Tomasa

Viviana recuerda el pasado la tarde de la muerte de Tomasa.

Temuco, lunes 28 de febrero de 1994.

aneja

Como Evaristo, aquel otro paisano riojano suyo, Tomasa vivió siempre y de diferentes maneras, en dos o más mundos, sin nunca llegar a pertenecer completamente a ninguno.

Monche la llamaba la vieja bruja y también yo por mucho tiempo la odié con toda mi alma, deseándole todas las penas del infierno cada vez que pensaba en ella. No solamente las monjas le habían dejado claro a Mercedes que “no era para nada apropiado ni para nadie conveniente” que su hija —apenas se atrevían ellas a nombrarla— volviera al colegio ese año, sino que Tomasa, una vez que con su mano de hierro tomó control de todo, ni siquiera permitía que nos viéramos después de clases. ¡Pobre Monche! Y pobre de mí, también. Recuerdo lo sola que estuve todo ese año, esperando ansiosa durante toda la semana la misa del domingo a la que Monche y yo asistíamos religiosamente, no porque sufriéramos un súbito ataque de devoción, sino porque era una de las pocas oportunidades seguras que teníamos de sentarnos muy cerca, casi dejando que nuestras rodillas se tocasen, cuchichear por lo bajo sin prestar ninguna atención a los rezos, intercambiando larguísimas cartas en las que detallábamos nuestras cuitas y penas. Allí, al menos, Tomasa nos dejaba hacer tranquilas, sin duda sospechando la verdad, pero permitiéndonos a regañadientes ese respiro que en el fondo ella, conocedora también de censuras y de encuentros furtivos, bien sabía lo mucho que lo necesitábamos.

Tomasa fue una de las primeras viejas que comencé a fotografiar después que cansada del desfile interminable de parejas endomingadas y de niñitos y niñitas en traje de primera comunión, decidí convertir el oficio que con tanto desvelo había aprendido no solo en el medio de ganar mi sustento diario, sino también en una forma de explorar el mundo y llegar a conocer más a las mujeres que aceptaban desnudar su espíritu —ya que no siempre su cuerpo— frente a mi lente. Superadas sus primeras resistencias, pronto descubrí en Tomasa una evidente y coqueta vanidad al convertirse en mi modelo y una profunda satisfacción al comprobar que su retrato se convertía en el desafiante objeto de admiración y asombro de un buen número de los visitantes de lo que fue mi primera exposición.

Alta, erguida, huesuda y enjuta, con un pelo cano y sedoso que le llegaba a los hombros, ojos oscuros penetrantes, cejas pobladas, nariz puntiaguda, de una tez aceitunada muy clara, labios carnosos apenas entreabiertos y manos largas y afiladas, a los setenta y cuatro años Tomasa se me antojaba una mujer de extraordinaria belleza. Asentada para siempre en Temuco, nunca en su vida regresó a Anguiano, ni siquiera después de la muerte de Franco.

La visité a menudo en el hogar de las monjas de la Avenida Holandesa donde murió hoy cerca de veinte años más tarde, mascullando a ratos, no tanto el nombre de su amiga Mercedes, como el de Ernesto Codulá, el catalán del Mercado. Aunque jamás se despojó de su dureza implacable, poco a poco fue abriéndose conmigo y, hacia el final, creo que pudo ver en mí, si no una amiga, al menos una confidente. Esta tarde, después de una larga caminata por la orilla del lago, cumplí a medias uno de sus dos encargos —aunque cumpliré otras de mis promesas, no tuve el corazón de destruir todos sus papeles— y quién sabe cuántas otras historias se fueron con ella.

A muchos les encanta su retrato sosteniendo juguetonamente un gran paraguas rojo que incluí en mi libro de viejas. Mi favorito, sin embargo, es este otro que hicimos en su casa pocas semanas antes de que se mudara al hogar de ancianos. Trabajamos un buen par de horas para captar toda la riqueza mañanera de la luz del este la que, ligeramente filtrada por las cortinas de encaje blanco, entraba a raudales por las ventanas. Tomasa ya se había acostumbrado a mi presencia e intrusiones y seguía, las más de las veces divertida, mis sugerencias y órdenes. Moví su sofá de dos asientos —del tipo que los ingleses tan acertadamente llaman del amor— hasta dejarlo frente al espejo empotrado en la pared, le pedí a ella que se sentara a la derecha, que mirara hacia la luz de la ventana situada al lado izquierdo y que extendiera su brazo sobre el respaldo, de manera que constituyera la mayor parte del borde inferior del encuadre. En lugar de fotografiarla de frente, puse la cámara detrás del sofá de manera que en el primer plano solo su espalda, su cabeza y su brazo extendido fueran visibles desde mi ángulo. Abrí el diafragma un par de puntos desenfocando la imagen invertida de la composición reflejada en el espejo y así, aunque siempre visible, su torso solo es evidente después de una segunda y aun una tercera mirada. Hacía calor y ella llevaba puesta una blusa negra. Me armé de valor y le pedí que se la quitara. “¿Quieres que me quite el sujetador también?” —me preguntó. “Sí, también el sostén” —le dije. De vuelta a mi cámara, e insatisfecha aún con la composición, le pedí que alzara un poco más la cabeza hacia la luz y que trajera a su mente cualquier recuerdo alegre o triste. “Ernesto” —dijo ella el momento antes de que yo presionara el obturador.

“¿Te puedes imaginar a una mujer, ya solterona, tomándose un café con leche a media mañana en compañía de un hombre casado, en la confitería más concurrida de este pueblo lleno de mojigatas y de mojigatos?” —me preguntó sin ocultar su desafiante orgullo todavía vivo treinta años más tarde. “Pues así era el desvarío y, mientras duró, fue una locura de la que no me arrepiento” —me dijo.

Mercedes los había presentado varios años antes el día que la llevó a conocer por primera vez el Mercado y desde entonces, por eso de la leche, de un poco de queso, de una media docena de huevos o de un tanto de jamón, se habían visto casi a diario, intercambiando cuentos, recuerdos viejos, chistes y chascarros nuevos.

Circulando cumpleaños tras cumpleaños a través del mismo grupo de amigos, ya habían pasado por todas esas tonterías de rozarse los dedos al alcanzarse el salero, quedarse con las manos cogidas cuando ya se ha acabado el baile o la insistencia de un piropo zalamero. Pero al final, todo quedó en nada y, la verdad sea dicha, siempre fue muy poco.

La locura de la que me habló Tomasa había comenzado la semana antes de la visita a la cafetería con el no tan breve beso con el que habían rematado un pasodoble en la fiesta del santo de Regina la noche después del triunfo de Frei, haciendo que Eulalia abriera muy grandes los ojos y se apresurara a golpear las palmas llamando a servirse los postres, en un vano intento para que todo quedara rápidamente olvidado en el fragor de la fiesta y que nada pasara a mayores.

Días después, sin embargo, con el pretexto de visitar las ramadas del Dieciocho, Ernesto se puso uno de sus mejores trajes domingueros y, no sin antes haber apurado un coñac en la cantina del Centro, llegó poco después del mediodía a la casa de Tomasa, la que sin inmutarse lo recibió sin ningún aspaviento, haciéndolo pasar hasta su cuarto apenas Ernesto se sacó el sombrero después de cerrar la puerta.

—¿Cómo es que te has tardado tanto? —le dijo, sin precisar, si hablaba de horas, de días o de años.

Fue un desvarío dichoso, lleno de risas y de rabias, de ardientes tardes breves y de solitarias noches largas, cuyo recuerdo todavía dibujaba leves sonrisas en el rostro lleno de arrugas de Tomasa.

Sin embargo, pronto dejaron de verse cuando se dio definitivamente cuenta ella que Ernesto jamás podría decidirse.

—Hay que darle tiempo al tiempo —le decía él.

—No me jodas, Ernesto. Si no te atreves, no te atreves; pero no me jodas —le respondió una tarde ella.

—Adiós, Tomasa.

—Vete; vete, Ernesto.

VAK

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