Ariel cazador rojo
Temuco, diciembre de 1947.
Historia de seis guijarros contra dos ventanas y una laguna.
El sábado 11 de octubre de 1947 Ernesto y Engracia se conocieron en el Centro.
Hasta viejos recordaban el primer paseo que hicieron a Saavedra semanas más tarde montados en la Ariel Red Hunter
de Ernesto.
EF
A Rodrigo Erazo Reyes,
amigo cantor y algo poeta
Estaban los dos sentados en ese banco de la Plaza del Manzano que está mirando hacia calle Rodríguez; ese que está justo ahí entre la palmera y el busto de Teodoro Schmidt.
Ernesto encendió dos Premiers y le alcanzó uno a Engracia...
Sigo.
Era la tarde un sábado a mediados de diciembre pero ese año ya hacía calor y a él le gustó ver...
¿a él le gustó ver?
¿se calentó al ver?
...las pequeñas uñas carmesí de su novia, prometida, amiga...
aunque después de ya dos meses de cartas y de visitas se moría de ganas y lo pensara, no estaba completamente seguro aún cómo llamarla
...asomándose por las puntas abiertas de sus sandalias verdes.
Levantó la vista a sus ojos y le preguntó:
¿Has visto alguna vez el mar?
¿Qué crees? Me pasé tres semanas a bordo de un barco.
Sí, claro; en tercera clase no verías mucho. Pero, ¿te has mojado alguna vez los pies en el agua?
¿Del mar? No, eso no. Nunca.
¿No te gustaría ir a verlo mañana a Saavedra?
¿Mañana? ¿Después de misa?
Sería mejor que saliéramos temprano para llegar a tiempo.
¿A tiempo para qué, Ernesto?
Temprano, para que podamos estar con calma en la playa.
Lo que tú quieres, Ernesto, es saltarte otra vez la misa.
De alguna manera, Ernesto y Engracia, mis padres, eran un colmado, un saco, de diferencias.
Él era un ateo, un ex militante del POUM que, así se rumoreaba, había participado en la quema de una iglesia en su pueblo de la provincia de Lérida antes de marcharse, recién cumplidos los dieciocho años, a combatir a los fascistas al frente de Aragón.
Ella era sobrina por parte de madre de monseñor Raimundo Pujols, el cura que bendijo las tropas de Franco en África antes de que se subieran a los aviones que las transportaron hasta la Península, y hacía poco que había llegado a los doce cuando una bala atravesó la cabeza de su padre mientras agitaba banderas de las JONS frente al ayuntamiento de Burgos dos semanas antes de comenzar la guerra.
Uno, un rojo; la otra, la hija de un asesinado por los rojos.
Escribo esta historia en mi propio exilio en Olympia, Washington; un exilio, digamos que voluntario ya que nunca estuve en una lista de expulsados a la fuerza
como sí le ocurrió a Irene Porras y a Mirna Valenzuela.
Luego de la desaparición de
mi ex pareja Aníbal Mestre y de la detención de su yunta Gustavo Herrera,
salí aterrorizada de Chile para, antes de recibir una ayudantía en Irvine, California,
asentarme por casi
dos años en Umeå, Suecia,
adonde llegué siguiendo a mi amigo (aunque hemos vivido juntos nunca en realidad ha sido mi pareja)
Ramiro Herrera Berkoff el hermano menor de Gustavo.
En estos ya doce años, saltando de lugar a lugar, he conocido a otros exiliados, muchos de ellos con más y poderosas razones que las mías,
huyendo de otros horrores, como Majid cruzando otras fronteras, adaptándose a otros idiomas, aprendiendo a vivir con otras pesadillas ajenas recurrentes.
Escribo esta historia que no es la mía, sino la de mis padres, para recordar de dónde es que vengo y así, quizás
entender un poco más cómo es que he llegado hasta aquí.
Es una historia que, fragmento a fragmento, he ido conociendo desde mi infancia y adolescencia según lo que fueron
contándome poco a poco ellos mismos.
Hay detalles que he olvidado; en otros, sus versiones han sido divergentes, aunque nunca completamente contradictorias.
Varios otros detalles me los he ido inventando yo misma en pos de una coherencia narrativa un entramado diría Paul Ricoeur
que sin esa imaginación sería imposible de alcanzar.
Frecuentemente, la realidad es caótica e incoherente; una historia, por el contrario
(añoro aquí esa diferencia que hace el idioma inglés entre history y story), construye un orden; un orden que no es
necesariamente un engaño, sino una ficción.
Elvira Codulá
Olympia, Washington, Agosto de 1986
Ya huérfana de madre...,
mi abuela murió de cólico miserere, como se llamaba a la peritonis en ese años cuando mi madre tenía solo cuatro años
...Engracia pasó meses cuatro o cinco aterrorizada con los ecos de las balas que en las noches rebotaban desde el cementerio. Sabía que eran rojos los que caían con esas balas, pero rojos o nacionalistas, Engracia...
...que de vuelta de la farmacia había visto un cuerpo despedazado a balazos tendido en medio de la plaza
...sentía que igual era un horror e igual le daba miedo.
A fines de diciembre de ese año Cesáreo Martínez, un hermano de su padre que había emigrado a Chile a comienzos de los veinte, consiguió, gracias a los buenos oficios de amigos en Burgos, que mi madre pasara primero acompañada en un vapor a Buenos Aires y luego, sola en un largo viaje en tren y sin más pertenencias que un atado de ropa, hasta Santiago.
Conocí de niña esa casa de adobe en calle Cuevas de sus tíos Cesáreo y Paulina, larga y angosta como una chistorra, en la que se sucedían uno a uno los cuartos que daban o bien a un patio de luz o a un jardín interior hasta llegar a la explanada en la que se levantaba una higuera y un amplio cobertizo donde mi madre aprendió a curar carne de cerdo y empezó a ganarse la vida trabajando junto a sus primos Domingo y Fernando en la charcutería que cerca de veinte años antes habían abierto al frente de la Estación Mapocho, cerca de la Vega Central.
Aunque aún mal soñaba, mi madre ya dormía mejor.
Acababa de pasar los dieciséis.
Le encantaba sentir el olor de los embutidos y el de los pescados frescos.
También el del bacalao.
El del ajo y el del pimentón.
Pasaba horas cortando jamones y quesos; empaquetando huevos, lavando hígados y mollejas de pollos.
Ya no pasaba hambre.
A mí nunca me gustaron, eran de otra generación, de otra época; pero además del trabajo, la verdadera pasión de mi madre eran las jotas aragonesas. Las bailaba con suficiente buena gracia acompañándose de una voz que no era para nada muy fuerte, menos aún ahora me decía mi padre para el tiempo en que yo la conocí, pero que fue siempre dulce y melodiosa.
Fue gracias a las jotas que mis padres llegaron a conocerse la vez que ella viajó con un cuerpo de baile a Temuco la noche del diez de octubre de 1947 para celebrar allí las fiestas. El encuentro estuvo a punto de no ocurrir y de haber sido así, yo nunca habría existido. A menudo don Nazario Borrajo me repetía que sólo a última hora pudo convencer a mi padre que lo acompañara ese sábado once a la fiesta en el Centro, a pesar de que según él estaría, como siempre, lleno de franquistas.
Comoquiera que hayan sido sus faltas...
...faltas
...dudas
...escarceos con Tomasa
...sé que no se arrepintió nunca.
No era poca cosa tampoco el que las camisas azules ya hubiesen pasado de moda eran mal vistas en Temuco y el Directorio del Centro había desaconsejado su uso en público y hacía tiempo, año y medio por lo menos, que ya no se veía por ninguna parte una parda o una negra.
Ayudó a su contento el que la comida, harto pasable y en la que no faltaron ni los choricillos ni las rodajas de morcilla burgalesas ni las de butifarras ni una fabada o cocido a elección, estuviese incluida en el precio de la entrada, que el vino gratis fuese, aunque no del mejor para su gusto, abundante y buen Concha y Toro que suplía bien a un tempranillo riojano y que una de las chicas del cuerpo de baile tuviese la tez aceitunada, unos preciosos ojos verdes y el pelo negro ensortijado amarrado en un moño.
Cuando mi madre que ésa era la de los ojos verdes que encabezaba el cuerpo de baile y sus compañeros terminaron la de la rosa y los claveles y se dispersaron para darse un descanso, Ernesto (mi padre), de pie y con su pie izquierdo puesto sobre la barra del mesón de la cantina, la saludó con su copa de vino tinto «Que viva tu madre» gritó y ahogó una blasfemia cuando vio que ella le contestaba el saludo con la cabeza y una sonrisa coqueta.
¡Que viva!
Mecagonrós...
Don Nazario había llevado su bandurria, tañó un par de notas y animó a mi padre a entonar una de picadillo. Al punto, él dejó su copa junto a su plato de aceitunas y, sin apagar su Premier humeando sobre el borde del cenicero de vidrio esmerilado, cantó:
He viajado por mar y tierra
En busca de una mujer
He viajado por mar y tierra
Y en todas partes encuentro
Presumidas y alcahuetas
Presumidas y alcahuetas
En busca de una mujer
🎧 Alan Lomax: The Spanish Recordings: Aragón & Valencia.
🎵 YouTube: Jota de Picadillo.
Había vuelto a coger su Premier y se reía con Emilio Balsera cuando oyó que mi madre le decía a sus espaldas en tono de reproche:
Quizás usted no ha sabido buscar bien en sus viajes.
O, quizás, nunca hasta ahora había yo encontrado algo como lo presente...
le contestó mi padre, volviéndose a mirarla y mordiendo una aceituna.
¿No sabe usted cantar canciones más bonitas?
¿No le ha gustado la que ya canté?
Es que no todas las mujeres somos presumidas o alcahuetas.
Mi padre frunció los labios, le dijo algo al oído a don Nazario y después, volviéndose hacia ella, le contestó:
Pues escuche usted.
Hay una larga cadena
De tu corazón al mío
Hay una larga cadena
Y el tuyo tiene dolor
El mío dolor y pena
El mío dolor y pena
De tu corazón al mío
🎧 Jotas: A la madre aragonesa
🎵 YouTube: Jota. Hay una larga cadena.
¡Bravo! Muy hermosa, le dijo ella.
Servidor de usted.
le contestó él, ofreciéndole una aceituna con su mano.
Gracias...
Me alegro que ésta sí le haya gustado. Pero ahora le toca a usted.
¿A mí?
Claro. No me negará usted mi pedido, ¿verdad?
No, por supuesto que no.
le contestó mi madre inclinándose a susurrarle algo a don Nazario, antes de cantar ella a su vez:
Aprieta bien el cantaro
Cuando vayas a la fuente
Aprieta bien el cantaro
Que si el cantaro se rompe
Difícil será arreglarlo
Difícil será arreglarlo
Cuando vayas a la fuente
🎧 Jotas: A la madre aragonesa
🎵 YouTube: Jota. Aprieta bien el cantaro.
Dichoso el que pueda oírle a usted cantar todos los días.
Muchas gracias. Encantada.
Pero a esa jota le faltan unos cuantos versos.
Y yo algún día puede que se los cante; pero por ahora bastan éstos.
Los músicos de vuelta en sus puestos ya entonaban los primeros compases de Sombrero. Mi padre cogió otra aceituna y le replicó:
Esperaré, si así usted lo quiere. Mientras tanto, ¿no desearía usted bailar esta pieza conmigo?
Me encantaría, pero mi tía Encarna está ya fatigada y nos aprontamos a irnos. Pero usted debería acompañarme mañana a la misa de once.
¿Acompañarla yo a misa?
Sí, hombre, a misa, anímese. Le espero a las diez y media frente a la iglesia. Y si no se aparece, yo le iré a buscar.
Pero...
No se preocupe; yo ya sé dónde vive.
Es verdad.
En esos años en los que se esperaba que las mujeres llegáramos vírgenes al matrimonio, mi padre tal como Jesús Cárcamo, Duncan Wright y muchos otros
iban de putas a menudo.
Las había acompañado hasta la calle a esperar el taxi. Después que ellas partieron, mi padre le dio una mirada a su Omega de bolsillo, encendió otro Premier y caminó despacio en dirección al regimiento. Al llegar a O'Higgins, cruzó la calle y continuó hasta mitad de la manzana donde golpeó la puerta de una casa de ladrillos de la que, después de entrar, no salió de ahí, sino hasta la mañana siguiente poco antes de la salida del sol. Todavía soñoliento, se marchó a su buhardilla en calle Cruz.
Abrió los ojos y sintió que recién se había dormido antes de oír que algo duro golpeaba la ventana. Cerró los ojos de nuevo, pero en seguida oyó que otro guijarro golpeaba los cristales e inmediatamente otro más. Se levantó, descorrió el visillo y miró hacia la calle. Allí, de pie en la mitad de la calzada, estaba mi madre, con su traje de baile, haciéndole señas con la mano.
¡Bajo en dos minutos! le dijo él, asomándose por la ventana, antes de alisarse la misma camisa blanca y de cuello postizo duro de la noche anterior.
La catedral frente a la Plaza de Armas estaba atiborrada de gente. El obispo mismo, con mitra preciosa y todo, oficiaba la misa cantada y solemne a la que le agregaban de yapa un Te Deum para terminar de celebrar lo que en ese tiempo todavía llamaban el Día de la Raza.
Los vice cónsules honorarios el de España, claro, el de Alemania, el de Holanda, el de Italia... y varios otros ocupaban las primeras filas; muy serios con sus mejores trajes domingueros y flanqueados por sus esposas muy emperifolladas con sus estolas de zorro sobre los hombros en mi opinión de adolescente cuando años más tarde me sentaba junto a mis padres a dos o tres filas de distancia en incoherente contraste con sus pías mantillas de encaje negro.
El alcalde, el gobernador, los coroneles del Ejército, de la Aviación y de Carabineros llegaban también al servicio acompañados por sus escoltas y los primeros bancos de la derecha los ocupaba la banda del regimiento Tucapel, sobresaliendo sus tubas relucientes y algo abolladas por el tanto uso y los presupuestos mezquinos y magros. Detrás se apiñaba un montón de curas, de monjas, de frailes y de hermanos junto al resto del gentío; la mayoría, si no todos, españoles.
Puedo imaginarme que esa mañana de octubre del 47 habían quemado una buena cantidad de incienso al obispo Manuel Machuca Lillo le encantaba demorarse con los ojos semi cerrados, alargando los versos del gregoriano y que mi padre, todavía sufriendo la resaca de la noche anterior, sentía hambre, aserrín en la garganta y le pesaban como yunques sus ojos trasnochados y aburridos con tantos rezos en latín que no entendía ni quería entender ni jota.
Por fin, casi de improviso, estaba dormitando con los ojos semi cerrados sin poner atención, la banda del regimiento se levantó y se aprestó a tocar los himnos patrios: primero el de Chile, luego el español. El sargento primero Raúl Mardones Vivanco, un hombrazo de hombros anchos y ojos tristes, hizo sonar sus tacos e inclinó la cabeza en dirección al altar antes de darse media vuelta y esgrimir su batuta.
Todos se pusieron de pie.
Machuca Lillo, afirmado a su báculo bajo el dosel de brocato púrpura y dorado, levantó su mano derecha y dio su bendición. Mi padre suspiró y, bostezando desdeñoso, vio cómo casi una docena de sus paisanos, incluido por supuesto Emilio Balsera, alzaban el brazo apenas comenzaron a oírse las primeras notas de la llamada Marcha Real o de Los Granaderos. Miró a mi madree de reojo y se la quedó mirando al ver que ella mantenía sus manos firmemente a los costados y que sólo tarareaba displicentemente algunos de los versos, mientras pasaba en silencio otros. Suspiró de nuevo mientras poco a poco se iban desvaneciendo las notas marciales de las marchas, republicana y romántica, la una; monárquica y con nuevas letras enmendadas por el poeta falangista José María Pemán, la otra.
🎵 Marcha Real (Himno Nacional Español)
A la salida de la iglesia, se encontraron con don Nazario quien miró a mi padre sorprendido; pero, al percatarse de ella, hizo un gesto de aprobación con la cabeza, y le dio a él una palmada afectuosa en el hombro. Después, caminando uno al lado de la otra, guardando la distancia y sin aun tomarse del brazo, enfilaron juntos por calle Bulnes hasta el Centro, separándose eso sí poco a poco de los demás celebrantes, caminando despacio por la acera del lado de la luz y del sol primaverales aunque todavía ese día hacía algo de frío y soplaba una brisa suave que enarbolaba las banderas y los vestidos.
Usted me miró sorprendido ahí en la iglesia. ¿Por qué?
Creí que haría usted como sus camaradas falangistas y alzaría el brazo cuando tocaron el himno.
Pues ya lo ve, aunque muy católica, que eso quede claro, no soy una falangista, y si usted va a misa conmigo, a cambio yo le prometo no alzar jamás el brazo. ¿Le parece bien?
Pero, ¿por qué tendría que ir yo a misa?
Hombre, para gozar mi compañía, claro. ¿O es que no le gusta conversar conmigo a usted?
Oh, por supuesto que sí; por supuesto.
¿Lo ve?
De ordinario, los discursos celebratorios, aburridos y de sobra ya consabidos, evitaban toda controversia partidista limitándose a repetir trilladas evocaciones patrióticas a la Pinta, a la Santa María y a la Niña. Ese domingo, sin embargo, el recientemente nombrado vice cónsul, el ganadero Miguel Barrios Villaseca, hizo que se enarcaran un buen número de cejas, de otra manera distraídas o indiferentes, al recalcar cómo, abandonando a sus antiguos socios comunistas, González Videla iba por fin siguiendo el ejemplo señero de Franco.
Quizás porque ya tenía mucha sed y hambre o por prudencia u olvido, no mencionó para nada los campos de prisioneros que ya se iban levantando en Pisagua... los que por otra parte, era seguro que no le parecían nada de mal. Sí se dio tiempo para hacerle un guiño amistoso al alcalde Federico Masser Prest, alabando la feliz coincidencia de las Fiestas de la Raza con la inauguración de la nueva pileta con surtidores y leones en la Plaza Aníbal Pinto. Saludó efusivamente también la presencia en las fiestas de sus homólogos de Holanda y del Reino Unido.
Algo notarían, seguro más él que ella, sobre estas movidas del vice cónsul que aspiraban a cimentar el claro cambio de rumbos en los negocios regionales luego de la derrota del Eje. En todo caso, políticas internacionales aparte, luego de escuchar con paciencia otro par de brindis por los conquistadores Almagro y Valdivia, de bailar ella dos jotas, de disfrutar juntos media bandeja de bocadillos de jamón y de choricillos y más jerez gratis, bailaron por fin un pasodoble, Sombrero.
Es seguro que él notó que ella le apretaba la mano y que no le desviaba la mirada. Charlarían animados antes de darse cuenta que se iban quedando solos y que don Gerónimo Bermúdez García, el concesionario, los miraba disimulado pero con insistencia mientras los otros celebrantes hacía rato que se habían marchado a pasar ya el resto de lo que quedaba de la tarde en sus casas.
Luego de una breve pausa en la charla, él le preguntó si le daba autorización para escribirle.
Muchos años después, la semana en la que viajé a Temuco para asistir al funeral de mi padre, descubrí al fondo de la gaveta de su mesa de noche en su pensión de calle Porvenir, envuelto en un paño de seda azul, un atado de cartas, de ella y de él, en las que aún tratándose mutuamente de usted, intercambiaban galanterías.
Por supuesto que sí. Anote: Cuevas, 1163.
¿Me contestará usted, si yo le escribo?
Claro. Si no, para qué querría yo que usted me escribiese.
Tengo la ilusión de volver a verla pronto.
Pues entonces déjeme contarle a usted un secreto: volveré en menos de un mes para pasar un tiempo en casa de mi tía.
Eso estaría muy bien. A doña Encarna yo la conozco.
Ya lo sé le contestó Engracia, estrechando su mano.
Una cosa más.
¿Sí?
Su actitud en la iglesia... No es sólo porque usted quiera que yo la acompañe a misa.
No se equivoque. Quiero que usted me acompañe a misa; le hará bien. Nunca se sabe, Ernesto. Pero, vale: también es porque yo he visto muchas cosas y le puedo decir, con certeza, que muchos de los nuestros no son mejores que muchos de los vuestros.
Era una manera enrevesada de decirlo, pero mejor que nada. Te quedas corta, pero sí que es verdad pensó, sin decirlo, él.
En una de las fotos de esa época que llevé conmigo hasta Umeå y que se quedaron allá con Ramiro aparece mi padre, de pie con chaqueta de cuero y antiparras, sosteniendo una motocicleta con la mano derecha, mientras mi madre, a horcajadas en el asiento trasero, sonríe con cara de miedo. A él, le encantaba esa motocicleta que se la había dejado de regalo Duncan Wright, un inglés alto, de ojos grises y de pelo oscuro, amigo suyo antes de volverse a Inglaterra, después de Dunkerque.
Tú has estado en eso. Dime cómo es, pero no me mientas le pidió Duncan a mi padre, ya ambos muy borrachos en esa misma casa de la calle O'Higgins, la noche larga en la que, despidiéndose, estaban más capacitados para hablar de la vida y de la muerte, que en hacerles el amor a esas mujeres que los acompañaban aburridas, aunque aliviadas, luego de que ellos les hubieran pagado, con anticipación, por su compañía de amantes, de hermanas y de madres.
Mi padre, luchando por mantener abiertos los ojos y no parecer demasiado solemne, se quedó pensando y luego, marcando parsimoniosamente las sílabas que le salían abruptas y pastosas en medio de abundantes pausas largas, le dijo:
La verdad, Duncan, es que no pasa mucho: soñarás con noches como éstas, pero la mayor parte del tiempo te la pasarás esperando aburrido; otras veces tendrás que ir de un sitio a otro corriendo sin nunca saber muy bien por qué. De vez en cuando, te sentirás como los conejos a los que les disparan por todos lados y, con el tiempo, aprenderás a no mearte de miedo en los pantalones.
Salud, Ernesto le dijo sin pestañear Duncan, empinando entre risas forzadas su botella de mala ginebra.
Salud, Duncan le contestó Ernesto, empinando ceremoniosamente la suya.
Salud dijeron las mujeres en coro, levantando sus copas de champaña falsa y depositando besos tiernos en las mejillas de sus clientes tristes.
Se habían conocido jugando al fútbol en el estadio del Bajo.* Mi padre era el portero de El rayo ibérico y Duncan el puntero izquierdo del Rochester de Población Dreves. Por meses se odiaron con la intensidad que sólo conocen los rivales amateurs, pero una noche se encontraron por casualidad en el barrio de la Estación y terminaron haciéndose amigos.
Mi padre salía de El Paisano, el restaurante regentado por Quimet Vidal y Estel Monet, donde servían bacalao al ajoarriero, escalivada, canelones de sesos, por una parte; charquicán y porotos con riendas, por la otra, a su muy ecléctica clientela de inmigrantes y de lugareños pobres, cuando tropezó con ese hombrazo de impermeable oscuro y sombrero negro que pasaba rápido frente a la puerta, esquivando los charcos dejados por la lluvia y las cáscaras de naranjas arrojadas a la diabla sobre la acera.
¿Qué te pasa, coño? ¿Estás borracho? le preguntó Duncan, con un acento inglés que alargaba tan cómicamente las vocales que le quitaba toda procacidad al insulto.
No me pasa nada que no pueda yo bloquearte con una sola mano, Patas de lana.
Ambos se rieron.
¿Un trago?
Un trago.
Duncan manejaba una de las niveladoras en la construcción del camino a Cunco y mi padre hacía poco más de un año que trabajaba en la almoneda de su tío Antoní. Lo que redescubrieron por su cuenta ellos mismos esa noche en El Paisano fue que el número de razones para emigrar es infinito, a menudo cubiertas con intrincadas historias de amor, de traición o de deudas, contadas con exageración y a medias en el caso de Duncan, pero que el vino barato, los cigarrillos de pacotilla, las mesas cojas y los baños sucios, de paredes rayadas con deseos soeces y de rincones hediondos, son iguales en todas partes.
Buscó mil cosas que desearía poder decirle, mientras ella todavía lo miraba irónica con sus ojos de alondra moruna, pero no se le ocurría nada convincente. Le dio otra chupada a su Premier y después le dijo despacio, aquilatando mentalmente el efecto de cada una de sus frases:
No es verdad, Engracia. No es sólo porque quiera saltarme la misa. Si saliéramos temprano, como yo te digo, podríamos llegar a Saavedra antes del medio día. Podríamos almorzar con calma, pasear por la playa, ver el mar, mojarnos los pies en el agua, volvernos antes de la puesta del sol, si quieres. Hasta podríamos cenar con tu tía a la vuelta.
Como tú quieras, Ernesto; pero si me condeno, nunca te olvides que será por culpa tuya.
A Dios puedes tú echarme a mí la culpa de lo que quieras.
Hacía un par de semanas que habían comenzado a tutearse. Ese domingo, temprano en la mañana, la había sorprendido pasándola a buscar en su motocicleta.
Ariel Red Hunter 350 cc, 1938.
Diseñadas por Val Page y fabricadas en Birmingham, Inglaterra, la motocicleta Ariel Red Hunter fue la más exitosa motocicleta de Ariel Motorcycles (1902 1970).
La cilindrada del motor era de 250, 350 o de 500 cc.
Todas con una transmisión de cuatro cambios, la velocidad máxima de la motocicleta equipada con un motor de 500 cc era de 140 kilómetros por hora... y la de 350 cc como la
que tenía Ernesto no era mucho menor.
En verdad le daba libertad...
¿Y esto qué es?
Ya lo ves: Ariel Cazador Rojo.
Rojo, ya me habían dicho que eras. Lo que no sabía era que también cazabas. ¿Qué cazas?
Tórtolas.
¿Y eres buen cazador?
Dame tiempo a que vuelva el invierno y lo verás.
¿Y por qué tendría que esperar yo tanto tiempo?
Por ti, me arriesgo a cazarlas cuando quieras.
Pobrecillas.
Pero las comerás con gusto.
No lo sé. Nunca en mi vida las he probado.
Ese domingo salieron temprano.
Él, feliz con su chaqueta de cuero y sus antiparras.
Ella, con su chaquetón de lana rojo sobre su vestido de percal estampado y una bolsa de lona azul terciada a la espalda.
Emilio me prestó su bota.
Y yo hice emparedados de jamón.
El camino a Saavedra era largo y estrecho; con cuestas, sinuoso y lleno de baches que mi padre esquivaba con suficiente pericia. Al elle, el sillón de hule negro le parecía duro e incómodo, pero pronto se dejó agradar por el gusto nuevo que descubría al abrazarse a la cintura de mi padre y oler su cuerpo.
Apretando sus piernas contra las de mi padre abrió los brazos ululando gritos de contento en la recta después de Carahue en la que, por un tramo breve, mágicamente se suavizaba el camino.
Al llegar a Saavedra, se detuvieron en la cima del acantilado desde el que se dominaba abajo toda la bahía y la desembocadura del río Imperial.
Mi madre estiró aliviada sus piernas entumecidas y, asomándose al borde, sintió en todo su cuerpo las ráfagas del aire salino y yodado que soplaban desde el océano.
Respiró profundo hasta llenarse los pulmones y entonces, sintiendo que el viento le cosquilleaba las rodillas le helaba los muslos y le enrojecía la cara, supo, aprendió, sintió, descubrió que era eso lo que le ocurría.
Estaba llena de amor y de desconocidas, inéditas, ganas.
No apartó su mano cuando él se la cogió con estudiada suavidad y calma.
Se miraron y ella lo recorrió de arriba abajo antes de echarse a correr por la senda empinada que llevaba derecho hasta la playa, sin esperar a que él montara otra vez en su Cazadora roja.
Vista de una playa de arenas negras desde la cima de un acantilado. No es para nada Saavedra pero podría serlo.
Sentada sobre la arena de la playa, se quitó los zapatos y se puso de pie cuando lo vio llegar.
Ahora ya puedes mojarte los pies en el agua.
¡Dios, Ernesto! ¡Qué frío y qué potencia!
¡Qué chillido que has dado, Engracia!
¿Te costaba tanto habérmelo advertido, Ernesto?
Pensé que mejor lo aprendías por ti misma.
Eres un soberano bandido. Verás cómo me las pagas.
Ella se soltó el pelo.
Él se arremangó los pantalones.
Se rieron otra vez.
Las piernas huesudas de él.
Su vestido mojado.
Se supieron inmensamente ricos.
Dueños absolutos de esa enorme playa solitaria.
Buscaron caracolas, espantaron gaviotas; avistaron cisnes de cuello negro.
De rodillas sobre la arena negra desenredaron madejas de cochayuyos.
Encontraron una almeja, vieron correr a dos cangrejos.
Enredaron y desenredaron sus dedos, sus manos.
Se irguieron.
Él con sus zapatos negros al hombro derecho atados de los cordones.
Ella con sus sandalias verdes colgando de su mano izquierda.
Caminaron, caminaron largo por la orilla de la playa.
Él más cerca del agua.
Ella, del lado del acantilado.
Sintieron el calor del sol sobre la arena.
Refrescaron sus pies caldeados en el agua.
Sudaron.
Se les empaparon las cejas.
Se les humedecieron los pechos, los cuellos, las cinturas, las nalgas, las espaldas.
Respiraron hondo cada uno por su cuenta ensoñando...
Para hoy, para cuándo?
No sabían exactamente qué ni cuándo ni dónde; pero eso.
...de regreso a la sombra del boldo en el que Ernesto había dejado su Ariel Red Hunter atada con una cadena.
Traje un vaso de aluminio para ti. ¿No quieres ya sacar los emparedados?
¡Dios mío! ¡Qué idiota soy! Los he dejado en casa.
No me embromes, que me muero de hambre.
No bromeo, Ernesto; me los he dejado en casa. ¡Perdóname!
No te preocupes, mujer. De seguro encontraremos una venta en ese caserío al otro lado de la caleta.
No.
Ni había venta en el caserío ni, siendo domingo, tampoco un almacén abierto.
Colgando de una viga sobre el umbral de la puerta cerrada, un letrero anunciaba pan y huevos frescos.
Golpearon.
«No hay nada, está cerrado» les dijo la mujer que se asomó a la ventana.
¿Ni siquiera un poco de pan?
Hay dos hallullas de ayer.
¿Qué tal jamón?
Jamón no tengo.
¿Otra cosa?
Me queda un cuarto de queso blanco. Se lo vendo barato.
Valga, dénos las dos hallullas y el queso.
El queso no estaba nada de mal. ¿No crees?
Con hambre y buena hermosa compañía hasta los garbanzos con tocino y chorizos son buenos.
Y esta manzana estará deliciosa.
Que duda cabe.
Volvieron a Temuco antes del atardecer, mucho antes de la puesta del sol; pero esa noche, al despedirse frente a la puerta de la casa de doña Encarna, animándose, se dieron un beso largo tal como lo habían visto hacer a Margaret Sullavan y a James Stewart el viernes en la película del Real.
El domingo que viene daremos otro paseo.
Espero que sí; me encanta tu Cazadora roja.
Al final de ese verano de pocas misas y de muchos paseos en motocicleta, ya hablaban de casarse y esbozaban planes.
...y esbozaban planes.
Planes: más ella que él, claro.
Sentados frente a la laguna del Ñielol, mi madre tiró un guijarro al agua y antes de que las ondas alcanzasen a llegar a la orilla, le preguntó:
¿Sabías que venden la charcutería del Mercado?
Así me lo ha dicho don Nazario.
¿Y no crees tú que nosotros podríamos comprarla?
La charcutería es lo de menos, Engracia. Para eso, tengo.
¿Entonces la compramos?
Lo caro sería el traspaso...
le contestó él, encendiendo otro Premier dejándole a ella la segunda chupada.
Yo tengo un poco. ¿Seguro que no llegas con lo que tú tienes?
Mujer, ¿no entiendes? El traspaso cuesta más de lo que yo gano en veinte meses. He ahorrado, pero nunca tanto.
Si tuviéramos la charcutería, podrías dejar a tu tío Antoní.
Y mucho que me gustaría a mí dejarle; pero ya te lo he dicho, Engracia. No llego a tanto.
¿Estás seguro, Ernesto?
Te lo he dicho, Engracia. No tengo.
Me da mucha pena.
Y a mí. Pero no hay nada que hacerle.
Tienes la Cazadora.
le dijo Engracia, tirando otro guijarro al agua y rechazando con la mano más chupadas del Premier.
¿Y qué quieres tú que haga con la Cazadora, Engracia? ¿Que la venda?
Valdría la pena, ¿no crees?
¿Y qué hago, si algún día vuelve Duncan?
¡No digas bobadas, Ernesto! Duncan no volverá nunca.
Eso tú no lo sabes. ¿A qué tanta prisa ahora?
Porque ahora es cuando queremos casarnos. ¿No eres tú el que siempre se queja de cuánto te explota tu tío?
Y sí, el cabrón me explota. Pero esto es distinto, Engracia; esto es otra cosa.
¿Por qué es otra cosa? ¿Es que no te importa seguir siendo infeliz toda la vida trabajando por nada?
Engracia, mujer: con la Cazadora tengo mi libertad. Puedo ir y venir adónde y cuándo me dé la gana.
¡Qué niño eres, Ernesto! Más libertad tendrías, si tuvieras lo tuyo. Si tú y yo tuviéramos lo nuestro.
No me hables así, Engracia.
Me callo. Pero piensa en lo que te digo, Ernesto. Con la charcutería podríamos soñar. Pensar en tener hijos.
¿Y acaso tú no sabes lo que son los sueños, Engracia?
Sí, lo sé, Ernesto. Lo sé muy bien. ¿Pero es que acaso se puede vivir sin sueños?
¿Y sacas mucho tú con soñar?
Tú no crees en el alma, Ernesto. Yo sí que creo. Pero es mentira que no se muera nunca. Se muere cuando dejas de soñar. Por eso es que quiero la charcutería: para poder soñar.
le contestó ella, arrojando a la laguna un último guijarro.
De vuelta a casa, Engracia esquivó el beso de despedida en la boca y él apenas le dijo adiós al marcharse acelerando la Red Hunter por el medio de Caupolicán.
La semana pasó lenta.
Le aburría vender medias y pañuelos en la tienda de ropa de don Nicolás y se le notaba.
Dos veces esa semana la reprendieron por su cara larga.
La tarde del sábado, caminó solitaria, arrastrando con los pies las hojas secas de los castaños de Balmaceda camino al cementerio.
El mausoleo de los españoles olía a flores como siempre.
Cambió los claveles marchitos de la tumba de su tía Encarna.
Rezó un Padrenuestro y tres Avemarías.
Dos enamorados se abrazaban bajo los cipreses al frente de la entrada.
Acalorada, abrió la ventana cuando llegó a su casa con ganas de ducharse.
Todavía con el pelo húmedo, le escribió una carta a Ernesto, pidiéndole perdón y contándole cuánto lo amaba.
La releyó.
La rompió en tres pedazos antes de quemarla con la misma cerilla con la que se encendió el último Liberty que le quedaba.
Le gustaba esa cajetilla de color rojo encendido.
Mucho más que el azul y el gris opaco de los Premiers.
Sintió calor en su mano al hacerla una bola y acariciarla con deseo y tristeza.
La casa heredada de su tía le pareció insanamente enorme y vacía.
Arrojó la cajetilla arrugada al papelero antes de quitarse sus sandalias verdes y tenderse sobre su cama, acariciarse contra la colcha, cerrar los ojos, restregar sus rodillas, humedecer con su lengua sus labios.
Un guijarro golpeó su ventana despertándola.
¡Jesús, Ernesto! Vas a romper los cristales.
Engracia, baja, mujer; tengo algo que decirte.
Se alisó el vestido rápido. No bajó las escaleras corriendo, más bien caminó despacio, como si fuera contando uno a uno cada peldaño.
Se persignó antes de abrir la puerta.
¿Qué hay, Ernesto?
Mira.
¿Y eso?
Mañana vamos juntos tú y yo al Mercado.
¿De veras?
Te hice caso y vendí la Cazadora.
Imagínate, Ernesto. Ahora podremos comer jamón cada vez que queramos.
Elvira Codulá
Olympia, agosto de 1986
Raimundo Pujols
Aníbal Mestre
Ramiro Herrera Berkoff
Tíos Cesáreo y Paulina
Doña Encarna
Duncan Wright
Última modificación: 9 de agosto de 2026.