Víctor

Una carta entre los papeles de Mercedes dejados en la casa de Tomasa.

Valparaíso, 15 de diciembre de 1952

Mi querida Mercedes,

Apenas te has ido y ya siento el terrible vacío que me agobiaría sin medida, si no fuera por el maravilloso recuerdo de tu visita. Desde que te dejé anoche en la estación he recorrido cien veces con mis pies y en mi mente todos esos pasos que dimos juntos. Volví a la fuente de la plaza y reiteré el deseo que el sábado hicimos en silencio, pero que ahora te lo repito a ti, de nuevo.

Mercedes, te lo he dicho muchas veces: yo a ti te quiero. Y sé que tú me quieres también a mí. Nos hemos dado infinidad de pruebas de nuestro cariño. Dame una más y acepta mi ofrecimiento. Yo te prometo que aprenderé a ser el padre que ni Aníbal ni Amparo ahora tienen. Y entre tú y yo, aunque las leyes digan otra cosa, seré siempre tu esposo y compañero. Mercedes, no debe ser una pura casualidad que el destino haya querido reencontrarnos después de tantos años, viajes y exilios. No seamos ciegos a esta oportunidad que la vida, siempre dura e impredecible, nos ofrece. ¿Cómo podríamos tú y yo despreciar tan magnífico regalo?

Me has dicho que tenías que pensarlo y eso lo acepto. Nada más lejos de mis intenciones está el forzarte a una decisión apresurada. La mía no lo ha sido. Pero mi corazón y mi mente, ambos, saben que jamás ha habido otra mujer a la que querido y jamás querré a nadie, si no a ti. Tantos años pasaron sin verte, tantos años han pasado desde ese primer beso en Madrid hasta ese beso largo que nos dimos esta semana en la playa de Cartagena, y nada ha cambiado: tu risa es la misma y mi corazón sigue contigo.

Escríbeme pronto, Mercedes.

Aceptemos juntos este regalo que la vida nos ha dado.

Víctor

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