Monche

Bartók, Cuarteto para cuerdas número dos.
Allegro molto capriccioso.

Temuco, miércoles 17 de diciembre de 1969.

aneja

...en ese tiempo en Temuco los silbatos de los trenes velaban nuestros sueños.

Voy corriendo despavorida por el bosque del cerro. Sé que él me persigue; escucho sus gritos que me llaman. Llego jadeante a la orilla del Arroyo de los Patos. Me detengo, respiro; respiro de nuevo. Me falta el aire. Miro hacia atrás; solo hay sombras. Sombras que se mueven entre la niebla fría de la mañana, entre la hierba mojada, entre los árboles secos, entre las lianas negras colgando, entre los matorrales espinosos. Tengo miedo. Dios, tengo tanto miedo. No lo veo, pero sé que está ahí cerca, acechándome. Cruzo el arroyo saltando sobre las rocas blancas. Corro otra vez; me duelen las heridas de mis pies descalzos y llenos de barro. Tropiezo. Caigo de rodillas contra los vidrios rotos de botellas de vodka abandonadas entre la doble fila de muros de hierro negro y orinado. Siento mi sudor ácido entumeciendo mi espalda; el calor picante entre mis muslos desnudos; mi garganta adolorida llena de hojas secas. Quiero escupir, pero no puedo: me falta el agua, me falta la saliva, el aire, el aliento. Se me pega el camisón a mi cuerpo empapado. Siento su aliento de borracho sobre mi cuello, sobre mi pelo enmarañado; el asco profundo en mi estómago; el vómito amargo en mi lengua; el musgo pegajoso y frío en mis manos azulinas; me sacudo convulsionada con mil arcadas asmáticas. Grito. Grito. Grito otra vez, pero la voz no me sale. Sudorosa, abro los ojos. La luz de la tarde inunda la ventana de vitrales rojos multiplicándose como estrellas encendidas sobre el enorme espejo frente a la tina de baño de la casa de Labarca. Descanso feliz, sumergida hasta los labios en el agua todavía cálida y perfumada. Me sorprende la calma; el placer de mis dedos enredados en mi pecho, el aroma dulce del incienso, la suavidad de mis piernas cubiertas de espuma fragante. Todavía llevo puesta la blusa anaranjada y la falda verde con las que vine hasta su casa. Me incorporo y lentamente salgo de la tina chorreando el agua vegetal sobre la gruesa alfombra blanca que cubre todo el suelo del cuarto de baño; dejo marcadas en ella las huellas de mis pies; mis ropas mojadas huelen a eucaliptos, a lavanda, a flores secas. La copa de cristal opaco en la que bebí el té anaranjado que me dio la primera vez que vine a su casa está vacía, volcada sobre la mesilla de madera labrada junto a dos de los botones azules de mi blusa con hebras de hilo negro todavía saliendo de sus agujeros. Me veo en el espejo empotrado en la pared y a través de la trama de seda apegada a mi cuerpo puedo ver la sombra de los moretones sobre mis hombros, sobre mi costado izquierdo. Me quito la blusa mojada y despliego la bata azul marino doblada delicadamente sobre la silla de mimbre verde. Me la pongo; es suave, mullida y huele a la colonia de Labarca. Alguien golpea la puerta. Creo que es él, sonrío y aliso mi pelo antes de abrirla; pero no es Labarca: es Amparo que me alcanza la caratula verde con el dibujo en el que voy con mi pelo flameando al viento volando sobre una alfombra mágica. “¿Cómo es que has vuelto?” —le pregunto. “Chsss” —me contesta ella, con el dedo índice cruzado sobre sus labios. Me acerco a mi hermana muerta queriendo acariciar sus huesudas mejillas pálidas, pero antes de que mis dedos lleguen a tocar su piel apergaminada veo con horror sus cuencas vacías como cavernas desde las que les cae un par de lágrimas gruesas. Salgo corriendo, entro hacia ese pasillo oscuro, Labarca me coge entre sus brazos apretándome contra su pecho y sus piernas duras. Estoy tendida de nuevo sobre el piso de madera de su cuarto. Sus labios besan mi oreja, mi hombro, mi cuello. Quiero sonreír divertida mientras su mano torpe se esfuerza por desabotonar mi blusa de gitana. Arroja lejos los botones azules que se le han quedado colgando entre sus dedos. Me muerdo los labios cuando me quita a tirones la falda; sangro, sudo, me duelen los pechos cuando posa su cuerpo desnudo sobre el mío. “Tengo miedo” —le digo. “Que las abras, te dije” —me grita, empujando con sus manos mis rodillas un segundo antes de sentir yo ese horrible ardor en mi vientre. Me encojo llorando antes de encender la luz del velador de mi cuarto. Me ha despertado el graznar de la lechuza saliendo aleteando de su nido al pie del manzano al fondo del patio. Amparo ha puesto sobre mi almohada otro de sus dibujos disparatados: reconozco en la mujer delgada con alas de libélula la blusa anaranjada que llevaré yo años más tarde. Ahogo un suspiro amargo. Ahora sé que yo ya he soñado antes este sueño. Soy todavía una niña vestida en mi camisón de franela escosesa y me veo de nuevo esa noche sepultada en mi memoria. Esa noche clara de luna llena, esa noche en la que los gritos de Amparo y de mi padre forcejeando invaden mi cuarto. Sé que ya viene ese estruendo espantoso, ese horrible olor a pólvora, esos terribles aullidos enloquecidos de mi madre. Cuatro silbatos agudos de un tren de carga. Quiero despertar, pero no puedo. Me sofoco. Cierro los ojos; me cubro los oídos con las manos; veo a Labarca que viene caminando por el bandejón de Prieto silbando descalzo con las manos en los bolsillos de sus pantalones negros. Cierro los ojos con fuerza y espero, espero y espero. Llega el estruendo, Amparo grita y yo corro hacia ella, pero Aníbal me corta el paso mientras mi padre cubre con una sábana su cuerpo tendido en medio del cuarto.



© 2014 - 2020, Román Soto Feliú.
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