Stately Home
Música mientras Elvira escribe y explora el barrio.
Safo
Pata coja...
Santiago, abril de 1970.
En esos años Santiago era una fiesta.
Para Elvira, claro.
Instalada en la pensión de Avenida Brasil,
Elvira terminaba ya sus clases;
por una modesta suma de dinero que le permitía costearse algunos de los lujos
no cubiertos por la mesada que le enviaba Ernesto
pasaba las tardes en la biblioteca de la Escuela de Teatro
recogiendo los libros devueltos y reubicándolos en los anaqueles;
leía, escribía cuentos y poemas; exploraba el barrio.
A menudo, después de la cena,
pasaba el tiempo con Ramiro.
Aníbal se aparecía de vez en cuando.
EF
Elvira no subrayaba jamás sus libros los que conservaban por años un aire de recién salidos del horno. En cambio insertaba pequeñas hojas amarillas o de papel Kraft en las que escribía a mano sus notas y comentarios. A veces, después de un tiempo los sacudía con fuerza provocando la caída de sus hojas manuscritas las que flotaban por unos segundos en el aire como si fueran lluvias de mariposas torpes y distraídas.
Al gozar ahora de un espacio mucho mayor que el que tenía antes en el cuchitril de Avenida Bustamante, pudo sacarlos de sus cajas y cogió el hábito de colocar en un lugar preferencial había ahora espacio para ello los que le daban vuelta en la cabeza en esos días: Altazor en la edición de la Compañía Ibero Americana de Publicaciones que había encontrado en una librería de viejo de la calle San Diego, un ejemplar de la segunda edición EspasaCalpe de Poemas de Juana de Ibarbourou y, porque había descubierto (hacía ya cinco años) la novela en esa película de Truffaut, un muy gastado ejemplar de la traducción hecha por Ramón María Tenreiro de Las afinidades electivas de Goethe que leía muy lentamente saboreando cada párrafo.
También, qué remedio, y mucho antes de que el Tzvetan se convirtiera en ícono progresista, los libros estructuralistas de moda como los Essais critiques y la Critique et vérité del Barthes... y los Cuadernos de la Realidad Nacional publicados por su universidad a los que, la verdad sea dicha, no les prestaba demasiada atención ni le generaban entusiasmo arrebatador.*
Pasaba más tiempo con sus corridas de César Vallejo, de Teresa Wilms Montt, de Sylvia Plath... de Josefa Canela; de Jorge Tellier, porque el lautarino le recordaba a Temuco; con Alejandra Pizarnik, porque la bonaerense la intrigaba, como la intrigaban Carolina Geel, Virginia Woolf y Djuna Barnes; con la Antígona de Lucille Molinari y con Muñecas de greda azul, la nueva novela de Sara Hidalgo: la Biblia como manantial inagotable de historias fantásticas y de familias disfuncionales, estaba más que bien; con la Muerte en Venecia de Thomas Mann... Nunca le perdonaría su desprecio a Camus en Los mandarines y por eso, con algo de culpa, todavía no comenzaba El segundo sexo de la Beauvoir y la verdad es que, completo, no lo leyó nunca, aunque sí leyó (completo y más de una vez) The Feminine Mystique de la Betty Friedan.
Abandonada en un rincón, cubierta por el paño de lino azul marino que le había bordado Engracia y sobre el que Elvira puso una maceta de Talavera con un pequeñísimo gomero, quedó sin abrir y atada con dos vueltas de sisal rojo la caja de los libros de Aníbal hasta que, luego que tres años más tarde Elvira se exiliara en Suecia, doña Josefina María hizo quemar su contenido en el patio de baldosas sin ni siquiera asegurarse primero que en verdad fueran libros de comunistas. La mancha negra continuaba en el piso de baldosas rojas cuando tras la muerte de doña Josefina María dieciséis años más tarde, su sobrino nieto Enrique Alfonso PérezCotapos vendió la propiedad a una inmobiliaria.
Elvira escribía.
A instancias de
Elena Zuñiga,
escribía notas dispersas sobre María Elena Gertner en aras de armar un artículo. Nunca lo completó, no supo cómo encuadrarlo; pero el semestre de primavera del 68, justo antes de solicitar la excedencia que le permitió pasar casi todo el año siguiente en Temuco,
terminó un astuto y perspicaz paper sobre Soñaba y amaba al adolescente Perces de María Carolina Geel.
Pensó, garabate&ocute; algunas notas sobre Cárcel de mujeres;
le dio vueltas a varias formas de cómo abordarlo; pero al final se distrajo, pensó;
se metió en otras cosas
y el proyecto, como otros, quedó en nada.
Escribía, sin embargo, sobre el pacífico anarquismo de Manuel Rojas y sobre la conmovedora religiosidad de su vaso de leche con vainillas. Mejorando varias de sus notas publicó un bien recibido artículo sobre la singular espiritualidad de Rojas en la revista Mensaje. «Nada de mal, para una atea» le comentó Elena Zuñiga: «Felicitaciones»
Pensando en Ernesto y en Engracia, garabateaba más que escribía sobre el Conde de Goytisolo «tierra ingrata, entre todas espuria y mezquina, jamás volveré a ti».
Le fascinaba esa frase aparecida en Teorema de Pasolini que decía «Nostalgia por algo que ha perdido sin haberlo poseído nunca». Rompiendo por una vez su norma, llegó hasta subrayarla (eso sí con lápiz) y al recordarla años más tarde la usó como epígrafe en su poemario Regresos (2009).
Escribía sobre su cuerpo; sobre su piel, sobre su pelo; sobre su estómago y sobre la que llamaba con ironía y cariño (amaba a Madame Chauchat), su pequeña concha húmeda.
Escribía sobre sus reglas que las más de las veces eran dolorosas.
Escribía sobre sus ganas.
Sobre Temuco.
Sobre la Círculo.
A veces, sonrojándose, calentántandose, por sus fantasías, escribía sobre Ramiro.
Escribía...
Garabateaba notas sueltas, sobre lo masculino y femenino de las palabras:
golfo y golfa
zorro y zorra
pijo y pija
puto y puta
fulano y fulana
pollo y polla
concho y concha...
Ensayaba líneas propias:
La serpiente se muerde su cola
y yo
danzo sobre el viento
como un niño.
Mientras caminaba
sobre las alcantarillas escondidas
alguien me miró a los ojos
y recordé que existía.
Exploraba el barrio.
Caminaba calle arriba por Maturana hasta pasar Santo Domingo y llegar hasta
Rosas ya en el barrio Yungay.
Paredes agrietadas desde el último terremoto.
Cristales azulados de las ventanas de vidrios sucios.
Zumbido de abejas atraídas por los tomates, las manzanas y las uvas demasiado maduras de la verdulería Ramírez en la esquina de Catedral.
Jubilados de camisa blanca y corbata, dobladillos de pantalones hilachentos.
Viejos con bastones de madera de luma y de puntas de goma derrengadas.
Mujeres cargando bolsas de malla con papas, verduras y paquetes envueltos en papel de diario.
Humo de autobuses, de aceite de pescado frito.
Olor a muebles recién barnizados, a pan caliente, a maní tostado.
A pimientos asados.
Marcas a tiza del juego del luche en las aceras.
Una tarde
que regresaba temprano de la biblioteca
en su habitual caminata descuidada y todavía exploratoria
Elvira
dio un rizo
hacia Rosas
y allí,
como un chispazo,
en medio de esas
librerías,
farmacias,
zapaterías,
talabarterías,
almacenes de abarrotes,
ferreterías,
sastrerías,
yerberías,
compra y ventas...,
tal como Rodrigo Erazo describe el barrio en la
nota,
que publicó en El Salpicón,
la atrajo como señal de buen agüero el
morado de la bandera republicana
sobre la pared del fondo del restaurante El Patio.
Entró.
Su primera mirada, después de la bandera, fue hacia la mujer de pelo claro y enjuta que, encaramada sobre la tarima de la caja y echando bocanadas de tabaco negro, tenía una buena vista de los parroquianos que a esa hora ocupaban tres o cuatro mesas de las diez o doce disponibles en el local.
Elvira olfateó de nuevo.
Humo de tabaco negro desde la caja; calamares en su tinta desde la cocina.
Se presentó con cierta aprehensión y timidez, pero tras dos o tres frases de ligera desconfianza... Luisa Font Vidal, la mujer encaramada en la caja...
¿Conque te has mudado hace poco al barrio, eh?
Dos semanas.
¿Y a tu padre que estés sola aquí en Santiago no le importa?
No.
Son unos bandidos esos de Lérida. Oye, chavala, ¿has comido? ¿Te quedas a cenar con nosotras?
...llamó a su hermana Bernarda y la recibieron con mucho gusto.
Se hicieron amigas.
Bueno, amigas no.
Digamos más bien que Luisa, la de pelo claro y enjuta, y Bernarda, la de ojos marrones y de apariencia más vieja, la adoptaron, muy conscientes ellas que la muy provinciana Elvira tenía ahora casi la misma edad que tenían ellas cuando, hacía ya treinta años, salieron huyendo de Gerona.
Fue como estar de vuelta en El Paisano.
No más carnes duras ni verduras recocidas de lo de doña Josefina María. Ahora, tortillas de patatas, canelones, pimientos asados, xató, calamares, bacalao, cocas y escalivadas. A veces, hasta caracoles.
Eso, la comida.
De lo demás, las hermanas fumaban asquerosos cigarrillos de picadura que se liaban ellas mismas, pero cualquier día, de lunes a viernes hasta pasadas las diez de la noche, compartían con Elvira buenos vasitos de Anís del Mono con café de grano; nunca esa mierda de instantáneo.
De Franco..., ya casi no hablaban; ya ni siquiera cuando llegaban otros parroquianos republicanos (en el barrio vivían unos cuantos) cantaban coplas que cada vez les parecían más añejas, con tristeza resignada «Qué remedio, chavala» más una parodia de sí mismas, que otra cosa. De eso de que esperaban que «el hijo de puta muriera pronto...» Bueno, se sabía que por ley natural, pero no porque hubiese vuelto la República, cada día faltaba menos.
Los sábados y domingos las hermanas cerraban El Patio y, «lo siento chavala», no se movían de su quinta y huerta de San Bernardo. «Pero puedes visitar cuando quieras».
Cerca ya de lo de doña Josefina María, a pasos del bar La Mina, Elvira ya identificaba cada noche el ruido de las fichas de dominó girando sobre la mesa de mármol; ya reconocía al viejo enjuto y de tez arrugada, al hombrazo de bigote espeso y al flaco de cara triste y de ojos hundidos (había aprendido de oídas que se llamaban Manuel, Jorge y Emilio) que esperaban ahí el comienzo del turno nocturno de la fundición Deva y se daba cuenta que al unísono los tres levantaban la vista, acaso a su cara moruna o a su ensortijado pelo negro que le llegaba hasta la mitad de la espalda, cuando la veían entrar a coger su ración diaria de cigarrillos una cajetilla que compartía con Ramiro con un gesto que era mucho más una protección que una amenaza. Presuntuosamente, ¿no era ella acaso sólo una visitante provisoria? sentía que junto a todos y a todas era ya parte del barrio.
Junto a sus texturas que entremezclaban lo viejo y lo nuevo, junto a sus ruidos y sonidos, algunos agradables, otros no tanto, junto a la suciedad acumulándose en los bordillos, a las colillas de cigarrillos dispersas sobre las aceras, a las cáscaras de maní del almacén del turco Ismael Charad, a las plumas de las palomas grises, negras y blancas que zureaban por las calles y anidaban en los aleros de las casas, el barrio era sobre todo sus olores:
el del aceite quemado
el de alcantarillas descompuestas
el de barniz de muebles
el de fritanga
el de tocino ahumado y jamón serrano de la Charcutería Fernández
el de maní recién tostado
el de melocotones frescos
el de los claveles y rosas de la florería Maria Luisa
el de hallullas y marraquetas recién salidas del horno de la panadería Mirasol
y al anochecer Elvira identificaba de lejos el de Cuir de Russie de Yoli y de Camila quienes, con sus ropas adecuadas para el oficio, a la vuelta de la esquina de su casa, más cerca de Catedral, frente al buzón rojo del Correo, hacían allí la calle y con las que ella a veces compartía un Monza mientras Camila se quejaba de los tacones altos que le hacían doler los juanetes, del frío que le helaba los muslos y ese abril de la lluvia temprana que ahuyentaba a los clientes.
Elvira se preguntaba quiénes y dónde habrían escrito sobre el barrio... ¿Nicomedes Guzmán? ¿Alberto Romero?
Se preguntaba si acaso su historia no estaría escrita entrelíneas dispersa entre varias novelas o cuentos o canciones.
Si acaso Plaza Brasil
si la Avenida Dieciocho
si la Avenida Ejército
si la Almirante Latorre
si la Abdón Cifuentes...
...no fueran sino el espacio de un magnífico cronotopo abandonado por esa clase aristocrática que un buen día decidió mudarse hacia los cerros del Oriente, mucho más arriba de Plaza Italia, y el barrio fue repoblado por los migrantes que llegaban con sus sueños de los campos del Valle Central y de las afueras del Gran Santiago, convirtiendo esas magníficas y enormes mansiones señoriales en ferreterías y almacenes a lo largo de la Alameda; en casas de pensión para estudiantes provincianos y para santiaguinos y santiaguinas pobres, al sur y al norte de la vieja Avenida de las Delicias.
Por mayo o junio del setenta, unos pocos meses después de su llegada a la casapensión de doña Josefina María Muñoz PérezCotapos, Elvira notó, también, que los rallados que cubrían la larga pared de la ferretería El Manzano en la Avenida Maturana cambiaban de Tomic a Allende y viceversa cada semana con más frecuencia. Pero nunca en todos esos meses hasta septiembre, para desconsuelo y disgusto de doña Josefina María, fue el turno de Alessandri.
Releo estos últimos apartados y mi pregunta más acuciante es cómo pasar del predominio del imperfecto al indefinido. Dicho de otra manera: en estos dos últimos apartados vamos aprendiendo de sobra lo que Elvira hacía..., pero muy poco sobre lo que hizo en esos años en Santiago.
Lo más obvio es que no hizo mucho..., pero intuimos sobre todo después de leer a continuación los apartados capítulos sobre Marco Canales y sobre Odilia Planells, que debió de haber aprendido bastante... aunque nos quedemos sin saber cuánto ni para qué.
«Un momento» me escribe Elena Zúñiga cuando le planteo el asunto. «¿Cómo que para qué? La respuesta está en sus poemarios. El resultado del aprendizaje de Elvira de eso se trata toda su estancia en Santiago: de un aprendizaje se verifica en esos dos poemarios, Nocturnos y Regresos que escribirá años más tarde de regreso a Umeå».
Un aprendizaje bastante largo en verdad.
Elvira no publicará sus primeros poemarios sino en 2003, el primero (Fugacidad infinita), y Nocturnos, el segundo, en 2006. Aunque, por otra parte, es verdad que los poemas presentes en este último ya los había comenzado a escribir a mediados de 1977, durante su primera estancia en Umeå antes de mudarse a Irvine, California, y terminar allí su doctorado con Ester Soriano. Algunas líneas las había escrito mucho antes cuando recién pasaba los quince años y todavía vivía y soñaba en Temuco.
Vale.
He redactado Plaza Brasil y este capítulo Pata Coja basándome en una primera versión escrita por Viviana Altman y en los múltiples correos que Elvira Codulá intercambió con ella.
EF
Rizos opcionales
(los segmentos correspondientes vienen casi a continuación):
☞ Marco Canales.
☞ Odilia Planells.
Luego,
pasadas ya las elecciones del setenta,
pasado ya el intento de golpe de Estado del general Camilo Valenzuela ese mismísimo 4 de septiembre,
pasado ya el asesinato de René Schneider en octubre,
y pasado ya el comienzo de la presidencia de Allende el cuatro de noviembre...,
...el 8 de marzo del 71 llegó Ramiro a Santiago
y tras un prodigioso
encuentro
con Elvira
en la esquina de Catedral con Maturana,
encontró pensión en la misma casa de doña
Josefina María.
Cierto:
Ramiro pasó soplado sus cursos básicos de matemáticas,
pasaba la mayor cantidad de su tiempo libre escuchando a Emerson, Lake and Palmer y a Jethro Tull,
perfeccionando sus origamis,
leyendo los cuentos de Bruno Schulz y el Tractatus de Wittgenstein,
e irritando con su sola presencia en el cuarto de Elvira a Aníbal Mestre.
Eso ya lo sabíamos.
Pero lo que realmente deslumbró a Ramiro cuando llegó ese marzo a la casa pensión de doña Josefina María fue la inmensa cantidad de cines que había en Santiago. En menos de una semana Ramiro pasó de Borsalino a El conformista a El jardín de los FinziContini... hasta soñar despierto con la Dominique Sanda.
Esos días el estreno de La confesión, la película de Costa-Gavras causó polémicas y acaloradas discusiones. En el universo de Grosellas fue notable la conversación entre los integrantes de la tertulia de Aileen Lunt que se reunía los jueves en el Bierstube de calle Merced. En esa ocasión Monche, Aileen y Rodrigo Llagostera partieron hablando de La guerra ha terminado de Alain Resnais... y terminaron hablando de Heberto Padilla.
EF
Quizás porque, distraído como de costumbre a todo lo que no fuera su inmediato interés, (un cuento de Borges, una grulla de origami, la serie de Fibonacci), Ramiro apenas se daba cuenta que con el acoso y embargo comercial orquestado por Kissinger había comenzado también (entre varios muchos otros acontecimientos) el tiempo de escasa presencia hollywoodense en las pantallas de los cines santiaguinos.
Aunque no fuera a propósito, en buena parte Ramiro tenía razón: como de costumbre seguían llegando películas francesas, alemanas e italianas (La confesión de CostaGavras nada menos) y en beneficiosa compensación y refrescante cambio, según lo veía Mirna Valenzuela en su columna de la revista Paula, aunque para la rabia y protesta de Gabriel Osandón en la suya en El Mercurio, llegaba una gran cantidad de películas rusas, checoslovacas y húngaras, a las que lentamente Elvira y Ramiro se asomaban con la curiosidad, la expectación y el entusiasmo de neófitos.
Una de las primeras de esas películas que Elvira y Ramiro vieron juntos en el cine España fue Salmo rojo de Miklós Jancsó. A Elvira, claro, le encantó por su lentitud y su constante movimiento coreográfico como si en vez de en medio de un campo, la acción ocurriese sobre un escenario, y a Ramiro, después de pensarlo un poco y no sólo por su desnudez de apariencia primigenia y edénica, también.
A ambos, sin embargo, sumado a lo de CostaGavras, Jancsó les dejó una profunda sensación de tristeza y desasosiego que contrastaba con la belleza de la escenografía y el aparente optimismo de la música y de las canciones, junto a una sensación de pegajosa y escéptica incertidumbre acerca del futuro de los tiempos que ellos mismos vivían en ese Santiago desaforado.
Aquí será diferente, ¿verdad?
Tú, ¿qué crees?
🎞 YouTube: Película, Miklós Jancsó, Salmo rojo, escena inicial. Una ininterrumpida toma de más de cuatro minutos.
Ese otoño mientras dirigida por Begoña Blanco bosquejaba un primer borrador de su tesis, Elvira tomó su último seminario con el carismático y de fama contestataria Marco Canales García. Conforme avanzaba semana a semana el seminario, a Elvira comenzó perversamente a atraerle, antropológicamente atraerle claro, mucho más la arrogancia y prepotencia de Canales García que su pinta o que su supuesta iconoclástica irreverencia.
Admiraba y le divertían como a todos sus desplantes rayanos en lo obsceno y hasta sus gritos de sargento falsamente carrasposo, pero sentía que ese miedo que Canales deseaba inspirar en todos con su histrionismo y exuberancia ocultaba algo indefiniblemente superficial y frívolo en sus comentarios a menudo, creía ella, armados sobre la marcha lo que a veces comprobaba al hacerlo trastabillar con sus preguntas inesperadas. Se daba cuenta también, con calentura, torpe vanidad e ingenuo y desubicado orgullo, que Canales no dejaba de observarla con ojos interesados.
Por esos mismos días, todo al final se toca con todo, lenta y concienzudamente, así como para prolongar el goce, Elvira leía Cuerpos tatuados inspirándose y deleitándose cada noche con la luminosa y voluptuosa prosa de esa visionaria y agudamente provocadora Inés Malverde mientras Ramiro, recostado cual hermano a su lado sobre las colchas de la cama, continuaba leyendo ahora Los sonámbulos de Hermann Broch y escuchando ambos a Elvira no le quedaba otra una y otra vez Pictures at an Exhibition de Emerson, Lake y Palmer, la flauta de Ian Anderson en This Was y en Stand Up y a otros británicos pelilargos por el estilo. Inti y el Quila, más Elvira que Ramiro, a veces también.
EF
Luche, rayuela, pata coja... No importa cómo nombres al juego, al llegar al diez tocas el cielo.
Caminando a saltos (o a saltitos), Santiago era una fiesta esos días.
Pero ya los ánimos comenzaban a crisparse y las furias a desencadenarse.
Josefa Canela
Lucille Molinari
Sara Hidalgo
Inés Malverde
Una influencia más.
Elena Zúñiga
Otro habitante del barrio
Ismael Charad
y dos periodistas.
Mirna Valenzuela
Gabriel Osandón
🎧 Una de las canciones de Jethro Tull incluida en el álbum Stand Up de 1969 que escuchan Ramiro y Elvira .
🎵 YouTube: A New Day Yesterday.
Última modificación: 12 de julio de 2026.
Otras cosas
© 2014 - 2026, Román Soto Feliú.
All rights reserved.
Puedes leer el texto y compartirlo con tus amigos o amigas, proporcionándoles un enlace a esta página;
no puedes reproducirlo o cambiarlo de ninguna manera ni usarlo con fines comerciales.