acercó al gato y lo olió. Olía a Chanel.

—¿Schwarz?

El gato se limitó a dar un gran bostezo, antes de estirarse y cerrar sus desdeñosos ojos grises de nuevo. Nicole insistió:

—¿Schwarz?

Todavía no recibió ninguna respuesta. Nicole se metió entonces en su cama, compartiendo la almohada con su visitante nocturno. Ambos se olisquearon con desgano, pero solo el gato ronroneó.

—¿Sabes? No creo que seas Schwarz. Creo que eres un impostor. Pero puedes quedarte a vivir aquí conmigo, si quieres.

© 2014 - 2020, Román Soto Feliú.
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