Grosellas

Tú no eres mi recuerdo de ti
Tu recuerdo es tu aparición de cada día
pero hecha de nada
Enrique Lihn
“Inconvenientes de la memoria”
Al bello amanecer de este lucero

Noches de cumpleaños

Lavapiés, viernes 25 de enero de 2008

La soledad colectiva del avión fue un buen lugar para pensar, mientras transcurría entre estos dos mundos: el de mi presente real, con Julio, con mi trabajo, con este café Barbieri que poco a poco se ha ido transformando en el mío como el de antes, la Calipso en Temuco, y el de mi pasado fantasmal que obstinadamente continúa acosándome y explotando mis debilidades y obsesiones.

Los recuerdos la engañan a una. Como la primera vez que después de diez años volví a Chile, loca de ganas de comerme una pizza en el Lautrémont, sólo para encontrarlas secas, recalentadas y desabridas. Nada que ver con lo sabrosas que yo las recordaba. Sin embargo, los zumos de fruta naturales, de los que apenas tenía una vaga memoria, eran todavía increíblemente frescos, refrescantes y deliciosos.

Abrazarse a una obsesión para desembarazarse de ella no es una buena idea y estoy aliviada de no haberme acostado con Gustavo. No solo por la trabajosa fidelidad que tengo con Julio —¿es acaso alguna vez de otra manera?— ni tampoco porque Gustavo, en su afán de agraciarme y hacerme bajar la guardia, me haya contado una verdad a medias y quizás unas cuantas mentiras. Al final ha sido un puro instinto de supervivencia —y mi buena suerte— lo que me salvó de cogerme los dedos contra la puerta tras liarme en ese juego estúpido y peligroso con el que quise finalmente doblarle la mano a Gustavo.

¿Habría sido todo diferente, si Labarca no se hubiese muerto este diciembre? Cuando por casualidad leí su esquela en el Austral sentí dolor y rabia. Como cuando era niña, di un largo paseo por Prieto y, entre tantas otras cosas, como si ya anticipara que por otro azar imprevisto lo vería de nuevo después de casi cuarenta años, pensé también en Gustavo; en todo lo que sentí por él en ese tiempo: en mi amor adolescente, en mis deseos, en mis ganas; en tantas memorias.

Tras tantas horas de terapia —labarquén, mibarpecho, deslabcemarme, desgustavtarme, montserrarme, esperanquén, esperecho— creí que ya no tendría que pensar más en ninguno de ellos. Pero la muerte de Labarca los puso de nuevo tan presentes en mi cuerpo arrastrándome, como si cayera en la espiral de un pozo, a hundirme de cabeza en mis demonios.

Gustavo. ¿Qué recuerdos tendría Gustavo del cuerpo que dice haber admirado en esa blusa anaranjada hace casi cuarenta años? ¿Qué recuerdos tenía de mis tetas? Con seguridad muy diferente de la imagen que veo yo cada día frente al espejo y diferente de las texturas que sentí esta mañana mientras me duchaba. ¿Dónde es que quiso estar él ahí de vuelta, por una noche, por una hora, por un minuto? ¿Y dónde quise estar yo? ¿Qué había allí, en ese pueril chocante desafío si no recuerdos confusos y mezclados, memorias imperfectas y la realidad banal de una fiesta aburrida?

Gustavo. Hacía tanto tiempo, tantos años, que no veía a Gustavo. Y ahí estaba, todavía fornido y sin nada de barriga, dicharachero como siempre, aunque ya con la cara y con los ojos de ir en su tercera o cuarta copa de vino. Ahí estaba, en esa ostentosa y falsa fiesta de Sandra, aplastada por esa estúpida música anodina de farsantes y de nuevos ricos; ahí, en esa, mi última semana de vacaciones en Temuco... ¿No era esa mi oportunidad de echar una cana al aire y de cerrar un ciclo? ¿Mi oportunidad de cogerlo yo a él por los huevos y obligarlo a que por fin, por una noche, me mirara?

Mírame, mírame, Gustavo... ¿es que no ves que no soy una mocosa?

Me lo puso fácil. Ahí, al alcance de mi mano; al alcance de mis palabras. A su desafío impertinente, le contesté con el mío. ¡Qué hijo de puta, Gustavo! ¿De dónde sacabas esa mierda? ¿Es que no te acordabas que la noche de mi cumpleaños no me dijiste nada de nada? ¿Es que no te acordabas que, ciego, nunca en esos años te enteraste de nada? ¿Que nunca quisiste enterarte de nada? ¿Que nunca viste, que nunca quisiste ver verdugones en mis piernas, marcas de golpes en mi cara? ¡Qué fácil se os hizo a todos vosotros culpar luego de todo a Labarca! ¡Qué alivio tener a alguien a quien poder apuntar con el dedo! Mirar para el otro lado; echar la basura bajo la alfombra, quedaros tú y... Aníbal, sí, también Aníbal, limpios como si nada.

Me gustó mi frase; fue mi turno: se quedó boquiabierto. Me reí con ganas para adentro al ver su cara patidifusa... su asombro. También su alivio y, entonces sí, sus ganas, cuando decidimos dejar esa ostentosa reunión social, desabrida y acojonante, llena de momios, a la que quién sabe cómo ni porqué habíamos caído de refilón, y marcharnos juntos a la habitación de mi hotel... a mi cama.

Pero no; no lo hicimos. En ninguna de sus formas lo hicimos: no hicimos el amor, no follamos, no culiamos.

«Quiero ser mi propia agua» —me dije hace años y continúo luchando por conseguirlo. No sabía entonces que me fuera a ser tan difícil ni tan largo el camino, pero he aprendido que es imposible hacerlo de otro modo, aun ahora en que, como Gustavo quiso así disminuirla, tengo una relación cómoda. Mierda, sí: fue exactamente esa palabra desdeñosa la que terminó por desbaratarlo todo.

Ya era tarde. Para follar, no importaban ni valían ahora sus excusas, mejor hubiera sido la noche de mi cumpleaños; no hoy cuando ya no soy una mocosa de dieciséis años. ¿Debo darle las gracias a mi sudor después de la caminata al hotel en esa noche calurosa? ¿Fue ese mi golpe de suerte? Me asqueó el pucho que había encendido mientras, para él, yo me refrescaba en el baño, quitaba el sujetador y las bragas, quedándome solo con el albornoz y esa cinta morada en mi pelo que, lo sé, remedaba la de la noche de mi cumpleaños. Así, desnudarme para él; para ese Gustavo con el que soñé... cuando sí, cuando yo era una mocosa. Al salir del baño, lo vi y me vi a mí misma de nuevo. Fue su mirada... arrogante; de esas de macho que se las sabe todas. Fue su tono; otra vez ese tono; el mismo tonito de antes, condescendiente, irónico, sarcástico. ¡Mierda! Sí Gustavo; Mi relación con Julio es una relación cómoda.

Bienvenida sea esta comodidad en la que puedo estar segura de las palabras a salvo con mis ambigüedades e incertidumbres; a salvo con mis fantasmas, con mis cicatrices viejas, con el dolor que no me abandona nunca y a salvo ahora también con mis tristezas nuevas.

Mis tristezas nuevas... Curiosas tristezas estas; la de no saber qué hacer ahora con mi cuerpo tras haber dejado atrás por fin esa pesadumbre, esa angustia, esa sombra de lo infinitamente pendiente y nunca acabado. Tristeza ambigua por sentirme por fin libre de esa turba horrenda de fantasmas y de demonios burlones y crueles. Dolor aún por el recuerdo de las bofetadas, las miradas duras de uno y la desidia indiferente y cobarde del otro. Pasada la sombra, la angustia y la pesadumbre, ¿cuándo es que comienza entonces la dicha? ¿O es que quizás aquella no llega nunca?

¿Qué viste tú este sábado, Gustavo, que no hubiese estado ya ahí hace cuarenta años? ¿Acaso no eran las mismas manos? De seguro que notaste mis tetas la noche de mi cumpeaños, vi tus ojos cuando me diste ese abrazo y ese beso rápidos; te aprendiste mi pañuelo, mi vestido y mi blusa de memoria, pero ni siquiera me hablaste esa noche, Gustavo.

Por meses, yo había esperado que tú llegaras allí y que con un solo mandoble, con un solo gesto valiente y grácil de tu gallardo y fuerte brazo me rescataras del infierno que era mi casa. Gustavo, Gustavo, mi príncipe; llévame en las ancas de tu caballo. Pero tú no llegaste nunca, Gustavo; llegó el otro, llegó el dragón, el lobo, el ogro, el monstruo. Labarca.

Es verdad, Gustavo, tienes razón. Bien me lo dijiste molesto por mis quejas mientras nos comíamos ese pernil de chancho en el Rapa Nui: yo hubiera estado cagada de miedo tú seduciéndome, llevándome a un rincón quieto y oscuro de la casa de Viviana la noche esa de mi cumpleaños. Pero no hubiera huido, Gustavo. Hubiera estado ahí, contigo. Tú, ciego, hasta ahora eso no lo viste nunca.

Este otro sábado, ahora, podríamos, tú y yo, habernos acostado; sentir nuestros cuerpos, tu olor y el mío, y olvidarlo todo; echarnos por fin el polvo que apagase de una vez por todas las culpas de estar tú y yo todavía vivos; vivos y para colmo aburridos en esa fiesta llena de momios de mierda. Sobrevivientes, tú y yo, de tantas de esas otras noches horribles, llenas de miedo, de humo, de ecos de plomo y de aullidos de perros.

Elvira no estuvo nunca; pero tampoco estabas tú esa otra noche con Aníbal, Gustavo. No me digas que no piensas siempre en eso. No me digas que no revives esa noche cada mañana. No me digas que él no está siempre presente a tu lado. Este sábado, Gustavo, quisiste tocarme, redimir tu ausencia, estar ahora conmigo, besarme con tus ojos cerrados, llorar, y hacer el amor con tu amigo, con tu compadre, con Aníbal.

Tú y yo somos iguales, Gustavo. También cargo yo con mi culpa; tampoco yo estuve allí con Aníbal. Este sábado te acercaste a mí y, con todo desparpajo, trajiste ese deseo adolescente de mi fiesta de cumpleaños de nuevo. Me gustó, no voy a negarlo; quise acostarme contigo. Quise taparte la boca, Gustavo. Quise yo levantarte a ti y obligarte a que por fin abrieras tus ojos y que me vieras. Quizás me viste. Pero ya no tengo dieciséis años. A mitad de camino al hotel, me di cuenta que, viejos como tú y yo estamos, ya no valía la pena; que no serviría de nada; que un polvo no redimiría nada.

Soy Monche, no Aníbal; y tú eres Gustavo, no Aníbal.


Lavapiés: Monche en el Barbieri.

Última modificación: 31 de mayo de 2022.



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