Grosellas

Entre tu cuerpo y mi deseo de él
Está el abismo de ser consciente
¡Si te pudiera amar sin que existieras
Y poseerte sin que estuvieras allí!
Fernando Pessoa
“Quiebra del placer y del amor”
El primer Fausto

Eras tan ducho

Eras tan ducho.

Supiste en seguida que me fascinaría Bartók; como tus láminas, como tu pelo largo, como tu voz de locutor de radio, como tus libros, como tu Art Tatum, como tu Zündapp calléndose a pedazos. Me vendiste el número completo. Lo peor es que si fuese de nuevo hoy una mocosa, volvería a comprártelo todo.

Cállate.

Lo sé de sobra. Nadie necesita repetírmelo: eras un hijo de puta. Pero igual fuiste tú quien me viste; a tu manera, claro, pero me viste. Me escuchaste. Después me hablabas de mi pelo de fuego, de mis besos de azúcar, de mis pechos redondos y prietos como naranjas. Me engatusabas con tus palabras zalameras y trilladas; pero que para mí eran nuevas, me gustaban y me hacían reír. Me gustaban tus labios, tus manos y tus dedos. Tocarme era para ti un juego tan fácil.

Te he echado de menos, Carlos. Haciendo el amor con otros, te he echado de menos. No, no es verdad; miento. No te he echado de menos a ti. No he extrañado tus ojos duros, tus prepotencias; tu arrogancia. He extrañado ese encanto, ese duende, ese hechizo de brujo. Eliana tiene nombres más feos y precisos para ti; pero a mí me gustan más éstos.

Un paso a la izquierda, dos a la derecha, una flexión y un salto. Dos a la izquierda, tres a la derecha, otra flexión, un salto y una vuelta. Otro salto y otra vuelta. Otro salto y otra vuelta. Despertabas mi cuerpo. Volaba feliz con mis alas de gaviota extendidas sobre tu espejo. Me acercaba, me sonreías, nos abrazábamos, me dabas un beso; entonces pasaba un segundo, decía yo una tontería de niña, y me veía otra vez con miedo en tus ojos. Era tan bello estar a tu lado cuando te daba la gana que fuese bello. Me amabas, Carlos; esos miércoles yo era feliz, era dichosa contigo. Dichosa; por un segundo. Después; después eras tan severo, mandón, duro y prepotente, cuando te daban también las ganas de serlo. Debía aprender, me decías. Y aprendí: aprendí a amarte y a aprendí a odiarte. No sabes cuánto aprendí a odiarte.

Esa mañana dormías desnudo, boca abajo, desguarnecido; a mi merced, a mi antojo. Como los héroes de tus láminas, increíblemente tierno y hermoso; frágil. Por un segundo, por un minuto entero, pensé en serio matarte. Qué cara habrías puesto, Carlos, al verme apuntándote al cuello con el cuchillo de la cocina; imaginé tus ojos duros y no pude. Me dio miedo; te desperté y preferí amarte. Después... Nunca más te vi después de tu bofetada. No fue ni de lejos la primera ni la última que he recibido en mi vida. Pero es la que más odio. Fuiste cruel, Carlos; más cruel de lo que nunca antes fuiste. ¡Qué tirano eras! Debe de haber sido ese té, o tus libros, o tus manos en los bolsillos de esos pantalones negros con tus pies descalzos.

Hace dos semanas, en Temuco; irónicamene de vacaciones en Temuco, vi tu esquela mortuoria en el Austral. Sentí rabia y pena; hacía ya tanto tiempo que no pensaba en ti, y ahí estabas de vuelta; junto a mis otros fantasmas y demonios. Quizás te haría gracia saber que antes de regresar a Madrid te llevé al cementerio un ramo de flores silvestres —yuyos y dientes de león— sacados del sitio vacío y todavía eriazo de donde antes estuvo tu casa; allí donde creí amarte; allí donde curaste mis dolores de panza. Ríete todo lo que quieras; hijo de puta de mierda, igual yo te quise.

Lavapiés, sábado 26 de enero de 2008


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Última modificación: 9 de mayo de 2022.



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