Grosellas

—¿Son estas horas de llegar?
—No sabía que yo tuviera una hora y tú no.
—Si no lo haces por mí, al menos hazlo por tus hijos.
—Son tuyos también.
—A veces no estoy tan seguro.
—Vete a la mierda, Xavier.

Xavier y Monche
Lavapiés, mayo de 1984

Monche en Lavapiés

Como era de esperarse y por diversas razones, a Monche le tomó varios años rehacer su vida en Madrid.

C
uando a siete meses de comenzar su exilio en Madrid el lunes 15 de julio del 74, Monche se mudó a Lavapiés con su nueva pareja, el activista del todavía ilegal pero renaciente PSOE Xavier Castelló, Franco hacía poco que había muerto. Dieciocho años mayor que Monche, Castelló no ocultaba su contentura, exhibiéndose por todas partes con ella, cuando no estaba contándole uno de los largos secretos que, ampliados con su imaginación, le contaba sobre Madrid. Para Monche era duro; creía amar a Xavier, pero el dolor de sus desgarros era todavía muy vivo, y no se llevaban del todo bien. Castelló sabía, empero, arrullarla y, cuando Monche se agotaba de su propia recién adquirida dureza, se dejaba arropar. Claro está que, y a pesar de haber encontrado en España un nuevo propósito político y de la llegada de Miguel y de Paz un par de años más tarde, ese trato de solitarios pobres diablos no podía durar demasiado.

Hoy por fin se ha acabado todo. Esa bofetada sella nuestro trato. Hace tanto tiempo que querías irte de veras, Xavier, cansado, hastiado de mí. Me arropabas. Me cubrías con tus brazos de gigante protegiéndome del frío y de la lluvia. Me arrullabas con tus palabras de canciones de cuna, de historiador sabio y de cuentista ingenioso. Aprendiste mis pesadillas de memoria. Restañabas mis mocos y mis lágrimas cuando perdida, asustada, confusa, desesperaba por Aníbal. Cuando en mis sueños y pesadillas una y otra vez aparece Labarca. Tu mano suave e inmensa sobre la mía; sobre mi espalda y mis pechos; sobre mi vientre... vientre como él; sí; como decía él... ¿qué quieres que haga? No puedo dejar de pensar en él. Te quise, Xavier; te quise cerca, pegado a mí; dentro de mí. Todavía te quiero, Xavier. ¿Cómo no quererte? Pero tú nunca fuiste ni quisiste ser completamente mío. Tampoco yo lo quise. Eso me hubiera aterrorizado sin remedio, sin medida. ¿Por qué entonces insistes en que yo solo sea tuya? No puedo, Xavier, no puedo. Con estos otros... casi nunca ha pasado nada serio con ellos, Xavier, y tú lo sabes. Entiéndeme: ninguno de ellos me importa, sino para gritarte a tu cara que no puedo... por más que lo quisiera.

Y tú, Eliana, ¿cuándo cresta vas a ayudarme a deshacerme de esta culpa de mierda que me ahoga?

Madrid, domingo 1 de julio de 1984




S
eguramente Monche pensó en Amparo cuando, sin vacilar, quitó del tablón de anuncios del Centro Comunitario de Lavapiés el papel celeste donde, escrito a mano con muy bonita caligrafía, se solicitaba un candidato al puesto de asistente y portavoz de un proyecto de protección de osos, de rebecos y de lobos, que se iniciaría ese mismo verano en la Cordillera Cantábrica.

Su divorcio con Xavier ya estaba más que finiquitado y, aunque ya habían pasado su buen par de años desde que Felipe González se había convertido en el primer Presidente del Gobierno socialista desde el fin de la República sin que el mundo se viniese abajo, Monche sintió que no era por el lado de la política partidista por la que ella quería encauzar sus energías. Cierto, en esos años Monche pensaba más y más en Amparo y en cómo ella en aquellos ya lejanos años sesenta podría haber sido de muchas maneras una lúcida visionaria.

—¿Y tú qué sabes de osos?

—De osos, o de lobos, o de rebecos... nada; pero os aseguro que tengo muchas ganas de aprender y de que lo haré muy rápido. A eso ya estoy acostumbrada.

—Vale. No hay muchos que sepan sobre ellos tampoco. ¿Puedes empezar el 6 de mayo, después de las fiestas?

—Por supuesto.

Madrid, jueves 28 de abril de 1985




E
s bien posible que Julio y Monche se hayan conocido en un bar de Malasaña la noche del jueves 9 de diciembre de 2004. Julio deambulaba desde hacía horas por las calles del barrio cuando se le ocurrió entrar a ese bar lleno de gente al principio, pero que poco a poco se fue quedando vacío.

Fue Monche la primera en romper el silencio luego de notar que Julio había fracasado dos veces en captar la atención del cantinero, demasiado entretenido con un grupo de sus amigos apostados al extremo opuesto del mesón, y llamarlo ella misma con un grito destemplado que el otro no pudo ya pasar por alto.

—Julio, encantado.

—Monche, encantada.

—¿Bebes para olvidar?

—Todo lo contrario; para no olvidarme nunca.

—Debes de tener una memoria muy larga.

—Mucho más de lo que te imaginas. ¿Cómo dijiste que te llamabas?

Julio y Monche hablaron largo esa noche hasta que, ya tarde, les echaron casi a empujones de ese bar. Caminaron calle abajo hasta llegar a Callao y siguieron luego por la calle de los Bordadores, deteniéndose de tanto en tanto a mirar las estrellas y a un par de gatos flacuchentos y callejeros como ellos.

Era ya cerca del alba cuando llegaron al piso de Monche. Demasiado cansados para pensar hacer cualquier otra cosa, se durmieron sobre el sofá lleno de libros y de revistas que Julio apartó cuidadosamente antes de tumbarse y rechazar por quinta vez un Ducado. Cuando Monche, todavía vestida, se despertó pasado el mediodía del viernes, Julio bebía ya un segundo café acomodado en la cocina mientras hojeaba el libro con fotos y dibujos de osos, de lobos y de rebecos que ella había comprado esa misma tarde en una librería de la Gran Vía.

Madrid, jueves 9 de diciembre de 2004


Muchos años después.

Última modificación: 4 de julio de 2022.



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