Grosellas

Aquella noche apenas dormí.
Al amanecer escuché el canto de un gallo, allí, en la ciudad.
Adelaida García Morales
El Sur

El vuelo de la gaviota

Cuarenta años después,
Monche recuerda a Carlos Labarca.

C
arlos Labarca Groessmann; Labarca. Labarca, mi monstruo; Labarca, mi fantasma; Labarca, mi violador; Labarca, mi amante, Labarca, mi príncipe. Labarca, mi ogro. Carlos Labarca Groessmann y yo nos veíamos cada miércoles en la tarde después del colegio. Él vivía en una de esas enormes casas de madera de la calle Francia a la que yo, ocultándome de los vecinos, entraba por el fondo de un patio trasero lleno de árboles y de matorrales, sirviéndome de una destartalada puerta a punto de caerse de sus goznes oxidados y que daba a un callejón largo, estrecho, oscuro y lleno de charcos.

A mí me fascinaba su casa con desvanes, mansardas y torrecillas; era una casa fría, con goteras por todas partes y que crujía como un barco viejo; era una casa llena de libros rebosando los estantes de mañío y de encina o amontonados en el suelo alrededor de las paredes, acumulando polvo y telarañas; eran libros de viajes, libros de historia clásica, Roma, Atenas, Las guerras del Peloponeso; novelas francesas, Madame Bovary, Las relaciones peligrosas; rusas, Ana Karenina; alemanas e inglesas, Lady Chatterlay, claro, Mujeres enamoradas; los clásicos españoles. Libros decididamente eróticos también: Los poemas a Lesbia, Satiricón, el Decamerón, Justine, El collar de la paloma, El cantar de los cantares, Historia del ojo...

Labarca los compartía conmigo, mostrándome sus láminas, leyéndome algunos párrafos enteros que había subrayado a lápiz, y que luego él parafraseaba como queriendo explicarme, hacerme entender, significados ocultos o históricos. A veces, en medio de una idea, en medio de una frase, Labarca se quedaba quieto; en silencio, meditabundo, ignorándome por completo hasta que yo me iba. Pero otras, nos pasábamos horas charlando, escuchando sus discos de jazz o de Bartók o de Schoenberg, mientras continuábamos hojeando sus libros después de amarnos.

Un día me mostró un gran tomo empastado con ilustraciones a color de hombres barbudos y niñas desnudas de trenzas largas en las más diferentes posiciones. «Desde siempre en la historia ha habido hombres que han elegido a jóvenes como tú para iniciarlas en los placeres del sexo» —me dijo, notando que las imágenes me habían hecho sonrojar y apartar la vista. Labarca usaba a menudo irritantes frases hechas como esas, pero de todos modos yo me quedé pensando y a la semana siguiente, le pedí que me mostrara el libro de nuevo.

Años después, en mis sesiones con Eliana, pude reconstruir los múltiples detalles con los que Labarca fue construyendo su tela de araña. Por semanas, si no meses, se dedicó concienzudamente a disipar el miedo que estropeó mi deseo de adolescente curiosa, atrevida e insensata, la primera vez que, sentada yo en mi pupitre, su mano, metiéndose por debajo de mi falda, llegó al borde de mis bragas. ¡Cuánta maña se dio para bajármelas! En ese pueblo chato y pacato, Labarca fue el primero en llevar calcetines colorados, el primero en dejar que su pelo creciera más abajo del cuello de la camisa y el primero en no mirarme con lástima hipócrita después de la escandalosa separación de mis padres.

No sé si entendía —o si alguna vez se lo preguntó— que lo que él hacía era un abuso. En ese tiempo a mí no me importaba y me divertía estar con él; sentir sus manos y dejar —pedirle, rogarle— que me acariciara. A mitad de semana, esos miércoles, su casa y sus caricias eran un lugar donde yo podía sentirme segura, sin regaños ni gritos. Sin las constantes borracheras de mi padre o las de mi madre. Y a él también le gustaba estar conmigo a pesar de mis solo dieciséis años. «Lástima que seas tan mocosa» —me dijo la mañana de noviembre después que felices nos habíamos quedado toda la noche juntos. «El próximo año voy a cumplir diecisiete» —protesté. «Eso es precisamente a lo que me refiero» —me replicó sonriendo. Poco después terminaron las clases. No lo he vuelto a ver desde ese otro día antes de que los tiras se lo llevaran preso.

«Ven a mi casa el miércoles en la tarde» —decía el papelito que deslizó junto a mi examen corregido un par de semanas después de mi cumpleaños. Me imaginé cientos de escenarios, miles de cosas que decirle y me probé todos los vestidos, faldas y blusas que tenía. Al final, fui con mi uniforme de colegiala; llegué casi una hora atrasada, me había perdido y tenía frío. Sin apresurarse, Labarca me ofreció un té anaranjado y dulce que yo nunca antes había visto ni probado y que me lo sirvió en una taza pequeña y pesada de cristal opaco y labrado, instruyéndome que me lo tomara de a sorbitos.

Me acerqué a uno de los estantes llenos de libros y recorrer con mis dedos las espinas polvorientas me tranquilizó. «¿Aquí vive usted?» —le pregunté. «Puedes tutearme, si quieres; pero, sí aquí vivo» —me respondió. Yo ya había entrado un poco en calor, me había quitado los zapatos y noté que él también estaba descalzo mientras me miraba de pie con las manos en los bolsillos de sus pantalones negros. «¿Te gustan los libros?» —me preguntó. «Sí, pero no tengo tantos. ¿Los ha leído usted todos?» —le pregunté yo mientras seguía recorriendo los libros con la mirada. «Muchos, pero no todos; algunos son heredados» —me dijo.

No lo había oído acercarse, pero sonreí con su respuesta que me pareció inesperadamente honesta y me volví cuando sus dedos tocaron los míos. Con todo cuidado, Labarca me acarició la mejilla y mi pelo; dijo algo divertido, ingenioso, sobre su color de cobre y de fuego, y así esfumó mi miedo. Era sabio ese Labarca; con el tiempo, me enseñó a relajarme, a calmar el constante dolor de mi panza hinchada. Era astuto ese Labarca; sabía manejarse con cálculo y paciencia. Pasaron semanas antes de que hiciéramos el amor por primera vez. Yo estaba muerta de miedo el momento en que me di cuenta que ya no había manera de arrepentirme. Era hábil y pertinaz ese Labarca; tenía la paciencia del buen cazador y también la fuerza para no permitirme echarme atrás cuando tuve un instante de duda. Sabía ser dulce y duro. Con calma y resolución, como si me diera y me quitara espacio a la vez, Labarca alimentaba mi deseo y la angustiosa necesidad que yo tenía por él. Al despedirnos ese primer día, me dio un suave beso en la boca.

Esos miércoles, justo a la mitad de la semana eran un respiro y un alivio para el caos, el desorden y el abuso sin mengua que sufría día a día en mi casa. Yo anhelaba que llegaran esos miércoles; soñaba estar con él, que me abrazara y que me besara minuciosamente haciendo despertar mi cuerpo milímetro a milímetro. Esos miércoles eran mi droga, mil veces mejor que el vodka que tomaba mi madre. Esos miércoles eran simplemente deliciosos. Yo estaba fascinada con Labarca, sentía que con él podía interesarme en lo que yo quisiera, volar con mi imaginación y regocijarme en mis fantasías, manejar mi cuerpo liberándolo de culpas absurdas y aprender a hacer lo que yo quisiera. Y es por eso que todavía hoy, 1ro de octubre, cuarenta y un años después de la primera vez que fui a su casa, no he resuelto mi ambivalencia. Tres semanas más tarde, en mi tercera visita, no tuvo que hacer mucho para convencerme. Apenas llegué a su casa, loca de ganas como estaba, lo abracé y me di; él me besó y a pesar de mi miedo y de mi dubitativa momentánea protesta me tuvo entera. Labarca, mi amante; Labarca, mi violador; Labarca mi príncipe, mi ogro.

Apenas había muebles en la casa de Labarca, pero en una de las paredes del cuarto que abarcaba casi todo el segundo piso estaba empotrado un inmenso espejo. Una tarde de lluvia fría, mientras él dormía, subí a ese cuarto de piso reluciente e iluminado por claraboyas. A lo Redgrave, descalza, vestida solo con mis bragas negras y la enorme camisa blanca de Labarca, comencé a jugar, sí a jugar, a jugar que era una bailarina. Un paso a la izquierda, dos a la derecha, una flexión y un salto. Dos a la izquierda, tres a la derecha, otra flexión, un salto y una vuelta. Otro salto y otra vuelta. Otro salto y otra vuelta.

Hacía frío. Acerqué mi cara al espejo y vi mis labios morados tiritando, abrí mis brazos que se reflejaban como alas enormes con las mangas de la camisa de Labarca simulando plumas de gaviota y, en puntillas, besé con fruición mis violáceos labios fantasmales. De pronto, asustada, me dejé caer de bruces y me quedé quieta, temblando como un ave herida, hasta que ví reflejados sus ojos duros mirándome desde el otro lado del cuarto. «Hace frío en el segundo piso. Mejor te pones tu falda y tomas otro poco de té» —me dijo.

El resto de la tarde la pasamos callados y en silencio.

Había veces en que, voluntarioso y de ánimo cambiante, Labarca me daba miedo. Un miedo aun más profundo que el miedo que le tenía a mi padre. Más misterioso, más extraño; un miedo ajeno que se me metía en la piel, en mis entrañas, que me embebía entera y que podía sentirlo en cada uno de mis huesos. Sabía que Labarca podía mirarme con la ternura más infinita, haciéndome dichosa con sus besos suaves y sus gentiles susurros amorosos; pero también —si llegara a quererlo— sabía que Labarca podría mirarme con la dureza y desconmiseración más inimaginable. La idea de que todo pudiera desaparecer con un solo chasquido de sus dedos, la idea de que todo dependiera de su sola voluntad, de que todo no fuera, sino como el susurrar de las hojas secas arrastradas por el viento, me angustiaba e invadía mis pesadillas.

Esa otra noche de noviembre, la única vez que pude dormir en su casa, Labarca estaba haciendo las cosas con infinita calma. Sus dedos rozaban delicadamente mis pezones embriagados con su dulce vino blanco. Acercó sus labios y me los besó eternamente antes de comenzar a darme besitos en mi vientre y avanzar despacio, lamiendo mi piel, haciéndome reír cuando untó con su saliva mi ombligo, antes de llegar besándome al pubis, al interior de mis muslos y a mi concha. Tan dulce, tan tierno; era tan bello estar a su lado cuando le daba la gana que fuese bello. Tan severo, tan mandón, tan duro y prepotente, cuando le daban también las ganas de serlo. Debía aprender, me decía. Y aprendí. Nunca tuvo idea de cuánto aprendí. Aprendí a amarlo más que a nada en el mundo y aprendí también a odiarlo. A odiarlo intensamente.

Esa noche, después del amor, dormimos hasta la mañana y cuando desperté, Labarca yacía desnudo, boca abajo, desguarnecido, inerme; a mi merced, a mi antojo. Como los héroes de sus láminas, increíblemente hermoso; frágil. Sonreí pensando que podría hacer con él lo que yo quisiera, hasta herirlo, si se me antojara. Por un minuto entero pensé en la cara que pondría al despertar y verme apuntándole al cuello con el cuchillo de la cocina. Imaginé sus ojos duros y no pude; me dio miedo y preferí amarlo. «Despierta, date vuelta» —le dije. Labarca se tendió de espaldas, y a horcajadas yo lo lamí hasta que estuvo rojo y duro de nuevo. «Quiero montarte como en los dibujos del libro» —le dije. Me puse en cuclillas, descansando mis nalgas sobre su vientre que me sabía exquisito y comencé a jadear mientras apoyaba mis manos en su pecho peludo y, cuando él me tocó con sus dedos húmedos, mientras yo seguía montándolo, lancé un tremendo grito en el momento justo en el que él explotaba dentro de mí, y yo caía sobre él y nos abrazábamos, y nos reíamos como locos, haciendo reales por un segundo sus insensatas fantasías librescas... Antes de volver yo de nuevo a mi horror, a mi espanto, a mi inescapable miedo.

Montserrat (Monche) Mestre
Lavapiés, 1º de octubre de 2010


Allegro molto capriccioso.

Última modificación: 4 de julio de 2022.



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