La palabra y tú, húmedas de mí.

Cristina Peri Rossi

Evohé

Viviana

Sola en su cabaña, Viviana piensa y escribe en páginas de papel tela de cebolla.

Caburga, entre 1975, poco después de
la partida de Monche al exilio, y 1986,
a su regreso al funeral de Mercedes.

aneja

Lagos

Lenz

Letelier

Lillo

Lobos

Lorca

Lunt

MacKay

Maggio

Mahon

Manantial

Martín

Martínez

Menanteau...

Santiago, jueves 11 de marzo de 1971.

Junto a todo lo demás, con las sopas de arvejas, de setas y de espinacas, que lentamente reemplazaban a las de ajo, a Monche Santiago se le llenaba de esencias y de texturas desconocidas, cautivantes y nuevas.

En más de una manera,
este es de Rodrigo Erazo, amigo.

Esta noche desvarío; cansada, borracha, volada. Esta noche leo y rebusco claves entre tus cuadernos de hojas cuadriculadas llenos con tus recetas de cocina: dos rebanadas de pan duro, cuatro ajos, un huevo, agua hirviendo; de los párrafos sobre precios, salarios y ganancias que sacabas de la Grundrisse copiándolos íntegros con tu letra menuda y puntiaguda, subrayando los montones de palabras nuevas que todavía no entendías; de los versos de los besos de tu boca y de ciervos vulnerados asomándote —como ellos— al otero cercano al Bierstube donde compartías tus notas con Rodrigo y con Eyleen; de los bosquejos de las cartas incendiarias que nunca enviaste a tu madre; de las listas de las partes de los mesenterios y de los epiplones abdominales con los dibujos y diagramas que copiabas del Testut; de las ideas para los cuentos que les contabas a los hijos de tu prima Teresa; de las frases sueltas que se te ocurrían en la micro: todo en la vida es una gran casualidad, un choque de electrones al azar. Conocí a Eyleen simplemente porque su apellido es Lunt y el mío Martín: así quedamos juntas en el mismo grupo en Anatomía y en Biología Celular.

Monche, petulante, embriagada con tus teorías para ti nuevas.

Viviana. Notas en Papel Cebolla i

Monche.

Monche me dejó todos sus cuadernos antes de irse a Madrid. Monche se hubiera exiliado en Italia o en Suecia, pero Rodrigo Llagostera la convenció que las cosas estaban cambiando en España y que cambiarían aun más una vez que muriera Franco para lo cual, ya se sabía, faltaba poco. Tuvo razón en eso del cambio; pero se equivocó medio a medio con la recomendación que le dio para Xavier Castelló con el que, después de trabajar con él en dos campañas en favor del renaciente PSOE, Monche terminó casándose, armando una relación con hijos, alquileres y cuentas, que terminó a bofetadas menos de cuatro años más tarde.

Viviana. Notas en Papel Cebolla ii

Viviana.

Esta noche desvarío y escribo, ahogándome en una abyecta lástima por mí misma. Córtala, Viviana, córtala. Tómate otro trago, fúmate otro pito, tócate el culo, si quieres; pero córtala.

Viviana. Notas en Papel Cebolla iii

Monche.

Monche se fue a estudiar Medicina a la Chile solo por el montón de puntos que sacó en la Prueba, pero sé que nunca fue feliz en esa escuela y está mucho más contenta ahora, ayudando a proteger a lobos, a osos y a rebecos, en la Cordillera Cantábrica que lo que nunca hubiera estado trabajando todos los días en un consultorio. Aun así Monche disfrutaba Santiago y se desvivía entre el descubrimiento de esa ciudad para ella deslumbrante, las exigencias apabullantes de sus estudios (con mucha más química y matemáticas de lo que nunca hubiera deseado) y un Chilito que entonces aún cambiaba desaforado, tenso, contradictorio, eufórico y feliz, a más de cien kilómetros por hora.

Viviana. Notas en Papel Cebolla iv

Eyleen.

Eyleen hermosa. Eyleen Lunt fue la mejor amiga que Monche tuvo en Santiago. Eyleen llevó a Monche al restaurante de la calle Huérfanos donde por primera vez en su vida probó una pizza; le mostró dónde podía comprar ropa bonita barata; la invitó a una función de teatro del ICTUS; la llevaba a comer sopas de arvejas, de lentejas o de tomates, a su casa en Avenida Grecia, y casi todos los días estudiaban juntas en el cuarto minúsculo que Monche ocupaba en el altillo de la tienda de géneros que su tía Pilar y su tío Alberto tenían en la calle San Diego.

Viviana. Notas en Papel Cebolla v

Viviana.

Esta noche releo tus cartas, tus notas, tus listas de palabras. Nos vimos tan poco esos tres años y después fue aun menos.

Viviana. Notas en Papel Cebolla vi

Aníbal.

Vi a áníbal. Compramos dos melones en Pucón mientras la tía Engracia se despedía disimulada a lo lejos y nos venimos. Aníbal se quedó aquí una noche conmigo. Me hablaba de mazapanes y de turrones, haciéndose el valiente, disimulando su espanto y su miedo, sin contarme las cosas ocultas que yo no debía ni quería saber. Hubiera deseado saberlas; le hubiera dicho que se quedara aquí, rogado, insistido. Pero debía ir, me dijo.

Viviana. Notas en Papel Cebolla vii

Eyleen.

Yo quisiera escribir sobre esas otras noches, esas noches cuando todavía todo se soñaba posible. Esas noches en las que acompañabas a Eyleen a hacer guardias sobre los tejados del canal 9. Esas noches de octubre en las que los momios amenazaban con tomarse las escuelas y las radios. Había que defenderlas decía afanosa Eyleen; protegerlas con los pies y con las manos; jugando a la guerra con palos de coligües, consignas, banderas y luces de colores.

Viviana. Notas en Papel Cebolla viii

 

Rodrigo.

Pero eso fue antes, antes de todo. En esos tejados, entre canciones viejas, abrazados para protejerse de la lluvia y del frío, Monche conoció a Rodrigo Llagostera; alumbra lumbre de alumbre bajo los pies del San Cristobal decía riéndose Llagostera imitando a ese otro Rodrigo, amigo, lector empedernido, encendiendo los focos, fabricando siluetas con sus manos de filósofo escéptico, ajeno a teorías recalentadas, pesimista profundo, obstinado solo por las ganas impertérritas de serlo. Él que ya venía de vuelta de tantas otras vueltas.

—Tú vienes todas las noches, pero no nos crees —le dijo intrigada Eyleen.

—No, no mucho.

—Pero te callas, no nos sermoneas ni nos das consejos.

—No doy consejos, Monche, porque nadie escarmienta en cabeza ajena.

Buen tipo el viejo Llagostera, enamorado dulce y platónico de una Monche matrera.

Viviana. Notas en Papel Cebolla ix

Monche.

Monche cuidaba a los hijos de su prima Teresa fin de semana por medio. La iba a buscar los sábados en la mañana y la llevaba de vuelta los domingos en la tarde Mauro, el marido; un pediatra flácido, gordiflón y petiso, que no le decía nada, que jamás mencionaba eso, pero que cada sábado y domingo por medio, durante todo el viaje, la miraba como a los pasteles que después pasaba a comerse al Paula.

Viviana. Notas en Papel Cebolla x

Rodrigo.

Llagostera no. Llagostera te miraba con los ojos cerrados, reconstruyéndote dormido mientras te soñaba y tú le agradecías por eso: puedo dormir segura a su lado, decías, como una amiga, como una hermana.

Viviana. Notas en Papel Cebolla xi

Viviana.

Yo también te reconstruyo en mis sueños, amiga. Ahogada y borracha, revolcada en mi dolor... Dolor, dolor. ¿Cuál dolor? ¿Cuál es mi dolor? Mis ganas, mis ganas en mis dedos, las ganas con las que reconstruyo tu pelo, tus pechos, tus manos, tus ojos, tus labios. Releo tus cartas, tus cuadernos, tu diario: sí, por favor, perdóname Monche, magnimiga, labiternos.

Leo tus cuadernos y busco claves en ellos, busco señales.

Busco.


✎ Mientras tanto, en Madrid, Monche escribía en su diario.







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